viernes, 6 de febrero de 2015

Una folclorista singular


La tarde del 5 de febrero de 1967 Violeta Parra estaba sola en su carpa-teatro de la comuna de La Reina, en Santiago de Chile, dispuesta a tener éxito esta vez. No era la primera vez que intentaba morir, pero en esta ocasión, empujada por una pena muy honda que carecía de motivo específico, iba a lograrlo. Era una combinación de muchas cosas, el abandono de Favre, el desprecio del público a su experimento para consolidar el más importante centro de cultura folclórica de América, en el que había puesto el resto de sus fuerzas apenas dos años antes, acompañada de sus hijos Ángel e Isabel y los folcloristas Rolando Alarcón, Víctor Jara y Patricio Manns, para nada. ¿Por qué el público no la apoyó? ¿Por qué se fue Gilbert Favre, el antropólogo y musicólogo suizo, gran amor de su vida, a Ecuador y la dejó sola?

Tenía 49 años, dos hijos hermosos y una larga experiencia de viajes y colores y vino y empanadas y música; una vida entera que en esos instantes una ensoñación que se movió en un vaivén suavecito como una cueca le permitió verla en esa inolvidable tarde de 1967. Pasó su vida así, como en una película, frente a sus ojos obnubilados por las lágrimas que no le permitían ver la pistola con la que apuntaba su sien.

Violeta vio, sin embargo, adentro de su ser. Se vio de niña corriendo en el campo, descalza, con los mofletes manchados de barro; luego las trenzas de su adolescencia, su año en la Normal de maestros, su padre enfermo, el fantasma del hambre familiar y su inicios en el canto junto a sus hermanos, solfeando en donde fuera: restaurantes, posadas, circos, trenes, campos, pueblos, calles, hasta en burdeles.

No lo veían sus ojos pero su dedo acariciaba el frío gatillo de la negra pistola. Ella veía hacia adentro, en su memoria, deambulando por Santiago con su hermana Hilda, guatona de Ángel o Isabel, cantando en bares: Las Hermanas Parra. Ay sí. Grupos de teatro, el Partido Comunista Chileno, su primer matrimonio con Cereceda. ¿Cuándo llegó el amor por lo propio?, ¿antes o después de Luis?, ¿antes o después de Europa?, ¿de su éxito en Louvre?



En defensa de la auténtica música chilena, contra de los estereotipos de la cultura popular. La recopilación de más de tres mil canciones populares chilenas que vinieron a sustituir el falso repertorio de boleros, cantos españoles, corridos mexicanos y valses peruanos para dedicarse en cuerpo y alma, en alma y cuerpo, a las canciones más tradicionales del campo chileno; a su Museo Nacional del Arte Folklórico de Concepción, cuando ya era una brillante constructora de décimas y composiciones poéticas, además de ceramista, pintora y tejedora de arpilleras tradicionales. Gracias hermano Nicanor; gracias Chile; gracias mundo; gracias a la vida, que me ha dado tanto, me dio dos luceros y me ha dado el canto…


Violeta presionó el gatillo y la bala perforó su cráneo, convirtiéndose en leyenda. Adiós Violeta, eres una de las folcloristas más importantes de América y fundadora de la música popular de tu país. Y bueno, nos dejas con la paradoja de haber creado un año antes Gracias a la vida, un himno a la existencia, para luego salir con esto… ¿o era una despedida?

sábado, 8 de noviembre de 2014

Ser de izquierda


En el seno de la cooperativa unidos ganaremos surgió la inquietud de indagar qué significa ser de izquierda. El tema es largo y peliagudo. Extenso. Para empezar, en nuestro país, muchos han hablado del tema “ser de izquierda”, sus desafíos, sus retos y definiciones. ¿Por dónde empezar? La red de internet ofrece una treintena de autores mexicanos, con un par de invitados extranjeros que discuten este tema específico: La política de la identidad y la izquierda, Eric Hobsbawm; El camino de la izquierda, Luis Villoro; El desafío de la izquierda mexicana, Arnaldo Córdova; La reforma política y la izquierda mexicana, Sergio Aguayo; El reto de la izquierda, Roger Bartra, etcétera, tres decenas de autores   ampliamente reconocidos que debaten sobre la izquierda y dios, y los indígenas, y los zapatistas, la moral, el debate intelectual, la democracia, la globalización, el cielo, los partidos, el futuro, multiculturalismo, la darwinista, la nueva, la vieja, la que tenemos, la necesaria…

Con timidez, entonces,  inicio un largo análisis para comprender, primero, por qué yo soy de izquierda, por qué me considero así.


