viernes, 17 de octubre de 2014

Habrá policías y no queremos que los maltraten. Ayotzinapa seis décadas atrás


Del profundo territorio del analfabetismo en la Mixteca poblana, el niño Isaías Cruz Zúñiga, obstinado, alcanzó la educación superior orientado por una ilusión que sin duda era mejor que la realidad. Aquí recuerda sus aventuras que terminan en la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, la primera parte de una larga historia de magisterio en las sierras poblanas, antes de jubilarse para vivir el fruto de su trabajo en su confortable casa de la ciudad de Puebla, en compañía de su esposa e hijos.

Nací en un ranchito del municipio de Tehuitzingo, estado de Puebla, llamado Santa Cruz Boqueroncito. Se conoce que es la mixteca baja. Todas las épocas que pasaron, nadie que se recuerde tuvo la oportunidad de llegar a unas aulas. Vamos a hablar que nací en 1940 y de ahí, al 48, cuando llegó un pariente que trabajaba en la carretera, en aquel entonces la Panamericana, llegó por Matamoros y Tehuitzingo. A cuatro kilómetros está mi ranchito. Hasta ahí llegó y tuvo una plática con la gente del pueblo e invitó a quienes desearan que sus hijos salieran a estudiar. Para eso, supongo que él narró y explicó la forma en que uno le iba a hacer. Después de esa situación dijo que iba a dar becas para los hijos de Santa Cruz Boqueroncito, y por casualidad, como niños y todo, yo tenía exactamente ocho años, no cumplidos, porque nací el 7 de noviembre. Me llamaron y me preguntaron. Dije que sí, que sí quería yo ir.

Como niño, algo hermoso también. Recuerdo que mi madre sólo daba café, una sola vez. En una ocasión llegaron personas a caballo, bien vestidos. A pesar de que mi padre usaba calzón y cotón de manta, pero también tenía buenos caballos, buenos trajes, pero yo siento que por la falta de estudios no supo administrarlo, no supo educar a sus hijos. En esa ocasión era un miércoles, mi madre salió y dijo que ya estaba el desayuno, que pasara ya con sus amigos. Llegaron a la mesa y que voy viendo: tendieron queso, pan, chocolate, todo…  ¿Por qué? pregunté a mi madre, por qué todo eso. “Cállate, que no escuchen los señores”. Es probable que yo haya entendido eso. Me callé. Eran ganaderos, comerciantes y visitaban a mi padre. Y siempre había cosas para ellos.

Recuerdo que me daban en la comida un plato de frijoles donde ponían tu sopita, le daban a uno una memela gordota, que les daban también a los perros. Comíamos con la mano, quizás no había cucharas, pero comíamos con la mano. Tal vez la falta de costumbre. Solamente la cucharas grandes con las que hacía la comida. También recuerdo que en esa región se toma mucho el caldo de pollo que allá le llamamos chilate, le ponen una bolita de masa, la cuelan con la coladera y ya suelta lo que sale de la masa. Es un caldo muy sabroso. Es probable de que no tuviera mi madre cucharas, pero recuerdo que comíamos así, con  las manos.

Mis abuelos no. Nací después. Por señas mi abuelita, la madre de mi madre. Sólo recuerdo que había mucho respeto, no se usaba que se hiciera alguna guasa con ellos, sólo se les llamaba como abuelitos, “papá grande, mamá grande”. En este caso era Mama Linda, mamá Herlinda. El papá de mi madre era Bonifacio. Los padres de mi padre ya no los conocí.

Algo muy especial también fue mi padre. Tuvo su primera esposa y con ella tuvo doce hijos. Fallece su primera esposa y se casa con mi madre, de escasos trece años y supongo que mi padre unos cincuenta, cincuenta y cinco años, y con ella fuimos otros doce. De esos doce yo fui el último. O sea que, tomando en cuenta todos, yo soy el hijo veinticuatro. Los recuerdos que tengo de mi padre son los del cura Hidalgo, sólo con la coronilla de pelo, y no murió pronto. Mi padre murió de 125 años, hace poco, en 1977, por ahí así. Y mi madre muere de 96 años hace como dos años. Ahorita tengo exactamente un hermano que debe tener 100 años, el primer hijo de mi padre. Todavía vive.

Fue cuando llegó ese paisano que después supe que era hijo del rancho, pariente, y que se dedicó a trabajar en la carretera internacional. Estudió por su cuenta como profe, después estudió economía, era licenciado, y en ese entonces supongo que funcionaba como maestro. Él fue a invitar a la gente que deseara enviar a estudiar a sus hijos y yo por casualidad andaba por ahí donde se hacían las juntas, junto a un esquite muy grande. A mí se me llamó y me preguntaron si quería estudiar y dije que sí. Fui el primero que me anoté. Después llamaron a otros y así se hizo un grupo. Éramos tres: yo, Eufemio y Hermelinda. Nos fuimos a Zacapoaxtla, a un internado de primera enseñanza. El colegio Pedro Molina Córdoba, en un barrio de Zacapoaxtla.

Cuando salimos de la casa recuerdo que yo traía unos huarachitos de Tehuitzingo, y el maestro me compró unos zapatitos, me compró un sombrero; por cierto que eran unos zapatos amarillos y rechinaban mucho, de esas mata víbora. Como no estaba acostumbrado los tiré, pero hacía mucho frío. Era 1948, brotaban los honguitos y me gustaba tronarlos con el pie. El talón se me abrió, se me agrietó.

La escuela era militarizada y ahí nos dieron todo. Ropa interior, zapatos, pantalones y camisa, pero militar. Kepí, la gorra, también. Fue una época bonita. Recuerdo que durante el primer año todavía me bañaron las afanadoras, ya de segundo para arriba uno tenía que bañarse. Pero sí nos daban ropa y comida, pobre, pero buena. La disciplina militar, nos daban armas sin cartuchos, pero para limpiar las armas. En tercero ya éramos peritos en armas. Claro que muchos,  como no nos llenábamos, salíamos con los amigos a ver qué.
En ese entonces, estoy hablando del 48, no había todavía edades para estudiar. Si yo tenía ocho años, había jóvenes de 18, 19, 20 años, compañeros míos. El asunto ahí era estudiar. Gobernaba don Manuel Ávila Camacho, que prometió que en su periodo iba a erradicar el analfabetismo e intentó cosas muy buenas. Estábamos muy orgullosos, en los desfiles se hacían en Zacapoaxtla grandes fiestas, bandas de guerra y todo, era el internado número 19 que sonaba en todas las calles, y aplausos y confeti para todos. Nomás un piquete o un culatazo y derechito, párase como debe, derechito al comer, sin pegar la cuchara al plato y bueno, normas muy estrictas. Sí aprendimos.

Cuando estaba uno en la mesa, los grandes te quitaban tu pan, tu tortilla, tus frijoles y quédate callado. Y si no te gusta, pues, golpes. Así era. Cuando nos cansábamos de eso nos defendíamos, y nos íbamos a los ciruelos a darnos hasta por debajo de la lengua. Una cosa hermosa, hermosa. Había uno que siempre me molestaba, porque era chaparrito. Me quitaba mis trompos, mis canicas, mis yoyos, mis baleros, todo me quitaba. En una ocasión, como dos años después, íbamos en las escaleras y que me pega en la espalda. Me regreso y le pego en el ojo. Daba unos gritos horribles y rueda por las escaleras. “Síguelo”, dijeron, “pégale, pégale”. “Ya no me pegues, manito. Ya no...” Le pegué duro y duro hasta que me lo quitaron. Santo remedio. Después “qué pasó ¿eh?”, “No, no quiero nada contigo”. Son cosas tan hermosas ¿verdad?
En tiempo de muertos llegábamos con nuestros diccionarios a las casa de los nativos de ahí, pedíamos permiso, y empezábamos a decir cosas con el diccionario en mano, cualquier cosa, y al fin nos persignábamos. Y así nos regalaban tamales, elotes y montón de cosas que hacen ahí. Chayotes buenísimos, de esos peludos. Llegábamos a la escuela y a guardar cada quien sus alimentos, para los momentos críticos del hambre. Era puro juego, puro relajo.

Un maestro nos decía: “Hijos cuando se vayan a trabajar a los pueblos indígenas, van a encontrar a la gente nativa, así como es, edúquenla bien, o si no, déjenla así, porque si lo dejan a medias los vuelven ladinos y ese te va a matar.”

En el internado estuve del 48 al 53, seis años, la primaria. De ahí regresé a la casa, como cada año. Una vez al año, por la falta de economía, porque mi padre no sabía o qué. Jamás me fueron a ver, jamás me fueron a visitar. Había padres que iban a ver sus hijos, les llevaban pos que una frutita, centavos, a mí jamás. A nosotros nos daban “Pre”, un dinerito en el internado, eso me lo guardaba y me compraba mis golosinas favoritas, la leche Nestlé condensada, le hacíamos dos hoyitos y a tomarla. Cuando terminé en 53, una persona del rancho se afanó y se propuso meterle a mi padre que no tenía que seguir estudiando. “¿Cual es la razón?”, preguntaba mi padre. “La razón es que tú ya estás viejo. No te das cuenta que estás viejo. Y no te das cuenta que Isaías es el más chico y es hombre, déjale las tierras, los bueyes, la casa, todo y que se haga cargo de ti. Ya terminó la primaria y es un jovencito -tenía trece, catorce años-. Enséñale a surcar y que cultive la tierra. Él te va a mantener”. “¡´Tas loco, Samuel!” “Haz lo que te digo”. Se fue el señor Samuel, que le decían el Ché, y mi padre nos llamó a mí y a mis hermanos que quedaban solteros y nos dice: “ya no se va a ir Isaías”. ¿Por qué? “Porque lo que dice en Ché es correcto, ¿quién va a ver por tu madre, por mí, que estoy viejo?” Y me dice a mí: “ya sabes, Vale –la palabra allí es Vale-, no tienes permiso, hasta ahí llegaste”. Yo lloraba y le pedía a mi mamá. “No, mi hijo, que te vas a ir”. No, no...

Afortunadamente nos daban orientación en el internado, por lo que yo tenía conocimiento de que existían en la república mexicana otras escuelas, entre ellas las Normales, como maestros, que eran internados y que yo tenía la posibilidad de hacer mi examen y adquirir una beca, porque mi padre nunca me hubiera enviado a una particular. En cierta forma le perdí cariño a los padres, a los hermanos. Hasta la fecha yo no tengo amistad con ellos, algunos me ven como enemigo. Y pues “que no te vas”. Y no era de que contestes: agacharse y escuchar. Había un sobrino como dos años mayor que yo, hijo de un primo hermano mío, que estaba en la Normal de Tenería, en Toluca. Un domingo que se hacen las plazas en Tehuitzingo, fui con mi madre en burro al mercado, ella en el fuste y yo en ancas. Llegamos y como chavos empezamos a platicar. Él estaba estudiando la secundaria allá. “No te apures, te vas conmigo”. Su papá que nos oye, y dice “qué pasa”. Le platiqué. “No, mi tío no tiene razón, Isaías, sí te vas a ir”. Fue y habló con mi padre y le respondió: “mira, hijo, te quiero mucho, pero mi decisión es que no se va”. “Pero tío, tiene que estudiar, no tienes a ninguno estudiado”. “Di lo que quieras, pero no se va”.

 Al domingo siguiente fui a su casa y nos pusimos de acuerdo. “Mira, pasado mañana te vienes con lo que traigas, te vienes con tus  papeles y yo te voy a dar para el pasaje, y te vas con Abdón, mi sobrino.” Al tercer día agarré lo que pude y tomamos el camión a Puebla, después a México y de México a Toluca.
Pocos meses duré en Toluca, donde me aceptaron en el internado, porque surgió un movimiento político que nunca entendí. Me vi envuelto en una serie de hechos que para no hacerla larga me sacaron de la escuela. Junto con todos los líderes y adherentes fuimos expulsados de la escuela y enviados a la calle. ¿Qué hago? Me fui a buscar a mi pariente a la ciudad de México.

