lunes, 12 de diciembre de 2016

Y romper el silencio de la noche

A don Luis Velasco Ramírez y don Carlos Alberto Julián Galis los encontré una plácida mañana poblana platicando en el Café Italiano de Av. Reforma a unos pasos del zócalo, en donde todo ocurre y a donde ocurren todos. Dos viejos amigos que parecía que hubieran ocupado esa mesa en 1946, a sus veinte años, porque seguían llevándose como entonces. Les dije mis intenciones de recoger historias de vida de poblanos mayores y les pedí permiso para grabarlos con mi reportera de cassete. ¿Qué tenemos que hacer? Decirme dónde nacieron y cómo les fue en la vida. ¡Cómo no, cómo no, pero pida un café!


LVR: Aquí nací en la ciudad de Puebla el 14 de agosto de 1923. Mi padre se llamó Bernabé Velasco Jiménez, nació en el estado de Oaxaca, en la Mixteca. Trabajó muchos años precisamente aquí en el centro histórico, en lo que fue antes el hotel Jardín, hoy hotel Colonial. Posteriormente trabajó en el hotel Italia con el señor José Braqueti.
De ni niñez, de mi primaria, recuerdo haber asistido a la escuela José María Lafragua, que está aquí en la 2 sur, ahí cursé hasta el 4° año de primaria. Posteriormente en el Instituto Oriente, donde terminé mi secundaria y después mi preparatoria aquí en la Universidad de Puebla y la carrera de Derecho.
Los niños éramos como siempre, guerristas y cariñosos, con menos problemas que ahora, porque la tecnología no existía como ahora. Los juegos de nosotros los niños eran a base de canicas, del trompo, del yoyo y otros juegos hechos precisamente por mexicanos, juegos infantiles. No había la intervención extranjera como hay ahora con juegos mecánicos, que nomás aprietan un botón y ahí están los juegos y al rato ya se descompuso, porque son desechables.

La secundaria la hice en la Venustiano Carranza, de ahí pasé a la preparatoria. La vida era más romántica en este sentido, porque no teníamos la influencia de hoy, que la televisión y la tecnología nos dan. El círculo era más cerrado, Puebla era más chica, nos conocíamos todos, aunque no nos saludábamos, nos conocíamos de vista, como hemos rememorado aquí con mis buenos amigos, como don Carlos Alberto Julián. Hacemos remembranza de la historia de Puebla hace muchísmos años: el clima, las amistades, el tránsito, los cines, todo, ese es nuestro comentario cotidiano. Hacemos a veces hincapié en el clima tan hermoso que tenemos, mientras en otros lugares hace frío, demasiado, o hace demasiado calor, son extremosos, aquí en Puebla estamos perfectamente bien en el clima, no como el de antes, pero sí aceptable.

Recibía uno una educación de acuerdo a su cultura y a la condición económica. Mi educación, la de mis padres, fue magnífica. Teníamos el ejemplo de los padres, mis papás tardaron 56 años de casados ¿qué mejor ejemplo? Como aquí, por ejemplo, Beto lleva en este momento cincuenta y tantos años de casado. Ese es un ejemplo virtual para sus hijos, esos matrimonios ya son difíciles de ver.

CAJG: Yo nací en la ciudad de Oaxaca pero a la edad de diez años me vinieron a internar aquí en el colegio Amado Nervo, en la 12 oriente y 2 norte. Mi impresión de antes es muy bonita. Como dice aquí el licenciado Luis, todos nos conocíamos, terminaba la ciudad en la 25 y la 21 poniente, terminaba Puebla. Y ahora ha crecido mucho.  Y antes sí había más educación, desde que íbamos al colegio, desde la primaria, los maestros nos enseñaban a dar el asiento en los camiones cuando iba una dama o un señor de edad, y darles la acera también a las damas o a los señores de edad; ahora es cosa que ya no se hace. En la primaria jugábamos a las matatenas, el yoyo, el balero, el trompo. Juegos infantiles...

Había varias líneas de camiones, la línea San Matías, que les decían los camiones azules. Yo vivía acá en la colonia San Matías, en la 18 Norte, entre la Reforma y la 2. Y ahí tomaba yo mi camión, vendían abonos que valían cinco pesos, el abono mensual. Y ya venía yo al colegio, salía al mediodía y me iba para mi casa. En la tarde volvía uno a regresar y así sucesivamente.
Era más sano todo. Éramos traviesos, a la mejor hasta peores que ahora, pero no se acostumbraba el arete o el pelo largo. Nosotros nos íbamos al billar cuando nos escapábamos de clases, la verdad ¿no? Jugaba uno su rondita de dominó...