¿Creer en qué?
El filósofo Luis Villoro habla de la lucha social democrática como la negación de un orden dado y la proyección de otro que se supone más racional y humano, basado en una pasión y una esperanza: la indignación por la estupidez y la injusticia humanas, la urgencia por construir una sociedad fraterna que tenga como propósito asegurar una alimentación adecuada, educación científica y una salud que incremente la esperanza de vida.

Esa actitud colectiva de moralidad social, esa actitud y esa práctica definen a la izquierda.


Lo llamamos izquierda
El terreno privilegiado de la izquierda es la oposición de un sistema de dominación constituido. Un programa de acción puede calificarse de izquierda en la medida que pueda oponer al poder impositivo el contrapoder de los sectores que padecen la dominación. Pese a su diversidad, todos los grupos dominados comparten, en distintas medidas, un interés común: liberarse de su estado dominado. Y coinciden en algo: en un proyecto de otra sociedad, emancipada.  A su movimiento plural lo llamamos “izquierda”.


La izquierda no es una ideología, es una actitud
¿Qué podemos entender en ética y en política por izquierda?, se pregunta Villoro, la izquierda en política no es una ideología, una doctrina, es una elección de vida para la sociedad.

“La confusión de la izquierda con una doctrina determinada ha sido una de las causas de su perversión. Para ser de izquierda había que abrazar un credo. Quien difería de la doctrina aceptada era tránsfuga o reaccionario. De ahí el sectarismo y la intolerancia.”

La izquierda no es una teoría en la cual podríamos creer o no creer; es una elección que tenemos que asumir, un comportamiento en la sociedad.


Más allá de un partido
Un movimiento de izquierda no puede restringirse a los partidos, tiene que ser mucho más amplio. Tiene que abarcar a individuos y grupos de la sociedad que no quieren pertenecer a ningún partido o que incluso estén en contra de pertenecer a un partido. La democracia no debe confundirse con una “partidocracia”, están más allá de los partidos políticos aunque requieren organización. (1)

La izquierda europea de hoy, por ejemplo, es sobre todo un movimiento político que exige la democracia real, de acuerdo con el sociólogo español Manuel Castells. Hay una tendencia que es anticapitalista, pero no todo el movimiento lo es. Lo que se rechaza es el sistema financiero como funciona ahora. Su indignidad e inmoralidad.


Gente como tú
Pero el individuo solitario con su rabia particular no tiene fuerza. Es vital que intervengan en la ocupación del espacio público. Al ocupar un espacio público, la gente se da cuenta de que existe y de que puede imponer su derecho a la ciudad por encima de las reglas de tráfico. La esperanza llega cuando superas el miedo y encuentras en las redes, en la calle, a mucha gente que está como tú; empieza al comunicarse con otro, al entender lo que siente el otro. (2)


Articular saberes
El sociólogo cubano Gilberto Valdés responde en una entrevista a la pregunta ¿qué significa ser de izquierda?, aclarando que su respuesta es la de alguien dentro un país considerado socialista.

Ser de izquierda es asumir compromiso con la gente –afirma-, un compromiso con la dignificación de las personas. Apreciar el sentido ético y político de los procesos y las luchas. Vivir en un proceso de emancipación pero tener la valentía para reconocer las contradicciones. Ser de izquierda es luchar contra la depredación ecológica, física, mental, laboral,  política, etc. Es estar permanentemente inconforme.

La izquierda es necesariamente plural, concluye Gilberto Valdés, necesita articular la sabiduría de los pueblos, los saberes populares. Y de manera muy pragmática, apostar por un cambio permanente y por políticas públicas que reconozcan derechos. (3)


Derechos humanos
Un sondeo entre conocidos ha arrojado las siguientes conclusiones:

Ser de izquierda incluye en primer lugar la exigencia de la ampliación de derechos sociales, es decir, derecho a la educación, a la salud, derecho a la vivienda, a la alimentación en el caso de los pobres extremos. Un tema fundamental de la izquierda moderna son los derechos humanos.

Los derechos sociales no son sino un capítulo de los derechos humanos. En nuestro país no existe la costumbre de respetarlos, por lo que es muy importante fortalecer las instituciones de derechos humanos a todos los niveles. Trabajar muy de cerca con las ONGs de derechos humanos.