Lo que a mí me sorprende -interviene su esposa, doña Hilda Juárez-  es que, cómo es posible que él, siendo un niño de siete años cuando conoció a su pariente Joaquín, cómo es posible que se acordara que trabajaba en la presidencia de la república,  como Dios le ilumina para que se pueda acordar de la cara de Joaquín. Sale de Tenería sin dinero, más que el puro pasaje para llegar a México y, habiendo tantas puertas en Palacio Nacional,  cómo se pone en la que Joaquín tiene que cruzar para salir de ahí. Nada más vea ¿no? No fue coincidencia. Era un niño cuando lo vio y ahora lo encontraba en la ciudad de México  –prosigue el profesor Isaías:

Cuando dijeron: “esos jóvenes, cincuenta, sesenta, están fuera de la Normal”, entre esa gente iba yo. Mi pariente Joaquín se apiada de mí y me lleva a su casa, donde tenía una beba, pues estaba recién casado y le dice a su esposa, “mira, traigo un paisano”. Y da la esposa el jalón a la puerta, nunca salió la señora, la jovencita, y bueno. Me dio frijolitos, tortillas, puso unos chiles y “come bien, porque te vas a ir en este momento”. Comí, después de comer “a bañarte, ahí está la camisa”, la misma ropa. Ya estoy listo. Me agarró de la mano y nos fuimos a Manuel Doblado, que era la calle donde salían para Acapulco. Estando ahí me compra el boleto y me dice: “sabes qué, te vas a ir y como a la cuatro vas a llegar a Chilpancingo, ahí te vas a bajar. No te vayas a salir luego porque es de noche, es peligroso todavía, espera que amanezca y luego te sales. Buscas Las Gacelas, unas camionetas muy bonitas (como las Suburban ahora) y te vas a Tixtla”. Me recomendó con todos hasta que le dijeron “ya señor, ya déjelo ir, no se preocupe”.


Normal de Ayotzinapa

Voy a Ayotzinapa. “Sí, es lo mismo”. Pero es que voy a presentar examen. “Ya, siéntate”. Atrás, no me fijé, venían más personas que iban a la Normal. “Ya, bájate, aquí es”. Pero yo voy a la Normal. “Aquí es”. Pues me bajo y allá abajo del cerro estaban unas casitas. Ahí voy. Llegué a la Normal y era una escuela muy bonita. Es una exhacienda. Llegué y ya estaba lleno, todos iban a hacer examen. “Llegas a la Normal y vas directamente a la Dirección y le dices al director que quieres presentar examen, le suplicas, le ruegas pero que te anoten en las listas”, me había dicho mi pariente. Lo primero que hice, pero un profe me paró “¿a dónde vas tú?” No, pues voy a hablar con el director. “¿Y tú qué cosa?”. No, es que no estoy anotado y quiero presentar examen. “No, vete, tú no vas a ningún lado”. En eso oye el director “¿qué pasa, profesor?”, pregunta. “Pues aquí hay un niño que dice que quiere platicar con usted, pero no está anotado”. “Déjalo que pase. Qué pasó siéntate. ¿No vienes con nadie?” No… Ya, le platiqué. “¿Y si no pasas qué vas a hacer?” No, pues, me regreso. “Pero si está lejísimos Matamoros”. Pues sí, pero yo voy a pasar el examen. “Órale, pues. A ver profe, anótemelo usted”. Y me anotaron.

Salí muy contento y ahí estaba, recargado esperando. Estaba un señor con  su hijo. “¿Qué pasó?” Ya, le platiqué todo mi asunto. “Pero, cómo es posible que te manden así, padres irresponsables”. Pues sí. “Este es mi hijo”. Nos saludamos. “¿Traes dinero?” No, pues, traigo como quince pesos. “Bueno”.
“A ver, todos a formarse por estaturas”. Nos formamos y empezaron a distribuirnos de cuarenta por salón. Así nos fuimos cada quien a su grupo y antes de pasar nos dijeron: “padres de familia, mañana se da el resultado, hoy sólo es el examen, pero mañana a las nueve se dará el resultado. No queremos a nadie que nos esté insistiendo porque estamos ocupadísimos y la SEP ha dado solamente 155 becas y son todas. Para 600 solicitantes. Y nadie reclame porque va a haber policías y no queremos que los maltraten. Los que escuchen su nombre son los únicos que tienen  derecho a la beca, dormitorio y todo.”

Ya, pasamos a los salones, presentamos examen. Yo sentí que fue rápido, fui uno de los primeros, el quinto o sexto, y me sentí bien. El maestro todavía me regresó, “dale otro repaso, es tu beca”. Ya maestro, no tengo que hacerle nada. Entrego y me salgo. Fui con el señor a esperar a su hijo y esperamos bastante. Ya, salió y “vamos”, nos agarra de la mano y nos vamos a Tixtla. En el camino fuimos platicando, era como un kilómetro de distancia. Hay una laguna muy hermosísima, grandísima esa laguna. Llegamos Tixtla y fuimos al mercado a comer un guiso muy sabroso, enjitomatado, se chupa uno los dedos. Luego fuimos al parquecito de Tixtla y buscamos un hotel. Me bajó unos tapetes bajo la cama y ahí me quedé. Mañana tempranito vamos a almorzar y luego vamos al examen.

Al día siguiente nos levantamos, nos lavamos la cara y ahí vamos al mercado a desayunar. Nos fuimos a la Normal y cuando llegamos ya estaba el sonido. “Pongan mucha atención, los alumnos que oigan su nombre pasen el centro como los vayamos nombrando. Son los únicos que tiene derecho a beca; los demás, como quedamos, que les vaya bien, porque tenemos mucho trabajo”. Fulano de tal, etcétera. Yo fui como el número siete y estaba plática y plática, no escuché mi nombre la primera vez, ni la segunda. ”Por última vez, Cruz Zúñiga, Isaías ¿No está?” Ya que me adelanto y me regañan: ”¿Qué te  pasa,  estás sordo o qué”. No, pues yo… Estaba feliz, quería zapatear, reír, gritar de gusto porque tenía mi beca. Mi amiguito no se queda y se despidieron de mí muy bonito,  me desearon suerte y se fueron llorando los dos. Yo me quedé feliz.
Cuando uno llega te castigan los mayores. La primera noche que estuvimos ahí nos reunieron a los nuevos y nos dijeron que íbamos a agarrar gambusinas. ¿Qué son? “Son unos animales que salen de noche y están peladitos, no tienen plumas y son bien sabrosos”. Ahí vamos como veinte. Aquí en esta peña los haremos. “Quítense la ropa completamente, porque si los huelen no se arriman”. Ya, todos nos quitamos la ropa. “Despacio vayan por allá, no juntos, por allá… Son como palomas, no hacen nada, las agarran y las traen”. Como no descubrimos ninguna regresamos a la peña. ¡Nos habían recogido la ropa y se la llevaron! Ahí vamos, todos encueraditos a la escuela y nos esperaban con botes de agua: “¡eh, cochinos, chilones” y nos bañaron a todos. Cosas muy bonitas ¿no?

En Ayotzinapa fue mi compañero de grupo Lucio Cabañas Barrientos, de aula. Yo terminé pero él no, porque se dedicó a la política. Se fue al Mexe en Hidalgo y perdió mucho tiempo. No aprobaba los cursos y yo supongo que terminó por el 63, cuando hubiera salido conmigo en el 59. Era un hombre, un muchacho de origen indígena. Hablaba náhuatl, y cuando estuvimos en primer año quiso que lo nombráramos secretario general de la Normal. Nos reíamos, “estás loco. Cómo crees, hay gente mayor que lo hará mejor. ¡Estamos en la secundaria!”. Pero él insistió y duro y duro. Una vez lo candidateamos, de tanta insistencia. Cuando se paraba decía, con mucha lentitud: “desde el Bravo al Suchitate, del Oriente al Poniente, todos somos hermanos” Agarrábamos las migajas y ¡sopas! en la espalda. A la siguiente asamblea fue el secretario general de la Normal, de la sociedad de alumnos de la Normal Raúl Isidro Burgos de Guerrero.

Fui seleccionado en carreras de cien, doscientos, cuatro por cuatrocientos y ochocientos metros. Me encantaba correr, y en ese aspecto me distinguí. Ahí conocí a mi amigo Marino Ramírez Torres, y prácticamente a él le debo todo lo de vestir zapatos y todo, él era de familia rica y tenemos la misma estatura, sólo que él es güero, de ojos verdes, y yo soy morenito. El compartió conmigo todo lo que le enviaban: zapatos, botas y todo. Cada mes nos daban también un PRE que alcanzaba para el cine, un pozole en Tixtla y para bailar a los huateques, como les dicen allá. Llegué en 54 y salí en 59, fueron también seis años, tres años de secundaria y tres de Normal, ya salimos titulado de maestros. Mis calificaciones fueron muy buenas, participé mucho en deporte y los poblanos fuimos, durante seis años, los campeones de atletismo. Jamás pudieron vencernos. Éramos diez poblanos; Juan Cadena, maratonista y otros. Uno de ellos se fue al colegio militar y en este momento es general de división. Nos llevábamos bien.


Cuando terminé la Normal sucedió algo un poco triste, porque pido dinero a mi padre que no me manda, teníamos que comprarnos el traje, el anillo y los zapatos, y sólo tuve para el anillo. Alquilé el traje en Chilpancingo y los zapatos no recuerdo si los compré o también los alquilé. Se hace la clausura con Carlos Campos y la sonora no sé qué, en una terraza preciosa que tenía la Normal. Yo andaba con una chica que se llamaba Perla, que era de la farmacia y después no supe nada. Me regresé para el rancho. Un día me llegó un correograma diciéndome que tenía yo ya mi lugar en María Andrea, una población que divide el río San Marcos entre Veracruz y Puebla,  a un pasito de Poza Rica, en la mera Sierra. Me presenté aquí en Puebla, en la SEP, se me dio mi orden y nadie sabía dónde quedaba María Andrea. Tuve que ir a México, de ahí tomé el camión a Tampico y me bajé en Villa Juárez, hoy Xicotepec, de ahí preguntando me fui a María Andrea. Pero esa es otra historia, porque la de Ayotzinapa aquí termina.

jueves, 7 de agosto de 2014

Somos barro

En 2010 realicé en compañía de Sergio Mastretta una investigación de ocho meses en el pueblo alfarero por excelencia del estado de Puebla, que terminamos llamando “Oye Olla”, Testimonios alfareros de San Miguel Tenextatiloyan en la idea de conocer la versión de los habitantes de  esta población sobre una iniciativa del gobierno estatal y Fundación Azteca que llevaba por nombre ciudad-rural, a la manera de los fallidos experimentos chiapanecos que tienen el objetivo de aglutinar población campesina con el pretexto de otorgarles servicios. La ciudad-rural dentro de la población no tuvo ninguna repercusión, menos cuando se enteraron que tenían que aportar 40 hectáreas para su construcción, pero la investigación sí pudimos proseguirla, internándonos en la problemática de la alfarería que tiene que ver con la historia, con el arte con la salud y con la visión de un pueblo que recibió un don pero que nunca ha terminado por apropiárselo. A partir de este día publicaré en este blog algunas de sus principales discusiones: el uso de plomo en las cazuelas, la producción, los hornos, la comercialización, los éxitos y los fracasos de una actividad antigua y necesaria, pues en sus productos cocinamos los frijoles, tomamos el café de olla, adornamos nuestras cocinas y en cierta forma nos explicamos buena parte de la sensibilidad artística de los mexicanos. Que sea para bien.


Somos barro

¿Qué es el barro para los mexicanos?, ¿qué significa para la cultura mexicana este elemento que es cerro y piso, vivienda y plato; materia prima para la elaboración de objetos lo mismo religiosos que utilitarios, cotidianos que eternos? El enorme acervo del Museo Nacional de Antropología e Historia es de barro y todas las colecciones de arte prehispánico mexicano diseminadas en el mundo están sustentadas en barro. En el barro se basa nuestra mejor apreciación del México antiguo, gracias a él comprendemos la grandeza de aquellos pueblos que alcanzaron un arte refinado, el principal arte mexicano de la historia.   Y gracias a él podemos intentar comprender a los pueblos de hoy que, como San Miguel Tenextatiloyan, permanecen adheridos al barro.

