viernes, 26 de febrero de 2010

¿Somos náhoas?

Como seguramente te sucede a ti, toda la vida he usado sin saber muchas palabras náhuatl que tenía y tengo incorporadas a mi vocabulario. Recuerdo mi satisfacción infantil al saber que chocolate, atole, cacahuate, hule, jitomate eran palabras mexicanas, provenientes del náhuatl; con el tiempo pude apreciar usos y costumbres nahuatlacas en mí y en mi familia, que fui descubriendo poco a poco, en medio de las parafernalias domésticas del mole y los tamales y las fiestas de las grandes comidas. Costumbres para comer un guacamole, unos chilaquiles, la liturgia de unos chiles rellenos, el contundente costumbrismo de los moles.

En nuestro lenguaje mexicano el náhuatl está inmerso en el habla y en las experiencias que vivimos todos los días, mientras hablamos español. Tan sólo con acudir al uso de un buen diccionario de mexicanismos, como el publicado por la página http://www.academia.org.mx/: Diccionario breve de mexicanismos, de Guido Gómez de Silva (FCE, 2001), pude obtener muchas enseñanzas sobre la enorme cantidad de palabras náhoas que los mexicanos conocemos y usamos.

Expresiones que son parte de nuestro hablar cotidiano. Verbos que hemos utilizado miles de veces, como zacatear, chayotear, que son de uso natural en nuestro lenguaje hispanomexicano.

Me encontré verbos de uso común: atuzar, achichinar, apapachar, chachalaquear, chacualear, chapotear, chicotear, clachar, derivados del náhuatl, que son en realidad parte de mi idioma. Adjetivos de uso corriente como chacuaco, chamacota, chichona, chilpayate, chimolero, chimuelo. O verbos como: chonguear, encamotar, enchilar, entacuchar, huarachear, mitotear, papalotear, pepenar, pizcar, pozolear, pulquear, sopear, tatemar. Los usan los políticos, los comunicadores y es parte de nuestro lenguaje local.

Nunca nos hemos podido poner de acuerdo en cuanto a la ley y sobrevivimos bajo un régimen de sofisticada corrupción con un sistema de propinas, mordidas, chanchullos, mochadas y ojos huidizos que nos mantienen en una frágil paz, en más de un día al año nos sentimos profundamente cobardes y miserables. Los menesterosos comunes y corrientes, los mexicanos de las masas, tenemos que negociar, regatear y pagar; va por ahí el farolazo, el trapazo, el vidriazo, el tráfico laberíntico de la piratería, de las burocracias. ¿Qué significará eso de conócete a ti mismo cuando “si mismo” es un país fragmentado en decenas de regiones y etnias, país de emigrantes y disímiles habitantes de la tierra, tierra de contradicciones y resabios culturales muuuy antiguos.

Por eso el estudio de este diccionario no sólo me ha ilustrado sobre la cantidad de náhuatl que hablo -sin duda, una segunda lengua nacional-, me ha enseñado sobre mi mismo, pues las lenguas corresponden a una manera singular de ver el mundo. En este idioma están nombrados miles y miles de pueblos de la enorme mesoamérica. Y si algo está tatemado, sabemos –porque lo sentimos- que ya no lo podremos comer.

Hay algunas palabras que llevan a duda, como guarura, por ejemplo. El diccionario de mexicanismos arriesga que probablemente viene del rarámuri wa'rura, que significa grande, importante. Pero ve tú a saber, son expresiones íntimas de los mexicanos que se usan en todas partes. Chachalacas y chamaqueadas sin ton ni son. Esta es una oferta pinolera, venía pulqueado, te van a sopear, a pepenar y a darte una chicotiza. Se atuzó es una expresión clásica. O ¡vino muy entacuchado! Mi chilpayate es típico. Chimuelo no se diga. O bien, una palabra que define la lealtad con los unos y los otros: cuate (“Del náhuatl coatl 'serpiente, culebra; gemelo'.) 1. Amigo. 2. Gemelo, mellizo. cuatacho, cuatacha. m. y f. Gran amigo.)

Una abundante cantidad de expresiones. Unas más conocidas que otras, como el huarache del muerto que los jóvenes de hoy apenas entienden; lo pozolearon, que en México devino técnica policíaca, expresiones que indican una cantidad equis de sustancia anecdótica, inamovible. “Traía su itacate” habla de una actitud cultural sobre transporte de comida. Si uno dice que se agarraron del chongo, implica que la cosa se puso del cocol.