Otro tema es el ambiental, tan  escaso en el discurso de la izquierda partidista mexicana, en un país con problemas muy graves de contaminación de aire, agua y tierra. Hay una izquierda social, como hay una reaccionaria.

¿Cómo se puede ser de izquierda?, defendiendo las buenas causas mencionadas. Defendiendo los derechos sociales. 


Referencias

1     1 El camino de la izquierda, Luis Villoro, Revista Nexos del 01/05/2007
2  2 Redes de indignación y esperanza, Manuel Castells (Alianza), El País, Francesc Arroyo Barcelona, 17 DIC 2012.

3     3 Entrevista a Gilberto Valdés, sociólogo cubano.

viernes, 17 de octubre de 2014

Habrá policías y no queremos que los maltraten. Ayotzinapa seis décadas atrás


Del profundo territorio del analfabetismo en la Mixteca poblana, el niño Isaías Cruz Zúñiga, obstinado, alcanzó la educación superior orientado por una ilusión que sin duda era mejor que la realidad. Aquí recuerda sus aventuras que terminan en la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, la primera parte de una larga historia de magisterio en las sierras poblanas, antes de jubilarse para vivir el fruto de su trabajo en su confortable casa de la ciudad de Puebla, en compañía de su esposa e hijos.

Nací en un ranchito del municipio de Tehuitzingo, estado de Puebla, llamado Santa Cruz Boqueroncito. Se conoce que es la mixteca baja. Todas las épocas que pasaron, nadie que se recuerde tuvo la oportunidad de llegar a unas aulas. Vamos a hablar que nací en 1940 y de ahí, al 48, cuando llegó un pariente que trabajaba en la carretera, en aquel entonces la Panamericana, llegó por Matamoros y Tehuitzingo. A cuatro kilómetros está mi ranchito. Hasta ahí llegó y tuvo una plática con la gente del pueblo e invitó a quienes desearan que sus hijos salieran a estudiar. Para eso, supongo que él narró y explicó la forma en que uno le iba a hacer. Después de esa situación dijo que iba a dar becas para los hijos de Santa Cruz Boqueroncito, y por casualidad, como niños y todo, yo tenía exactamente ocho años, no cumplidos, porque nací el 7 de noviembre. Me llamaron y me preguntaron. Dije que sí, que sí quería yo ir.

Como niño, algo hermoso también. Recuerdo que mi madre sólo daba café, una sola vez. En una ocasión llegaron personas a caballo, bien vestidos. A pesar de que mi padre usaba calzón y cotón de manta, pero también tenía buenos caballos, buenos trajes, pero yo siento que por la falta de estudios no supo administrarlo, no supo educar a sus hijos. En esa ocasión era un miércoles, mi madre salió y dijo que ya estaba el desayuno, que pasara ya con sus amigos. Llegaron a la mesa y que voy viendo: tendieron queso, pan, chocolate, todo…  ¿Por qué? pregunté a mi madre, por qué todo eso. “Cállate, que no escuchen los señores”. Es probable que yo haya entendido eso. Me callé. Eran ganaderos, comerciantes y visitaban a mi padre. Y siempre había cosas para ellos.

Recuerdo que me daban en la comida un plato de frijoles donde ponían tu sopita, le daban a uno una memela gordota, que les daban también a los perros. Comíamos con la mano, quizás no había cucharas, pero comíamos con la mano. Tal vez la falta de costumbre. Solamente la cucharas grandes con las que hacía la comida. También recuerdo que en esa región se toma mucho el caldo de pollo que allá le llamamos chilate, le ponen una bolita de masa, la cuelan con la coladera y ya suelta lo que sale de la masa. Es un caldo muy sabroso. Es probable de que no tuviera mi madre cucharas, pero recuerdo que comíamos así, con  las manos.

Mis abuelos no. Nací después. Por señas mi abuelita, la madre de mi madre. Sólo recuerdo que había mucho respeto, no se usaba que se hiciera alguna guasa con ellos, sólo se les llamaba como abuelitos, “papá grande, mamá grande”. En este caso era Mama Linda, mamá Herlinda. El papá de mi madre era Bonifacio. Los padres de mi padre ya no los conocí.