De acuerdo con Fonart, el número de jefes de familia dedicados a la alfarería contabilizados en el país asciende a 9 mil 73, y se localizan en 18 estados, 62 municipios y 95 comunidades. San Miguel Tenextatiloyan, en el Municipio de Zautla, Puebla, es sólo uno de ellos, pero probablemente el de mayor densidad demográfica de alfareros en el país. Un lugar donde la alfarería significa alimentación, educación, comercio, política y vida cotidiana. Cualquier cosa que ocurra en torno a la alfarería redundará en la vida misma de sus pobladores, como lo expresa don Fortino Alcántara, un anciano artesano de viejos usos y mente sabia, mientras comienza a deshacer el nudo de una bolsa de plástico.

Lo que yo hice de joven, mis hijos ya no lo vinieron a hacer, ellos ya vinieron ´orita a vivir con la materia prima hecha casi, porque muchos ya consiguen el barro, se lo vende otra persona ya preparado, y muchos de mis hijos pues ya tienen el molino, ya tienen la batidora, ya no meten los brazos al horno a preparar, porque anteriormente aquí echábamos el polvo, y aquí echábamos el agua y a puro brazo levantábamos el barro hasta convertirlo pues en una forma como quien dice en una pieza…

Don Fortino saca de la bolsa y muestra una bola de barro de unos cuarenta centímetros de diámetro.

Este es el barro, de aquí se hacen muchas piezas, se puede hacer un pajarito, un pato, un molcajete pa`hacer salsa; una olla, un muñeco, una alcancía, un conejo, un puerquito, pa`todo se presta el barro, y no es nada, es tierra, pero no es cualquier tierra, es una tierra que Dios nos dio especial para trabajar con las piezas de la cocina. El barro se deja reposar para que haga correa…

Don Fortino elabora con sus manos un churrito de unos 15 centímetros, como el que puede hacer un niño con plastilina.

Si se quiebra no sirve, pero con razón natural el artesano sabe que esto no se va a quebrar, mire, se dobla y no le pasa nada. Esto quiere decir que sí es bueno, así lo probamos para saber qué material es…

Don Fortino desbarata el churrito, para llevar después la pequeña plasta a su oído.

Nada más con escucharlo en el oído, como cuando se mastica un chicle, está chicloso, es barro, y si se corta, no sirve pa`hacer barro, es tierra cualquiera.



San Miguel Tenextatiloyan

La carretera a San Miguel Tenextatiloyan corre por la vieja ruta a Teziutlán desde la ciudad de Puebla. Es el pavimento que en 1938, en pleno dominio del dictador Maximino Ávila Camacho, le dio la vuelta al estado de Tlaxcala vía Amozoc, Acajete, Nopalucan, Lara Grajales, San José Chiapa, Cuatro Caminos, Oriental, Libres, Cuyoaco y Zaragoza, para adentrarse en la sierra, por Zacapoaxtla a Cuetzalan, y por Tlatlauquitepec y Teziutlán derivar a la costa veracruzana. También libraba el primer brote de sierra que marca la frontera norte de Tlaxcala con Puebla, un lengüetazo de monte desprendido del macizo sur de la Sierra de Puebla y que en una línea de veinte kilómetros y sobre los 2,600 metros sobre el nivel del mar es barrera natural entre los dos estados. Es una ruta verde y cultivada en primavera y verano; ocre y pedregosa en el otoño e invierno. Es el altiplano del oriente de México, con sus maizales y magueyeras, con sus cascos de hacienda acotados por el minifundio y sus sembradíos cebaderos que remiten a otros tiempos, con sus intervalos de paz y guerra; es la tierra antigua, la de Cantona, la de piedra volcánica arrebatada por los encinos, los juníperos, las nopaleras y las palmas espinosas; es la llanura que las lluvias inundan para reflejar los custodios eternos, la solitaria Malinche, el orgulloso Citlaltépetl y su entenado Sierra Negra --al que sobre sus 4 mil 400 metros le han plantado el Gran Telescopio Milimétrico--, y más hacia Teziutlán, el veracruzano Cofre de Perote. Es el territorio agreste y llano de los campesinos y sus pueblos originarios ocultos en el mestizaje.

Ahora la autopista ha dejado de lado todos esos pueblos y cruza a cuchillo territorio tlaxcalteca, a un lado de Huamantla, y con un túnel de quinientos metros te arroja a la extensa planicie de San Juan de los Llanos, salpicada de brotes volcánicos y manchones de malpaís. Nada más salir del túnel y de observar a la izquierda la ciudad de Libres, la vista puede seguir la ladera de la montaña hacia el norte hasta encontrar los cerros que guardan a San Miguel Tenextatiloyan. Pero por un momento debe quedarse en el sur, en el arranque de la llanura, al borde de la sierra, en el histórico punto que fue Tlaxocoapan en el mundo prehispánico, bautizada como San Juan de los Llanos por los españoles, para finalmente en 1950 asumir su actual nominación de Libres, capital de los enormes llanos pedregosos que fueron escenario de las primeras batallas de la conquista española en el siglo XVI, el escenario en el que con el tiempo maduraría el sistema de las haciendas, pero que en esa ciudad plantaría la cabeza de playa para monjes y encomenderos que por las cañadas entrarían a los abismos de la montaña a perseguir y conquistar a los pueblos de la Sierra.

San Miguel Tenextatiloyan aparece tras una serie de curvas en el extremo oriental de un vallecito de dos kilómetros de ancho dispuesto arriba de los 2,500 metros sobre el nivel del mar, y que abre llano cinco kilómetros hacia el norte, para terminar en las inmediaciones de Zaragoza. Es un caserío tendido en la ladera circular de un monte todavía bien cubierto de pinos, que se va descubriendo de a poco en cada curva, y cuyo enredo de cables y losas planas de cemento  es prueba irrefutable de que ha perdido el encanto serrano de la teja y las dos aguas. Su arteria vital es la carretera, que corre al parejo de la ladera curva del monte, envolviendo el cuadro principal, con su iglesia y su plaza, y que por setenta años ha cobijado los puestos alfareros, una colorida exposición natural de ollas y cazuelas que le han dado al pueblo el coloquial sobrenombre de San Miguel de las Ollas.

Junto a Chilapa de Guerrero y Emilio Carranza, San Miguel Tenextatiloyan es una de las tres juntas auxiliares del municipio de Zautla, localizado en la Región II de la Sierra Nororiental del Estado de Puebla. Cruzado de sur a norte por el río Apulco --de hecho, su cuenca es la gran referencia del territorio, una enorme depresión cercana a los mil metros de profundidad y que arranca imperceptible cuarenta kilómetros río arriba en las todavía boscosas montañas de Chignahuapan y Aquixtla--, Zautla está cercado por Xochiapulco, al norte, Cuyoaco e Ixtacamaxtitlán al sur, Zacapoaxtla y Tlatlauquitepec, al este, y Tetela de Ocampo al oeste. Es el municipio número 38 en extensión del Estado, de los 217 que lo componen, y en sus 274 kilómetros cuadrados de relieve montañoso e irregular, con sierras altas, cañadas, cerros aislados (Zempetz, Elotepec, Choyocho, San Rafael), y llanos extendidos como el del extremo oriente en el que se encuentra San Miguel, se diseminan alrededor de veinte mil personas en cuarenta pueblos y comunidades con rango de santo patronal y antigüedad que las identifica.

Buena parte del municipio de Zautla está cubierta por bosques de pino y asociaciones de pino-encino, con especies de tipo pino colorado, pino lacio, encino quebrado, ocote, oyamel y soyate, acompañados en ocasiones por vegetación secundaria arbustiva. Aquí el monte habla por el viento: el que viene del norte por la cañada es húmedo y frío, bueno para los árboles serranos; pero hay otros que pegan secos, por lo que pelan las laderas con mucha mayor destreza que los talamontes. Y contra lo que pudiera pensarse, llueve muy poco en la cañada, y hacia Ixtacamaxtitlán tiene claros rastros desérticos. Destacan sin embargo, dos tipos de suelo de importancia especial para este estudio por la materia que ahí se recoge: Xerosol y Vertisol, de superficie clara debajo de la cual existen acumulación de minerales arcillosos y sales, como carbonatos y sulfatos, fundamentales para la elaboración de cerámica a lo largo de por lo menos un milenio. Así, la alfarería y las figuras de barro de Tenextatiloyan poseen una larga tradición que se remonta a lejanas épocas de predominio olmeca, de donde se nutrieron posteriormente culturas como la totonaca, otomí y náhoa que habitaron la región. Hoy ese mundo originario en Zautla sólo queda representado por la familia náhoa que, de acuerdo al II Conteo de Población y Vivienda, suma 6,418 personas en el municipio, el 35 % de la población.

Por fuera de esa gran cañada del Apulco, metida en su valle en el extremo oriente del territorio, atada a la carretera federal, San Miguel Tenextatiloyan es la comunidad más grande y desarrollada del municipio, incluida la cabecera municipal, con una población de aproximadamente 6 mil personas, de las 19 438 con que cuenta Zautla, de acuerdo con el censo de 2010. La comunidad tiene como actividad económica preponderante la alfarería, con la fabricación de cazuelas greteadas (esmaltadas con base de plomo), que combina armónicamente con la agricultura de temporal: maíz, frijol, haba, cebada, trigo y alverjón, salpicados de frutales como el durazno y hortalizas como la papa.

Municipio serrano, municipio pobre, ¿cuáles son las cuentas de la marginación en Zautla? Unas están a la vista, y son contradictorias: no hay un banco nacional establecido -el más cercano está en Tlatlauqui-, pero pululan las casas de préstamo que depredan a los alfareros con intereses usureros. ¿Y en comunicaciones? Fuera de la carretera federal, Zautla sólo cuenta con doce kilómetros más de pavimento, los que llevan de San Miguel Tenextatiloyan a la propia cabecera municipal. Todo lo demás es brecha y en el mejor de los casos terracerías que comunican con los pueblos más grandes como Contla, San Andrés Yahuitlalpan, Tenampulco, Ixtactenango, Tagcotepec y Chilapa. Abundan los celulares, pero sólo Telcel opera, y por la vía de Telmex, internet al público. De acuerdo a las estadísticas municipales el 90% de la población disfruta de agua potable, recolección de basura y alumbrado público; el 95 % de seguridad pública, aunque sólo el 20 % disfruta de drenaje y el 30 % de pavimentación. Y veamos la educación: el municipio cuenta con preescolar formal y preescolar indígena; primaria formal, primaria indígena y primaria de CONAFE, escuelas secundarias y dos bachilleratos.

La atención a la Salud en el municipio la ofrecen instituciones del sector oficial, con una cobertura de servicios descentralizada: una clínica-albergue del IMSS, en la cabecera municipal; una clínica en la Junta Auxiliar de Emilio Carranza; una casa de Salud en Chilapa de Guerrero y otra en San Miguel Tenextatiloyan.

