miércoles, 30 de noviembre de 2016

Entonces realmente no había peligros

Doña Aurora recordaba a retazos, como si su memoria estuviera compuesta por tiras de tela a veces fina y a veces corriente, que al jalarla dejara jirones de hilos dorados o marrones, bonitos o feos, útiles o inútiles. Su modo de recordar me pareció familiar porque yo mismo recuerdo de esa forma, con algunos eventos fijos -como su recuerdo de los chinos- o una mezcla atemporal de los protagonistas, que en un momento son sus hermanos y al siguiente está hablando de sus nietos. Además, esa ausencia de cronología, de orden cronológico, convierte a sus recuerdos en grandes bloques episódicos: niñez, adolescencia y matrimonio.


DOÑA AURORA GARCÍA MÉNDEZ

Nací en la ciudad de Orizaba, Veracruz, ahí pasé mi niñez junto a mis padres, un matrimonio muy bien avenido porque nunca de ellos oí una mala palabra, no oí un solo insulto. Sus seis hijos recibimos muy buen ejemplo, porque dilataron mucho tiempo de casados, nos dieron una buena niñez, que es lo que significa el nacimiento de una persona, su validez.

Cuando estábamos en Orizaba, de chiquilla, tenía yo amistad con los hijos de unos chinos, y estos chinos hacían turrón de almendra, de piñón. Estos chinos tenían varios chiquillos, con los cuales nosotros nos llevábamos. Total que los chinos tenían una hortaliza mucho muy grande allá en Orizaba, que creo que todavía está, y nada más nos decían que si íbamos a recoger las lechugas y los rábanos y las zanahorias nos daban un pedacito de turrón tipo Alicante, de España, que es muy sabroso. Estos chinos ponían peroles grandes. Y a mí me gustaba ir con ellos porque hacían un caldo de toda la verdura que tenían, que era mucha, y los chinos siempre nos decían “vénganse a comer”, y nos sentaban a comer junto con sus hijos los platos grandes de caldo de verdura. Nos la pasábamos muy bien. Para mí fue una niñez muy bonita porque no había en aquel entonces maldad, fui a un colegio donde estudié hasta cuarto año en Orizaba; luego, como al Ferrocarril Mexicano lo pasaron a Apizaco, entonces nos vinimos a vivir a Apizaco.

Apizaco, cuando pasaron los talleres de Orizaba a Apizaco, pues era un pueblo, las calles no estaban como ahora están, porque realmente ahora Apizaco está bonito, tiene sus calles muy anchas, sus camellones en medio. Todas sus calles son de doble avenida, está muy bonito. Cuando yo lo conocí era un pueblo muy pobre, muy modesto, ahora se ha levantado...


Fueron unos padres ejemplares, porque nunca, hasta la fecha, ni yo digo palabras altisonantes, ni picardías, ni con mis hijos usé yo palabras, jamás los hemos tratado con groserías, pero siempre he sido muy pegalona con mis hijos, les he zumbado bien, pero cuando lo merecen. Como decía mi mamá, cuando están haciendo una cosa mal hecha hay que pegarles, no “al rato te pego”, sino al momento, una nalgada bien puesta. Y no como ahora que dicen los doctores que no, que se les debe hablar ¿usted cree que a un niño de seis o siete años se le puede hablar? porque los niños siempre han sido niños. Esa es mi opinión. Yo lo veo con el niño de mi hijo, de seis años, y es... ya no es la travesura, señor, ya es la grosería. La travesura se puede pasar, pero la grosería no se puede pasar. Bueno, ese es mi modo de pensar. La travesura sí, que tiró este vaso, pues bueno, ya se limpia, se quitan los vidrios y ya. Lo hizo el niño y ni modo. Que tumbó esto que tumbó el otro, que tiró aquello, que descompuso esto; bueno, pues es una travesura de chico, pero que haga algo que no está bien, como es el caso que viene y le pega a su abuelo, o que me pega a mí sólo porque pasa ¡me da una patada! Y eso no está bien, porque eso ya necesita un correctivo.

En aquel entonces se gastaba muy poco dinero. Porque mi madre cuando se casó se llevó a una servidumbre. Entonces recién casada tuvo a esta niña que nos vio nacer a todos, por lo tanto fue nuestra nana y se murió al lado de mi madre. Y decía yo cómo es posible que antes con diez pesos traía una canasta pero llena llena. Y eso es lo que le decía yo a mi yerno, porque él dice que “no, porque Porfirio Díaz no fue bueno”. Yo no fui de su época, ni lo conocí, pero según me platicaban mi padre y mi madre, don Porfirio Díaz fue la mejor época porque valía el dinero, corría el oro. Y todas las cosas eran baratas. Quién sabe si a usted le hayan dicho eso. Claro que también tuvo sus errores, porque por eso también lo desterraron. Porque si bien tuvo de su lado a los hacendados, que le pasaban dinero, también mantuvo en un puño a los campesinos. Ahora sí, como les decía a los hacendados “diez que te presto y diez que me debes, ya son veinte”. Entonces amolaba a los campesinos; todo hacendado amolaba a los campesinos que siempre han estado oprimidos, hasta la fecha es así.

A mi padre yo lo quise mucho, porque siempre fue un hombre muy responsable, y cuando éramos chicos, tendría yo unos doce o trece años, lo mandó el Ferrocarril Mexicano, que ahora es Nacionales de México, a Laredo, Texas. Entonces el ferrocarril les pagaba en dólar, porque era ferrocarril inglés, de capital inglés, y le pagan en dólar. Entonces a él lo mandaron a Laredo, Texas, primero, y después a San Antonio, Texas, y nos llevó a mi madre, mis hermanos y a mí; estuvimos ahí como seis meses, muy bonito que es San Antonio, Texas. Ahí estuvimos y luego nos tuvimos que regresar porque se le acabó el trabajo.

Ahí cursé mi quinto y sexo año, terminé la primaria, hasta el segundo de secundaria, y ahí nomás me quedé. Luego aprendí para secretaria, de lo cual trabajé en dos-tres partes nada más, en la Corona Extra, que fue la Cervecería Modelo, ahí trabajé como secretaria.

De Apizaco nos venimos para acá, porque mi padre y mi madre compraron una casita aquí en la colonia Santa María y aquí fue donde tuve mi primer trabajo, en la Cervecería  Modelo, estuve ahí trabajando. Antes de trabajar en la Modelo estuve trabajando con el señor Riestra, que me dio la oportunidad de trabajar aquí como agente de medicina de los Laboratorios Bayer y Merck, y luego después de eso él tuvo que renunciar a ese trabajo y por lo tanto yo también salí. Fue cuando me casé con mi marido.


Puebla era una ciudad, en realidad, chica, con muy pocos... tal vez habitantes sí había, pero tenía muy poco transporte; en realidad muy poco transporte, lo que es la 5 de Mayo y la 2 Norte eran muy tristonas para andar, lo que ahora no, ahora es un sin fin de gentes que van y vienen, vienen y van, pero antes no, era tristona la ciudad. Yo tenía una hermana –pero ya grande–, por eso yo me llevaba más con unas amigas, unas amistades de la casa, pues nos íbamos si usted quiere al cine, a la matiné. Y una que otra invitación. Porque no había como ahora tantas distracciones, antes no las había. Ahora sí hay distracciones en donde realmente peligran los muchachos y las muchachas. Entonces realmente no había peligros, íbamos a una fiestecita donde le daban a una un refresco y se lo podía una tomar con toda confianza, porque no había de que los muchachos echaran en el vaso cierta droga. Y había, claro, sus crímenes, sus violaciones, pero se hablaba de ellos muy lejanamente, siempre había más confianza. Es más, mi esposo y yo todavía íbamos al cine, salíamos a veces a las diez, a las diez y media... y no pasaba nada.

viernes, 18 de noviembre de 2016

No puedo decir que mi vida fue un desastre

Don Héctor Zéleny veía la vida con practicidad hace 16 años, cuando lo entrevisté; era la viva imagen del orgullo poblano por el buen vivir, a pesar de no poder presumir los grandes éxitos. Es una actitud pragmática de ciertos habitantes locales que hacen un balance objetivo de sus vidas en el que todo sale más o menos. “Nos vemos a las 5 PM”, dicen, y todos saben que el PM no significa “pasado meridiano” sino “poco más o menos”, que puede expresar 5:30 ó 6. Tengo lo que tengo y con ello me mantengo, parecen decir en un lenguaje cantinfleado y florido (valga la redundancia), una forma de expresión que más que afirmar niega, más que expresar sugiere. Porque le ha ido bien, más o menos.



DON HÉCTOR ZÉLENY

Nací en la ciudad de Puebla en 1927, nací en lo que es ahora el (club deportivo) Alfa Uno1, donde mi padre era administrador. Y ahí pasé una niñez, pues, muy bonita, porque en aquel entonces era lo último de la ciudad, lo último; la ciudad llegaba hasta el Paseo Bravo, una o dos calles más allá, y en aquel entonces todavía estaba rodeado de alambre de púas, era campo.

En lo personal, yo viví una niñez muy bonita, entre árboles, pájaros, perros, borregos, de todo, porque en la casa de ustedes en aquel entonces era un Arca de Noé, había mucho animal. Puedo decirle que era en aquel entonces el centro de reunión de la alta sociedad poblana, lo más granado que se podía encontrar aquí en Puebla. Con mi papá de administrador, uno tenía sus privilegios ahí dentro. Yo crecí entre gente como Don Guillermo Jenkins, los Naude; iba para allá Maximino Ávila Camacho en aquel entonces; todos, era en el centro social de la ciudad. Entre canchas de tenis, ahí crecí yo. Posteriormente, allá por 1953, cuando murió mi padre, tuvimos que salir de ahí. Y a trabajar y vivir y sudar la gota gorda.

