jueves, 9 de noviembre de 2017

El fraude de la asimilación


Miguel Othón de Mendizábal propuso una alternativa futurista para la relación entre los mestizos y los pueblos originarios frente a la inminente estrategia de asimilación que vio prosperar entre sus contemporáneos, planteó una posición moderna y sumamente práctica, que aún hoy podría funcionar: que sí había mucho qué conocerles a los pueblos indígenas; que había que preservar y cultivar sus culturas a través de sus lenguas; que había de aprovecharse su experiencia en herbolaria y medio ambiente; que habrían de desarrollarse sus industrias artesanales y ayudarlos en educación, higiene y comunicaciones sin aires de emancipación ni actitudes imperativas que les exigieran dejar de ser lo que eran y son. Lo que me interesa discutir aquí (en este blog) son las razones que lo sabotearon, que lo borraron del mapa de la antropología mexicana, que lo hicieron un gran desconocido a pesar de los premios, colecciones editoriales, calles y auditorios que llevaron su nombre. Mendizábal lo dijo, lo escribió, lo dictó en conferencias, alertó del fraude uniformador de la asimilación.

Inevitablemente, al hacer esta observación, es preciso detenerse en los llamados Magníficos, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la ENAH, en los años setenta que, con mejor visión, modernizaron aquella visión crítica de Mendizábal y condenaron también la práctica de ese mecanismo para manipular indígenas llamado indigenismo, tronco de nuestra antropología. Y como aquel, también estos fueron acallados. Sus reflexiones no fueron presentadas ni mucho menos discutidas en la currícula académica de la Escuela Nacional, donde los estudiantes carecimos de ambas revisiones, la de Mendizánal y la de los Magníficos, en mi opinión fundamentales para cualquier discusión de antropología mexicana; ahora, su ausencia obedece, no a un error académico, sino a una pasiva complicidad de la escuela con las autoridades que durante ocho décadas usufructuaron un fraude a toda luz; cuando los antropòlogos mexicanos funcionaron como "choferes" (en palabras de Bonfil) de las instituciones polìticas y las multinacionales que ponían los recursos; se invirtieron millones de pesos entre un gobierno y otro pero la situación de los indígenas mexicanos nunca cambió y, en muchos casos, empeoró. El indigenismo era inmoral de origen, Mendizábal lo alertó, los Magníficos lo confirmaron, pero nadie pudo hacer nada por impedirlo.

La discusión indigenista vive en estos momentos un nuevo estado de definición, los mexicanos optaremos pronto por una personalidad alterna a la que nos ofrece la globalización, con toda su cohetería y comunicabilidad. México vive un proceso de indianización a todas vistas, nuestro castellano está profundamente nahuatlizado, nuestras raíces indígenas a final de cuentas no son tan lejanas y cada día son mejor valoradas, pero es una pena que hayamos perdido tanto tiempo. La invención del Indigenismo mexicano retrasó ese proceso cien años.

La antropología mexicana da a luz, con Manuel Gamio como progenitor, una institución que se comporta con los naturales no muy distinto a la conducta de los españoles durante la colonia, bajo la premisa del racismo puro y llano. La diferencia es que ahora los llamaba hermanos, aunque culturalmente buscara borrar sus identidades, ya no para imponer una moral cristiana al nuevo mundo, ahora a favor de un presunto proyecto nacional. El famoso mestizo que, negando sus orígenes mexicanos, prohijó la práctica de una política social sustentada en el desprecio, la ignorancia y el prejuicio. No había nada qué conocerles, ellos tendrían que hacerse mexicanos. Fue así que todos vimos que no ocurrió.



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