El municipio cuenta con un índice de marginación de 0.916, considerado como alto, por lo que se ubica en el lugar 57 con respecto a los demás municipios del estado. Hay 9,511 personas derechohabientes a servicios de salud. 9,749 no lo son. De las 4,424 viviendas habitadas, con 4.4 personas en promedio, 1537 viviendas tienen piso de tierra, 499 casas no están conectadas a la red de agua potable, 2,342 casas no tienen drenaje, 295 viviendas no tienen energía eléctrica, 3817 viviendas no tienen refrigerador, 1470 viviendas no tienen televisión, 3757 viviendas no tienen lavadora y 4,344 viviendas no cuentan computadora. (1)

Por más de medio siglo las ollas de barro siempre han sido una referencia de San Miguel Tenextatiloyan, aunque en algún tiempo también lo fueron el pulque y el chocolate de San Miguel. El Tepeyac, Tijapan, San Isidro, San Francisco del Progreso, Tagcotepec y Emilio Carranza se suman hoy a la producción de ollas. A partir de la carretera, que se construye desde 1938, aumentaron exponencialmente las familias dedicadas a la fabricación de ollas, cazuelas, jarros y comales, cuatro productos que trajeron del tingo al tango a muchos de sus habitantes desde los años cincuentas, cuando empezaron a viajar al sureste y al norte de México primero en aventones, después en sus propias camionetas, para vender sus ollas y vasijas, que de tanto y extensivo uso en los hogares mexicanas terminaron siendo muy apreciadas por el mercado nacional. Fina cerámica limitada a esas cuatro piezas apisonadas en su propia imagen y semejanza, pues nunca bajaron su calidad pero tampoco evolucionaron. Moleras para fandangos masivos, frijoleras para el desayuno diario, jarritos y platones, todas sus piezas siguen siendo muy económicas, pero los números alegres en los que se han movido durante tanto tiempo comienzan a flaquear, a ser cuestionados hoy con insistencia por sus productores: ¿realmente son tan económicas?, ¿de veras podemos seguirlas vendiendo a esos precios? ¿Y si cambiamos la greta y producimos la loza con el esmalte sin plomo nos la comprarán las marchantas en el mercado?

Desde esta geografía del barro y la loza esta investigación intenta discutir esas cuestiones.



1) INEGI, Censo de Población y Vivienda, 2010.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

¿Qué es la cultura popular?

No hay una ciencia que determine algo fijo para explicar la cultura popular, sólo opiniones de especialistas que hace décadas estudian este fenómeno desde el análisis académico. Un asunto de varias dimensiones donde el gobierno de un estado, de una ciudad,  puede tener una participación importante en los procesos de ese ámbito de placer social que se reconoce en la cultura popular.

Si alguien lo ha discutido es Néstor García Canclini, que afirma en su libro Culturas Híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad, que la cultura popular es un ámbito de estudio cuya complejidad surge de los diversos cruces e hibridaciones y de la existencia de un objeto que permanentemente se vuelve esquivo a la investigación por su perenne evolución y dinamismo. Dinamismo que surge, de hecho, desde la propia concepción del ámbito de la cultura popular como un campo de lucha. Canclini observa reelaboraciones y transformaciones permanentes de la cultura popular.

Otro estudioso de la cultura popular, Jesús Martín-Barbero, observa en Cultura popular y comunicación de masas, que el proceso de masificación cultural producido en el siglo XIX da lugar a otro fenómeno con respecto a la cultura popular. Ya no designará los objetos culturales creados por los sectores del pueblo, sino la cultura que consumirá la masa.

James Bowman, editor del Times Literary Supplement en Londres, hace notar que existe una cultura popular oficial y no oficial, y que a través de la historia ha habido culturas oficiales y no oficiales. Los jóvenes han gravitado hacia la cultura no oficial abierta, libre y carente de estructura.

Otro estudioso del fenómeno de la cultura popular, Claudio Lobeto, afirma que en los años '60 y '70 artistas e intelectuales se vincularon con los sectores sociales subalternos, lo que significó que se creara un "arte comprometido con el pueblo" en oposición a la noción del "arte por el arte”. Afirma que la "hibridez" universaliza la cultural popular, se torna cotidiana y supera la clasificación, “el arte culto se mixtura con lo masivo, lo popular se nutre de la cultura de masas, la publicidad tiñe la estética popular y así sucesivamente es posible seguir desagregando –afirma Lobeto-, relacionando e integrando manifestaciones culturales de diversa índole y procedencias”.

En algún momento me tocó analizar la cultura popular en Puebla, lo que observé fue una gama de subculturas alternativas y marginadas, autoexcluidas o integradas, manifestaciones reivindicatorias, arte originario y contraculturas o el mero resabio del consumo televisivo, que se atraviesan entre sí en continuo movimiento, resultando inmersa en una dinámica donde la cultura popular también se reconstruye a cada instante. ¿Cómo influir en ese caos? Si ahora lo elitista, lo popular y lo masivo como categorías resultan insuficientes para clasificar fenómenos culturales y artísticos, como opina Lobeto, la única vía de acción es evitar la parálisis argumentativa, ser creativos en las instancias destinadas para ese efecto. La sociedad cuenta con un organismo plural donde están representados todos los gobiernos y sectores de la sociedad, como la Cacrep en Puebla. Qué desperdicio que, en nuestro caso, dicha Comisión sea un ente burocrático.

El estudioso estadunidense, Stuart Hall, en sus Notas sobre la deconstrucción de “lo popular”, dice que la cultura popular trae aparejada una resonancia afirmativa por la prominencia de la palabra "popular". Y que, en algún sentido, la cultura popular siempre tiene su base en las experiencias, los placeres, los recuerdos, las tradiciones de la gente. Está en conexión con las esperanzas y aspiraciones sociales, tragedias y escenarios locales, que son las prácticas y las experiencias diarias del pueblo común.

Hall afirma que lo popular fija la autenticidad de las formas populares. “Siempre hay posiciones para ganar en la cultura popular –dice-, pero ninguna batalla puede atraer a la cultura popular en sí hacia nuestro lado, o para el lado contrario”.  Dicho de otra forma, no es posible apropiarse de la cultura popular, a los gobiernos sólo les toca sembrar, discutir sus programas y tomar mejores decisiones. O decisiones políticas. Su obligación es cuidar que sus programas se mantengan vigentes y no sean elegidos por ocurrencias.




Bibliografía

García Canclini, Néstor. Culturas Híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad. Sudamericana. Buenos Aires. 1992.

Martín-Barbero, Jesús. Cultura popular y comunicación de masas.
Culturas populares. En Términos críticos de sociología de la cultura. Buenos Aires, Paidós, 2002.

Lobeto, Claudio: Cultura popular: hacia una redefinición, Instituto Internacional del Desarrollo, Universidad de Buenos Aires, tomado de internet: ucm.es/info

Hall, Stuart. Notas sobre la deconstrucción de “lo popular”. En Historia popular y teoría socialista. Barcelona, Crítica, 1984.

Bowman, James, Cultura Pop, Facetas No. 99, Enero, 1993. USIA Information Service. Tomado del internet: www.mty.itesm.mx

Lara, José: Las culturas populares e indígenas, símbolos de cohesión e identidad nacional, http://www.conaculta.gob.mx/saladeprensa/2004/26feb/cultpops.htm


viernes, 25 de octubre de 2013

Cultura popular


Cualquier idea que se exprese en torno a la cultura popular resulta incompleta, pues las imágenes y experiencias que implican a la cultura popular; los recuerdos, las tradiciones, los placeres nunca obedecen a una sola razón, sino que la cultura popular, cuando se origina, ya está conectada a todos los otros factores que la constituyen. La cultura popular se realiza y evoluciona permanentemente. Si existe una guitarra, un horno de cerámica, una masa de pan, el actor de la cultura popular tiene abierto un camino. Está en permanente evolución, todo esto en consideración de Néstor García Canclini.

La visión de la cultura popular puede ser tan vasta como la vida misma, por eso siempre se nos presenta incompleta y con muchos intereses paralelos. Estudiar puede ser un gran estímulo, pero no es arte, no es cultura popular.  ¿Es el deporte cultura popular? Tal vez el deporte no lo sea, pero su asociación a lo masivo, el juego sí lo es: la invención de las reglas y los campeonatos, sí lo son. La cultura del deporte es necesariamente cultura popular. Y qué decir de la divulgación de la ciencia ¿es cultura popular? Seguramente su sentido lúdico lo es, pero las matemáticas son una ciencia. Stuart Hall dice que hay una cultura popular oficial y otra no oficial, que tiene como base a las experiencias, los placeres, los recuerdos y las tradiciones. ¿Cómo entendemos hoy la cultura popular? Jesús Martín Barbero afirma que la cultura popular ya no designa los objetos culturales del pueblo, sino los que consume la masa. Su estudio, como actividad, no es artístico sino programático, pues la cultura popular no se desarrolla igual en todas sus facetas. Podría decirse,  por ejemplo, y es ampliamente defendible, que la comida es el objeto de cultura popular más avanzado y evolucionado de todos. La comida, como placer social, es el arte de vivir más refinado de todos cuantos conforman la cultura popular. Imaginen todo lo que tenemos por degustar ahí, por crear ahí.

La cultura popular se ocupa de aspectos tan característicos como los recuerdos; cultiva la memoria colectiva y la oralidad. Es, de hecho, su propio registro histórico-anecdótico.

Los artistas plásticos van por un camino individual, con búsquedas y encuentros propios; los músicos por los suyos, los pintores, fotógrafos, bailarines, cocineros con su propia búsqueda cultural, su placer y deleite. La cultura popular es expresada por las artes comunes –muchas espontáneas y perecederas- que se practican comúnmente en la sociedad, más allá del gobierno, como la señora que hace arreglos con migas de pan, Doña María (de Atlixco), con sus hermosos tocados para novia; los bailes sociales, la comida, la bebida y todo aquello que nos produce placeres estéticos como sociedad, manifestaciones artísticas  que son a su vez cívicas, ciudadanas y masivas. La cultura popular está contenida en esos pequeños gustos que nos damos diariamente.



Una buena plática, una buena comida. No es sofisticada porque está hecha para ser popular, de amplio consumo, que se dispara y se vulgariza cuando es tomada por la televisión, pero ¿es la televisión cultura popular? Quisiera pensar que la televisión sólo impone patrones de conducta que devienen cultura popular. Cómo, si no, explicarse los treinta millones de mexicanos que son fanáticos de la música grupera. A mí me parece que en su mayoría son producto de una acción mediática-mercadotécnica. Barbero dice que la cultura popular ya no designa los objetos culturales del pueblo, sino los que consume la masa. Tal vez sea correcto. Con su arquetípica modestia, en una mesa publicada en el sitio de internet www.mty.itesm.mx, los principales estudiosos de la cultura popular estadounidense  discutieron si la cultura popular mundial era en realidad la estadounidense. Y a pesar de que podría ser correcto afirmar a Michael Jackson es cultura popular global, pues en efecto lo consume una masa global, no se puede pretender que la cultura popular en el mundo se explique o se sintetice con esos productos culturales de gran perfil comercial. La cultura popular propia no desparece ante la llegada aplastante de las modas externas. Muchas son las páginas que Canclini ha dedicado a esa metamorfosis, que él explica como hibridación, en el sentido biológico de las plantas: donde se produce algo de la unión de dos especies diferentes, todo lo que es producto de elementos de distinta naturaleza. Es decir, no se amenace tan fácilmente a la cultura popular local, pues aún es posible respirarla.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Valores originarios


En muchos pueblos mexicanos existe una leyenda inducida por los frailes católicos para justificar la denominación de un santo para la comunidad; San Juan, San Pedro, San Martín. En todos los casos el santo se apareció en un paraje cercano y pidió la edificación de una iglesia, que invariablemente le fue concedida con diligencia. Frecuentemente es lo único que queda de pueblos originales en esos lejanos pueblos diseminados en la república mexicana, una digna iglesita que engalana los centros históricos de las comunidades con evidentes elementos indígenas en su arquitectura. Los frailes se salieron con la suya, pero es ahí donde entran los asegunes, pues los pueblos adoptaron con naturalidad la religión católica y la amoldaron a sus propios festejos, que convenientemente coincidían con sus más importantes reverencias antiguas. Daba lo mismo llamar Guadalupe a Tonzntzin para un cuicateco de Santa Cruz Zenzontepec, Oaxaca, cuando sus creencias le permiten adorar y ofrendar además a sus otras deidades como la santa Abuela, el santo padre Dios, la santa madre Tierra, la santa madre Luna; los dioses del Agua, del Viento, de la Lluvia, de la Montaña, las santas Ciénegas y la santa Lumbre o el santo Fuego. Religión superior, la suya, que espera lograr un equilibrio entre la sociedad, “la naturaleza y lo divino-sagrado, intrínsecamente vinculados, donde los puntos de tensión han de garantizar el mantenimiento de la armonía de su universo”. ¿Superior a qué? A la católica, por supuesto.