No podemos confundirnos frente a un comal, un guacamole; no podemos negar que sabemos el significado de tianguis, tilma, titipuchal, tlachiquero, tlacoyo, tlacuache, tlacuilo, tlapalería, toloache, tomate, tompiate, totol, totopo, tule, tuza, zacate, zapote, zopilote. Los consumimos, los usamos. Ni hablar de nuestros numerosos topónimos: Ixtlacíhuatl, Popocatépetl, Citlaltépetl y Malintzi. Las calles, las colonias, las ciudades y barrios que tienen nombres náhoas. Yo nací en Cuauhtémoc. En Oaxaca, tan sólo los municipios llamados Santo Domingo, se apellidan: Chihuitan, Ixcatlan, Nuxaa, Ozolotepec, Petapa, Roayaga, Tehuantepec, Teojomulco, Tepuxtepec, Tlatayapam, Tomaltepec, Tonaltepec, Xagacia, Yanhuitlan, Yodohino y Zanatepec. Qué decir de los 52 municipios Santa María, los 53 Juanes y 54 Santiagos, todos con apellido náhoa.

El náhuatl tiene una notable presencia en el idioma común que hablamos los mexicanos, que es el español, aún en los estados del norte. Palabras náhoas que de alguna forma están incorporadas a la florida lengua castellana que hablamos aquí. Acamaya, achiote, aguacate, ahuehuete, ahuizote, ajolote, amate, amuzgo, ayate, biznaga, cacalote, cacao, caguama, camote, campamocha, capulín, cempasúchil, cenzontle, chahuistle, de origen náhoa, incorporadas a mi habla.
No puedo imaginar mi vocabulario sin palabras como chapopote, charal, chicle (sin ella no podría explicar mi juventud), chicozapote (Lulú en Tabasco), chilacayote (Cuernavaca), chilatole (la tarde aquella), chilpachole (no, gracias), chinampa (el eterno Xochi), chipote (varios en mi vida), chipotle (poquito) chiquihuite (como dice Chava Flores: “eso lo será usted”, pero se conoce que produce una raíz medicinal).

Chongo, cocol, comal, copal, coyote, ejote, elote, enchilada, epazote, esquite, estafiate, guaje, guajillo, guajolote, huacal, huachinango, huapango, huarache, huauzontle, huipil, hule, ixtle, jacal, jícama, jícara, jitomate, malacate, matatena, mayate, mecate, memela, metate, mezcal, mezquite, milpa, mixiote, molcajete, molote, palabras que explican una buena parte de mi vida, vocablos que aparecen en la biografía de cualquier mexicano.

Objetos entremezclados con historias, como los moles de nuestras vidas, llenos de historias familiares; los moyotes, como les dicen a los zancudos en Chihuahua, náhuatl puro; el misterioso nahual, el sabor y la textura del nopal. Las he usado todo el tiempo, son parte de mi vida diaria.

Palabras que se escuchan menos, pero que están ahí: nauyaca (una víbora del Sureste), nixtamal (masa de tortillas), ocelote (un tigrillo), olote (el hueso del elote), otate (otate quieto), oyamel (al parecer una fruta), palanqueta (de cacahuate, por favor), papa (asada), papalote (cometa), papaya (de nuestras mañanas), el pepenador (también de las mañanas), petacas (las de Manuelita), petaquilla (las de Conchita), petatillo (para la mesa), peyote (pa mi compadre), pibil (que sean tres), pinole (nomás no chifle), pizca (las frutas mexicanas), pochote (se usa la raíz), popotes (noviazgo), popotillo (algo muy útil). Palabras de abundantes vivencias que nos transmiten algo más que el uso de un idioma, el náhuatl explica partes importantes de nuestra vida.

Desde otro ángulo, es notable la ignorancia del mexicano común sobre los pueblos originarios. Hay una ignorancia básica, fundamental, en la mayoría de los mexicanos, sobre quiénes son los habitantes originarios. Incluyendo a los antropólogos. No somos capaces siquiera de llamarlos por su verdadero nombre. Los nombres de los pueblos originarios varían de como los conocemos popularmente a como ellos se llaman a sí mismos. Cuando bien nos va, sabemos los nombres náhoas que les impusieron los mexicas, por lo común apenas sabemos los nombres impuestos por los españoles. De algunos se sabe en general, como los tarahumaras, que son rarámuris; los tarascos, que en realidad son purépechas (más exactamente p'uré). De muchos grupos el mexicano común ha oído algo en su vida: seris, yaquis, mazahuas, otomíes, mixtecos, mazatecos, zapotecos, mayos, tzotziles, tzeltales, tojolabales, mixes, lacandones, totonacas, huastecos, triquis, choles. A otros, quinientos años después, apenas se les está conociendo, como a los amuzgos, los chinantecos, tlapanecos, kimiai y Pai pai. Existen aún mexicaneros o chichimecas, están ahí, en El Mezquital, Durango. No es sorprendente que, en nuestras propias historias personales, familiares tan cercanos como abuelos o tíos y primos, resultan ser descendientes nahuas del valle de México, huicholes de Zacatecas o mixtecos de Oaxaca.

En el Centro de México los descendientes de los mexicanos originarios son la mayoría, y aún así han decidido ignorar todo lo concerniente a ese pasado propio representado aún por los pueblos originarios, a quienes se prodiga la más absoluta indiferencia.