Estudié primero en el Instituto Oriente, de los jesuitas, y de ahí al tercer año ya me pasé al Instituto Normal del Estado, a la escuela primaria, creo que se llamaba Juan C. Bonilla, algo así. Ahí tuve una escuela que me enseñó, tuve a dos maestros -muy buenos maestros-: el maestro Romero y el maestro Peláez, que nos enseñaron a defendernos de nosotros mismos, a tener nuestro propio carácter. No era una escuela muy apapachadora, sino una escuela donde uno llegaba y tenía que defenderse de todos los demás, no cabe duda. Pero le formaba a uno el carácter; yo creo a esa escuela que le debo una formación, además de a la vida misma, donde ha aparecido de todo, lo bueno, lo malo y lo regular en esos sesenta y cuatro años de andar en esta “canica”.

Yo creo que hay diferentes formas de vivir, diferentes modos de pensar. Que es lo que hace viva a una ciudad, los contrastes de la sociedad, la pura realidad. Si usted le pregunta a una persona que en su niñez tuvo todo, ella le va a hablar de acuerdo a lo que vivió. Yo tuve el privilegio, yo siempre lo he dicho, yo tuve una niñez hermosa hasta los 16 años. No lo puedo explicar, no sabía de problemas económicos, de hambre ni nada de eso. No éramos ricos, no sé mi padre cómo le hacía, pues cuando menos tenía yo “de todo”, todo lo que yo pudiera necesitar a esa edad. Ya después la vida le va enseñando a uno que tiene que trabajar, que tiene que hacer y todo eso; y bueno, a veces no sabe uno aprovechar lo que tiene, y cuando le da uno la vuelta, cuando los años se le vienen encima, uno ya puede decir  “me fue bien” o “me fue mal”. Y yo digo que me fue bien, a pesar de determinadas etapas de los veintitrés a los treinta y cinco años, donde anduvo uno dando tumbos, anduve de pintor, anduve de albañil, anduve de obrero; o sea, de bodeguero, pero vaya, yo creo que no fue denigrante ¿no? Fueron momentos en la vida de una persona por sus circunstancias. Al final, a los 40 años, pues a mí se me metió la locura y quise ser periodista. Y ahora vivimos del periodismo. Me costó mucho trabajo y muchas privaciones al principio, pero al fin y al cabo, yo en lo personal, no puedo decir que mi vida fue un desastre. He realizado algunos sueños, otros no; otros han quedado ahí en el anecdotario del “no lo logré”. Pero yo sí. Uno habla de acuerdo de cómo le ha ido en la vida.


En mi juventud, aparte de ser medio borrachón -igual que todos-, destrampado; o sea, lo normal que hacíamos en aquella época: cerveceros, mujeriego, como todos, íbamos a varias cantinas tradicionales que había aquí. Nos reuníamos en grupitos de cuates ¿no? otros ahí en unas tienditas de la colonia y, en fin, eran lugares muy específicos a dónde íbamos. Yo no fui bailarín, no me gustó mucho el baile a mí. No andábamos por muchos lados sino, como animales de costumbres, buscábamos donde estuviéramos bien. Había una cervecería aquí en la 11 Norte, no me acuerdo cómo se llamaba, junto al Buen Doctor, que era otra cantina. Este lugar tenía por cierto una barra muy bonita.

Yo tuve la ventaja de no amanecer crudo, a mí las copas no me hacían, y cuando amanecía con algo de sed me la curaba con un “barril de durazno”, un refresco, un barrilito Okey, como se llamaba en aquel entonces, y bueno, pues todavía hay. Con eso ya no necesitaba ni algo picoso, ni un molito, no necesitaba nada.

¡Ah, su mecha! ¿que qué hacíamos los jóvenes? Ora sí me la puso usted cuadrada. ¿Qué hacíamos? juntarnos en grupos, yo tenía un grupo de amigos, dos amigos y otros más, y nos reuníamos normalmente en una tiendita. Alberto..., Rubén de la Llave, uno de ellos, y el otro era Alberto... Alberto, simplemente, éramos los grandes cuates; los tres mosqueteros, como dicen, donde éramos muy amigos de la cervezas. No éramos elegantes. Aunque, bueno, la costumbre de aquellos años era vestirse más o menos de traje, porque era la costumbre. No como ahora. Entonces, normalmente andábamos de chamarra, de camisa; o sea, no andábamos como andan ahora de playeras, porque la sociedad entonces era también censurable ¿no?,  uno tenía que traer el pelo cortado a casquete corto, nada de pelo largo ni cosas por el estilo, por lo menos la generalidad, la mayor parte. Como en todo, había sus excepciones. Yo me cortaba el pelo en una peluquería sencillita, que costaba tres pesos la cortada.

Después tuve la oportunidad de viajar mucho, era yo vendedor, y viajé mucho, sobre todo la parte de la costa, de aquí a Acapulco, de Acapulco toda la costa del Pacífico hasta Tapachula, Chiapas, y luego de Villahermosa a Tampico. O sea que anduve yo vagando o dando tumbos por ahí.

Como todas las familias, yo creo que el 90 por ciento de las familias siempre tienen detalles, que tiene uno el segundo frente, se vienen las broncas. Yo puedo decir que mi familia, mis hijos, mi mujer y todos los demás han sido, para mí, excelentes. Con sus peculiaridades cada uno, sus ingratitudes de los hijos, a veces, pero yo en lo personal puedo decir que me ha ido bien. No me puedo quejar. Tengo un trabajo que me permite, hasta este momento, venir a tomarme el café, con toda tranquilidad, a las doce del día. Y que en la casa de usted no falte la comida, una casita chiquita, es decir, un departamento propio. Puedo decir que me ido bien, no soy un hombre de grandes aspiraciones, no es el dinero el fin de mi existencia ¿no? sino, más bien, la realización de mis ideales. Pero eso cada quien va a hablar, como dice, como le haya uno ido en la vida ¿no?


Mi ciudad de antes...

La ciudad de Puebla era muy chiquita en aquel entonces, era tan chiquita que llegaba escasamente a lo que es ahora la 25 Poniente. En el Molino de en medio ya eran las afueras; el Río de San Francisco no estaba entubado, era un río de aguas negras, prácticamente.

En lo particular he visto cómo Puebla se ha ido transformando, sobre todo a raíz del temblor del 85. Vino un desplazamiento muy fuerte de gente del Distrito Federal, Puebla fue creciendo y ahorita, pues, yo digo que es una medio urbe, todavía no es una urbe. Hay muchos problemas, hemos visto cómo los campos de los que estaba rodeada (una ciudad de 22 ejidos) se han ido invadiendo, la mancha urbana ha ido acabando al campo, sobre todo en lo productivo. En fin, hasta la actualidad, es una ciudad que esperamos vaya en progreso, se adapte a los nuevos tiempos.


A Puebla, en lo personal, la he visto transformarse. Es una ciudad a la que ha llegado mucha gente de fueras, que sus tradiciones se han ido relajando, claro, en la vorágine de la actualidad, en los medios de comunicación, que son determinantes en las actitudes de la sociedad, en la forma de pensar. Los ciudadanos son más encontrados, ha habido un despertar y, más bien, una rebeldía a mucho de lo establecido anteriormente que, bueno, ¡a dónde vamos a ir a parar!, no lo sabemos. Las costumbres, los principios morales se han relajado mucho. 

Nota
1 El Alpha 1 tampoco existe ya, el club fue absorbido por su acaudalada vecina la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, UPAEP, y ahora forma parte de su campus central.

viernes, 11 de noviembre de 2016

¿Ya sabes escribir?

Jacinta era una niña que quería más del mundo pero sus deseos se vieron truncados por la ignorancia de sus padres. No que fueran económicamente demasiado pobres, sino que la pobreza de aquellos hombres y mujeres de la época revolucionaria era de miras, de expectativas que eran incapaces de percibir en sus hijos como sus padres tampoco las habrían advertido para ellos. La única verdadera respuesta era la violencia.


DOÑA JACINTA BÁEZ RODRÍGUEZ

Soy Jacinta Báez Rodríguez. Yo nací en Atlixco, Puebla, el 11 de Septiembre de 1910 en el barrio de La Merced. Se le decía así porque hasta hoy existe una iglesia que se llama De la Merced.

Toda la gente era muy amable, se saludaban, platicaban, muy pocas veces yo llegué a oír que hubiera problemas. Mi papá se llamaba Dolores Báez, era maestro de albañiles, trabajaba en la hacienda de San Mateo con los señores Maurer. Dirigía a un grupo de gente que trabajaba y él tenía que estar pendiente de lo que hacían todos.

Era Atlixco un lugar muy tranquilo. Yo que me acuerde ya no vi revolucionarios como en 1910, el año que yo nací. Pero mis recuerdos son por los veintes. A mi hermana –que no es hermana completa, es media hermana-, se la trajeron para Puebla de Atlixco porque las muchachas tenían peligro, porque se las llevaban. Se la trajeron a Puebla y yo me acuerdo, muy poco, cuando le venimos a traer. A Puebla nos veníamos en tren, era la única forma, además de la carreta o caballo, pero nosotros veníamos en tren. Salía el tren a las 6 de la mañana y llegaba aquí como a las doce, una de la tarde. Venir a Puebla era la aventura de subir al tren y luego la ciudad que muy bonita, grande, con mucha gente, muy arregladas las mujeres. Me gustaba todo. Comíamos con una amiga de mi mamá.

A mi hermana la quería mucho, se llamaba Eulalia y era mucho mayor que yo, era nada más de mi mamá, no de mi papá. Era una buena mujer. Entonces la mayoría de las muchachas tenían el pelo largo, eran contadas las que tenían el pelo cortado. Se ponían trocitos de papel, se enrollaban el pelo para que les quedara medio chino y ya luego se peinaban. Entonces no había en Atlixco salones de belleza, entre las amigas se ayudaban.

Fui a la escuela muy poco, pero sí fui. Son temporadas muy bonitas para uno porque uno era una niña y, aparte del estudio que le daban a uno, lo enseñaban bien porque en ese entonces las maestras eran muy exigentes. Teníamos que estudiar, pero a la vez nos daban recreo, nos daban un tiempo para jugar. Jugábamos a la Víbora de la mar, la Naranja dulce, todo eso. Se correteaba uno con otro, eran juegos muy sencillos, no como ahora.