LVR: Mire, los recuerdos nuestros son estudiantiles, porque su servidor y aquí Carlos Alberto más que nada fuimos compañeros en la preparatoria. Él siguió la carrera de Medicina, yo fui a la carrera de Leyes, por razones especiales ya no siguió la amistad. Y después de muchos años venimos a encontrarnos, hoy nos estamos acordando con frecuencia de los amigos de aquel tiempo, “te acuerdas de fulano, de mengano”, de los apodos, de las novias, pues son remembranzas que nos traen bonitos momentos, por una razón natural: ya estamos “más allá del más acá”, como dicen los filósofos, entonces queremos vivir el acá, antes de que llegue el allá. O como decía Marcel Proust: “hay que vivir este instante, hay que detenerlo”, y ese instante lo recordamos todos los días en el café. Compañeros como el Chocolate, licenciado Madera, y otros compañeros que eran guerristas, eran tremendos en la universidad.

CAJG: El Cuarentapelos, el famoso Cuarentapelos que iba al beisbol era muy popular, hacía sus porras, porque él nunca fallaba al espectáculo del beisbol y era el que organizaba las porras, y le decían el Cuarentapelos. Lo veíamos nada más en los espectáculos, no era nuestro amigo personal.

LVR: Iba a todos los eventos deportivos, lo mismo se tratara de beisbol, de futbol. Y en aquella época, no sé si te acuerdes, Beto, estaba de fama la famosa “Sosa laxante Tía Rioja”. Entonces en cada iglesia, en los santos, llegaba la camioneta con música y hacían bailes populares en la calle y nunca faltaba este señor Cuarentapelos, se apellidaba Rojas ¿verdad? Se ponía a bailar, sobre todo el danzón. Bueno, muy bueno.

CAJG: También la colonia española hacía la famosa Covadonga, en septiembre. Hacían su baile en El Mirador, un baile muy bonito, iban a la misa acá en Santo Domingo y luego desfilaban con sus peinetas, con sus chalinas... cosa que ya ha desaparecido también. Y así varias cosas que ya no las vemos ahora, que ya se han ido perdiendo las costumbres, vamos a decir.
El hotel Lastra fue de los primeros, era el famoso aquí en Puebla. Ahí, inclusive, se casó mi hermano en 1944. Y venían muchos artistas, la Esther Williams. Y ese era el hotel más elegante que teníamos acá, se llamaba El Merendero. Ahora, claro, ya hay otros hoteles muy elegantes. Luego estaba el Sky Way, en el cerro también, donde se iba a comer, a bailar.

LVR: Yo me acuerdo, por lo que está recordando ahorita Beto, del primer Merendero, que estaba en la meseta, ese lo fundó Lastra, Fermín Lastra, el papá de don Eduardo Lastra. Pero hay una anécdota que me recuerda esto. En aquella época el menú costaba –creo-, dos pesos; yo era un chamaco, tendría unos cuantos años, en primaria, e íbamos a jugar ahí a la meseta, y ese domingo cantaba en El Merendero Lupita Palomera, y ese día oímos cómo cantó “Vereda Tropical” e “Incertidumbre”, pero nosotros estábamos afuera viendo por los cristales, pues éramos chamacos y no teníamos con qué entrar. Y ahí por primera vez escuché “Vereda Tropical” que, hasta la fecha, sigue siendo una canción muy bonita.

Del Merendero tengo una anécdota muy especial, que me trae recuerdos muy bonitos, porque yo fui un estudiante de recursos económicos muy bajos. Cuando terminé la carrera de Leyes, un día me vine al Merendero porque había una graduación de estudiantes de Derecho, alguna cosa así. Y yo andaba de novio con la que hoy es mi esposa, que vivía antes en Ciudad Serdán. Y entonces, quedé tan encantado del trío que estaba tocando, de la variedad del Merendero, que me los llevé en coche de sitio hasta Ciudad Serdán para que dieran “gallo”. Andaba yo muy enamorado y sigo enamorado. Es una cosa para mí de muchos y bonitos recuerdos, porque antes carecía yo de los elementos económicos, y ya al terminar mi carrera empecé a ganar mis centavitos, y para conquistar a mi novia me llevé el trío desde aquí en un coche de sitio. Pagué hotel y todo, y es bonito porque la provincia es tranquila en las noches, ahí están esos balcones antiguos. Entonces, romper el silencio de la noche, ser nocturno, amoroso, romántico, del enamorado en las calles provincianas es hermoso ¿no? El despertar. Eso ya no se ve. Ya no se ve.