Esta es una colección (arbitraria, ocurrente) de virtudes religiosas, cosmogónicas y/o medicinales divulgadas por la CDI en su página oficial de internet en algunos de los pueblos originarios mexicanos. Me gustan esos valores de sus creencias libres y misteriosos a la vez, comparto su búsqueda poética e imaginativa ante el vacío de la existencia. Y su elemento pragmático, físicamente curador.

Cosmogonía tzotzil

Entre los tzotziles hay tres tipos de especialistas: el ts'ak bak que cura la carne y el hueso; el 'ilol que se ocupa del tratamiento de la carne y el hueso mediante la curación del espíritu, éste se enfrenta a enfermedades sobrenaturales, enfermedades del espíritu y hechicería, y diagnostica la enfermedad tomando el pulso del paciente. El Me'santo practica rituales mágico-religiosos de la antigua religión maya, relacionados con oráculos y santos parlantes. Las principales enfermedades son el komel ("susto"), il k'op ("los malos deseos"), ch'ulelal ("enfermedad del alma"), bík'ta ch'ulelal ("la gran enfermedad del alma"), chonbil ch'ulelal ("enfermedad del alma causada por su venta").

Para los tzotziles Ch'ujtiat, el señor del Cielo, creó la Tierra, Tumbalá es el yutbal-lum, el ombligo, el lugar donde se formó la Tierra. Después creó los 12 chuntie winik parecidos a los hombres, para cargarla, la Tierra es plana, ellos se cansan de cargarla y cuando quieren cambiar de hombro, la Tierra se mueve y hay temblores.

Ch'ujtiat también creó a los primeros hombres, parecidos a los chuntie winik, pero no inmortales, quienes vivieron y fueron ingratos con Ch'ujtiat, que por eso envió un diluvio para matarlos a todos; cuando cesó la lluvia vio que había algunos chuntie winik vivos y los convirtió en monos, que de tanto miedo se subieron a los árboles. A los niños que habían muerto sin culpa en el diluvio los mandó al cielo como estrellas. Después del cataclismo todo estaba triste y muerto, pero de pronto nació niox pimel, la primera planta, después de la que nació mucha vegetación. Ch'ujtíat se animó a crear a los dos tiomi yem alob, otros primeros hombres y los hizo con cierta inteligencia pero tenían que aprender y usar la experiencia. Ellos crecieron, recorrían la tierra y al llegar a una enorme cueva encontraron piedras en forma de tigres; uno de los niños entró y acarició un pequeño tigre, logrando que viviera; el otro niño, celoso, mató a su hermano, pero el tigre lo volvió a la vida. Una historia natural, viva, que tiene mucho más sentido ontológico –para mí, claro está- que la de Adán y Eva.

Después de un tiempo apareció sobre la tierra Ch'ujnia con su hijo Askun; ambos tenían poderes especiales. Askun tuvo un hermanito, Ijtzin igual que él sin padre. Al ver que el niño tenía mejor pensamiento y mejor corazón que él, le tuvo mucha envidia y quería matarlo, invitó a Ijtzin a comer miel, subió a un árbol y en lugar de darle miel le tiró 12 bolitas de cera, Ijtzin formó 12 tuzas con la cera y éstas comenzaron a comer las raíces del árbol donde estaba Askun, quien cayó en mil pedazos, con los cuales Ijtzin creó a los animales. Chu'jnia se entristeció mucho por la muerte de su hijo hasta que Ijtzin le regaló un gran conejo para consolarla; madre e hijo brincaron juntos al cielo, Ijtzin se hizo sol y Ch'ujnia se volvió luna. Una vez que los hombres conocían ya los frutos y los animales, Ch'ujtiat consideró que había llegado el momento de que conocieran el alimento más sabroso, el ixim, el "maíz".

Entre los tzeltales, los especialistas son el pik k'ab'aI, quien al tomar el pulso determina si la enfermedad se debe a la hechicería, a la pérdida del alma o a otra razón; el 'ul, que alivia los maleficios, descubre el pecado que causó el maleficio, identifica al hechicero y contrarresta la conducta provocadora de la enfermedad; el yawal ch'ultatik es dueño de santos parlantes. Hay especialistas, rezadores de la oración verdadera o b'ats'il ch'ab.
¿No son más convincentes que los sacerdotes pederastas?

Zoques: cuerpo sin alma

En la cosmogonía de los zoques, el sol juega un papel importante ya que es la deidad principal y se asocia directamente con “Dios”. Existen entidades malignas que en todo momento amenazan la vida de los zoques y hay que estar preparado respecto a ellas y saber cómo evitar su ira. Así, por ejemplo, cualquier caída al suelo se interpreta como un intento del "dueño de la tierra" por apoderarse del alma de la persona; o bien, deben protegerse durante el sueño, ya que en este estado el alma del zoque vagabundea libremente, y el espíritu de la noche está al acecho con el fin de "robársela", dejando al cuerpo sin alma. El diablo, aunque es una entidad católica, se asocia con distintos espíritus del mal que encarnan en animales.

Encontramos tres grupos religiosos entre los zoques: los católicos, los adventistas/protestantes y los que se reconocen como "costumbreros". Existe un rechazo y una falta de reconocimiento de unos a otros, lo que propicia conflictos por la obtención de poder.
Es importante señalar que entre los costumbreros, a pesar de no reconocer al sacerdote católico como la máxima autoridad, admiten y celebran a los santos católicos; llevan a cabo fiestas tradicionales, danzas y sacrificios rituales.
Para estas celebraciones existe un complejo sistema de organización cuya jerarquía se basa en la edad de los participantes: los más ancianos ocupan los cargos más importantes y los jóvenes los de auxiliares. Tienen como lugares sagrados, además de las ermitas y las casas de los "cargueros", las cuevas y las montañas del territorio.

Psicología chol

Los choles consideran que la enfermedad es la consecuencia de alguna trasgresión del hombre, de la infracción de una regla impuesta por la sociedad y castigada por las divinidades; también puede ser provocada por un miembro de la comunidad que pide ayuda a los dioses.
La función del curandero chol es la de un amigo, psicólogo, confesor, doctor y reequilibrador: él reúne al enfermo con las personas más cercanas a éste, los interroga minuciosamente sobre sus pensamientos y acciones que pudieron haber provocado la enfermedad; de esta manera restablece la armonía del enfermo en particular y del universo en general. La iniciación de un curandero se puede lograr a través de varias maneras: una fuerte enfermedad, de sueños donde el Señor de lila le da el conocimiento, de haber nacido con nagual o con la iniciación por un sabio de la comunidad. El curandero diagnostica la enfermedad a través del pulso; pulsar en chol es lak'el a ch'ujlel o ital ch'ujlel: sentir el ch'ujlel.
Las enfermedades más comunes se relacionan con la tierra, con los dioses del inframundo, con las divinidades celestes, con los xibaj que se quedaron fuera de la cueva y con los hombres que ya tienen un pacto con los xibaj; los choles piden ayuda a Ch'ujtiat para sanarse.
Los curanderos, yerberos y parteras son retribuidos en especie, no como un pago sino como regalo. Al final de la curación se les ofrece una comida.

Es una pena no tener a la mano un médico chol para el tratamiento de mis múltiples males, pues no dudaría ni un segundo sustituir a mi médico de cabecera por uno de estos médicos choles para mostrarles, íntegra, mi ch'ujlel.

Dice el brillante filósofo español Fernando Savater que “vivir es una función biológica y una experiencia simbólica”. El problema empieza cuando la ciencia y la poesía tratan de sustituirse mutuamente, suprimiendo a su contraria. Para Savater la poesía que se toma científicamente en serio a sí misma y pretende tener una explicación del cosmos mejor que la ofrecida por el método científico es lo que suele llamarse “religión”. Y la virtud de estas creencias pertenecientes a la cosmogonía de los mexicanos originarios es su carácter poético a la vez que juguetón, natural y falible.


Referencia: http://cdi.gob.mx   

jueves, 1 de agosto de 2013

Antropólogo en venta




¿Por qué este hombre no tiene un empleo? ¿Por qué en nuestro país se trata así a personas útiles a la sociedad? Personas preparadas y productivas cuya inactividad es una flagrante contradicción frente a las obvias necesidades de un país hambriento de preparación y cultura. La entrevista no desvela estas incógnitas, mucho menos resuelve ninguna rémora de la perenne crisis nacional,  pero por lo menos podría paliar la incongruente situación de este sujeto que, “presuntamente”, como se dice ahora de los delincuentes, tiene algo que ofrecer a su querida patria. Veremos, dijo el ciego.

Entrevista

¿Por qué ha decidido utilizar esta vía para ponerse en venta?
Bueno, no es precisamente una venta lo que busco, simplemente un empleo.  El título es periodístico, siempre se exagera.

¿Cuál es su situación de trabajo?
Hace cuatro años y cinco meses terminó mi último trabajo formal, desde entonces he estado subempleado en infinidad de pequeños trabajos, todos temporales, lo que me ha llevado a una crisis primero económica, después familiar y últimamente moral; es decir, al final las tres cosas juntas. Tengo 55 años y estoy consciente de que es un dato que no ayuda, pero también tengo una vida, una familia que mantener, una cantidad de compromisos ciudadanos que cumplir. Y a esta edad, también tengo mucho que ofrecer.

Ha buscado empleo, supongo.
He buscado empleo de algunas de las cosas que sé hacer, pero el mercado laboral se cerró frente a mí y no ha vuelto a abrirse, ni una rendija. Debido a mi edad, supongo, pero sobre todo a mi desarraigo poblano, a pesar de ser la ciudad en donde más años he vivido en mi vida.

Pero ha tenido breves empleos, me dice.
Sí, no he dejado de tener empleos transitorios, algunos muy interesantes; a veces transcurre un mes o dos sin nada, pero por lo general ha habido algo de trabajo, empleos de supervivencia.

¿Por qué cree usted que le sucede esto?, ¿todo es culpa del sistema?
No, de ninguna manera. Si se busca culpables en mi situación el primer culpable soy yo mismo; una especie de incapacidad para pedir; o para rogar, como es el caso. Lo he reflexionado mucho y he llegado a la conclusión de que nunca… o mejor, muy pocas veces en mi vida me había visto en la situación de pedir trabajo, siempre se me había ofrecido. En otras palabras, no lo había hecho nunca sistemáticamente y menos durante tanto tiempo. Por supuesto que el sistema pone su parte, el presidente del empleo y los soberanos regionales que se olvidan de sus promesas desde el primer minuto, por lo menos las sociales, porque son personas muy “comprometidas” y tienen muchas cosas que “pagar”. Pero el primer responsable es uno mismo. Siempre recuerdo un programa de televisión sobre cárceles, uno de los presos entrevistados decía lo que iba a hacer una vez que fuera liberado, que si él fuera libre haría tantas cosas. Era una ilusión encantadora. Mientras lo observaba pensaba en el hombre vestido con su mejor saquito caminando durante días con un fólder cada vez más mugroso bajo el brazo; mal había terminado la educación básica y sus habilidades eran más bien criminales. Pero su fe era seductora. Cuando recuerdo a ese preso salgo a pasear mi fólder por las calles de Puebla. La cantidad de cosas útiles que podría uno hacer.

¿Explíqueme lo que usted sabe hacer?
Dos o tres cosas. Soy escritor, he publicado algunos libros y tengo otros guardados en el cajón. Soy maestro, los últimos veinte años he dado clases en la licenciatura de comunicación, últimamente en la escuela de escritores; soy productor de radio, guionista, locutor; hago correcciones de estilo o reviso tesis de licenciatura, maestría o doctorado; este año revisé dos de doctorado, una de antropología y otra de historia. Y soy antropólogo, en los dos últimos años hice trabajos para una editorial viajando a las sierras de Puebla, Veracruz, Oaxaca, Zacatecas, Hidalgo, Guanajuato, Sonora y Chihuahua. En 2010 estuve diez meses trabajando, todos los sábados, en un pueblo de la mixteca poblana, con artesanos del otate y la palma; en 2011 estuve ocho meses viajando a la sierra norte para entrevistar artesanos de la loza de barro. En 2013 un libro sobre una exitosa comunidad forestal en la sierra sur de Oaxaca y guiones de televisión. Actualmente dirijo una revista de cultura por internet, con interesante éxito de público a cuatro meses de iniciada, pero ¿ha intentado vender publicidad para internet…?