Jorge Ibarguengoitia anotó que los mexicanos sabemos más de los vampiros que de los otomíes y estaba en lo cierto. Si se hiciera un examen a los estudiantes de Antropología en México sobre el nombre real de los pueblos originarios, como se llaman a sí mismos, eso que Umberto Eco considera como las palabras políticamente correctas (“el principio fundamental de que es humano y civilizado eliminar del lenguaje corriente las palabras que hacen sufrir a nuestros semejantes”, Confabulario 16/06/07), para llamar a las personas, reprobarían en un cien por ciento. Los antropólogos mexicanos y la antropología han sido incapaces de transmitir a los despistados mexicanos siquiera el nombre real de los pueblos originarios. También han sido incapaces de deshacerse de una vez por todas de la tremenda contradicción de seguir llamándolos indígenas, indios, inditos, como los nombraron los españoles en el siglo XVI. Sin quererlo han formado parte de una estrategia. ¿Tan poco vale nuestra segunda mitad?

De la a A la Z, lo que demostró mi consulta al diccionario de nahuatlismos fue que los mexicanos casi hablamos náhuatl. O mejor: ¿somos náhoas?

jueves, 25 de febrero de 2010

Presentación

Titubeé en ponerle a este blog un nombre irresistible para mí: el Origen de las pasiones colectivas, una frase de Miguel Othón de Mendizábal que para mí define la nebulosa relación de los mexicanos con “su” problema antropológico. Así había llamado a mi tesis de licenciatura sobre este autor y es un concepto que me encanta, pero para un blog resultaría simplemente ridículo, pues mi intención al preparar esta publicación en línea es ayudar a los estudiantes de antropología mexicana a entender ciertos tópicos que por muchas razones les son escamoteados durante la carrera. Al menos lo fueron para mi generación (80s), donde no tuvimos la “oportunidad” de conocer autores fundacionales o indispensables en la relatoría crítica del indigenismo mexicano en el siglo XX. La antropología mexicana en la carrera de Antropología Social de la ENAH la pasamos de ladito con las clases muy ligeras de un maestro peruano, Ricardo Melgar, que era un sujeto bien intencionado pero a mi juicio poco preparado para asumir la parte sustancial de nuestra carrera: la discusión indigenista. Así y todo, en voz baja, susurrante, como era su costumbre, fue él quien me recomendó leer un desaparecido librito crítico llamado Eso que llaman antropología mexicana.

Entonces no puedo poner un nombre tan ambicioso a este modesto blog, el origen de las pasiones colectivas, porque intentar describir ese origen –que sí fue una tarea que se autoimpuso Mendizábal-, es una tarea tan vasta que sólo el enunciarlo resulta, como dije, ridículo. Nadie que yo sepa está en condiciones de explicar o describir el origen de esas pasiones, iniciadas en la noche de los tiempos prehispánicos, sofritas en el periodo colonial y servidas al escabeche en el México independiente. La ensalada étnica indoeuropea que resultamos ser los moradores de este fascinante país, insondable y profundo que, paradójicamente, merece más desprecio que atención del mexicano.

El sentido común me indicó que lo llamara así: de Antropología mexicana, porque no pretende agotar ningún tema sino tomarlo como un block de notas que ventila temas que los estudiantes deben discutir; un blog de divulgación con una visión relativamente general y dispersa que puede resultar decepcionante a más de un estudioso de la antropología que encuentre en estas páginas una visión superficial, inacabada, eventualmente especulativa y con errores de interpretación, que súbito asumo con la humildad de un aprendiz. Me mueve la buena voluntad de numerosos representantes de la antropología mexicana que vieron en el interior de su disciplina oscuros mecanismos de manipulación y control étnico en las diversas regiones culturales de México, como Mendizábal, Sáenz, De la Fuente, Warman, Bonfil, Nolasco, González Casanova, Olivera, Valencia, los Bartra, Florescano, Stavenhagen, Villoro y tantos otros que, antropólogos o no, han contribuido con las preguntas pertinentes de la antropología, como Octavio Paz, Fernando Benítez o Ricardo Pérez Monfort.

Hace mucho tiempo me he desligado de la academia, es decir, de los salones de clase de antropología, sé que estos temas van a interesar a los estudiantes e interesados en la antropología mexicana, un ejercicio de divulgación dedicado a la memoria del maestro Miguel Othón de Mendizábal, que una vez soñó con hacer una síntesis sobre los pueblos originarios que mostrara a los mestizos mexicanos las virtudes de esas culturas, tan desconocidas a la vez que propias, pues les pertenecen a los mexicanos como parte de su pasado, al menos en una mitad, pero como que ha decidido no saber de ellos. No sé qué hubiera pensado Mendizábal del Internet, ya que ni siquiera conoció la televisión, pero estoy seguro que la idea le habría encantado.