Era un colegio católico que se llamaba Corazón de Jesús. Era con maestras que no eran de Atlixco, sino que, como la escuela era de los señores Maurer, unos hacendados de ahí de Atlixco, las maestras vinieron de otros lugares, no me acuerdo de dónde. Era católico pero no de monjas. Estaba en una bonita casa debajo de los portales, no la llegaron a cerrar durante la persecución. Nomás nos decía la maestra que no entráramos juntos, que fuéramos entrando poco a poco. Y así lo hicimos y nunca pasó nada, seguimos estudiando. Pero yo ya no seguí estudiando, estudié el primer año y parte del segundo, porque mi mamacita, en paz descanse, una tarde que estaba haciendo mi tarea en la mesa del comedorcito, me dice: “¿oye, qué estás haciendo?” Estoy haciendo mi tarea. Me dice: “¿entonces ya sabes escribir?” Le digo: no bien, pero ya empiezo a entender, mire, aquí estoy escribiendo. “Ah, bueno.” Nomás eso me dijo. Ya después que le dice a mi papá: “ella ya sabe escribir, ya que no vaya a la escuela.” Como era de paga la escuela, usted comprenderá. Y como ni mi mamá ni mi papá sabían escribir, al verme escribir dijo: “ya, ya sabe...” y ya no me mandó. Y hasta ahí me quedé.

Mi mamá era una mujer muy buena, muy trabajadora. Y yo era la única hija, no tenía más que a mi media hermana. Ella guisaba y hacia todo el quehacer de la casa. Yo comía de todo lo que ella me daba, de todo.


Siempre viví en Atlixco, allá me casé. Estudié hasta el segundo año, luego ayudé en los quehaceres de la casa hasta que me casé. A mi esposo lo conocí en la calle, cuando me enviaron a algún mandado. Muy poco salía yo a la calle, y una vez que me enviaron a un mandado es cuando él me conoció. Él me vio a mí. En ese entonces, hasta cierto punto era uno un poco tonta, porque las mamás nos traían muy cortas. Y cuando la mandaban a uno a un mandado y se tardaba un poquito, ya la estaban esperando a uno. Sí, era muy delicada. Ese día, en una de esas salidas, me mandaron al centro a comprar ya no me acuerdo qué, y fue que me empezó a seguir y yo no le hacía caso, porque me daba miedo que mi mamá me viera o le fueran a decir. Entonces empezó a mandarme cartas y yo empecé a contestarlas. Eran cartas muy bonitas. Él era mecánico de la fábrica de Metepec, era un hombre muy educado y estaba joven; sí, sí me gustó. Estuvimos como tres años de novios, puras cartas, muy pocas veces que llegamos a cruzar unas cuantas palabras, porque mi mamá era muy delicada y le tenía yo miedo porque me pegaba. Mi papá no. Porque cuando mi mamá me acusaba con él decía: “tú le pegas, pues qué más quieres, tú la maltratas, tú le pegas, tú la regañas, para qué me dices a mí. Yo no me voy a meter.” Mi papá me defendía. Yo tenía una buena relación con él, porque tenía muy bonito carácter. Mi mamá era una buena mujer, pero sí, era mucho muy dura. Mucho, para todo. Yo con mis hijos ya no fui tan dura, no. Decía yo “no, si yo sufrí tanto con mi mamá, como voy a hacer sufrir a mis hijos.” Sí, claro, los regañaba, pero que yo les pegara no, muy rara vez, solamente que fuera una cosa ya muy grave era que les pegaba. No, nomás los regañaba.

Me casé muy joven y me encontré gracias a dios un hombre muy bueno, muy comprensivo. Él tenía 22 años, yo tenía 16, muy joven porque lo que quería una era salirse de las casas porque anteriormente eran muy duras las mamás. Se llamaba Faustino Linares y tuvimos tres hijos. Los enviamos a la primaria en Atlixco.

Ahora veo mi vida un poco aburrida, por lo que recuerdo, porque ahora hay mucha libertad. En aquel entonces no había ninguna libertad para las muchachas. Algunas sí tenían libertad, pero la mayoría no, las mamás eran muy delicadas. No nos dejaban tener ni amiguitas, porque nos veían platicando con alguna amiguita y “nos daban”. Yo le tenía mucho respeto porque no le gustaba que anduviera yo con amiguitas ni que anduviera yo en la calle. Era delicada ella. Le tenía yo miedo. No era tanto miedo al ridículo de que le pegaran a una en la calle, sino al dolor de los manazos que me daba. Mi papá le decía que no estaba bien que me estuviera pegando. Le respondía: “tú cállate, tú no te metas, yo soy la que tiene que ver con esto.” Bueno, ya ni modo. Antes eran muy delicadas las mamás. Ahora creo que ese rigor no era necesario, creo que exageraban. Teníamos que andar con las amiguitas a escondidas. Nomás que ¡ujule! con un cuidado tremendo, que no nos vieran las mamás. Porque si nos veían a una o a otra les daban su zumba, a todas. Nos daban con la mano o con un palo. Eran muy vigiladoras, no como ahora. Ahora los regañan porque tienen que regañarlos, pero ya no es lo mismo que antes.


En realidad las niñas y los niños deben de tener cariño y amor, no deben de tratarse con puro rigor, porque no debe de ser. Sí, hay que tener rigor para que no se críen malcriadas o amigueras, pero en realidad no como nos trataban a nosotros. Vimos que no estaba bien y no tratamos a nuestros hijos así. Yo tuve ocho hijos y los ocho viven. Cinco hombres y tres mujeres. Son buenos mis hijos, me quieren, me llaman y ya no puedo pedir más. Ellos trabajan, viven bien, tienen sus casas, tienen sus cosas, sus hijos.

Atlixco tiene muchos pueblos, y de los pueblos bajan verdura, fruta al mercado, pero ya las fábricas las cerraron, y cuando eso ocurrió se vació, se fue mucha gente que se quedó sin trabajo. Ahora está otra vez muy bonito. La gente va a hacer plaza, se llena los martes y los sábados. No como antes con tanta fábrica, pero sí. Va gente de México, de acá de Puebla porque venden al por mayor, entonces se compra mucho.


La poca gente que conocí vivía con mucho trabajo, era medio difícil su vida. Yo nunca fui rica pero nunca me faltó, ni con mis padres ni con mi esposo. No me puedo quejar. No tuve demasiado, pero nunca me faltó, gracias a Dios. Tengo 91 años. No me quito la edad, a veces se me borran las cosas cuando estoy hablando, pero no me quito la edad. Hubo tiempo en que me enfermé mucho, pero ahora que estoy grande ya no me enfermo de nada. Y como lo que comen mis gentes, lo que me dan yo lo como, nunca me hace daño, gracias a dios. Todo bien.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Días de mucho, días de poco, días de nada

Don Jesús Labastida me recibió detrás del mostrador de su taller de electricidad automotriz de la 7 Norte del centro de la ciudad de Puebla. Al igual que otros de mis entrevistados para este ejercicio de historias de vida que he venido publicando, este octogenario sabe que él no es poblano a pesar de haber llegado a esta ciudad hace más de sesenta años; de hecho, tiene opiniones bastante críticas sobre los poblanos, que trata de resolver con sus modos extravagantes de filósofo urbano, una combinación de sabiduría, de experiencia y de nostalgia por su padre a quien sigue escuchando en su interior.


DON JESUS LABASTIDA

Yo me llamo Jesús Labastida, tengo 82 años y he vivido con la ayuda del Señor, porque así soy yo, metódico, llevo una vida metódica, mi padre me lo enseñó. La vida metódica consiste en esto: tomar y no embriagarse, comer a sus horas; otra cosa: tener exceso sexual es lo peor que puede tener el hombre humano, tiene que ser controlado. Fumar, sólo uno, después de comer, nunca antes de comer. Y es controlado. Aprovecha uno todo, estamos tranquilitos, no como ese que dice: “tengo dos-tres viejas y cuanta madre” y se pone un pinche pedote. Están desde que Dios amanece con su cigarro y ese no llega ni a los cincuenta años. Entonces, el control propio de nosotros ¿qué causa tiene? Al tener ese control, tiene uno la inteligencia abierta y piensa uno las cosas de la mejor forma.

Yo llegué a Puebla en 39, todas las calles estaban desiertas. La ciudad llegaba hasta el Carmen. Ya para abajo era terracería para ir a San Baltazar, por donde hacían peregrinaciones. Me tocó ir a ver la peregrinación el primer 6 de enero. Hasta ahí llegaba la ciudad, nada más. Y por acá de este lado hasta la 36. La ciudad se sentía totalmente chiquita, luego se fueron dando todas las colonias que se fueron haciendo.

Yo era un chamaco de 19 años, andaba de aventurero por todas partes. Venía de Veracruz, que es mi patria chica, ahí vivían mis padres y parientes, todos ya murieron. Nací en la 16 de septiembre número 2325 del mero puerto, a dos calles de Viña del Mar. Ahí y nací y crecí hasta cierta edad, me largué de la casa como aventurero, estuve por Tampico, estuve ahí trabajando y de ahí ya me vine para Puebla, me vine aquí con la constructora Nuevo León, en Valsequillo. Y ya me quedé acá, hasta la fecha.