Esas son muchas actividades. ¿Qué no dijo estar desempleado?
Y no son todas: hago trascripciones, lecturas críticas, discursos, publicidad, y en familia hasta pizzas hemos vendido en una feria universitaria. El problema del subempleo o de los trabajos temporales es que terminan pronto y los pagos son sumamente irregulares, lentos, pasas meses sin cobrar, cuando lo haces ya debes todo. A veces terminan por no pagarte.

¿Qué clase de empleo busca?
Uno que suponga una quincena y prestaciones elementales, con un sueldo modesto pero suficiente para mantener dos hijas universitarias y una esposa, que me permita ejercitar algunas de mis escasas pero añosas cualidades. 

¿Como cuál o cuáles?
Bueno, supongo que como antropólogo. Pero también en alguna otra cosa de las que hago. Pero si me pregunta qué: me gustaría situarme en la última década muy productiva de mi vida como maestro de antropología en alguna universidad autónoma mexicana.

¿Autónoma?
Sí, pública y popular, de preferencia; de alguna ciudad de la provincia mexicana, del norte o del sur o del centro. Me encantaría aquí en Puebla, pero…

¿Pero podría ser en otra ciudad?
Así es. Casi siempre se piensa que trabajar en una universidad pública implica el privilegio de tomar un empleo fijo a largo plazo. En el imaginario social no se toma en cuenta lo que el empleado puede aportar al empleador, sino que el empleador supone que el nuevo empleado se ha sacado la lotería de obtener un empleo en un país con dos millones y medio de desempleados. Por ejemplo, en Puebla ya no existe el examen de oposición, donde la institución elegía la mejor opción para su intención académica; las contrataciones se hacen por dedazo, por influencia, por oportunidad política o amistosa; suerte, servilismo u oportunismo.

¿Exactamente cuáles son sus estudios superiores y dónde los hizo?
En la ciudad de México, a donde llegué del estado de Chihuahua en 1976 justamente a estudiar una carrera universitaria. Primero ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM a estudiar Estudios Latinoamericanos, ahí estuve tres años y fue mi verdadera preparatoria, mi despertar estudiantil, mi bautizo propiamente académico, pues yo venía de una prepa de dos años de un pueblo de treinta mil habitantes, que no debe haber sido tan deficiente, puesto que pasé el examen con relativa facilidad. Dejé la UNAM y me fui a la recién creada Universidad Autónoma Metropolitana, en su flamante campus de Xochimilco, a estudiar Diseño Gráfico de la Comunicación, así se llamaba la carrera. Me decepcionó mucho, al año la abandoné con promedio de diez, pues no llenaba mis expectativas. Tras un periodo de éxitos burocráticos, ingresé a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, ya en su sede de Cuicuilco, donde terminé cinco años después la carrera de Antropología Social con promedio de 9.1, aunque nunca hice por titularme, hasta este año de 2012.

¿Cómo es que se habilitó como maestro de comunicación, cuando sus estudios son de historia y antropología?
Ocurrió que Radio Educación, en la Ciudad de México, buscaba un antropólogo, precisamente. Era un proyecto que no arrancaba porque faltaba un guionista para el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el INAH, para un programa semanal de treinta minutos que terminó llamándose Boletín al Aire del Instituto Nacional… etc. Hice un par de pruebas, finalmente Emilio Ebergenyi, que en ese momento era el productor general, me llamó para contratarme. Estuve ahí las siguientes doscientas cincuenta semanas. Fui su único guionista, cuando me cambié a vivir a la ciudad de Puebla el programa desapareció. Al parecer no era sencillo encontrar un antropólogo que además fuera guionista. Fueron más de dos años de elaborar un guión semanal de treinta minutos; agoté la editorial del INAH, sobre todo una colección que se llamaba Divulgación.

¿Hizo algo más en el tema de la comunicación?
El asunto es que siempre estuve ligado al tema de la comunicación, nací en una oficina de telégrafos, trabajé una década como burócrata en la SCT/Telecom; escribí una historia del telégrafo Morse en México y aprendí a escribir guiones de radio con mi hermano. Fue una enseñanza estrictamente empírica, pero sólida y consistente. Terminé como productor radiofónico en mis primeros doce años en Puebla, una posición socialmente visible, por lo que fui invitado a dar clases de comunicación en universidades.

¿Qué universidades?
Importantes, primero fue la Universidad de las Américas, posteriormente la UPAEP y alguna otra cuyo nombre se me escapa, empresas de comunicación y finalmente la Sogem, en los últimos años. 

¿Qué puede ofrecer a la antropología académica?
Pocas cosas, pero consolidadas por una larga experiencia. Ofrezco una revisión exhaustiva de la antropología mexicana, una lectura crítica del indigenismo mexicano, desde su creación, su consolidación, hasta su desmantelamiento. Una discusión sobre el meollo de la antropología mexicana, que es el indigenismo y el gran costo que supuso su aplicación, no sólo para los pueblos originarios que eran el sujeto de estudio y aplicación de las políticas indigenistas, sino para el pueblo entero de México, para las generaciones que compusimos el siglo XX y que fuimos ostensiblemente separadas de cualquier conocimiento serio sobre ese pasado que nos pertenece, pero que continúa hasta hoy escondido en los materiales especializados. La antropología mexicana, indudable en la existencia de decenas de etnias a lo largo y ancho del territorio nacional, no es una materia privativa de los antropólogos, que cuando mucho pueden ser los especialistas; la temática originaria es competencia de todos y cada uno de los mexicanos y está en las manos de los antropólogos la responsabilidad de que ese conocimiento salga del ámbito técnico y penetre el tejido social del país entero, empezando por la educación, en la escuela primaria y secundaria, pero sobre todo en los poderosos e influyentes medios de información.

¿Qué supone el hecho de conocer los pueblos indígenas?
Para empezar, supone el conocimiento de un pasado que nos pertenece y que está aún representado por lo que queda de la cultura originaria en los pueblos mexicanos. Y ahí vamos por regiones, por Estado, pues cada Estado mexicano tiene los suyos propios y de ahí debería partir nuestro primer acercamiento. Es decir, en Puebla puede ser interesante saber sobre el pueblo rarámuri o el yoreme, pero sobre todo es fundamental saber sobre los siete pueblos originarios que viven dentro de su geografía: náhoas, tutunakuj, hamaispini, ña ñhús, n´guigua, ha shuta enima y ñuu savi. Por supuesto los conocen muy pocos, casi nadie. Es así como esos siete pueblos se llaman a sí mismos. En el mejor de los casos se les conoce, o se les ha oído nombrar,  con el nombre que les dieron los españoles o el que les dieron los mexicas cuando fueron conquistados por ellos: náhoas, totonacos, tepehuas, otomíes, popolocas, mazatecos y mixtecos.

¿Cuál es la razón de que no los conozcamos?
Porque para eso fue creado el Instituto Nacional Indigenista, el tenebroso INI, que se encargó de poner una manta gruesa entre los pueblos originarios y los mestizos mexicanos, su tarea fue la de buscar eliminar las lenguas autóctonas para después desaparecer los pueblos mismos, convirtiendo en ”mexicanos” a todos los pobladores del país, cosa que por supuesto no logró, que fracasó como lo hizo en cada uno de los fundamentos que le dieron vida institucional y que ejerció durante setenta años con millones y millones de pesos del presupuesto federal.

¿Qué otras cosas no logró?
No pudo eliminar la pobreza y la marginación de los pueblos originarios, porque en realidad nunca trabajó para ello, sino haciendo alianzas con los caciques regionales y con el capital nacional y trasnacional para buscar la mejor forma de explotarlos, de robarles sus tierras, de dividirlos y dispersarlos. Claro, es un fenómeno nacional que dura setenta años y más, porque el fenómeno  de la “asimilación” es decimonónico, tiene todos los matices imaginables; en esta temática ha ocurrido de todo en nuestro país, desde el asesinato vil hasta los propósitos más nobles. Es decir, no se puede explicar en unas frases sentenciosas un intercambio que ocupó a miles de mexicanos durante decenios. Los matices, sobre todo entre los antropólogos, son muy importantes. En todo el trayecto del indigenismo hubo voces discordantes y sensatas que alertaron sobre el fraude de la institución y la tendencia etnocida de sus principios, pero siempre fueron acallados. Creo que esa es la historia que los jóvenes antropólogos mexicanos deben de revisar, de cuestionar, de conocer.

¿Desaparecerán finalmente los pueblos indígenas?
Sólo en su sentido vasconceliano. Contra lo que muchos pueden suponer, los mexicanos volteamos a ver, cada vez con mayor insistencia y vigor, ese origen que nos ha sido negado por los gobernantes y los poderes fácticos que a lo largo del siglo XX lograron colocar al indígena en el escalafón humano más mezquino; desde los años veinte la imagen del indígena, del indito, del indio pata rajada, pasó a ser el elemento propio más vergonzante y ridículo de cuantos conocemos, más que el teporocho o el pelado, o reunido con ellos para mayor folclor; el indio fue el pretexto o el contexto de millares de chistes que lo ridiculizaban y sacrificaban en aras de un supuesto humor nacional; en la carpa, el cine, el radio, el periodismo, el teatro los inditos eran –y lo siguen siendo en menor medida- el elemento risible, ignorante y sucio que representa todo lo que no aspiramos a ser. Aquella injusta frase de Francisco Bulnes sobre que es “un hombrecillo prieto, borracho, sucio, pendenciero y ladrón” sigue vigente en un amplio sector de la población. “Pinche indio” es uno de los más populares insultos nacionales. ¿Y qué sucede cuando realmente los ves?, al acercarse a ellos para conocerlos y apreciarlos simplemente no ves las “cualidades” que se les endilgan. Habría de escuchar al maestro tutunakúj hablar de la enseñanza de las matemáticas en su idioma; o el niño ñu saavi hablar del respeto que siente por el maíz, así se encuentre almacenado en un costal de ixtle.

¿En qué lugar tuvo oportunidad de verlos de cerca, de convivir con ellos?
He tenido el privilegio de estar en muchos pueblos originarios en las sierras del centro de México, especialmente las de Puebla.

¿Puede decirme algunos sitios de los últimos años?
Puedo decirle muchos nombres. Inicié en 1988 en Xochimilco; en 2004 en Ixtepec y Huitzilan de Serdán, Puebla; en 2006 coordiné 47 investigaciones de Pueblos originarios del Distrito Federal, hice la investigación de Totoltepec, en la Delegación Tlalpan; en 2007 estuve en la montaña de Guerrero, en varias comunidades del municipio de Tlacoachistlahuaca; en 2010 trabajé diez meses, una vez a la semana, en San Juan Tzicatlacoyan, en la mixteca poblana;  en 2011 hice un recorrido para entrevistar maestros de educación bilingüe y estuve en Tejería, municipio de Pantepec, Pue., en Espinal, Ver.; Santa Isabel el Mango, Ver.; La Escalera, municipio de Mecatlán, Ver.; Vista Hermosa, en Cuautempan, Pue.; Buena Vista, en Apoala, Oax.; Fortín Alto, San Miguel Chicahua, Oax.; Santiago Yosondúa, Tlaxiaco, Oax.; Zacatepec, en Putla, Oax., donde conocí una etnia de la que nunca había escuchado hablar: los tacuate; luego, en agosto de 2011 inicié un largo trabajo de campo en San Miguel Tenextatiloyan, Pue., que terminó en febrero de 2012; este año, además, visité en marzo y abril la Finca Puebla, municipio de Xicotepec de Juárez y  los municipios de Guadalupe, Villa de Cos y Calera, Zacatecas, para investigar el esfuerzo educativo para los hijos de migrantes domésticos. Posteriormente estuve en el ejido La Habana, costa de Hermosillo y en el campo Nueva Creación del municipio de Guaymas, para trasladarme de ahí a Lagunitas, en el  municipio de Galeana, Ascensión, en San Felipe y Santiago, y finalmente Monteverde en el municipio de Janos, Chihuahua. En 2013 en San Pedro el Alto, para consignar en un libro la exitosa experiencia forestal de 30 años de esa comunidad zapoteca. En cada uno el resultado fue una página de internet, un capítulo o un libro entero publicados por las empresas que me enviaron ahí. He hecho mucha antropología privada, prácticamente toda la que he realizado ha sido para empresas privadas, lo que en México no deja de ser un dato interesante.