Algo muy especial también fue mi padre. Tuvo su primera esposa y con ella tuvo doce hijos. Fallece su primera esposa y se casa con mi madre, de escasos trece años y supongo que mi padre unos cincuenta, cincuenta y cinco años, y con ella fuimos otros doce. De esos doce yo fui el último. O sea que, tomando en cuenta todos, yo soy el hijo veinticuatro. Los recuerdos que tengo de mi padre son los del cura Hidalgo, sólo con la coronilla de pelo, y no murió pronto. Mi padre murió de 125 años, hace poco, en 1977, por ahí así. Y mi madre muere de 96 años hace como dos años. Ahorita tengo exactamente un hermano que debe tener 100 años, el primer hijo de mi padre. Todavía vive.

Fue cuando llegó ese paisano que después supe que era hijo del rancho, pariente, y que se dedicó a trabajar en la carretera internacional. Estudió por su cuenta como profe, después estudió economía, era licenciado, y en ese entonces supongo que funcionaba como maestro. Él fue a invitar a la gente que deseara enviar a estudiar a sus hijos y yo por casualidad andaba por ahí donde se hacían las juntas, junto a un esquite muy grande. A mí se me llamó y me preguntaron si quería estudiar y dije que sí. Fui el primero que me anoté. Después llamaron a otros y así se hizo un grupo. Éramos tres: yo, Eufemio y Hermelinda. Nos fuimos a Zacapoaxtla, a un internado de primera enseñanza. El colegio Pedro Molina Córdoba, en un barrio de Zacapoaxtla.

Cuando salimos de la casa recuerdo que yo traía unos huarachitos de Tehuitzingo, y el maestro me compró unos zapatitos, me compró un sombrero; por cierto que eran unos zapatos amarillos y rechinaban mucho, de esas mata víbora. Como no estaba acostumbrado los tiré, pero hacía mucho frío. Era 1948, brotaban los honguitos y me gustaba tronarlos con el pie. El talón se me abrió, se me agrietó.

La escuela era militarizada y ahí nos dieron todo. Ropa interior, zapatos, pantalones y camisa, pero militar. Kepí, la gorra, también. Fue una época bonita. Recuerdo que durante el primer año todavía me bañaron las afanadoras, ya de segundo para arriba uno tenía que bañarse. Pero sí nos daban ropa y comida, pobre, pero buena. La disciplina militar, nos daban armas sin cartuchos, pero para limpiar las armas. En tercero ya éramos peritos en armas. Claro que muchos,  como no nos llenábamos, salíamos con los amigos a ver qué.
En ese entonces, estoy hablando del 48, no había todavía edades para estudiar. Si yo tenía ocho años, había jóvenes de 18, 19, 20 años, compañeros míos. El asunto ahí era estudiar. Gobernaba don Manuel Ávila Camacho, que prometió que en su periodo iba a erradicar el analfabetismo e intentó cosas muy buenas. Estábamos muy orgullosos, en los desfiles se hacían en Zacapoaxtla grandes fiestas, bandas de guerra y todo, era el internado número 19 que sonaba en todas las calles, y aplausos y confeti para todos. Nomás un piquete o un culatazo y derechito, párase como debe, derechito al comer, sin pegar la cuchara al plato y bueno, normas muy estrictas. Sí aprendimos.

Cuando estaba uno en la mesa, los grandes te quitaban tu pan, tu tortilla, tus frijoles y quédate callado. Y si no te gusta, pues, golpes. Así era. Cuando nos cansábamos de eso nos defendíamos, y nos íbamos a los ciruelos a darnos hasta por debajo de la lengua. Una cosa hermosa, hermosa. Había uno que siempre me molestaba, porque era chaparrito. Me quitaba mis trompos, mis canicas, mis yoyos, mis baleros, todo me quitaba. En una ocasión, como dos años después, íbamos en las escaleras y que me pega en la espalda. Me regreso y le pego en el ojo. Daba unos gritos horribles y rueda por las escaleras. “Síguelo”, dijeron, “pégale, pégale”. “Ya no me pegues, manito. Ya no...” Le pegué duro y duro hasta que me lo quitaron. Santo remedio. Después “qué pasó ¿eh?”, “No, no quiero nada contigo”. Son cosas tan hermosas ¿verdad?
En tiempo de muertos llegábamos con nuestros diccionarios a las casa de los nativos de ahí, pedíamos permiso, y empezábamos a decir cosas con el diccionario en mano, cualquier cosa, y al fin nos persignábamos. Y así nos regalaban tamales, elotes y montón de cosas que hacen ahí. Chayotes buenísimos, de esos peludos. Llegábamos a la escuela y a guardar cada quien sus alimentos, para los momentos críticos del hambre. Era puro juego, puro relajo.