CAJG: Había en la 21 poniente un centro donde se bailaba, era el Montecasino y ahí terminaba Puebla, a la otra calle terminaba Puebla. También había un club, bueno, no un club, un centro nocturno que se llamaba el Pasapoga, que era de los Trías. También se acostumbraban las tardeadas en Agua Azul, las lunadas acá en La Paz. A propósito de bailes, había un doctor llamado David Sánchez Rodríguez, que fue mi compañero en el Colegio Oriente. David Sánchez inclusive pichaba.

LVR: Y cantaba.

CAJG: Jugábamos en el Equipo Oriente. Él era pitcher y yo jugué de catcher en el Instituto Oriente. Nos llevábamos muy bien. Asistí a alguno de sus bailes, sobre todo los que hacían en la ciudad de Puebla. Agarraban los cuatro patios acá de la Universidad, del Carolino. Traían cuatro orquestas. Pagaba uno su boleto, y si me aburría en el primer patio, me pasaba al otro patio, con puras orquestas de México. Y luego el famoso baile Blanco y Negro que hacía el colegio Ignacio Zaragoza, también muy bonito. Era la academia de postín, era la Academia Zaragoza. Todos andábamos uniformados, aquí con su sable, una cosa bonita. Íbamos elegantísimos, hasta con guantes.
Y bailes populares en Agua Azul, donde se reunía la gente. Bajaba uno a nadar, ahí a la alberca, y ya como a la una que empezaba el baile, más o menos, se vestía uno y se subía a bailar.
Agua Azul ya se nos hacía lejos, San Baltazar también. Había un puentecito, el coche no llegaba, tenía uno que pararse antes y atravesar, era como si fuera uno a otro mundo, caray. Y ahora no, ahora ya está todo colindado, ya está todo pegado.

LVR: Llegaba uno al Carmen y tenía uno que ir caminando, entre puras milpas para llegar a la laguna de San Baltazar. Lo mismo que para llegar a la 6 de Enero, llegaba el camión nada más hasta el Carmen, de ahí caminaba yo entre muchas milpas para llegar a la iglesia de San Baltazar. Los barrios pobres eran El Alto, San Antonio... ¿cuál otro, Beto? Analco.

CAJG: La colonia Santa María, que es muy vieja también. Yo ahí viví 15 años en la colonia Santa María. Y cuando salí lloraba yo... y ahora es al revés, ahora ni aunque me paguen la renta regreso a la colonia Santa María, porque ahí se quedó, ahí se estancó.

LVR: La peluquería de Arroyo, una peluquería que estaba donde posteriormente fue La Flor de Puebla.

CAJG: El Círculo Elegante, aquí en la 2 oriente y la Maximino, y luego la famosa Majerit, que aunque ahorita hay una chiquita, antes estaba a cargo de El Gran Hotel, en avenida Reforma. Era una peluquería donde, mientras esperaba uno su turno, le servían a uno su cafecito, su cocacola y le iba muy bien, estaba la peluquería llena. Después, cuando vinieron los rebeldes sin causa y los melenudos, se fueron las peluquerías para abajo. Se acabó.

LVR: Oye, la peluquería de los Seguany que estaba ahí en el portal Morelos, no sé si te acuerdes, también de los Seguany. No era de postín, era de clase media, pero tardó muchísimos años. Hacemos remembranzas de los comercios que estaban aquí en el centro histórico ¿verdad, Beto? La farmacia San Román aquí a la vuelta, luego la Del Boulevard aquí adelante.

CAJG: La De Cal, muy famosa, aquí en la 7. Acá en el portal había ultramarinos. De los Peico; acá en avenida Reforma y también estaba otro, aquí en la esquina; en la avenida 2 Poniente estaba la Sevillana.

LVR: Los Ave, los Ave en el portal; La Nueva España, Balcázar...

CAJG: Aquí en el 121 había un restaurant-bar muy bonito, donde jugábamos dominó. Y aquí en el café París, que estaba en la avenida Reforma, también jugábamos dominó, y era restaurant bar y cafetería. Ahí estábamos horas y horas.

LVR: Sí, aquí fue el Café París ¿verdad?