Si le digo la verdad, me casé varias veces. La última que me casé, 43 años de casamiento, el viernes pasado murió mi esposa, hace tres días. Este viernes murió mi esposa, 43 años de casados. ¿y qué quiere que haga uno? Pero si soy conchudo y soy de los que aguanta…¿qué hago? Eso de que muchos se van y que no… Yo no. Le voy a hacer sus nueve misas. Aquí, mire, siempre tengo radio, ahora no hay radio, la querencia de uno. Ya después Dios dirá.
Una mujer para mí, una mujer tan grande fue para mí que nunca tuvimos un disgusto. Dio tres hijos, me cuidó porque tuve una enfermedad, me quitaron un riñón. Ahora se enfermó ella desgraciadamente, ni modo, murió en el Issstep, ahí estuvo internada. Igual sí la atendieron bien, nomás que cuando llega la enfermedad ¿qué? A mi mujer le llegó desgraciadamente y la operaron, le descubrieron un tumor que tenía, era canceroso. El doctor dijo: “no hay cura, quieren ustedes que viva mucho tiempo pero ni modo, va a ser muy duro”. Y sí fue. Yo espero la muerte cuando venga. Pienso en mi mujer en vida porque fue la gran compañera que tuve. Pero no quedé solo, tengo mis tres hijos, mis tres nietos y quieren que vaya a vivir con ellos pero yo no puedo. Es mejor solo. Se nos casaron los hijos, “a sus casas, aquí no quiero a nadie”. Yo solito. Y nos quedamos solos. Y ya. Aquí con mi chambita y ahí voy… “Días de muchos, días de poco, días de nada”, pero saca uno los gastos de la semana.

Me quedé en Puebla en el sentido de que aquí encontré ambiente, ambiente en el sentido de cuidar bien el carácter. Yo no tengo amigos, tengo amistades. Mi padre me dijo: “¿quieres ser feliz?, no busques amigos, ten amistades y serás feliz toda tu vida”. Por eso tengo amistades. Aquí soy “el hijo del barrio”. En 1981 me vaciaron mi taller, lo robaron, no se llevaron la basura porque no había bolsas, se llevaron todo. Un día último del año.  Y resulta de que mis vecinos, cuando salí el día 3 a barrer, mis vecinos atravesaron la calle y me dijeron: “No, tú no te vas de acá”. Hicieron listas los vecinos, “aquí está el dinero”. Y viene otro, amigo mío de Teléfonos, y me dijo: “manito, aquí está la herramienta, a trabajar”. Y ya me puse a trabajar aquí. ¿Pues qué hago? Agradecer a la gente que hasta la fecha me quiere. Y no soy nada especial, como todos los léperos del pueblo, los léperos del barrio mienta madres, pero sin ofensa. En Veracruz está mi gente, eso no se olvida, está mi corazón. El agradecimiento es una cosa y el corazón es otra. Yo le agradezco mucho a Puebla porque ha sido muy buena conmigo, sobre todo a la gente de aquí. Cuando llegué fue un relajo ¡puta, hombre!, caí gordo, por mi carácter de ser, mi manera de hablar, pero me fui ambientando y ahora soy amigo. Cuando supieron que estaba enferma mi mujer se preocuparon todos por ella y todos han ido. Me da gusto que en el entierro, toda la gente de aquí, sobre todo de este rumbo, fueron; han ido a las misas.

Nunca me he peleado, en mi vida, no sé ni lo que es eso. Soy cínico, de agarrar las cosas como vienen, yo no tengo madre, tengo mamá, je je, que no es lo mismo. Y así es bonita la cosa, yo soy feliz en ese sentido. Quiero mucho a mi Puebla. Mi mujer poblana, mis hijos poblanos, yo también ya soy poblano. Claro, a la hora de la hora la sangre manda, allá están mis padres…mis tías y todos, mis primos, pero soy poblano. Tengo cuatro hijos, tengo seis nietos, ya toda una familia entera alrededor mía, y ahí vamos.

Qué es lo que pasa aquí. Aquí la gente, desgraciadamente… ¿usted es poblano? (le digo que no) Desgraciadamente el poblano tiene la desgracia de hacer esto de: “adiós, manito” y te saluda y te hace así. Y cuando pasas “es un pinche pendejo ese…” Costumbre del poblano, lo he visto yo. Y yo los he puesto parejos a todos, es mi modo de ser. Son buenos en el fondo. Medio hipocritones, je je. Yo aquí a la gente la amoldé a mi manera, la hice a mi manera, los hice a todos y ahora me quieren y me aprecian, ya saben que yo nunca he negado un favor cuando se da.

Don Maximino Ávila Camacho es otra cosa. Gran hombre. Yo lo admiré bastante. Fue un hombre muy recto y muy cabrón. Al que le caía gordo le daba en la torre. Recuerdo ahí que andaba la gente a las dos-tres de la mañana y nunca hubo nada, porque le importaba poco, yo me llevé con algunos de los policías, había un Martínez Morales que me platicó cómo a un tipo que había violado a una chamaca, lo metió en una tina, cable de corriente en la tina y ándale… “Ahora sal a violar gente”. Andaban las chamacas más seguras, ahora todo es un desmadre. Entonces estaba uno feliz, había mucha rectitud, porque el hombre era muy enérgico. Era un asesino y en parte tenía razón, mataba a los que le estorbaban. Y sí dominó, porque trajo a su gente y lo que le gustaba lo tenía a fuerza, porque así era él.

De los gobernadores no recuerdo a otro, a ninguno, todos han sido medianos. Llegan de políticos cobran sus centavos y listo.  No han trabajado por la patria, han trabajado por sus bolsillos. Cómo es posible que ahora un diputado gane 40 mil pesos mensuales, libres de polvo y paja; en cambio, no le pueden aumentar al empleado, al obrero un diez por ciento porque es un crimen para la empresa ¿cómo está ese relajo? Yo no me explico. El gobierno les dice “no, no les puedo aumentar porque la vida está muy cara” ¿pero ellos cuánto están ganando? Es un representante político, pero ¿qué hace en beneficio de México? Todos ganan y no pasa nada.


El señor Fox, desgraciadamente, sus ideas políticas no tiene una definición, para mí. Yo que poco conozco de política y eso es leyendo, veo que no tiene una definición sana. Para mí el error más grande de su vida, admirándolo yo como personalidad, como persona, como humano, la pendejada que hizo no se la admito yo. Admirada por el mundo. La señora es casada por la iglesia y tiene tres hijos. Él, hijos o no hijos, tenía tres hijos con su señora, pues era casado por la iglesia. Y espera a estar en la presidencia de la república para agarrar a su esposa y se casa por el civil, eso no existe. Eso no es de humanos, ni de cristianos. Según él es muy católico, pero yo no veo en dónde está ese catolicismo de él. Es mi modo de pensarlo; ahora, como lo piensen otros, quién sabe. Si yo lo platico y me perjudica, pues que me perjudique, pero es la verdad de lo que yo digo. Lo que yo veo. Entonces con una divorciada y él divorciado, los dos; no, señor presidente. Estoy muy de acuerdo que lo haga el cargador, yo, cualquier otro, pero todo un señor presidente, ¿hacer una tontera de esas? Entonces que no defienda tanto a la iglesia como la quiere defender.

Yo me casé varias veces, que no se malinterprete. Yo tuve la ventaja, la fortuna de que me casé cuando vine a Puebla, murió mi esposa, se me han muerto dos esposas, entonces me casé con otra mujer, por lo civil, pero no quiso tener familia conmigo, para qué vamos a vivir, no, mejor nos divorciamos. Me divorcié y al carajo. Tuve otra. Me casé con otra muchacha, nos casamos, tuvo un hijo mío que está en Acapulco, Federico Labastida, y está allá trabajando en el centro de turismo. Y con la última me casé por las tres leyes, 43 años dilatamos de casados, me dio tres hijos, tengo seis nietos y estoy feliz. Estuve feliz. Ahorita ya no, ya la recogió Dios, ya se la llevó.

La madurez no se adquiere por la edad, se adquiere por la experiencia propia de la vida. Puede que sea más maduro un chamaco de 15 años, chamaco que se crió en el medio, que un viejo de 50. Por que él vivió, vivió el hambre y vivió todo, se dio cuenta de lo que es la vida. Una cosa que se me quedó muy grabada fue esta: me acuerdo que a mi padre siempre le hablé de usted hasta que murió, por respeto del viejo. Un día le dije: papá, me das permiso de fumar. “Sí, hijo, como no, ya eres grande, tienes 25 años, cómo no hijo, nomás te voy a decir dos cosas en la vida.” ¿cuáles dos? “Dos cosas vas a hacer. Nunca fumes en la mañana, te hace daño el cigarro, fuma después de comer”. Está bien, pa. “Y otra, nunca fumes delante de mí, porque el día que fumes delante de mí te rompo el hocico”. Y nunca fumé delante de él. En diciembre fui a una fiesta de 15 años, me invitó mi compadre. Después de la cena y todo, lo agarra la chava y le dice: “oye papá, me das un cigarro”. “Sí, mi hijita”, que se lo prende y se lo da. Dije, ´uta, si mi padre lo viera los mata, en serio. Esa es la cosa.  Vino un relajamiento propio de la educación. Ahora las niñas andan a las 12 de la noche enseñando el ombligo, pero no es culpa de ellas, es culpa de sus padres. Pero el respeto al derecho ajeno es la paz.

Hay varias religiones, místicas y judías, han cambiado las ideas totalmente, por el cambio de religiones es que están las cosas así, por las sectas que ha habido, que han cambiado totalmente el civismo de uno mismo. Al menos así yo lo he observado a través de los años.

Otra cosa que mi papá me enseñó, que ojalá todo el mundo la llevara a efecto, se los dije a mis hijos y a mis nietos, se los di de ejemplo. Dice “mira, hijo, tú te vas a casar, vas a hacer tres cosas”. Porque mi papá tenía esa idea, era marinero y había estado en todo el mundo. “Vas a hacer tres cosas”, sí papá, dígame usted. “Primero que nada, hagas lo que hagas en las noches, amanece en tu cama. Tú llegas a tu casa y a dormir, no importa qué hagas. La segunda: mi hijito lindo, haz una cosa muy grande en la maravilla de la vida: nunca dejas de trabajar. La tercera, sea de diario, semanal o quincenal, si no tienes roba, pero debes de pasarle el chivo a tu mujer. Hazle como quieras pero debes de pasarle el chivo a tu mujer. Porque si la obligas a hacer una tontera. A mis hijos los he enseñado también igual, mis hijos son maestros, pero ahí están, felices. Profesionistas. Con mis medios les di todo.