Un maestro nos decía: “Hijos cuando se vayan a trabajar a los pueblos indígenas, van a encontrar a la gente nativa, así como es, edúquenla bien, o si no, déjenla así, porque si lo dejan a medias los vuelven ladinos y ese te va a matar.”

En el internado estuve del 48 al 53, seis años, la primaria. De ahí regresé a la casa, como cada año. Una vez al año, por la falta de economía, porque mi padre no sabía o qué. Jamás me fueron a ver, jamás me fueron a visitar. Había padres que iban a ver sus hijos, les llevaban pos que una frutita, centavos, a mí jamás. A nosotros nos daban “Pre”, un dinerito en el internado, eso me lo guardaba y me compraba mis golosinas favoritas, la leche Nestlé condensada, le hacíamos dos hoyitos y a tomarla. Cuando terminé en 53, una persona del rancho se afanó y se propuso meterle a mi padre que no tenía que seguir estudiando. “¿Cual es la razón?”, preguntaba mi padre. “La razón es que tú ya estás viejo. No te das cuenta que estás viejo. Y no te das cuenta que Isaías es el más chico y es hombre, déjale las tierras, los bueyes, la casa, todo y que se haga cargo de ti. Ya terminó la primaria y es un jovencito -tenía trece, catorce años-. Enséñale a surcar y que cultive la tierra. Él te va a mantener”. “¡´Tas loco, Samuel!” “Haz lo que te digo”. Se fue el señor Samuel, que le decían el Ché, y mi padre nos llamó a mí y a mis hermanos que quedaban solteros y nos dice: “ya no se va a ir Isaías”. ¿Por qué? “Porque lo que dice en Ché es correcto, ¿quién va a ver por tu madre, por mí, que estoy viejo?” Y me dice a mí: “ya sabes, Vale –la palabra allí es Vale-, no tienes permiso, hasta ahí llegaste”. Yo lloraba y le pedía a mi mamá. “No, mi hijo, que te vas a ir”. No, no...

Afortunadamente nos daban orientación en el internado, por lo que yo tenía conocimiento de que existían en la república mexicana otras escuelas, entre ellas las Normales, como maestros, que eran internados y que yo tenía la posibilidad de hacer mi examen y adquirir una beca, porque mi padre nunca me hubiera enviado a una particular. En cierta forma le perdí cariño a los padres, a los hermanos. Hasta la fecha yo no tengo amistad con ellos, algunos me ven como enemigo. Y pues “que no te vas”. Y no era de que contestes: agacharse y escuchar. Había un sobrino como dos años mayor que yo, hijo de un primo hermano mío, que estaba en la Normal de Tenería, en Toluca. Un domingo que se hacen las plazas en Tehuitzingo, fui con mi madre en burro al mercado, ella en el fuste y yo en ancas. Llegamos y como chavos empezamos a platicar. Él estaba estudiando la secundaria allá. “No te apures, te vas conmigo”. Su papá que nos oye, y dice “qué pasa”. Le platiqué. “No, mi tío no tiene razón, Isaías, sí te vas a ir”. Fue y habló con mi padre y le respondió: “mira, hijo, te quiero mucho, pero mi decisión es que no se va”. “Pero tío, tiene que estudiar, no tienes a ninguno estudiado”. “Di lo que quieras, pero no se va”.

 Al domingo siguiente fui a su casa y nos pusimos de acuerdo. “Mira, pasado mañana te vienes con lo que traigas, te vienes con tus  papeles y yo te voy a dar para el pasaje, y te vas con Abdón, mi sobrino.” Al tercer día agarré lo que pude y tomamos el camión a Puebla, después a México y de México a Toluca.
Pocos meses duré en Toluca, donde me aceptaron en el internado, porque surgió un movimiento político que nunca entendí. Me vi envuelto en una serie de hechos que para no hacerla larga me sacaron de la escuela. Junto con todos los líderes y adherentes fuimos expulsados de la escuela y enviados a la calle. ¿Qué hago? Me fui a buscar a mi pariente a la ciudad de México.

