viernes, 28 de abril de 2017

Monsiváis en la ENAH


A mediados de 1984 se publicó un libro de chismes llamado Juan Gabriel y yo, que mostraba al Divo de Juárez en una cama muy contento y bien acompañado por el autor. Durante ese año tomamos una materia con Carlos Monsiváis y nos burlábamos de hacer un balance del curso con el nombre de Monsi y yo, la portada iría ilustrada con una buena caricatura del Monsi, pero no hicimos ningún balance, tarea ni nada académico en los dos semestres que duró el periplo por la geografía de ese honor concedido, que a diferencia de Juan Gabriel, no llegó a la cama y menos a los tribunales.

Nos reunimos una vez a la semana durante dos semestres en la escuela de restauración de Churubusco –“cerca de una estación del metro” –condicionó Monsi cuando hablamos del lugar. Leímos autores alemanes sobre cuestión nacional y nos hizo muchas recomendaciones de lecturas mexicanas. Nos preguntó sobre los Magníficos y su libro crítico a la antropología mexicana, pero ninguno de los presentes lo habíamos leído, ni sabíamos nada de Los Magníficos, porque nadie nos explicó ese debate de la antropología mexicana de los años sesenta y estábamos es ascuas. Léanlos, ordenó Monsiváis. Esa recomendación fue lo mejor que saqué de aquel taller tan libre y tan monsivallano que todos estuvimos encantados de vivir.

En los años ochenta estudiantes como yo -de antropología social- ignorábamos todo lo relacionado a Los Magníficos y la crítica académica al Indigenismo oficial. Sabíamos que Bonfil y Warman eran antropólogos influyentes, pero no sabíamos que iniciaron a finales de los sesenta una crítica al indigenismo que tuvo muy poco eco y ninguna difusión. Por algo no lo sabíamos. Cuando estudié en la ENAH de 1980 a 1985, la discusión del indigenismo estaba borrada de las preocupaciones de la antropología de moda, la filosófica. Entonces discutimos incansablemente a mallarmé, foucauld, heiddegger; nos fascinamos con deleuze y guattarí, ciorán, eco, sabater, trías y una sartre de kosic.  Hicimos muchas cosas exóticas como tomar clases con Jorge Juanes, Elisa Ramírez y su genial hermano Santiago, que en sus clases de filosofía griega la gente debía sentarse en el suelo. Tuvimos a Gregorio Kaminsky y Jaime Osorio, argentino y chileno; tuvimos a Lecourt que viajó en Concord –traído por Santiago Ramírez-, tal como se lo puse en su calavera de 1984, que el delgado maestro calvo de larga cabellera y mirada penetrante, recortó cuidadosamente del periódico mural. John Murra nos dio una conferencia sobre la cultura Inca, fue un placer muy grande escucharlo. Luis González y González estuvo varias veces y, de tarde en tarde, deambulaba por el patio principal, muy anciano, Ricardo Pozas. Y otras glorias locales como Elio Mansferrer y Ricardo Melgar, que enseñaban antropología mundial y mexicana, respectivamente, que eran los maestros de planta y permanecieron, con resultados desiguales, ora estimulándonos, ora regañándonos, a lo largo de la carrera. Pero nunca nos hablaron formalmente de Los magníficos, como si no existieran.

En esas estábamos, cuando en el sexto semestre de antropología social se nos ocurrió la idea de contratar a Carlos Monsiváis y rápidamente convencimos al “comandante” López y Rivas –como apodábamos al director-, que habló con Monsi y lo convenció de que aceptara recibirnos en su casa un día de la semana. “Mañana a las once –gritó el director, pero era su forma de hablar, todos movimos la cabeza aprobatoriamente y una sonrisita nerviosa nos delató. “La falta de títulos académicos no era un problema”, aclaró Gilberto afable, mientras se despedía con cabriolas de admiración por el escritor. Todos le dimos un apretón de manos y nos fuimos a la cafetería a planear la reunión. Muchos no nos creyeron.

Saliendo del metro Portales, a la vuelta, en San Simón o algo así, una banda como de ocho jóvenes veinteañeros de melenas largas y jeans ajustados tocó tímidamente en una puerta verde de metal con el número señalado. Monsiváis era igual que en la televisión, un poco más moreno, muy amable y observador, silencioso. Tenía el pelo blanco y abundante, alborotado como sus ojos pícaros por encima de los lentes. Y, por supuesto, su prominente mandíbula. Me tocó a mí romper el hielo y balbuceé el objetivo de nuestra propuesta que identificábamos como identidad nacional. La cuestión nacional –dijo él-, la identidad es cosa de los gobiernos, es la necesidad de ser, y la cuestión nacional es lo que es. Pues que sea, dijimos, y nos comprometimos a conseguir un espacio en la escuela de restauración de Churubusco, que amablemente nos prestó uno de sus salones de clase. El nombre de Monsiváis abría todas las puertas. Yo le hablaba puntualmente a las 9 a su casa para recordarle la clase, nos quedábamos de ver a las 10 y todos llegábamos tarde. Y así, sin demasiada disciplina, nos echamos dos semestres de pláticas monsivaianas una vez a la semana, dizque estudiando la cuestión nacional.