Usted puede querer mucho a México para el “Viva México, viva México”, pero tiene usted a sus hijos muertos de hambre. ¿Dónde está la patria? Entonces debe ser por acá para seguir allá.  No nomás para allá. Ni idea. Así lo hice siempre, “primero mis hijos y después lo que venga”. Es que debe de ser, mi amigo.
Yo veo así la vida y hasta ahorita gracias a Dios he sido feliz. Respeto de mis hijos, respeto de mi familia; mis cuñados ya saben que yo sí, el día que regaño, les pego un grito. Yo he pensado en la vida y me ha ido igual, por lo mismo. No me desespero ni nada. Ahorita, por ejemplo, mi vieja murió el viernes ¡qué duro, chingao! pero qué debo hacer para componerme. Conozco a esos que ya se van a emborrachar sin deseos de vivir ¿qué van a hacer con eso? O buscarse otra mujer ¿para qué? No señor, dame valor para aguantar, no por mí, sino por darle el ejemplo a mis hijos. Por ellos, por mí no. Ellos sufren mucho por su mamá, su abuelita. Me dice ayer mi nieta: “Oye, abuelito ¿no sufres?” Le digo, interiormente sí, pero no es para que lo sepa la gente, porque nomás me va a tener compasión.

Cae trabajo, sí, pero yo llevo el lema de mi padre que decía: “días de mucho, días de poco, días de nada. Nomás organízate para que a fin de mes no debas nada.” Y ahí la llevo, sereno. Mi trabajo es el sistema eléctrico de los coches, quiere decir todo lo general, luces, acumulador, marchas, todo el sistema eléctrico. Claro que el antiguo, porque ahorita viene el nuevo y ahí sí me rajo. El aparato analizador vale 12 mil pesos. No los tengo y si los tuviera tampoco lo compraba. Qué me queda de edad, para qué lo quiero. Es fácil usarlo, si yo un día lo vi trabajar y dije: ¡pero jijos, qué es esta cosa preciosa!, pero 12 mil pesos no, no los tengo, y si los tuviera tampoco lo compraba, porque piense en la edad que me queda, a quién le dejo eso. Mi hijo no quiso, él es abogado. Entonces a quién le dejo eso.


Otra cosa que decía mi padre fue algo que un día me dijo: “mira hijo, cuando más jodido estés, mejor vestido debes de andar, para que no demuestres tu necesidad. Cuando tengas mucha hambre y no tienes nada de comer, cuando andes en la calle, anda con un palillo en la boca. Si alguien te dice “órale mano, una tortita”, que te la quiere vender, gracias, mano, acabo de comer. No demuestres tu hambre aunque te estés muriendo de hambre”. Mi padre, como buen marinero, me dio buenos consejos en ese sentido.

viernes, 28 de octubre de 2016

Sabíamos que seríamos ferrocarrileros

En casa de don Alfredo Flores se respira un ambiente gremial y tal parece que se escucharan los estruendos metálicos de los cambios de vía, de los émbolos que detienen las enormes ruedas de acero de las máquinas de ferrocarril. A pesar de su edad, no es difícil imaginarlo vestido con la parafernalia del conductor que se asoma por la ventanilla de la locomotora, aunque tal vez pueda ser confundido con otro maquinista idéntico a él, vestido con el mismo patrón y empleado de la misma empresa ferrocarrilera: su hermano gemelo. Por eso don Alfredo habla frecuentemente en plural, en su nombre y en el de su hermano.



DON ALFREDO FLORES

Nací en Oriental, Puebla, junto con mi hermano Gabriel, porque somos gemelos. De los mismos apellidos. Oriental está cerquita de Libres, está muy feo, pero yo le digo que es el rinconcito más bello del vergel poblano, una manera de hacerle mofa, porque es un pueblo de mucha arena. Normalmente así nos dicen a las personas que nacemos allá. Le voy a aclarar a usted que nosotros nada más nacimos y como a los 5 o 6 meses, se vino mi papá para acá a Puebla y ya no volvimos a salir. Mi papá estaba en Oriental porque es un centro ferrocarrilero, mi papá también era ferrocarrilero. Un centro ferrocarrilero mucho más grande que Apizaco, que Orizaba, que sólo eran troncales. Oriental era importante por el flete que se movía. Antes, hace sesenta, setenta años que yo tengo, pues no había tanta infraestructura de carreteras como la hay ahora, entonces el peso del flete se movía por el ferrocarril. Mi papá era conductor de trenes.

Nosotros los que trabajamos en transportes, tenemos que ir a donde nos necesite el Ferrocarril o, en su defecto, acomodarnos ya cuando tenemos determinados derechos,  años de antigüedad, en la plaza donde más nos convenga. Por ejemplo en México o aquí en Puebla. Pero si hace falta personal en Jalapa, a Jalapa, si hace falta en Oriental, a Oriental. Y los que ahí vivían, como mi papá, tenía sus corridas asignadas.  Normalmente los trenes completos de fletes se corrían en la noche. Esa fue la razón por la que fuimos a nacer allá en Oriental.

Llegamos a Puebla, me imagino que a la casa de mis abuelos, que estaba en la 2 poniente 507, muy cerquita del templo metodista, entre la 5 y la 7 Norte. De ahí, como es natural, mis papás tuvieron que buscar una casa para la familia que apenas empezaba. Nos fuimos a vivir a la 2 Poniente 501, dos casas de por medio.

En esos tiempos un ferrocarrilero vivía bien. Por ejemplo, en la locomotora veía usted al maquinista con su traje de mezclilla, que era el uniforme, pero ya que estaba aquí de descanso, andaban trajeaditos, si iban de café, desde el sombrero hasta los calcetines cafés, corbata café. Muy bien vestidos. Eran gente adulta, la mayoría mayores de cuarenta. El ferrocarrilero se significaba porque le pagaban al bien en comparación con otras empresas. En Puebla lo textilero. Y mi mamá alcanzó a ver cómo a mi papá y a otro tío, que era maquinista, les pagaban con bolsas de plata, en lugar de billetes, bolsas cerradas. Por decir mil pesos: mil pesos, se los daban en plata.

De niños, como éramos chiquitos –siempre hablo en plural-, pues íbamos creciendo y creciendo. Vivía con nosotros una tía de mi papá, una viejita, que era la que complementaba a la familia. Y siempre con una muchacha que ayudaba a mi mamá, como éramos dos. Mi papá viajando. Fuimos a la escuela, al instituto Iberia, que estaba en la 2 poniente 701.

Desde muy chiquitos nos dimos cuenta que seríamos ferrocarrileros, pero estudiamos igual. Mi papá siempre nos llevaba a los ferrocarriles, de servicio o descanso, o nos llevaba a viajar con él, como era Conductor de un tren de pasajeros, nos sentaba ahí en un carro de primera y vámonos; luego el regreso. Allá dormíamos con él, por ejemplo, en México. Después de primaria, en el Instituto Iberia había una carrerita corta que se llamaba Comercio, la ciudad era tan pequeña que el comercio era, me imagino, como ahora un bachillerato, algo así. Le daban a uno correspondencia, inglés, taquimecanografía. Nada más aguantamos un año, nos salimos y, a escondidas de mi papá, como nos conocían desde chiquillos (llevábamos a los jefes papeles que mi papá les enviaba para no subir escaleras, “llévale esto” y ya nos conocían), hicimos nuestra solicitud; se lo confieso a usted con algo de rubor, la firmamos en su lugar, porque él, debido a que el trabajo de los trenes es muy sufrido, no quería que fuéramos ferrocarrileros.  Y como tuvo oportunidad de darnos una carrera, pero la rechazamos, pues menos. Tenemos otro hermano que nos sigue, ese sí aprovechó. El ferrocarril le gustaba de otra forma.  Ese es ingenieros, entró a petróleos y ahora está jubilado. Él en cierta manera aprovechó, pero yo no me arrepiento, hice el trabajo que me gustaba y mi hermano por lo consiguiente.


 Nunca reprobábamos, íbamos en tercero, en cuatro, quinto, sexto: igual, igual, igual; llegamos al ferrocarril, llegamos a los mismos puestos y llegamos trabajar igual. Ahí nos jubilaron. En el ferrocarril no admitían con menos de 18 años, entonces a esa edad entramos en 1950 y yo salí en 1990, cuarenta años, mi hermano se pasó otro poquito más. En ese entonces, para ser derechos, entraba uno a los puestos más bajos. Nosotros entramos al taller mecánico donde se estaba necesitando personal y ya estando adentro cambiamos de especialidad. Era más fácil que entrar directamente a Transportes. Transportes era el departamento mejor pagado para las personas que ya estaban trabajando que al que iba a entrar de la calle. Lo poco que se me llegó a pegar de Talleres lo aproveché, aprendí las medidas en pulgadas, el nombre de las llaves, etcétera, porque estuve siete años, mientras había oportunidad de pasar a Transportes. En el intervalo me casé.

No sé como decirle a usted. Mi esposa es amiga de una de mis hermanas desde entonces. Casualmente, en una ocasión la fueron a visitar Alicia, mi esposa, otra amiga de ellas y otra más, que ya es difunta, a la casa de usted; vivíamos en la 4 Poniente. Ahí nos fueron a conocer y ahí Alicia se aprovechó conmigo y la otra amiga con mi hermano. Así fue como llegamos al matrimonio.

Mientras estuve soltero teníamos la residencia en la casa. Ya casado, me pasé a Transportes y fue cuando ya tuve que empezar a salir, etcétera. Cuando llegué a mi puesto de maquinista llegué al cielo. Cómo le podría hacer yo una comparación, me imagino que es como un aviador que se sube a su avionzote. Siente una satisfacción tremenda, un trailero que lleva un carrazo atrás bajo su responsabilidad. En este caso, hago mal en decir esto, pero se me hacía más importante porque llevaba un chorro de carros atrás. Era vía angosta, pero ya que se hizo en escantillón más ancho, la vía ancha, vinieron los trenes más pesados, las máquinas más grandes, y fácil noventa, cien carros, ciento diez. Usted se volteaba y no veía la cola.