Lo que a mí me sorprende -interviene su esposa, doña Hilda Juárez-  es que, cómo es posible que él, siendo un niño de siete años cuando conoció a su pariente Joaquín, cómo es posible que se acordara que trabajaba en la presidencia de la república,  como Dios le ilumina para que se pueda acordar de la cara de Joaquín. Sale de Tenería sin dinero, más que el puro pasaje para llegar a México y, habiendo tantas puertas en Palacio Nacional,  cómo se pone en la que Joaquín tiene que cruzar para salir de ahí. Nada más vea ¿no? No fue coincidencia. Era un niño cuando lo vio y ahora lo encontraba en la ciudad de México  –prosigue el profesor Isaías:

Cuando dijeron: “esos jóvenes, cincuenta, sesenta, están fuera de la Normal”, entre esa gente iba yo. Mi pariente Joaquín se apiada de mí y me lleva a su casa, donde tenía una beba, pues estaba recién casado y le dice a su esposa, “mira, traigo un paisano”. Y da la esposa el jalón a la puerta, nunca salió la señora, la jovencita, y bueno. Me dio frijolitos, tortillas, puso unos chiles y “come bien, porque te vas a ir en este momento”. Comí, después de comer “a bañarte, ahí está la camisa”, la misma ropa. Ya estoy listo. Me agarró de la mano y nos fuimos a Manuel Doblado, que era la calle donde salían para Acapulco. Estando ahí me compra el boleto y me dice: “sabes qué, te vas a ir y como a la cuatro vas a llegar a Chilpancingo, ahí te vas a bajar. No te vayas a salir luego porque es de noche, es peligroso todavía, espera que amanezca y luego te sales. Buscas Las Gacelas, unas camionetas muy bonitas (como las Suburban ahora) y te vas a Tixtla”. Me recomendó con todos hasta que le dijeron “ya señor, ya déjelo ir, no se preocupe”.


Normal de Ayotzinapa

Voy a Ayotzinapa. “Sí, es lo mismo”. Pero es que voy a presentar examen. “Ya, siéntate”. Atrás, no me fijé, venían más personas que iban a la Normal. “Ya, bájate, aquí es”. Pero yo voy a la Normal. “Aquí es”. Pues me bajo y allá abajo del cerro estaban unas casitas. Ahí voy. Llegué a la Normal y era una escuela muy bonita. Es una exhacienda. Llegué y ya estaba lleno, todos iban a hacer examen. “Llegas a la Normal y vas directamente a la Dirección y le dices al director que quieres presentar examen, le suplicas, le ruegas pero que te anoten en las listas”, me había dicho mi pariente. Lo primero que hice, pero un profe me paró “¿a dónde vas tú?” No, pues voy a hablar con el director. “¿Y tú qué cosa?”. No, es que no estoy anotado y quiero presentar examen. “No, vete, tú no vas a ningún lado”. En eso oye el director “¿qué pasa, profesor?”, pregunta. “Pues aquí hay un niño que dice que quiere platicar con usted, pero no está anotado”. “Déjalo que pase. Qué pasó siéntate. ¿No vienes con nadie?” No… Ya, le platiqué. “¿Y si no pasas qué vas a hacer?” No, pues, me regreso. “Pero si está lejísimos Matamoros”. Pues sí, pero yo voy a pasar el examen. “Órale, pues. A ver profe, anótemelo usted”. Y me anotaron.

Salí muy contento y ahí estaba, recargado esperando. Estaba un señor con  su hijo. “¿Qué pasó?” Ya, le platiqué todo mi asunto. “Pero, cómo es posible que te manden así, padres irresponsables”. Pues sí. “Este es mi hijo”. Nos saludamos. “¿Traes dinero?” No, pues, traigo como quince pesos. “Bueno”.
“A ver, todos a formarse por estaturas”. Nos formamos y empezaron a distribuirnos de cuarenta por salón. Así nos fuimos cada quien a su grupo y antes de pasar nos dijeron: “padres de familia, mañana se da el resultado, hoy sólo es el examen, pero mañana a las nueve se dará el resultado. No queremos a nadie que nos esté insistiendo porque estamos ocupadísimos y la SEP ha dado solamente 155 becas y son todas. Para 600 solicitantes. Y nadie reclame porque va a haber policías y no queremos que los maltraten. Los que escuchen su nombre son los únicos que tienen  derecho a la beca, dormitorio y todo.”