CAJG: Sí, el café París. Allá enfrente estaba el Café Reforma y el 121, de Huerta. Había mueblerías aquí en la 4 poniente. Hubo un mueblero muy famoso al que le gustaba mucho el beisbol y el deporte, el Cacique Ruiz le decíamos e inclusive él tenía su equipo, se llamaba Mueblería Imperial, porque él tenía una mueblería; estaba también Salinas y Rocha; acá, las que están en la 2 también son mueblerías de hace mucho tiempo.
Una buena torta se la comía uno con Meche, es la más famosa, Meche, aquí en el portal estaban los puestos. Unas tortas muy sabrosas. Y acá en el callejón del Variedades estaban las Gordas, que decía uno, con las chanclas, los pambazos y las tortas, también. Se acostumbraba que se metía uno al cine Coliseo, al cine Variedades, metía uno sus bolsas de tortas, cosa que ahora ya no permiten; y andaban vendiendo refrescos, paletas con su caja dentro del cine, y ahí mismo pedía uno un refresco y se lo servían a uno, y ya se comía uno las tortas con el refresco. Películas americanas muy buenas, las de Gary Cooper, las de Bety Davis, musicales, las de Lauren Bacall, Humprey Bogart, y así. Y se acostumbraba que se daban dos películas en la misma tarde.
Había aquí un caldo en San Agustín, eran los caldos famosos de San Agustín. Y acá en la 5 de mayo había un hotel, viejo, que también hacía sus tardeadas de repente, se llamaba El Regis. Ahí iba uno a tomar los molitos de panza y caldos de mollejas de pollo. Ahí también muy buenas.
Hay un restaurán acá que todavía existe, que es La Princesa, desde la época que la tuvo don Pepe. Entonces acostumbraba uno venir a tomar los tamales con el atole ¿y qué pagaba uno? ochenta centavos. En otro lugar, junto al cine Guerrero, que se llamaba La Dulce Alianza, ahí comía uno también los pasteles, el café con leche a ochenta centavos. Y en la 3 Poniente había una paletería muy famosa, San Carlos, que vendía unas paletas exquisitas, a veinte centavos. Entonces las paletas que vendían en la calle, los paleteros salían con su garrafa, valían un centavo la de agua y dos centavos las de leche.
Cuando estaba yo estudiando, en México estudié un año en iniciación universitaria, había todos los periódicos, el Universal, Nacional, La Prensa que también es muy antigua, y de repente salió el Esto, que era de deportes, y no se me olvida porque iba yo en un tranvía, cinco centavos costaba el Esto. Lo compré porque a mí me gusta mucho el deporte.

LVR: Yo me aficioné mucho a leer el periódico La Afición, primer periódico deportivo en México y creo que en el mundo. Su director fue Fray Nano, Alejandro Aguilar Reyes y se escribía como Fray Nano. Y traía crónicas de beisbol, de futbol, de box, sobre todo de las olimpiadas cuando se celebraban, y fue el periódico que entraba a la casa; valía, como dice Beto, cinco centavos. Fueron las primeras lecturas de los periódicos. Claro, estaba La Prensa con sus notas rojas, pero eso no nos interesaba, nos interesaba más el deporte.

CAJG: En 1926 estaban los tranvías, en los que nos íbamos a Cholula. Tranvías eléctricos que hacían como media hora. Yo estoy enamorado de Puebla, aunque yo no nací en Puebla, me casé en Puebla, mis hijos son poblanos, pero yo de Puebla estoy enamorado. Inclusive a mí me cuesta trabajo cuando me dicen que “vamos para acá”, que “vamos para allá”, lo pienso mucho para salir de Puebla. Y así se los digo, claro y contundente, “me dispensan pero no, de Puebla estoy enamorado”. Hay gente que luego se está quejando: “qué frío”, y les digo, “no, no se quejen, como el clima de Puebla no hay dos”. Había un dicho de un yucateco vacilador que decía: “que chula es Puebla, dice, lástima que esté llena de poblanos.”