Fueron dos semestres en los que en realidad estudiamos físicamente a Monsiváis, que invariablemente vestía pantalones güangos y una chamarra algo maltratada, todo de mezclilla. Siempre de mezclilla. Llegó a ir con pedacitos de huevo adheridos como una más de sus medallas y realmente carecía de cualquier preocupación por su aspecto. Nosotros no éramos más elegantes y disfrutamos dos temporaditas de ese singular encuentro entre estudiantes de antropología y Carlos Monsiváis. “Ya váis”, no me resistía a pensar cada vez que nos despedíamos de rigurosa mano.

La cuestión nacional no pasó de una plática ligera, Monsi se dedicó a contarnos historias de sí mismo y fue un privilegio escucharlo cada vez, externándonos sus preocupaciones, sus lecturas –traía pegado al poeta Kadafis-, su insistencia en la democracia, en el avance democrático, curioso de nuestras costumbres estudiantiles. Yo creo que estaba aprendiendo inglés, porque repetía frases en ese idioma y nos miraba muy complacido. “Invítenme a sus fiestas”, pidió más de una vez. ¿Cómo cuáles?, pensábamos nosotros. Como yo fui el encargado de la burocracia, fui su chofer en dos prolongadas ocasiones en las que me dio una sopeada sicoanalítica que lo único que me dejó en claro fue mi imberbe juventud frente a aquel organismo sonriente y canoso que no abría la boca en balde. Para decirlo simplemente, el grupo B del sexto semestre de antropología social no daba el ancho, éramos muy brutos como para aprovechar a Monsi de una forma más académica. Era cosa de leer obligatoriamente sus propios libros y discutirlos con él, o discutir conceptos –como democracia, libertad de expresión-, o discutir autores mexicanos o algo, pero a nadie se le ocurrió.

Nosotros éramos un grupo de doce a quince jóvenes de 25 a 27 años que usábamos camisas de Aurrerá, botas de minero y los inseparables “jeans”; cargábamos muchos kilos de libros y fumábamos con la puntualidad de un tic nervioso.

Sin embargo, yo era de los pocos que había leído algunos de sus libros de todo el grupo. Nuestras intervenciones eran breves, balbuceantes, pero al menos no nos arredramos para encontrar temas y pláticas que él siempre tuvo la cordialidad de respondernos. Lo mejor eran sus recuerdos y algunas imitaciones –una de José María Alponte con Echeverría- muy jocosas. Desde mi primera intervención le hablé de tú y fui bien recibido, eso permitió a los demás subirse al barco de la tuteada y lo llamamos Carlos: “Eh… Carlos; ah, Carlos…” Pero en general hablamos poco.

En esos meses de 1984 Monsiváis había publicado algo llamado El desafío mexicano y otro título, publicado también por Océano, llamado A la mitad del túnel, en donde optaba por la democracia como una vía razonable para los mexicanos. Se asumía la presencia del 68, los protagonistas lo asumieron y lo analizaron. Pero nosotros no éramos del 68.

Con R. (mi R., no la de Monsi) había pasado tardes enteras en un bosquecito de Tlalpan que estaba por Insurgentes, por la salida a Cuernavaca, atrás de los muebles de tartán. Colocábamos una hamaca y nos poníamos a leer la antología de poesía mexicana de Monsiváis. Había leído A ustedes les consta, Días de guardar y Amor perdido… Decenas de entrevistas en jajá, TVyNovelas y suplementos de todo tipo. Era (y es) un hombre que se las arregla para aparecer en los lugares más insospechados, con su agradable aspecto de personaje de Batman, como aquel salón de aquel grupito de estudiantes de la ENAH al que tuvo la tentación de conocer.