Los mismos amigos míos eran los de mi hermano y viceversa. Siempre nos complementábamos. Aparte de que teníamos amigos, siempre nos buscamos el uno al otro, porque somos gemelos idénticos. Y las personitas que nacen así, en el mismo parto pero, que no son iguales, vulgarmente se les llama cuates, y puede ser niño o niña, o si los dos son varones pueden no parecerse. Nosotros somos idénticos. Una relación que sería difícil de explicar porque no nací solito, si hubiera nacido solo sí vería la distinción, pero yo me acostumbré desde los primeros recuerdos, siempre con mi hermano, mi hermano, mi hermano, pegados. Nos vestían igual y todo. Cuando vivíamos ahí en la 2 Poniente y se enfermaba uno de los dos, luego luego llevaban al enfermo a casa de los abuelos. Al rato, ahí viene de regreso. Ya estaba enfermo el otro también. Nos enfermábamos igual, aunque nos separaran y todo. Ya más grandes, en especial, íbamos al Paseo Bravo. Había juegos en lo que ahora es el Acuario, había un parque con columpios, escaleras, subibajas.

La plaza de toros de Paseo Bravo estaba en lo que ahora es un conjunto de casitas, que es en la 5 poniente, entre la 11 y la 9 pero, me parece -yo ya no me acuerdo- que era de madera, por lo que oía platicar a mi papá o mi abuelo, porque mi papá visitaba al abuelo o mi abuelo visitaba a mi papá. De la que sí me acuerdo es de la plaza de toros por donde ahora está la UPAEP, que ya era de puro cemento.

Después fuimos a dar a la 11 Norte, a una casa que le decían en ese entonces “de cuatro pisos”, no sé si la llegó usted a conocer, de mampostería, de piedra. Y era la casa más alta de Puebla en ese entonces, cuatro pisos. Ahí fuimos a vivir al segundo piso y de ahí se pasó mi papá a la 4 Poniente 908, en la calle que entonces se llamaba el Mesón del Sol, entonces todas las calles tenían nombres así, aunque ya empezaba la nomenclatura nueva, ponientes y orientes.


 En Puebla no había mucho a dónde ir. Las diversiones eran los bailes en El Retiro, en la Paz, con orquestas buenas. Los Bombines Negros, luego estuvo Pancho Vidal, orquestas poblanas tipo Ramón Márquez, Luis Arcaraz; claro, más modestas, pero muy buenas, no con el renombre de aquellas. Esa era la manera de divertirse con la novia, no había otra cosa. Luego, a entregar a la novia a las 9 de la noche, imagínese. Mis hermanas tenían que llegar a las 8 y media, nueve de la noche. Si vieran ahora que las muchachas andan a las doce de la noche, una de la mañana como si nada, mis papás se volverían a morir de la impresión.

Mi papá era muy condescendiente, como él también fue joven. La que era más estricta era mi mamá. Mi papá era muy liberal con nosotros, con las mujeres no, pero a nosotros sí, no nos jalaba la rienda.

Cuando estábamos en el taller terminábamos nuestro turno a las tres de la tarde. Llegábamos a la casa y al baño, a comer y ya teníamos toda la tarde libre. Del diario había que andar de trajecito, muy elegantes. La ciudad era otra, estábamos tan acostumbrados a la quietud que no había otra manera de disfrutarla. Entre semana se iba uno al cine, para pasar el tedio de la tarde. Porque al otro día temprano a las siete entraba uno a trabajar.

La ciudad de Puebla está creciendo, no es la ciudad que yo conocí, en la que me crié. Está tremendamente grande, sobre todo al sur. Es la consecuencia de la modernidad, de que está creciendo el país, somos más gente. Cuando era chamaco éramos veinte millones de mexicanos. Me acuerdo de la cifra porque había un eslogan de una cerveza o un jabón que decía: “20 millones de mexicanos no pueden estar equivocados”. Se me grabó eso. Ahora somos más de cien millones, ya creció el país cinco veces más como consecuencia de la explosión demográfica. Salimos a pasear con mi hija, mi señora, el nieto. La veo muy agitada, muy agresiva, en particular me refiero a las personas que manejan. Yo siempre tuve mi carrito pero se manejaba muy calmado. Ahora es una agresividad de los volanteros que le avientan a usted el carro, pitan con la bocina. Eso lo vi en los principios cuando empecé en México. Me decía para mis adentros: “por qué tanta prisa”, pero México era tan grande, necesitaba más rapidez y todo, y ahora la que le sigue es nuestra ciudad.

Mi papá era conductor que alguna gente confunde con el maquinista. Está un poco alrevesado porque el que conduce se supone que es el que lleva los controles, pero así era aquí. El que llevaba la máquina: maquinista; su ayudante fogonero, que se encargaba de alimentar la caldera de vapor, que a mí me tocaron todavía. Originalmente se alimentaba con leña, luego con carbón de coque a principios de siglo. Ya cuando introdujeron el petróleo para la combustión, ya se usaba petróleo crudo, mal llamado chapopote, con eso se alimentaba la caldera, el fogón. Se calienta a determinada temperatura, a que quede aguadito, muy ligero, porque el crudo es muy espeso, se calienta con el mismo calor de la caldera, pasa a un quemador y con el mismo vapor se levanta y llena todo el fogón de lumbre. Es para hacer el vapor. Bueno, ese era el fogonero.


 El conductor. En un grupo pequeño siempre debe haber una persona que dirija, en este caso el conductor era el jefe del tren, y actualmente sigue siendo el conductor. Todos los demás empleados, en lo que se refiere al trabajo, al tren -y nada de caprichos de “veme a comprar unos tacos”-, el conductor era el jefe, el que daba las órdenes más apropiadas, “vamos a hacer esto, vamos a hacer lo otro, vamos a agarrar carros, vamos a dejar carros”, todo lo que se refería al movimiento del tren.

Se llevaba aparte dos garroteros, y si se excedía el tren de 45 carros, estaba en el contrato que por cada quince carros más se pusiera otro garrotero.  El trabajo del garrotero era revisar que fueran bien los aparejos de tracción, cuidando que no hubiera piezas sueltas, fierros arrastrando y retrancas; le llamaron garrotero porque entonces los carros frenaban con aire, como ahora, pero cuando está solo el carro que no tiene aire puesto, tiene un volante que por medio de cadena pega las zapatas contra las ruedas, ese es el freno de mano. Entonces para moverlo necesitaban un garrote, una madera especial de pino bien pulidito para apretar los volantes. Eso ya desapareció, ahora es por medio de engranes, ahora con la mano, con un dedo le da usted y aprieta. Con un golpecito se afloja automáticamente.

En un tren normal de seis, ocho o diez carros llevaba dos garroteros, si era de carga tres. Cuando se excedía de 45 piezas llevaba un garrotero adicional por cada quince carros, distribuidos a lo largo, y su lugar de viaje era arriba de los carros, en los trenes de carga, vigilando. 

Había otro personaje en los trenes mal llamado auditor. Era la persona que se encargaba de cobrar el pasaje a bordo de los trenes de pasajeros, el importe de cada persona que subía. Si la persona abordaba el tren en una terminal: México, Puebla, San Lorenzo, Oriental o Jalapa, en la estación compraban su pasaje con un señor llamado boletero, se lo presentaban al auditor arriba del tren y no había problema, estaba pagado. Pero en la estaciones en que no había ese servicio, que eran las más, la gente subía y pagaba a bordo del tren, le daban su boleto y todo. Era un cobrador, pero lo llamaban auditor.

En los trenes de pasajeros regularmente iban uno o dos carros, tipo caja, que servían para el exprés y el correo. Iban, independientemente del pasaje, en sus carros especiales. El exprés lo manejaba un empleado de ferrocarriles, le decían mensajero de exprés y luego le cambiaron el nombre a Conductor de Exprés. Los nombres inadecuados me imagino que se deben a que, a la hora de trasladar del inglés al español la nomenclatura, no se pudo hacer a la letra.


El hecho de que viviéramos tan cerca de donde estaba la estación de ferrocarril, es porque al personal que va a salir a camino, se le avisa con dos horas de anticipación. Si usted va a salir a las tres de la tarde, se le avisa a la una. Había un empleado especial para eso, que iba a tocarle a usted y le llevaba un libro donde firmaba la hora de avisado. Esas maneras de trabajar me imagino que las vinieron a implantar los norteamericanos.

Cuando uno entra a Transportes va derecho a una especialidad que se llama similares de tripulantes de locomotoras, ahí le enseñan  a uno a encender máquinas, a cuidar calderas, etcétera, de tal forma que cuando sube uno a fogonero ya lleva uno los conocimientos para controlar la temperatura del vapor. Al fogonero después le cambiaron el nombre a Ayudante de maquinista de camino, pues ya no se justificaba el nombre de fogonero porque ya no había fogón que alimentar. En ese puesto llegué a tener uno de los mejores trenes de la división. Mejores en el aspecto salarial, los que ganaban mejor.

Para entrar a trabajar a Ferrocarriles hay que estar recomendado por el sindicato de ferrocarrileros. En ese entonces los que teníamos derecho a entrar a Ferrocarriles éramos los hijos de trabajadores establecidos, en su caso, si urgía mucho personal y no había suficientes hijos de trabajadores que cubrieran las plazas en el taller, las oficinas, etcétera, agarraban parientes, por ejemplo sobrinos.  Estaba estipulado en el contrato quiénes podían entrar y antes de ir a solicitar el empleo a Ferrocarriles iba uno al sindicato. Ya, lo apuntaban a uno por ahí, “soy hijo de fulano”, tiene tanta antigüedad, y ya con eso lo tomaban a uno en cuenta.

Cuando había una solicitud de Ferrocarriles le pedía al sindicato: “necesito tantos empleados”, el sindicato dice: “estos”. El sindicato lo manda a uno con sus papeles, en ese entones, cartilla, acta de nacimiento, igual que ahora.
El sindicato no me cobró cuotas hasta que empecé a laborar, en mi primera quincena de mi sueldo; el trabajador paga un tanto por ciento para el sindicato, entre más ganaba pagaba más de cuota sindical.