LVR: Para mí, Puebla es la sucursal del cielo, porque aquí nací, aquí nacieron mis hermanos, aquí me formé. Y sobre todo, ya cuando la nieve del tiempo nos acerca, es cuando estoy confrontando amistades más limpias, más sanas, y hacemos reflexiones sobre el pasado. Como decía un autor: “cuando veas que la piel se te empieza a arrugar en las manos, es el momento de voltear la cara hacia atrás y ver qué valores has conquistado y ver qué valores puedes preservar para el futuro que te queda todavía.” Y eso lo fomentamos aquí con el café. Nos estimamos cada día más... y ya. Vivimos del recuerdo que es muy hermoso ¿eh? Que no todos hacen eso, ojalá la gente, la humanidad, en un ratito de su vida, hiciera esas reflexiones, las que nosotros aquí hacemos tranquilos, viendo pasar la vida, pero ya con satisfacción.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Entonces las costumbres eran distintas

No hay una vara para medir la intensidad de las vidas, sobre todo cuando son ajenas a las nuestras. De nuestra niñez podemos hacer una historia epopéyica con grandes aventuras e increíbles episodios o podemos recordarla con la sencillez de una tarde dominical más o menos tediosa, monótona y gris. Arbitrariamente lo atribuyo a la aparición de la televisión, cuando esa caja luminosa se convierte en recuerdo es porque faltó quizás algo de emoción a nuestra niñez, y si añadimos una temprana orfandad materna y la distante indiferencia del papá podríamos entender que don Rodolfo recuerde su vida como la recuerda.


DON RODOLFO VELASCO VÁZQUEZ

Soy Rodolfo Velasco Vázquez, soy oriundo de aquí de Puebla, nací en el barrio de San Miguelito, en la ocho poniente esquina con 17 norte, mis padres eran dueños de una tienda que se llamaba La Puerta del Sol, ahí tuve mi primera infancia; desgraciadamente, a los ocho años perdí a mi madre.

Mi padre era ferrocarrilero, era fogonero de camino y salía dos días, tres días y regresaba.  Mi madre y mi padre se conocieron exactamente ahí, donde estaba la estación del tren interoceánico, en la 11 norte entre la 4 y 6 poniente, que era la estación de ferrocarril. A duras penas me acuerdo de la estación de ferrocarril, muy rústica. Mis primas, que trabajaban con nosotros ayudando a mi madre, me llevaban a dejar el desayuno de mi papá, a las once, doce del día, y así pasé mis primeros años.

Eran otras las costumbres, las mujeres estaban más arraigadas a su hogar, a su casa, a sus hijos; no es como actualmente que las mujeres tienen que salir a trabajar por lo difícil ¿no? En ese entonces el sueldo de los hombres alcanzaba con mucha más facilidad, entonces la mujer se dedicaba a los hijos, a cuidar a los hijos, a tener la casa limpia, a estar al pendiente de todo lo que hacía falta, hacer la comida, la ropa. Yo recuerdo que mi padre, pues, como era ferrocarrilero, la ropa del ferrocarrilero debía tener una atención muy especial, en el aspecto de que, en primera, llegaba la ropa llena de aceite. Entonces había muchas cosas que tenían que hacer las mujeres para quitarles el aceite, no recuerdo bien… tenía que estar almidonada, impecablemente almidonada y bien planchada; entonces se paraba, un uniforme de ferrocarril se paraba solo de lo almidonado que estaba. No como ahora que hay lavanderías. Entonces la mujer era más apegada a su hogar y las costumbres eran distintas.

Yo recuerdo que, como nosotros no teníamos televisión, cuando llegaron las primeras televisiones, muchas personas pudientes o personas que pensaban de otra manera, compraban sus televisiones a crédito y ponían banquitas. En ese tiempo pagábamos veinte centavos por ver programas como “Rin tin tin”, “Cachirulo” y otros programas infantiles muy bonitos, y a las mismas señoras de esas casas nos vendías dulces. Muchos programas que la televisión nos daba y a nosotros nos atraían, porque mucha gente no podía tener acceso a una televisión, por lo cara, y había personas que lo pensaban así y así pagaban su televisión.  Pagábamos nosotros 20 centavos los domingos o los días que había buenos programas y ahí estábamos, toda la chiquillería viendo su televisión.

No tuve la fortuna de conocer a ninguno de mis abuelos, porque ya habían muerto cuando yo nací, pues soy el más chico de todos los hermanos. Y como mi madre murió cuando yo tenía 8 años, entonces mi padre, pues, se hizo un poco más alejado de nosotros. Mis hermanos, al ver todo esto emigraron y como era el más chico me tuve que quedar con él, pero fue poco el tiempo que estuve con él.