De todo lo que he leído de él después de aquella aventura, casi nada tiene que ver con la experiencia académica de Monsiváis en la ENAH. En un artículo para el suplemento Confabulario que llamó “De la movilidad cultural en México”, en el Universal (7.abr.07), hay un párrafo que se aviene a los contenidos curriculares de aquellos estudiantes. Monsiváis indica que “se inician en las universidades los trámites de la ciencia literaria, que llevan por lo común a cambios y rectificaciones periódicas en los planes de estudio, a celebrar (por “precisos y exactos”) a los esoterismos que no osan decir su nombre y, también, a replantear temas y textos literarios. En el tiempo sucesivo y/o simultáneo de estructuralistas, postestructuralistas, deconstruccionistas, teóricos de la recepción. Decaen dos “iglesias”: el marxismo y el psicoanálisis que, por otra parte, en la crítica literaria sólo disponían de fuerza tangencial. Crece la perspectiva del feminismo o los feminismos que, por lo pronto, revalúan las escritoras olvidadas (la mayoría). Se inicia todavía con timidez la moda de los Estudios Culturales”.

En otro párrafo de este escrito asienta: “Desde 1980, aproximadamente, la expansión de la industria académica es la presión tomada en cuenta para una revaloración general. Crece la montaña de voluminosas tesis doctorales, la orientación bibliográfica se da hacia las fuentes secundarias, se igualan las técnicas de la interpretación y del comentario, con pretensiones aceleradamente científicas. Y, en la antesala de lo canónico, se atiende a muy diversos autores con la seriedad antes sólo destinada a los clásicos”.

Cuando le hablaba a su casa para recordarle de “la clase” estoy seguro que fingía la voz de su mamá. “Ya se fue”. “Gracias, señora”, yo me deshacía de nervios con la señora, no fuera a ser ella de verdad y nunca me atreví a decirle

–Ya, pinche Carlos, te caché.



La foto de José Antonio López, publicada por La Jornada, muestra a Monsiváis francamente divertido en la Cámara de Diputados el 17 de marzo de 1995, cuando se aprobó alza al IVA. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Cambio de piel


Tras sesenta años de uso, notarán ustedes que dejo atrás mi pequeño nombre de Polo para denominarme en lo sucesivo Leopoldo, por así convenir a mis intereses y la prosapia de mis canas, ese largo y pretencioso nombre de origen germánico que por desgracia rememora a muchos sátrapas belgas que tiranizaron a sus pueblos y colonizaron África con fuego y espada, aunque siempre estarán Alas Clarín y Lugones para renovarme la sonrisa. Y mi abuelo Leopoldo, por supuesto.


Dicho lo cual, ahí me ven, aquí me ven y aquí me tienen. Yo sé que esto no tiene la menor importancia para el lector, a quien debe darle lo mismo que me llame Moisés o Galeano (o Marcos, que está vacante de momento), pero quisiera que comprenda lo mucho que significa para mí, es una nueva identidad, una renovación, un nuevo cambio de piel (Texto completo en el otro blog).

lunes, 17 de abril de 2017

De santos y religiones


Existe una leyenda inducida en los pueblos por los frailes católicos para justificar la nominación de un santo para una comunidad. En todos los casos el santo se apareció en un paraje cercano y pidió la edificación de una iglesia, que invariablemente le fue concedida con diligencia. Es lo único que queda de la mayoría de pueblos originales de la república mexicana, una digna iglesita que engalana los centros históricos de comunidades muy lejanas de la inmensa geografía nacional. Los frailes se salieron con la suya, pero es ahí donde entran los asegunes, pues los pueblos adoptaron con naturalidad la religión católica y la amoldaron a sus propios festejos, que convenientemente coincidían en los más importantes. Daba lo mismo llamar Guadalupe a Tonzntzin para un cuicateco de Santa Cruz Zenzontepec, Oaxaca, cuando sus creencias le permiten adorar y ofrendar a sus otras deidades como la santa Abuela, el santo padre Dios, la santa madre Tierra, la santa madre Luna, los dioses del Agua, del Viento, de la Lluvia, de la Montaña, las santas Ciénegas y la santa Lumbre o santo Fuego. Religión superior, la suya, que espera un equilibrio en la sociedad, “la naturaleza y lo divino-sagrado, intrínsecamente vinculados, donde los puntos de tensión han de garantizar el mantenimiento de la armonía de su universo”1. ¿Superior a qué? A la católica, por supuesto. Me gustan muchos de los valores de sus religiones astronómicas (sol, luna, estrella), aunque difícilmente vaya a compartir nunca los dogmas y las creencias que las atraviesan.

En la cosmogonía de los zoques, por ejemplo, el sol juega un papel importante ya que es la deidad principal y ahora se asocia directamente con Jesucristo. Existen entidades malignas que en todo momento amenazan la vida de los zoques y hay que estar preparado respecto a ellas y saber cómo evitar su ira. Así, por ejemplo, cualquier caída al suelo se interpreta como un intento del "dueño de la tierra" por apoderarse del alma de la persona; o bien, deben protegerse durante el sueño, ya que en este estado el alma del zoque vagabundea libremente y el espíritu de la noche está al acecho con el fin de "robársela", dejando al cuerpo sin alma. El diablo, aunque es una entidad católica, se asocia con distintos espíritus del mal que encarnan en animales.