En el movimiento ferrocarrilero de 1958 estábamos nosotros ya en el departamento de Transportes pero como similares. Recuerdo los paros, una cosa tremenda, el señor Vallejo paró los trenes en plena Semana Santa, fue un desquiciamiento hasta que intervino el gobierno. Hizo una especie de requisa de ferrocarriles, preparó personal militar para que moviera los trenes, pero eso no se llevó a cabo, no fue necesario, aunque lo tenía preparado. Hubo mucha violencia y muertos, cárcel para Vallejo y sus allegados. Yo tuve que parar, estuve como una semana, quince días sin trabajar, deseando que se arreglara todo para regresar al trabajo. Solicitábamos mejores condiciones de trabajo y mejores salarios. Sí ayudó mucho ese movimiento, pues después, si un trabajador ganaba quince pesos diarios, por decir, con el movimiento alcanzó casi al doble, unos 28 pesos, un aumento substancial, casi del cien por ciento; entre otras prestaciones, servicio médico para la familia, pues Ferrocarriles tenía sus propias instalaciones médicas que les daba servicio a todos sus trabajadores, pero entró la ley del Seguro Social y los ferrocarrileros, que éramos muchos, ochenta, cien mil, con la ley, el Seguro Social pidió, solicitó, exigió, no sé, que sus trabajadores ferrocarrileros pasaran al Seguro Social e imagine usted lo que se iba a llevar en cuotas. Sí, se hicieron convenios y todo y pasamos al Seguro Social, pero como el Ferrocarril nos daba todo el servicio gratuito basado en el contrato colectivo, de que todo era gratis, entonces con esas mismas condiciones pasamos al Seguro Social. Pasamos con las mismas prerrogativas de que no teníamos que pagar nosotros ni un centavo de cuota obrero-patronal, porque pasamos limpiamente. Ni yo ni ninguno de mis compañeros nunca pagamos una sola cuota al Seguro Social, y cuando nos jubilamos, el Ferrocarril nos da el importe de la jubilación, y aparte el Seguro Social nos pensiona, así que tenemos dos pensiones. En otras partes el Seguro Social le da al jubilado su mensualidad, pero el patrón queda desligado completamente, a nosotros no.

Los representantes sindicales. El charrismo, representantes completamente apatronados, vendidos al gobierno. El sindicato era corporativo del PRI, cuando había elecciones el PRI ya sabía. ¿Cuántos ferrocarrileros tienes? Ochenta, cien, quinientos, esos votos los contaba automáticamente el PRI, aunque uno fuera y votara por otra persona, era el corporativismo. Éramos parte del sistema de hecho, no de pensamiento. Pero si a usted lo veían que se apalabraba, lo veían que tenía ciertas tendencias, le buscaban los pies y va para afuera. O el mismo sindicato, que tenía una cláusula que se llamaba de exclusión. A solicitud del sindicato: “quiero que saquen a Flores, no me conviene por esto y por esto otro”. Y aunque no recuerdo que me haya tocado ver despidos de conocidos míos, esa era la amenaza, “se me sale del carril y te quedas sin trabajo”. El gobierno estaba obligado a darle a los Ferrocarriles cierto número de puestos, diputaciones, senadurías, presidencias municipales, era la cuota. Pero los que estaban enquistados en el sindicato eran los que tenían acceso a esos puestos.


A mí todavía me tocó que me llevaran de acarreado cuando estaba yo en el taller, a México, los días primero de mayo. Llegábamos a México en la mañana a desfilar y va para atrás. El primero fue con Ruiz Cortines, fuimos a Puente de Alvarado, ahí estaba el viejito en el balcón. El viaje era divertido porque se trataba más bien de ir a convivir con los cuates, porque nos íbamos en bolita. Cuando llegábamos había que hacer la marcha y todo. Un día nos tocó desfilar junto con la Asociación Nacional de Autores, la ANDA, salimos de 5 de Mayo y quedamos juntos los ferrocarrileros y ellos.  Me acuerdo de Ramón Armengol, que iba con un muchachote. Estrellitas. Y había que agarrar el tren de regreso, después de comer y darse una vueltecita. Pero nosotros nunca nos regresamos, nos quedábamos al teatro, para ir a bailar al salón Corona, a otros famosos; al teatro Blanquita cuando era Margo. Y cuando estaba muy suavecita la cosa, al Follies, al Tívoli, que eran teatros de desnudo, teatro para adultos. Éramos chamacos veinteañeros. Eso sí, muy prendidos. En ese entonces no se usaba, como ahora, que anda uno muy casual, entonces había que andar muy uniformaditos, de corbata, el cuello muy almidonado, perfumados y naturalmente bañados. Buenos zapatos, pues eran baratos los zapatos. Y con 300 pesos tenía usted un traje de buen casimir.


Nos la pasábamos bien en los desfiles del primero de mayo. Nos quedábamos en México porque uno de los compañeros tenía a su papá allá por Nonoalco y nos daba posada a todos, los amigos que éramos seis, ocho, ahí nos calentaba agua para los pies. Había vinos muy buenos y baratos, el Batey, el Potosí; los tequilas eran muy baratos, ora es una bebida carísima. Pero muy agradable, me gusta mucho, no sé si sea correcto que lo mencione, el tequila o el mezcal. Y solo. Y no le tomo a usted refresco. En esas primeras ocasiones que me llegué a propasar, que amanece uno con dolor de cabeza y mucha sed, sin hambre. Y no..., se toma usted sus tequilitas, sus mezcalitos y amanece usted con hambre, ninguna molestia.

viernes, 21 de octubre de 2016

Aquí estuvimos un tiempito

No ser poblano es un estigma que sobrevive a lo largo de la vida; si no se nació en Puebla difícilmente se llegará a ser poblano algún día. Lo que no quita que el asimilado ame y admire la belleza y las bondades de Puebla. Para esta niña tlaxcalteca Puebla representaba a la gran ciudad en los años 20 y rápidamente se asimiló, se integró a sus usos y costumbres, a sus placeres y defectos. Pero a la altura de sus noventa años seguía recordando que ella no era poblana. Nunca lo sería. 



DOÑA VIVIANA PALMA

Para empezar le diré que yo no soy poblana, pero me siento poblana, porque tiene muchísimos años que vivo aquí, como desde los doce años que nos venimos con mi mamá para Puebla. Yo soy de Tlaxcala. Nos trajo para acá y aquí acabé de ir a la escuela, después estudié una carrera corta, después me casé, nacieron mis hijos. Y ya después cambia todo, ya cuando uno tiene muchos hijos -yo tuve seis-, uno que se me murió y cinco que viven.

Como le decía, yo me siento poblana.  Rentaba mi mamá un departamento en la 3 poniente, cerca de la iglesia de San Agustín. Ya después nos cambiamos a otro lugar, como al año, por el lado de la 9 sur. La calle era muy tranquila. Cuando se levantaba uno las calles estaban barridas, porque en esa época era obligatorio, al que no barriera enfrente de su casa le levantaban una multa. Y se regaba. La gente mayor, porque yo era niña, se levantaba a buena hora y cuando yo me levantaba para ir al pan, o me mandaban a algún mandado, me acuerdo que estaban las calles limpiecitas.

El cambio de Tlaxcala a Puebla fue un gran cambio. Tlaxcala era una ciudad muy chiquita. Y yo la veía, en comparación de Puebla, mucho muy descuidada. No estaba pavimentada, tenía sus banquetas, muy pintoresca hasta la fecha, pero muy chiquita. No había colonias, se podría decir que la salida de la ciudad estaba en San Dieguito, cuatro cinco seis calles y ya era el final de la ciudad, porque era muy pequeñita. Del otro lado, caminaba uno tres calles grandes, cuando mucho seis, póngale usted, y ya estaba el río Sahuayo.

Mi papá tenía un ranchito que es ahora –creo- la universidad o salubridad, algo así. Ya era la salida. Todavía está esa iglesia que se llama San Dieguito. Al final de esa iglesita había una que otra casita muy humilde y todo, pero eran ya milpas y todo eso. Ahora está irreconocible, poblado y todo.


 Para mí fue muy impactante venir a Puebla, porque ya había muchos coches, las calles estaban pavimentadas, hasta las pulquerías me parecían diferentes, porque me llamaban mucho la atención que les colgaban muchas cositas de papel de china. Por curiosa volteaba a ver y había muchas como repisitas, con sus tarros, las catrinas, que después supe que las hacían en La Luz: unas gorditas con su piquito y como llenas de globitos, así, muy pintorescas las catrinas, como jarros para el pulque. Esas creo eran de a litro, los de medio litro eran unos como vasos largos.

Cuando venimos a Puebla nos venimos mi hermana Josefina, Vicente, yo, mi hermana Cecilia, Olegario y mi mamá, era yo de las de en medio. Yo debo haber tenido como unos doce años. Aquí terminé la primaria y luego hice una carrera corta, comercial, en una academia que se llamaba Guadalupe Victoria. Ya desapareció.

Me acuerdo que cuando llegamos a Puebla, unas primas que llegaron de visita, ya casadas y con hijas, me dijeron: “vamos a una fiesta de graduación”. Fue cuando conocí el cine Variedades, recién llegada. A mí me pareció muy grande, porque el teatrito de Xicoténcatl de allá de Tlaxcala que a mí me tocó era muy chiquito, como el Principal de aquí. El Variedades me pareció un teatrote, grandote.

Cuando nosotros nos venimos no había manera de entrar a la escuela porque creo que no traíamos todos los papeles o algo así, entonces, acababan de expropiar un convento en la 9 poniente y abrieron una escuela con los mismos maestros que habían estado allá en Tlaxcala. Fui a visitar a una maestra y que me vio: “ay, qué milagro, que andas haciendo por acá”. Pues ya le dije, que ya nos veníamos para acá, y que necesitaba entrar a la escuela. “Pero no faltaba más”, que no sé qué y no sé cuanto. Ella me llevó, me matricularon y me dijo: aquí estamos provisionalmente porque esta es una escuela federal. Y me enseñó la escuela, muy grande por dentro, creo que después fue la escuela Pacheco, algo así. Pero por dentro tenía altares y cosas, era de tres pisos y tenía muchos patios.