Estaba en el oratorio de aquí de la 19 norte y la 8 poniente, a donde íbamos los domingos a misa y nos daban un boleto. Con ese boleto nosotros teníamos acceso a un desayuno, que era atolito, dos tortas, un tamal, y después, con ese mismo boleto, lo guardábamos y nos íbamos al oratorio de jugar futbol. Conviví con un jugador de Puebla que estuvo en la segunda división, que hizo posible que subiera el Puebla a la primera división, Gaspar Domínguez, conviví y jugué de chamaco con él al futbol. Desayunábamos y después de desayunar nos íbamos a jugar futbol, y ya en la tarde nos daban funciones de teatro, funciones de cine; y con ese mismo boleto, al juntarlo por un año, el día 6 de enero, según el número de boletos que juntábamos, era el juguete al que teníamos derecho.

Los boletos los organizaba la iglesia de San Miguelito. Esa es la que nos promovía. Y de ahí salieron muy buenos jugadores de futbol y era un buen ambiente; nos daban juegos como de lotería... toda clase de entretenimiento. Había un equipo muy famoso aquí en Puebla, el de Miguel Rúa, que ha dado muy buenos frutos a nivel deporte. Y ellos, los mismos jóvenes, programaban obras de teatro. Entonces en las tardes, cuando era su debut, nosotros como público nos divertíamos con ellos.

El nombre del cura no lo recuerdo, era un hombre muy famoso y en este momento no se me viene a la memoria, pero creo que también se apellidaba Velasco, el padre Velasco, era muy famoso porque promovía todo eso.

Había un edificio muy famoso que, como hasta ahora, era sitio de reunión como decir una reunión en El Gallito ¿no? Anteriormente había otro edificio que era muy famoso aquí en la 11 norte y la ocho poniente, que era un edificio de cuatro pisos, que era el edificio más alto de aquí de Puebla. Todo mundo le decía “cuatropisos”, nos vemos en el “cuatropisos”.

En ese tiempo de chamacos éramos muy reprimidos con los permisos, no como ahora, cuando la juventud actual tiene facilidad de salir a la calle, pero recuerdo todo eso de Puebla. 

Cuando quedé huérfano mi padre me llevó con la madrastra, que ya existía con anterioridad ¿no?, entonces cambié de rumbo, me fui tras de la iglesia Del Rayito, que estaba en la 44 poniente. Ahí pasaba el tren, nosotros acostumbrábamos en la mañana irnos a correr a Los Fuertes, que eran muy distintos a como ahora están. Estaba el faro exactamente ahí en los Fuertes, que en las noches alumbraba como una medida de protección para los aviones o no sé con qué fin; había un faro y había la entrada a un túnel que era de la famosa historia sobre túneles que hay aquí en Puebla; que conducen, decían, hasta el cerro de San Juan y otros puntos estratégicos. Estaba abierto el túnel, nada más que muy olvidado y sólo alcanzábamos a bajar un poco, porque ya se sentía un ambiente de humedad tremendo, y la oscuridad. Mi madrastra tenía un yerno que era el que cuidaba el túnel, era policía y le daban a cuidar ese faro, era el que prendía el faro y el que lo apagaba, entonces por esa facilidad pudimos entrar a ese túnel y ver los fuertes.

Ahí en el Rayito me acuerdo de las posadas cacahuateras, o sea, muy comunes, que organizaban los sacerdotes y que íbamos a romper la piñata; nos daban nuestro aguinaldo y jugábamos mucho beisbol. En ese tiempo era la época de los famosos Pericos del Puebla, la afición era más fuerte hacia el beisbol que al futbol, que ahora es diferente.

Mi hermano jugó mucho al futbol, entonces, la única ocasión en que me llevaron al juego, fue por azares del destino, fue el día que murió mi madre, y con tal de que yo no me diera cuenta cuando se la llevaban al panteón, encomendaron a mi hermano para que me llevara al estadio. Entonces fui al Mirador. Era un estadio de madera completamente, y es cuando vi jugar al Puebla, me imagino que jugaba Cárdenas, era la época de Cárdenas, cuando estaba aquí en el Puebla. Es la única oportunidad que tuve de ir al futbol. Alrededor de ese estadio había campos de futbol llanero, es lo único que recuerdo.



La religión estaba más arraigada, como que había más promoción. O sea, había forma de atraer a la gente más a la iglesia, a las misas, a todo eso. Yo recuerdo, porque mi padre me mando instruir, hice mi primera comunión ahí en la iglesia de la Merced. Y sí, era muy arraigada la religión en ese entonces. Atraía más a los jóvenes, o sea, era más atractivo, porque había promociones, como jugar futbol, sobre todo yo, que estuve en el barrio de San Miguelito.