Encontramos tres grupos religiosos entre los zoques: los católicos, los adventistas y los que se reconocen como "costumbreros". Existe un rechazo y una falta de reconocimiento de unos a otros, lo que propicia conflictos por la obtención de poder.
Es importante señalar que entre los costumbreros, a pesar de no reconocer al sacerdote católico como la máxima autoridad, admiten y celebran a los santos católicos; llevan a cabo fiestas tradicionales, danzas y sacrificios rituales. Para estas celebraciones existe un complejo sistema de organización cuya jerarquía se basa en la edad de los participantes: los más ancianos ocupan los cargos más importantes y los jóvenes los de auxiliares. Tienen como lugares sagrados, además de las ermitas y las casas de los "cargueros", las cuevas y las montañas del territorio.2

En el mundo subterráneo (Wits Ch'en) reina la paz, no hay dolor ni maldad. Ch'ujtiat pobló el mundo subterráneo con varios wots ch'en (espíritus juguetones, benéficos), mediadores entre el mundo celeste y el mundo terrestre.3

Después de vivir los martirios de la semana santa, por lo menos estas historias resultan más entretenidas.


Citas:
1 http://sic.conaculta.gob.mx/

jueves, 9 de marzo de 2017

El fraude de la asimilación


Miguel Othón de Mendizábal propuso una alternativa futurista para la relación entre los mestizos y los pueblos originarios frente a la inminente estrategia de asimilación que vio prosperar entre sus contemporáneos, planteó una posición moderna y sumamente práctica, que aún hoy podría prosperar: que sí había mucho qué conocerles a los pueblos indígenas; que había que preservar y cultivar sus culturas a través de sus lenguas; que había de aprovecharse su experiencia en herbolaria y medio ambiente; que habrían de desarrollarse sus industrias artesanales y ayudarlos en educación, higiene y comunicaciones sin aires de emancipación ni actitudes imperativas que les exigieran dejar de ser lo que eran y son. Lo que me interesa discutir aquí (en este blog) son las razones que lo sabotearon, que lo borraron del mapa de la antropología mexicana, que lo hicieron un gran desconocido a pesar de los premios, calles y auditorios que llevaron su nombre. Mendizábal lo dijo, lo escribió, lo dictó en conferencias, alertó del fraude uniformador de la asimilación.

Inevitablemente, al hacer esta observación, es preciso detenerse a ver a los llamados Magníficos de la Escuela Nacional, en los años setenta que, con más visión, modernizaron aquella súplica y condenaron también la práctica de ese mecanismo para manipular indígenas llamado indigenismo, tronco de nuestra antropología. Y como a aquel, también fueron acallados. Sus reflexiones no fueron presentadas ni mucho menos discutidas en la academia de la Escuela Nacional, donde los estudiantes carecimos de esa revisión, básica para cualquier discusión de antropología mexicana, no por error de método o carencia académica, sino por complicidad con las autoridades que durante ocho décadas usufructuaron un fraude a toda luz; se invirtieron millones y millones de pesos entre un gobierno y otro pero la situación de los indígenas mexicanos no cambió nunca y, en la mayoría de los casos, empeoró. El indigenismo era inmoral de origen, Mendizábal lo alertó, los Magníficos lo ratificaron, pero nadie hizo nada por impedirlo.

La discusión indigenista vive en estos momentos un nuevo estado de definición, los mexicanos optaremos pronto por una personalidad alterna a la que nos ofrece la globalización, con toda su cohetería y comunicabilidad. México vive un proceso de indianización a todas vistas, nuestro castellano está profundamente nahuatlizado, nuestras raíces indígenas a final de cuentas no son tan lejanas, pero es una pena que hayamos perdido tanto tiempo. La invención del Indigenismo mexicano retrasó este proceso cien años.