Dilatamos como un año y luego nos tocó que nos cambiaran de edificio, a la Fray Pedro de Gante, por allá por Las Piadosas, que era donde es ahora la Cruz Roja. La escuela todavía es escuela, pero a nosotros nos tocó el momento en que sacaron a las internas que estaban ahí, porque adelante había otra escuela de hombres, pero esta era de mujeres. Más arriba, donde después estuvo la Maximino Ávila Camacho, fue un internado de hombres, era católico. En la primera visita yo fui de las elegidas y fuimos. Y todo estaba tal cual, los objetos intactos, como estaban desayunando. Todo todo, haga de cuenta que se habían salido al recreo, pero las habían sacado tal vez a la fuerza. Un lugar muy grande. Tenía teatro, un comedor enorme, del otro lado la cocina o algo así. Luego bajaba uno unas escaleritas y estaban los salones, un patio, daba uno la vuelta y era una capilla, con su púlpito, su altar, las vestimentas de los padres, la vestimenta de los monaguillos. Luego del otro lado otro patio, donde fueron ya después los salones. Después había más patios y un segundo piso que no se veía desde afuera, con más dormitorios. Yo creo que de las muchachas que estaban ahí. Por allí había una farmacia, con sus vitrinas y sus frascos que me llamaron mucho la atención. Lleno de estantes y medicinas. Luego una sala de cirugía con su plancha, muy bien equipada. Y luego, más adentro, hasta el final, había patios de hortalizas, lechugas y rábanos, de todo había. Y así, era muy grande, muy grande. Todo se quedó así.


 Como al año nos cambiamos cerca, a la 9 sur, ya no me acuerdo el número, pero estaba a un costado de la Maternidad, lo que es ahora la Upaep. Ahí estuvimos un tiempito, y luego nos cambiamos de ahí para la 5 sur y 5 poniente, junto a la Casa Arrieta, atravesando la calle. Todavía existe, es una casa de tres pisos, antigua, donde se usaban unos como puentes de piedra y tenían una llavecita. Abajo había dos departamentos chicos y todos los de más arriba eran grandes, muy grandes.  Los departamentos tenían sus balconcitos que daban a la 5 sur, pero la entrada era por la 5 Poniente, pero donde yo vivía daban los balcones para la 5 sur. Hasta ahí iban los muchachos a cantarle a una, porque se usaban los gallos.

Después de la misa, fue una época para mí muy bonita, porque ya creció uno y ya estando en la adolescencia, poco más, pues era costumbre ir a misa de 11, porque en las tardes no había misa, nada más había misa a medio día. Salía uno de la misa y se iba uno al zócalo, donde daba vueltas uno al zócalo, las vueltas que uno quisiera. La podía uno dar a la derecha o al revés, al contrario, pero acostumbraba uno ponerse su mejor vestido, se usaba el sombrero, se usaban los guantes, y no porque uno quisiera, sino que así era la costumbre y así los veía uno en los aparadores, que un sombrerito del color de los guantes, del color de los zapatos. Y bueno, pues uno lo veía bien. A mí me tocó esa época. Luego en la tarde se iba uno al cine. En ese entonces estaba el Guerrero y el Variedades, después de dar la vuelta al zócalo o ir a visitar a alguna amiga que estuviera enferma o simplemente recorrer otras calle, al salir del cine, las tortas de doña Meche, era muy conocida doña Meche. No nos las comíamos ahí, nos las empaquetaban. Nos decía cómo las iba uno a querer, las envolvía y ya se iba uno a la casa y se comía uno la torta, o ya llegando a unas calles donde estuviera más obscurito, porque era muy común que todo mundo se iba a su casa caminando. Ya los que tenían mucho dinero se iban en su coche.


Una vez me invitaron a ir a dar una vuelta en un carrote, fue cuando conocí Atlixco. Una familia muy allegada de donde es ahora el museo Bello me invitó. Esa amiguita era amiga de las hermanas del señor y me llevaron a Atlixco. Y me acuerdo que tenían un chofer que se llamaba Pepe. Y llegamos de decía: “señoritas, ya llegamos a Atlixco” Sí, José, dele vuelta al kiosquito. Dábamos la vuelta en el coche, no nos bajábamos, dábamos otra vuelta. “¿Algún otro lugar?”, preguntaba el chofer. Otra vuelta al kiosquito y nos regresamos. Esa era la vuelta dominguera. Entonces a mí me pareció Atlixco lleno de flores, fue una vuelta divertida y novedosa, porque, pues, uno no salía así como quiera.

Volviendo al cine Variedades me acuerdo que la primera vez que fui al cine pasaban una película, en el intermedio de la película había una orquestita que tocaba dos o tres piececitas. Ponían un cartel en la pantalla que decía “Intermedio”, y ya se levantaba uno, si quería uno caminar allí mismo, se volvía uno a sentar y era otra película o a veces era la mitad de la película, si era muy larga. Así era ahí en el Variedades, y en el del portal. Al cine Colonial fui mucho después, ya cuando habían pasado muchos años y me pareció bonito, pero ya no volví nunca más.  Pero siempre decían: “vamos al “Costalito”, donde se supone que sólo iba la gente que soportaba que le estuvieran aventando de cosas y chiflando, porque chiflaban mucho los de gayola, decían. Me pareció bonito. Al principio no tenía tan mal prestigio, pero ya después decían: ”no, ahí no.” Y nos íbamos al Guerrero. Entonces en el Guerrero era lo mismo que en el Variedades.  Ahora es el Teatro de la Ciudad. Esos eran los más comunes en esa época.


 Yo iba al cine con mis cuñadas. A mis dos hermanos chicos los enviaba mi mamá a Tlaxcala, y luego ya después me casé y nunca conocí el Constantino, que estaba en la calle de los Gallos, la 6 poniente. Nunca fui. Yo nomás veía que iba mucha gente, sobre todo hombres, porque ahí había lucha libre, los sábados era día de lucha libre. Ese sí decían que era muy corriente, que la lucha libre, que no sé cuanto, era un cinito chiquito.

Yo siempre tuve mucho respeto para mi mamá, a pesar de que no teníamos papá porque se habían separado. Nos preguntó si queríamos quedarnos con él nos quedáramos en Tlaxcala, y si no nos veníamos con ella. Nosotros escogimos venirnos con ella.  Afortunadamente yo tenía unas amigas que después fueron mis cuñadas, que vivían ahí la misma 5 sur, pero en el 904, o sea entre la 9 y la 11, entonces ellas siempre pasaban por mí, le pedían permiso a mi mamá de ir al cine, de ir a dar la vuelta. Éramos compañeras en la academia.

Después, pues ya tenía unas amigas que vivían por La Paz, por donde estaba el balneario de la Paz, quién sabe si exista todavía en la 9 Poniente, donde está una iglesita y luego, a  mitad de la calle, le pedían permiso a mi mamá, vamos a ir nadar. Eran unas alberquitas chiquitas que tenían una ranita en medio que echaban por la boca el agua azufrosa, nosotros decíamos que olía a huevo cocido. Ahí había unos bailes pero nosotras no íbamos a los bailes, porque decían que era de las sirvientas, que nada más iban las sirvientas y las mujeres galantes, entonces por eso no íbamos. Pero a mi se me antojaba mucho. Si yo hubiera tenido una amiga que me hubiera insistido, “vamos a ese tipo de bailes”, pues yo si hubiera ido, porque a mi me encantaba bailar. Íbamos a los bailes, pero de alguna boda, de algún festejo, de algún cumpleaños, en casas particulares.

Al Carolino fui dos veces. En ese entonces me llamaba la atención ver al señor Vélez Pliego, alto, pero yo no lo veía moreno, sino como verde. Lo veía yo así como verdoso, bueno, un moreno raro. Y lo veía porque era pretendiente de una amiguita. Me invitaron esas muchachas que eran unas hermanas. Vamos, vamos. Eran los sábados o los domingos, en la tarde. Fui un par de veces y se ponía muy bonito. Tocaba una como orquestita lo de moda. Iban los muchachos, pues todos con sus trajes, porque no era como ahora, que son más informales. Iban todos con sus trajes y todos muy peinados. Era la costumbre en esa época porque los domingos y los sábados se ponían su traje y su saco y todo lo demás. Y como a las siete de la noche se acababa. Se acababa temprano. Eran unas tardeadas de las cuatro de la tarde a las siete. Muy sanas tardeadas, muy divertidas. Todo mundo tenía la atención de ir a pedir la pieza, no como ahora que se levanta uno así nomás. En ese entonces no, era muy formal. Y a las 7 de la noche, los músicos guardaban sus instrumentos y eso quería decir que hasta ahí. Pero era un patio bonito. Me acuerdo que sí era un patio.


Había unos bailes muy formales, nomás fui a uno. Blanco y Negro. Iba uno de largo, muy peinado, muy engomado. Los peinados se usaban muy pegados, no se usaba el crepé ni los postizos, sino que se usaban pegaditos, así marcando un ondulado, muy marcado, pegaditos a la cabeza.


Para esto, había muchachas que eran mucho más grandes que nosotras, que en ese entonces tendríamos...estábamos jovencitas, porque nosotros ya veíamos que había muchachas grandes, nosotras todavía nos poníamos un taconcito chico, no tan alto. En cambio ellas iban con unos taconzotes. Esas eran las tardeadas, porque ya los bailes bailes, cuando venía Carlos Campos y Juan Arpeta y muchos famosos, entonces eran en la noche, pero ya no iba yo, porque cómo iba uno a ir a repetir un vestido, a repetir algo. No, ni se sentía uno a gusto, y la verdad a veces ni le daban permiso, porque eran unos bailes que terminaban ya muy noche.