¿Qué tan cerca estamos de los pueblos indígenas?
Los pueblos ahora tienen una personalidad jurídica, desde 1992 existen como comunidades culturales en la Constitución Mexicana por primera vez en la historia. Es increíble que no existieran ¿verdad?  Pero más allá de las leyes, lo que yo veo es un renacimiento del interés de los mexicanos por conocimientos y creencias de raigambre originaria, no necesariamente prehispánica, que es un asunto tan lejano a nosotros, sino derivada del contacto con los actuales pueblos originarios, el reconocimiento de un parentesco largamente negado y la afirmación de ciertos valores que no provienen de la cultura occidental, europea o estadounidense, sino de resortes ocultos de nuestras pasiones colectivas, como las llamó Mendizábal.

¿Cuáles son las evidencias de ese renacimiento?
Bueno, nuestro idioma en primer lugar, en el centro de México hablamos más náhuatl del que imaginamos. Es parte integral de nuestra vida, pero además están las masas de mexicanos que se acercan cada vez con mayor fervor y número a tratar de comprender mejor ciertas características espirituales y sabidurías naturales de los pueblos originarios. Habrá que ver las pirámides de Teotihuacán, Malinalco o Cholula en los equinoccios y solsticios de cada año, cada vez más llenos de gente que quiere encontrar un asidero existencial que no les da la cultura occidental. Lo que aprecio es que los pueblos originarios representan para los mexicanos la posibilidad, real y propia, de crear una utopía con sus propios argumentos. Por supuesto no se trata de desenterrar añejas prácticas de sacrificios humanos y tlatuanis autoritarios, no es una idea romántica de un Relativismo Cultural mal entendido sino práctica, de observar mejor las cualidades actuales de estos pueblos para recuperar sabidurías ancestrales sobre sistemas de cultivo (como la chinampa), herbolaria y respeto por la naturaleza que, bien visto, se parece demasiado a las más avanzadas tendencias europeas sobre convivencia, preservación y cultivo naturales. Si la metáfora de Cortés y la Malinche, como padre y madre de los mexicanos, tiene alguna certeza, lo innegable es que hemos desaprovechado de lo lindo nuestra herencia maternal.

¿No es muy tarde para recuperar ese origen?
No sólo no es tarde, sino que la tendencia que observo hoy en los mexicanos es esa. Los medios de comunicación, siempre oportunistas pero sensibles al sentir de sus mayorías silenciosas –o silenciadas-, desde luego se han trepado a la nueva propensión, basta con ver esos promocionales de Televisa sobre pueblos originarios a quienes llaman por su nombre real y a quienes consideran distintos pero propios: “… es raro, pero es nuestro”, creo que terminan diciendo en sus promocionales. No importa, no inventan nada sino siguen una tendencia evidente en el sentir de los mexicanos. Lo mismo ocurre en el gobierno, a través de la Comisión de Pueblos Indígenas o como se llame, el CDI. O en el primer año de gobierno de Marcelo Ebrard en el DF, cuando impuso a sus funcionarios el aprendizaje del náhuatl.

Pero esto pudo haberse hecho mucho antes.
Se intentó, pero fue reprimido por la tendencia pro-europea que prevaleció al final de la Revolución. Aunque, dicho de manera más llana, era una visión capitalista, sin pelos en la lengua.

¿No se supone que México se consolida después de la Revolución?
Lo que se consolida es el deseo de crear un país homogéneo que pueda industrializarse a la manera de los países europeos, pero la presencia de millones de indígenas diseminados en toda la geografía nacional estorba a ese fin. Los mexicanos tienen en ese momento la gran oportunidad de crear un país con una personalidad propia y no importada, comprendiendo lo que era y asimilándose a esa esencia originaria, pero se termina haciendo lo contrario: nada había que conocerles (es decir: “conocernos”), ellos tendrían que dejar de ser indígenas para hacerse proletarios. Para eso se creó el Instituto Nacional Indigenista. Pero sí que hubo una gran oportunidad.

¿Cuándo ocurrió eso?
Ocurrió en el inmediato proceso postrevolucionario, al crearse la escuela mexicana de antropología, con Manuel Gamio. Pero no fue él quien lo sugirió, sino un contemporáneo suyo: Miguel Othón de Mendizábal. Desde los años veinte, pero sobre todo en los treinta, cuando anduvo cerca de Lázaro Cárdenas, Mendizábal estuvo a punto de tener la influencia para crear un indigenismo proactivo que tuviera tendencias indigenizantes (perdón por el verbo) en la nueva institucionalidad mexicana. Él demostró en sus múltiples escritos y conferencias, siempre con la intención de dar a conocer las cualidades de los pueblos originarios y de cuestionar mitos negativos, que era factible que los mexicanos retomaran algo de su pasado originario antes que seguir con  la tendencia europeizante que imperaba en la época, pero que terminó imponiéndose en los mandos. Dicho de manera grosera, que México se indianizara un poco en lugar de que los indígenas se mexicanizaran. Pero fue tachado de radical. Cárdenas volteó hacia otro lado: los indios debían mexicanizarse, y Mendizábal pronto murió, en 1945. De no ser porque sus amigos publicaron los seis tomos de sus obras completas y algunos de los ejemplares sobrevivieron hasta finales de siglo, Mendizábal sería un gran desconocido, pues ni el INI, ni el INAH, ni la UNAM, ni el Politécnico, a pesar de que Mendizábal fue fundador de algunas de esas instituciones, hicieron el menor esfuerzo por reeditar sus obras y expandir sus valiosas opiniones al menos para conocimiento de los estudiosos de la antropología mexicana. No, le echaron tierra, toneladas de tierra; en los cuarenta lo tacharon de radical, en los sesenta de comunista, y a pesar de crear calles, auditorios y premios con su nombre, sus importantes escritos fueron escondidos y pichicateados a lo largo del siglo. Por algo sería, Mendizábal era peligroso para sus fines. Paradójicamente, hoy Mendizábal resultaría novedoso y fresco, tal vez reediten por fin sus obras completas, nunca es tarde y es un autor tan sorprendente, además de buen escritor, que para nada resultaría ocioso ponerse a leerlo.

¿Existe otro territorio de la antropología que le gustaría trabajar en la academia?
La tradición oral, por supuesto, en la que he hecho poco menos que una especialidad. La memoria histórica es un factor de las ciencias sociales sumamente descuidado en nuestro país. El tiempo pasa, las generaciones envejecen, mueren –¡tienen que morir!-, y ni la antropología, ni la psicología social, ni la sociología, ni la historiografía hacen nada por preservar la memoria colectiva a través de la recopilación individual de experiencias históricas, de testimoniales que, como se ha mostrado en otras partes del mundo, devienen en verdaderas terapias sociales para las siguientes generaciones de sus ciudadanos.

¿Para qué sirve la tradición oral?
Tiene diversas aplicaciones y utilidades. La primera es histórica. A través del testimonio es posible observar qué pensaban las generaciones precedentes sobre su país, su ciudad, su sociedad, de sí mismas; qué quisieron hacer, qué creyeron estar haciendo y que terminaron por hacer; sirve para recuperar prospectivas sociales, anhelos y utopías; para hacer revisiones ontológicas sobre el ser nacional y local, para resarcir heridas abiertas que el tiempo no ha podido cicatrizar. Fue muy útil en la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, en la postguerra francesa y en las heridas sociales provocadas por la mafia en Italia; ha sido muy beneficiosa en la revisión de los horrores de las dictaduras en Argentina, Chile y Uruguay. Ayuda a la cicatrización de heridas históricas abiertas indefinidamente por el silencio.

Dígame un pendiente histórico de la sociedad poblana, por ejemplo.
La gente mayor que vivió los años treinta del siglo XX tiene pendiente emitir su opinión sincera sobre el periodo de Maximino Ávila Camacho, que dejó una herida que aún hoy, setenta años después de muerto, es ostensible en la memoria de los viejos; es tan impactante la memoria de ese señor que gobernó Puebla con arbitrariedad y mano de hierro, que muchos de los ancianos que lo recuerdan hoy bajan la voz para referirse a él. Es una sombra imponente en la memoria colectiva y decididamente no se ha expresado casi nada de los verdaderos sentimientos que los poblanos tienen a propósito de su imagen histórica. Otro pendiente, más moderno, es el movimiento juvenil que inicia en 1961 contra el tradicionalismo católico que imperaba en la sociedad poblana, particularmente en las familias. La protesta pronto trasciende el ámbito familiar y escala al escenario político e ideológico de la universidad y el gobierno del Estado; la sociedad poblana se escinde entre izquierda y derecha propiciando la fundación de instituciones y facciones políticas que hoy disputan el poder. Hoy, la ciudad la gobierna un grupo político relacionado con el Yunque, pero las elecciones de julio de 2012 las ganó el movimiento de López Obrador. Si se trabajara la memoria histórica con muchos de sus protagonistas que aún viven y son relativamente jóvenes, ancianos jóvenes quiero decir, sería muy revelador y refrescante  para la memoria colectiva de los poblanos, pero sobre todo para su actualidad política.

¿Ha propuesto a alguien la urgencia de acometer la memoria oral?
Lo hice, pero por el momento sólo encontré indiferencia. Con motivo de las fiestas del bicentenario me pareció oportuno hacer una revisión testimonial del siglo XX, de 1910 a 2010, toda vez que en mi archivo personal de tradición oral ya tenía bastante adelantadas las primeras décadas del siglo, por lo que era menester trabajar el resto, digamos, de 1940 a 2010; hice una decena de proyectos para una decena de instituciones y lo hice oportunamente, desde 2008, para que nos diera tiempo de concluirlo a tiempo de los festejos, pero me topé con pared, un muro de indiferencia y, después concluí, quizás el temor de que la memoria colectiva desenterrara algunos cadáveres y eventos incómodos que deslucieran las festividades cueteras que terminaron ocurriendo. O tal vez sólo fue apatía e ignorancia.

¿Qué tipo de instituciones visitó con su proyecto?
Todas. Bueno, comenzando por la más idónea y formal, que fue el comité estatal de festejos del bicentenario. Me entrevisté con su presidente, un  anciano exgobernador que me recibió y aceptó el proyecto con interés pero pocas esperanzas: “no hay dinero”, dijo, “yo me comunicaré con usted”, cosa que por supuesto no hizo. Pero yo no me dormí en mis laureles, mientras proseguía mi plan acudí a todas las instancias que tenían comité de festejos, que eran muchas: al Ayuntamiento, se lo di en su mano a la entonces presidente municipal; al Congreso local, que fue el único que tuvo la decencia de llamarme de inmediato para decirme que no; al gobierno del Estado a través del DIF, que me recibió para explicarme su miseria, y a la Universidad Autónoma de Puebla, llamada Benemérita, que me dijo que no pero que terminó editando finalmente el libro que acabé solitariamente en tiempo y forma en marzo de 2010, como estaba previsto en el proyecto, aunque lo pudimos sacar de la imprenta hasta febrero de 2011. Un poco tarde para festejos, pero resultó mejor.