La antropología mexicana da a luz una institución que en nada difiere de la práctica española durante la colonia. La diferencia es que ahora los llamaba hermanos, aunque culturalmente buscara borrar sus identidades, ya no para imponer una moral cristiana de nuevo mundo, ahora a favor de un presunto proyecto nacional. El famoso mestizo que, negando sus orígenes mexicanos, prohijó la práctica de una política social sustentada en el racismo. No había nada qué conocerles, ellos tendrían que hacerse mexicanos.

lunes, 23 de enero de 2017

Es la misma historia

Con esta entrada finalizan las publicaciones sobre historias de vida de habitantes de la ciudad de Puebla, ninguno de ellos joven y algunos de ellos adelantados ya hacia el polvo de estrellas del que provenimos y al que vamos todos. Formaron parte de una colección publicada en 2001 por el extinto Consejo del Centro Histórico, que dirigía entonces Roberto Herrerías, bajo el engañoso titulo de Los barrios de Puebla, pues no eran los antiguos barrios de la ciudad en pretexto de estas entrevistas, sino el de historias de vida poblanas. En todo caso pudo llamarse En los barrios de Puebla, porque fue aquí, en diversos puntos de la ciudad, donde fueron realizadas estas conversaciones. Espero que las hayas disfrutado, quedan ahora para su revisión por las generaciones venideras.


DOÑA OLGA RODRÍGUEZ ROMERO

A mí me encanta la historia de Puebla, que es la misma historia, pero de otra etapa. Nací aquí en Puebla, pero no me acuerdo dónde. Recuerdo a mi mamá, porque cuando yo tenía dos años mi mamá se separó de mi papá, así es de que no recuerdo a mi papá. Desde que yo tengo memoria, siempre viví en el barrio de Santa María. Antes, en esa época, hasta allí llegaba Puebla, era una de las colonias más importantes de aquí, fue fundada por Francisco Rodríguez Pacheco y un señor Genis, que fue presidente municipal de Puebla. Fue una persona de dinero y fue él quien fraccionó esa colonia. Entonces nomás estaba la colonia Santa María, la colonia Humboldt, la colonia América, Chula Vista y ya, por el norte. Hacia el sur nomás llegaba hasta Mayorazgo.

Yo hice mi primaria aquí en la Pacheco y Genis, ahí precisamente. Estuve hasta segundo año nada más, después a mi mamá le ofrecieron un trabajo de maestra de corte, de confección y de cocina en la fábrica de Metepec.  La fábrica de Metepec de hilados y tejidos que en esa época era una de las mejores, de las más importantes factorías de toda la república. Allá se fue a trabajar mi mamá.  A mí me llevó chiquita, de nueve años y allá terminé la primaria. Metepec era un pueblo muy bonito, vivía la gente ahí muy bien, porque el que era dirigente de la CROM, don Antonio J. Hernández, mantenía muy bien la comunidad. No había cantinas, la gente vivía muy bien. Él era de ahí. Mi mamá lo conoció, tuvo buenas relaciones con él porque él tenía a su cargo todo ahí. Él mandaba en las fábricas, en las academias. Había academia de corte, de cocina. Una academia preciosa que a mi me tocó casi inaugurarla, porque cuando yo llegué ahí a los nueve, diez años, tenía como un año de haberse inaugurado la escuela, una escuela tipo español, una copia de un edificio de España, porque la escuela era muy bonita. Ahí terminé mi primaria.

De la escuela recuerdo mucho. De la primaria. Jugábamos a los juegos tradicionales, salíamos al recreo y nos poníamos a jugar a doña Blanca, los juegos de antes, los juegos tradicionales, jugábamos al látigo. El ambiente que había en ese pueblo era muy bonito, porque este don Antonio mantenía la disciplina en todas partes. Ahí no veía usted ni borrachos, ni pleitos. Y si algún alumno cometía una falta castigaban al papá tres días. Todo había en abundancia allí en Metepec, fue la época de oro de las fábricas de Atlixco y más la de Metepec.

Mi mamá estuvo trabajando en Metepec doce años, era maestra de corte, de cocina, teñía; de todo, les daban todo. Todo les proporcionaban. Por ejemplo mi mamá, que daba la clase de costura y confección, tenía un salón enorme con un montón de máquinas, mesas, bueno, todos los implementos para trabajar. Les daban hasta telas, porque ahí la fábrica era de hilados y tejidos, les proporcionaban telas. Era una cosa que de todo había ahí en Metepec.

Mi mamá fue una persona muy trabajadora. ¡Qué no diría yo de mi mamá! Fue una persona muy trabajadora, eso sí. Se separó de mi papá cuando yo tenía dos años y mi hermano siete años, pero que murió a los siete años. Ya se habían separado, pero yo no supe realmente cómo, mi mamá nunca me tuvo esa confianza para decirme por qué se había separado de mi papá. Nunca. En ese tiempo había epidemia de sarampión y no estaba controlada, no existían las vacunas ni nada de eso. Entonces la mortandad infantil era muy grande, le estoy hablando de hace sesenta años.


Terminé la primaria allá en Metepec, muy contenta, mi mamá allá vivió feliz-feliz. Yo también, porque el ambiente era muy bonito, muy sano, todos trabajaban. A mí, que me gustaba mucho el baile desde chica, pues ahí había conjuntos. Estaba el mariachi Metepec que fue muy nombrado; tenían una banda, tenían como cinco orquestas de puros trabajadores. Bueno, vaya, yo los conocí desde niña y, como a mí siempre me ha gustado cantar -dicen que fui entonada, ahorita ya no, ya me salen los gallos-, los 15 de septiembre, los 16 hacían, bueno, una semana de festejos; todos los días. Había kermeses, baile, toda la semana era de fiestas, había desfile… Mi mamá, después de que nos venimos a Puebla, y que nos pasábamos el 15 de septiembre aquí en la casa, nomás nos acordábamos… “ay, mamá ¿te acuerdas cuando estábamos en Metepec…?”

Me gustaba cantar con los mariachis, porque ellos, como vivíamos ahí me conocían, y la primera vez que canté tenía yo como diez años. Y en las fiestas cantaba yo con ellos. Una que otra vez canté, pero me gustó. Por ejemplo, el día de santo de mi mamá sus alumnas llevaban los mariachis a la casa. Y el día del maestro los mariachis llevaban mañanitas. La fábrica les daba casa a los maestros, entonces vivíamos felices ahí, fueron los años más felices para mi mamá y también para mí. Yo los recuerdo con mucho cariño esos años que pasamos allá en Metepec.

Pasado el tiempo mi mamá se quedó en Metepec y yo me vine a Puebla a estudiar la secundaria, tenía yo mi familia, mis tías. Mi mamá se quedó en Metepec doce años. Cuando yo tenía siete años mi mamá encontró otro señor, mi padrastro. Fue el que construyó mis casas, él era ingeniero, entonces ya mi mamá se casó con él. Ahí fue cuando también me llegó un poco la tristeza, porque con ese señor ya no era lo mismo. Hija única, consentida y siempre viviendo con mi mamá, cuando llegó otra persona como que no, me dio celo, celo natural. Entonces ya me vine aquí a la secundaria. Como mi padrastro era maestro fundador de la secundaria nocturna Flores Magón, me metieron ahí. Yo, de doce años, quería ir a otra escuela, una normal, pero no, “te vas a la Flores Magón porque allá te van a estar vigilando.” Claro, estaba ahí mi padrastro. Tenía compañeros que ya eran hasta papás, pero había otros de mi misma edad. La escuela era especial para trabajadores, por eso era nocturna, entrábamos a las cuatro de la tarde y salíamos a las diez de la noche.

Ella les hacía sus uniformes a los que participaban en los festivales. Mi mamá era pero muy lista, sola tenía que luchar. Se compró una máquina para hacer botones, para hacer cinturones, entonces las llevaba a la Academia y les hacía sus uniformes con hartos botones. Ella se los forraba. Escogía unos uniformes que tuvieran muchos botones y ella se los hacía. Fue luchona-luchona. Vivíamos bien, siempre tuvimos todo, gracias a Dios nunca nos faltó nada. Ella estudió la primaria y una carrera técnica. Mi mamá estudió en la Escuela de Artes y Oficios de mujeres. Ahí estudió corte y confección, peinados, maquillaje, todo eso y corte; cocina y repostería y a todo le sacaba jugo mi mamá.

Mi mamá, ya cuando yo me vine, abrió un negocio de mercería y salón de belleza, entonces ya no se quedaba en Metepec, venía todos los días, pobrecita. Se iba temprano y se venía de Metepec en la tarde, como a las cinco. Nomás iba a dar sus clases, en horario corrido. Yo le cuidaba el negocio acá en Puebla, ayudaba a mi mamá a hacer permanentes, pero casi no porque nunca me gustó. A mi mamá sí, cortaba el pelo, hacía permanentes, arreglábamos medias, cosía, hacía botones, mercería, bueno, de todo hacía mi mamá.


Abajo de la secundaria nocturna Flores Magón estaba la escuela de artes y oficios para mujeres. Ahí vi por primera vez que daban clases y ¡ay!, decía yo, “cómo me gustaría…” Siempre me gustó el baile, desde chica me encantó el baile. Yo fui bailadora de corazón. Creo que desde que nací me gustó mucho el baile, pero como ocupaba las tardes no podía ir, porque era en las tardes también. Salían con sus mallones y toda la cosa. A mí me…enchinaba. Me asomaba yo por las ventanas y veía el jardín y el lugar donde daban las clases.