¿En qué consistió su investigación?
Se trata de un libro de doscientas páginas ilustrado con fotografías y dividido en diez capítulos, con una introducción histórica sobre la ciudad en 1900, que era, social y urbanísticamente hablando, prácticamente colonial, prologado amablemente por la doctora Huerta de la propia Universidad. Cada capítulo se ocupa de una década: 1910-1919; 1920-1929, etc. Y en cada una aparecen, contextualizados con  algunas explicaciones de la década, los testimonios de protagonistas que vivieron la década respectiva. Es una investigación esquemática pero correcta. Los testimonios están divididos por recuerdos individuales, que llamo viñetas, por lo que cada informante aparece con uno o más recuerdos. El más antiguo correspondía a individuos nacidos 110 años antes, por supuesto ya fallecidos para entonces, y el más joven a adolescentes de veinte años; en medio de ellos toda la gama de edades para un total de 80 personas, más o menos.

¿Cuál es la contribución de su libro a la memoria social?
El libro se llama Cien años de recuerdos poblanos y es el tercero que hago sobre temática testimonial poblana, y dos más inéditos; lo que nos muestra es el desarrollo de una ciudad y de sus habitantes a lo largo de cien años en los que la ciudad cambió como nunca en sus 478 años de existencia, de ser una ciudad casi medieval a la metrópoli moderna y caótica que es hoy con su millón y medio de habitantes y sus dieciséis municipios conurbados.  A través de los testimonios de las generaciones de poblanos participantes puede apreciarse cómo fue creciendo paulatinamente en servicios e infraestructura urbana hasta la gran explosión demográfica de los años sesenta, cuando se desata la urbe; de igual manera, vemos la transformación de sus habitantes, los cambios de lenguaje, de anhelos, de sueños.

¿Qué supuso el que no haya tenido apoyos institucionales?
Bueno, en primer lugar el sacrificio del investigador, que desde el subempleo y la solidaridad de su gente tuvo que sufragar la investigación completa; la pérdida de accesos que el apoyo institucional te proporciona, ya que ese sustento te abre muchas puertas; el lado positivo de la ausencia de apoyo fue la libertad de acción y de reflexión. Lo que resultó fue una historia testimonial del siglo XX nada complaciente; sincera, directa, sin cortapisas. Aunque la política no es propiamente su temática, pues los poblanos decidieron recordar cosas más agradables, nada se quedó en la punta de las lenguas, que hablaron de sus placeres y de sus quereres; pero hay mucho desencanto en los recuerdos, sobre todo de los más jóvenes.

¿Cuál fue la respuesta del público hacia el libro de memorias?
La que yo había previsto, hay una gran necesidad social de este tipo de materiales. Se vendió la edición prácticamente entera, unos novecientos ejemplares, que me fueron entregados generosamente por la BUAP. Eso me permitió moverlos y promocionarlos personalmente en las dos principales librerías de Puebla. En ocho meses la edición se agotó; las librerías solicitaron más ejemplares pero ya no tenía.

Si ya hizo tres o más libros sobre la historia testimonial de Puebla ¿qué sigue en términos de testimonio? ¿no agotó las posibilidades con su investigación?
De ninguna manera, siguen los detalles, como el Maximinato y el conflicto del 61 que mencioné antes, pero hay muchos otros temas pendientes: la VW y la industrialización; el deterioro ambiental; el despoblamiento del centro histórico. La educación, Puebla es una ciudad universitaria, hay decenas y decenas de universidades y nadie aprovecha eso ni académica, ni turística, ni culturalmente. Está, en realidad, todo por decirse, por detallarse. Hice un proyecto para una enciclopedia testimonial del Estado de Puebla y el gobierno actual se mostró receptivo, me atendieron, me felicitaron y me mandaron a mi casa con la promesa de que se vería en unos meses. Por supuesto los meses ya pasaron. Pero ahí está el proyecto. Ahora he hecho un proyecto para las 17 juntas auxiliares, que se hicieron parte de la ciudad por un decreto de 1962. ¿Cómo eran antes de eso?, se trata de recuperar la memoria campesina de la ciudad. Lo interesante es que la tradición oral, la memoria testimonial, puede aplicarse a cualquier ciudad o estado de nuestro país.

Tenemos entonces dos grandes temáticas que usted podría aportar a la antropología académica desde su experiencia ¿hay alguna tercera faceta?
Sí la hay, más relacionada con mi interés por conocer y aprender de ella que por mi experiencia personal, que se reduce al guión. Es la necesidad de ampliar las miras de la divulgación antropológica en la sociedad mexicana y en el propio ámbito de la antropología de nuestro país y el interés que suscita en el extranjero. Y específicamente a través del video antropológico y todo lo que conlleva el tema de Antropología Visual.

¿Es ésta una nueva corriente de la Antropología derivada de las nuevas tecnologías?
Pues no, es tan antigua como el cine mismo. De hecho, las primeras películas de la historia tienen el espíritu de la mirada antropológica, pero las  nuevas tecnologías tienen la cualidad de socializar la práctica de la Antropología Visual. En mis tiempos de estudiante, en los años ochenta, pensar en filmar o grabar en video algunas prácticas de campo era sencillamente un sueño, una fantasía. Hoy, sin mucho esfuerzo, es posible planearlo sin aspavientos, pues hay muchas cámaras entre el alumnado, grabadoras de audio, cámaras de fotografía; crear una isla de edición de video ya no tiene el costo prohibitivo que tenía hace relativamente poco. Hoy es posible orientar a la Antropología Visual a través de planes académicos de instrucción técnica y metodológica sobre medios de comunicación. La multimedia permite a muy bajo costo construir una página de internet que es una herramienta poderosísima de divulgación y concientización sobre los pueblos originarios. Y es una verdadera pena que eso no ocurra, que ni siquiera esté en los planes curriculares de la mayoría de las escuelas de antropología mexicanas. Aunque hay algunas que han avanzado en ello, como la propia escuela nacional. 

¿Qué puede esperar un alumno de usted?
Que mis clases tienen un plus, además de la materia que se trate. Mis clases ponen mucha atención al aspecto ortográfico y a la capacidad de redacción de textos, soy muy insistente en ello, y también al detalle de la expresión verbal, a la dicción y a la pronunciación de un idioma español coherente y medianamente fluido. Nótese que hablo de medianía, no pretendo que los alumnos tengan la expresividad de Luther King, pero que tampoco tengan esa lastimosa y precaria imagen que ostentan muchos egresados de licenciatura y no pocos maestros y doctores.

¿Qué medidas toma al respecto?
La redacción y la expresión verbal son parte de la calificación, más allá de cuál sea la materia impartida. Si un alumno tiene problemas de dicción, se le ponen los antiquísimos ejercicios de Demóstenes y se van controlando sus progresos. En la escritura se procede igual. He visto ortografías tan espantosas –porque espantan-, que he llegado a encargar planas de ciertas palabras como en la primaria. No es posible que un estudiante de licenciatura escriba habitación sin ache, pero ocurre con más frecuencia de la deseada.

¿Se considera un hombre exitoso?
El éxito es subjetivo y lo que yo pueda considerar exitoso puede no serlo para muchas personas. Si la acumulación de propiedades y capital es el único éxito socialmente aceptable decididamente no soy un hombre exitoso; pero si el éxito consiste en el crecimiento personal y espiritual del ser humano; de los logros derivados de sus iniciativas, sus ideas y hasta sus ocurrencias, entonces puedo considerarme exitoso. A veces tengo ideas raras.

Hábleme de sus éxitos.
Desde niño tuve una personalidad extrovertida, exhibicionista, histriónica. Recuerdo a mis padres revolcándose de risa sobre su cama mientras yo les hacía un largo número de payasadas, chocaba contra la pared y rebotaba como pelota; en la escuela primaria fui de los declamadores oficiales, desde pequeño aprendí a endurecer la cara ante el aplauso. Es toda una técnica. Y así, en cada etapa de mi vida breves y sustanciosos éxitos que me llevaron a breves y sustanciosos pódium a recibir aplausos y premios, pues siempre fui competitivo y concursante.

¿Qué premios ganó en su vida?
Muchos premios, algunos importantes. En la escuela secundaria comencé con uno de oratoria, varios de dibujo; en la prepa y después. Un premio nacional de cuento; otros, en mi empleo de telecomunicaciones, también nacionales, de cuento y pintura. Muchos aplausos en mi vida, diplomas, abrazos y felicitaciones. Después las esculturas, los libros, más aplausos. Está claro que mis éxitos no están reflejados en mis bolsillos, por mi incapacidad de usufructuar las oportunidades, pero de que los ha habido, de eso no hay duda.

Hábleme de sus esculturas.
Una escultura monumental de siete metros instalada en el campus de una importante universidad poblana, estuvo un año expuesta y fue una gran satisfacción. Tengo otras cositas por ahí, como una escultura en papel maché de Pitágoras para un nicho de dos metros en un edificio del siglo XVIII del centro de la ciudad; otra escultura situada en el kiosco de un pueblo de la mixteca representando a un ser mítico de la región. Y muchas pequeñas esculturas y obras mixtas en las casas de mis amigos, pues la mayor parte de mi obra la regalo a la gente que la aprecia. Y a mis pobres amigas y amigos que me aprecian, han sido víctimas de mis regalos. He trabajado con ahínco el alambre y el barro, también mucho papel maché.

¿Qué hace en este momento?
Terminé una colección de arte religioso como parte de una investigación sobre iconografía trinitaria de una doctora que, cuando la conocí, me impactó y me dejó turulato durante varios días. Ella es Consuelo Maquívar. Las piezas están relacionadas a una modalidad proscrita de arte religioso del siglo XVIII llamada trinidad trifásica, prohibida por la Santa Inquisición. Cuando me enteré de los detalles en una conferencia no pude reprimir el impulso de probar qué fue lo que hicieron aquellos artistas novohispanos y cuáles podrían haber sido las razones de la inquisición para prohibirla. Realicé una veintena de piezas que ahora esperan una oportunidad para su conclusión y posterior divulgación. Trabajo con mucha lentitud, el arte me lo tomo con calma.

¿Qué significa el fracaso económico?
Es resultado de una crisis global que en México ya dura cuarenta años, pero significa congruencia con las ideas en las que fui formado en los años setenta: desprecio por la riqueza y la acumulación. Congruencia con las ideas de izquierda más elementales, con el cristianismo primitivo que no practico pero en el que fui educado en mi niñez. Es paradójico que cuando muere alguien productivo y con prestigio social, pero pobre,  suscite admiración y elogios, mientras que vivo motiva desprecios y reproches ¿no es una contradicción de nuestra hipocresía social? Aunque todo esto sea tal vez una justificación poética a mi probada incapacidad para administrarme, pues el fracaso económico también significa privaciones familiares de distinta magnitud, sedentarismo, algunos sufrimientos y muchas deudas, que nunca son sanas para nadie. Significa incertidumbre y zozobra, imagen astrosa y pérdida de credibilidad. En verdad no se lo desea uno a nadie, aunque se puede ser consciente de que es la condición de cincuenta y dos millones de mexicanos.

Qué fue lo que le orilló a utilizar este medio, a través de esta entrevista, para solicitar un empleo.
En primer lugar el desempleo y todo lo que implica esa condición; en segundo, que si no eres futbolista o criminal no le interesas a nadie, nadie tiene el menor interés por entrevistarte porque cualquier cosa que digas nunca podrá competir con los tiros a gol o los tiros de la cuerno de chivo; cabeza de serie o descabezados; transacciones millonarias o lavado de dinero; en tercero, el que las entrevistas de trabajo son muy superficiales y nunca alcanzan para expresar las ventajas que ofrece uno como empleado. Los empleadores ya no practican la entrevista integral, se conforman con llenar un expediente, con cumplir con un compromiso de sus jefes, con una petición, con una orden, con un favor. Por eso me pareció útil que un potencial empleador, sea universidad, institución o mecenas, conociera las miras y las aportaciones que su potencial empleado tiene para aportar a su trabajo académico o intelectual; una persona que se interesa no sólo por obtener un empleo sino por llevar a cabo tareas para cubrir huecos que con discernimiento ha detectado que existen en la práctica académica y social de nuestro México. No estoy para nada seguro que dé algún resultado, pero después de cinco años de subempleo creo que merece la pena utilizar este maravilloso medio de expresión y… pues, expresarme a mis anchas ¿eh?

Muchas gracias, y gracias por su tiempo.
Bueno, muchas gracias a usted. Y a ti, por leerlo.