Al terminar la secundaria mi mamá soñaba con que yo fuera química-bióloga. Yo era re´burra para las matemáticas, re´burra para todo. A mí lo que me gustaba era el baile. El estudio no me gustaba, cada quien. Yo soñaba con ser bailarina. Mi mamá con que no, que tienes que ser química-bióloga. Me soñaba mi mamá con mi bata y microscopio. Cada quién sus sueños. Entonces me metió a la universidad, en el Carolino estaba la preparatoria, pero ese año se me fue porque no hice nada. No hice nada. No di el ancho, porque antes la preparatoria era en serio, muy dura. Francamente yo no di el ancho, entonces me sacó mi mamá de ahí y me preguntó qué iba a estudiar. “No, pues que yo quiero ser bailarina”. “Que bailarina ni que ocho cuartos”, me ponía mis regañadas. “Pues ahora aunque sea te vas a ir de maestra”. Aunque sea, me dijo. ¿Yo de maestra? ¡Qué horror! pero, pues, ni modo. Antes sí era uno muy obediente con los papás. Entonces me fue a inscribir a la Normal, pero no encontró para la primaria, “pues inscríbala en pre-escolar”. Y que me inscribe. Estaba recién iniciada la carrera de educadora, tenía dos años apenas. “De nada a algo, pensó mi mamá, pues que sea educadora”.
Llegó a la casa y me dijo: te vas a ir a estudiar de educadora. Y qué es eso, Dios mío, qué es eso. Yo no sabía que había esa carrera pero ni modo.

La maestra que teníamos en la Academia era una de las mejores maestras que había aquí en Puebla, Diana Ruiz Esparza. Una excelente bailarina, con una técnica de lo mejor, porque ella había estudiado en México y todo. Antes, la mejor era ella.   Ahí estuve varios años estudiando danza; mientras, terminé la carrera de maestra normalista. Tenía como de dieciocho años, diecinueve.

Mi maestra presentaba unos festivales preciosos en el antiguo teatro Variedades, que estaba junto al cine Coliseo, donde están ahora los almacenes de telas, enfrente de Parisina; en ese teatro presentaba sus festivales, y nos hacían el vestuario bonito-bonito, las mismas alumnas de corte y confección nos hacían nuestro vestuario. Y salimos en todos los ballets clásicos. Copelia, la Silfides, El lago de los cisnes, Rosamunda, El cascanueces, en todos esos salí. Ya bailaba yo algo de puntas.


Estuve como cuatro o cinco años en la escuela de danza clásica.

Cuando me recibí de educadora, el primer año me mandan a ejercer mi profesión hasta Matamoros, al Centro Escolar de Matamoros. Trabajé un año y de ahí tengo unos recuerdos horribles, porque hace un calor espantoso. Todo el año estuve enferma, me dio tifoidea. Mal-mal me fue ese año. Tanto que me dijo mi mamá: “sabes qué: renuncia”. Porque estaba yo delgada-delgada, es que es un clima de lo más insalubre que hay, Matamoros. No me estuvo el clima. Nos fuimos varias maestras, alquilábamos una casa y cada ocho días venía yo aquí a la casa, cada vez más flaca y más deteriorada. Nos íbamos en las noches a la plaza a comer pozole. Imagínese las de porquerías... No, no, yo estuve gravísima ahí, malísima.  “Mejor renuncia”, dijo mi mamá, “mejor prepara tu examen, te examinas y ya después buscas otra vez tu plaza”. Y sí, siempre fui muy obediente con mi mamá, por eso siempre, gracias a Dios, me ha ido bien.  Eso se le digo a mi hija, porque ella es muy terca, muy independiente y no oye consejos. Yo no, siempre oí los consejos de mi mamá y siempre me fue bien, de veras.

Regreso de Izúcar y ese año preparé mi examen profesional y me inscribí en el Centro Escolar (Niños Héroes de Chapultepec) para estudiar baile español, porque a mí todo me gustaba; flamenco con castañuelas y todo. Ahí estuve como dos años estudiando con una maestra que después fue primera figura del ballet de Amalia Hernández. Bailaba precioso. Se llama Emma Pulido porque todavía existe. Y con la maestra Martha Castro de Couttolen, que hacían presentaciones de danza española. Aprendí algo. Y como el clásico es la base, usted sabiendo clásico, ya todos los demás bailes son pan comido, porque el clásico le da a uno mucha técnica. La persona que sabe clásico cualquier baile es pan comido para ella, los años que estuve en clásico me sirvieron mucho. Nunca fui estelar, siempre fui del coro, porque sí había solistas que reunían todas las características de una bailarina, pero yo fui del montón, vaya. Pero el ballet de la maestra Diana fue un buen ballet, era muy buena maestra. Cuando ella bailaba se traía a un bailarín de México, de los de Bellas Artes y bailaba con él. De hecho, ella siempre fue el papel principal. Por ejemplo en Coppelia era la figura principal, y traía bailarines de los connotados en esa época, a bailar con ella. Bailaba precioso con su bailarín, por ahí tengo unas fotos que recorté del periódico.

Me volvieron a dar mi plaza federal. Don Antonio J. Hernández, como su palabra era una orden, un día le preguntó a mi mamá: “¿qué pasó con la niña?”, como me conocía desde chica, “¿ya tiene trabajo y todo?”. Pues no, es que renunció a su carta en Matamoros y le contó todo. “Bueno, pues le voy a dar una...”. Él le dio una orden para dársela a la inspectora, y como la inspectora iba a Metepec y la llenaban de regalos, pues bueno, entonces quiso-no-quiso, tuvo que abrir una plaza de nueva creación en Metepec, en el jardín de niños de Metepec. Entonces ahí voy a Metepec y como era uno joven no importaba el viaje. Todos los días iba y venía, durante un año. Tomaba un camión de Santa María a la terminal, luego llegaba ahí y tomábamos otro camión a Atlixco y luego otro a Metepec. Eras tres camiones de ida y tres de venida. Diario, diario-diario… Salía de mi casa a las siete de la mañana y regresaba a las dos de la tarde. De Metepec hubo una permuta con una maestra, entonces me pasé a Atlixco.


En Atlixco estuve doce años, viajando diario por la antigua carretera, donde cada día se veían accidentes. Muy transitada y peligrosa pero nunca, gracias a Dios, nos pasó nada. Yo vi muchos accidentes, sobre todo en Los Molinos. Dilaté doce años trabajando en ese jardín de niños que para mí fueron los mejores años de mi vida, los que trabajé con la maestra Elba Raquel Dorado Tiro, que fueron mis años más felices. Ella fue mi directora y por ella aprendí muchas cosas. Si llegué a ser maestra fue por ella. De esas maestras dedicadas por completo a su profesión, que no se casaron, que nada de nada, que vivían en la escuela y siempre era muy exigente. Pero muy exigente, con ella misma y con nosotros. Nos exigía mucho y uno se quejaba, pero con el tiempo yo reconocí: “carambas, cuánto le aprendí a esa maestra”. Yo la recuerdo con tanto cariño a mi directora, con la que trabajé doce años.

Cuando yo llegué al jardín de niños dábamos clases en una casa antigua, vieja, que ya se nos veía abajo y todo. La directora gestionó que nos hicieran un jardín de niños. Como ahí estaban las fábricas y había mucho dinero, don Antonio J. Hernández y todos los líderes de la CROM y todos, pues pesaban mucho en Atlixco, y nos hicieron un jardín de niños que, en esa época, fue el mejor de todo el estado de Puebla. Un jardín de niños precioso, modelo. El terreno lo regalaron los Maurer, que eran los dueños del Molino de San Mateo, un terreno grandísimo, entonces el municipio y el estado se juntaron y nos hicieron ese jardín. Era un jardín de niños amplio, que contaba con todas las instalaciones que debe tener un jardín de niños, cada aula tenía su bodega, sus baños acondicionados a los niños, su patio de actividades para cada aula, con su mesa de arena para cada aula, o sea que si queríamos salir a recreo salíamos a nuestro patiecito sin que molestáramos a los demás. Lleno de flores, de rosales, un salón de cantos enorme. De veras, fue el jardín de niños modelo del estado de Puebla. Jardín de niños Justo Sierra de Atlixco. Que había una demostración: Atlixco. Pues claro, era el mejor jardín. Que iba a haber esto: Atlixco. Pues claro, era el jardín modelo. Entonces a todas nos tenían como se debe, trabajábamos con todo lo mejor. Y como estábamos con la maestra Raquel, que era reconocida como una maestra dedicada, pues lo hacíamos muy bien. Nos quedábamos una vez a la semana a hacer trabajo social con las mamás, en las tardes. Aparte, dos días a la semana, después de las clases, nos reuníamos en la sala de conferencia, que también teníamos, y nos poníamos a hacer “material”, porque antes no había, entonces todo el material didáctico que se utilizaba lo hacíamos nosotros. Cuando nos venimos, después de doce años, estaban los closets llenos-llenos de cajas con rompecabezas, loterías, elaborado por nosotros, pero eso fue por la directora. Sí, trabajábamos bien bonito. Teníamos maestro de piano y hacíamos unos festivales, siempre bajo la dirección de la maestra Raquel, muy bonitos, que yo creo que está en el cielo porque su vida la dedicó a los niños. Fueron mis mejores años.