Ya, pasamos a los salones, presentamos examen. Yo sentí que fue rápido, fui uno de los primeros, el quinto o sexto, y me sentí bien. El maestro todavía me regresó, “dale otro repaso, es tu beca”. Ya maestro, no tengo que hacerle nada. Entrego y me salgo. Fui con el señor a esperar a su hijo y esperamos bastante. Ya, salió y “vamos”, nos agarra de la mano y nos vamos a Tixtla. En el camino fuimos platicando, era como un kilómetro de distancia. Hay una laguna muy hermosísima, grandísima esa laguna. Llegamos Tixtla y fuimos al mercado a comer un guiso muy sabroso, enjitomatado, se chupa uno los dedos. Luego fuimos al parquecito de Tixtla y buscamos un hotel. Me bajó unos tapetes bajo la cama y ahí me quedé. Mañana tempranito vamos a almorzar y luego vamos al examen.

Al día siguiente nos levantamos, nos lavamos la cara y ahí vamos al mercado a desayunar. Nos fuimos a la Normal y cuando llegamos ya estaba el sonido. “Pongan mucha atención, los alumnos que oigan su nombre pasen el centro como los vayamos nombrando. Son los únicos que tiene derecho a beca; los demás, como quedamos, que les vaya bien, porque tenemos mucho trabajo”. Fulano de tal, etcétera. Yo fui como el número siete y estaba plática y plática, no escuché mi nombre la primera vez, ni la segunda. ”Por última vez, Cruz Zúñiga, Isaías ¿No está?” Ya que me adelanto y me regañan: ”¿Qué te  pasa,  estás sordo o qué”. No, pues yo… Estaba feliz, quería zapatear, reír, gritar de gusto porque tenía mi beca. Mi amiguito no se queda y se despidieron de mí muy bonito,  me desearon suerte y se fueron llorando los dos. Yo me quedé feliz.
Cuando uno llega te castigan los mayores. La primera noche que estuvimos ahí nos reunieron a los nuevos y nos dijeron que íbamos a agarrar gambusinas. ¿Qué son? “Son unos animales que salen de noche y están peladitos, no tienen plumas y son bien sabrosos”. Ahí vamos como veinte. Aquí en esta peña los haremos. “Quítense la ropa completamente, porque si los huelen no se arriman”. Ya, todos nos quitamos la ropa. “Despacio vayan por allá, no juntos, por allá… Son como palomas, no hacen nada, las agarran y las traen”. Como no descubrimos ninguna regresamos a la peña. ¡Nos habían recogido la ropa y se la llevaron! Ahí vamos, todos encueraditos a la escuela y nos esperaban con botes de agua: “¡eh, cochinos, chilones” y nos bañaron a todos. Cosas muy bonitas ¿no?

En Ayotzinapa fue mi compañero de grupo Lucio Cabañas Barrientos, de aula. Yo terminé pero él no, porque se dedicó a la política. Se fue al Mexe en Hidalgo y perdió mucho tiempo. No aprobaba los cursos y yo supongo que terminó por el 63, cuando hubiera salido conmigo en el 59. Era un hombre, un muchacho de origen indígena. Hablaba náhuatl, y cuando estuvimos en primer año quiso que lo nombráramos secretario general de la Normal. Nos reíamos, “estás loco. Cómo crees, hay gente mayor que lo hará mejor. ¡Estamos en la secundaria!”. Pero él insistió y duro y duro. Una vez lo candidateamos, de tanta insistencia. Cuando se paraba decía, con mucha lentitud: “desde el Bravo al Suchitate, del Oriente al Poniente, todos somos hermanos” Agarrábamos las migajas y ¡sopas! en la espalda. A la siguiente asamblea fue el secretario general de la Normal, de la sociedad de alumnos de la Normal Raúl Isidro Burgos de Guerrero.

Fui seleccionado en carreras de cien, doscientos, cuatro por cuatrocientos y ochocientos metros. Me encantaba correr, y en ese aspecto me distinguí. Ahí conocí a mi amigo Marino Ramírez Torres, y prácticamente a él le debo todo lo de vestir zapatos y todo, él era de familia rica y tenemos la misma estatura, sólo que él es güero, de ojos verdes, y yo soy morenito. El compartió conmigo todo lo que le enviaban: zapatos, botas y todo. Cada mes nos daban también un PRE que alcanzaba para el cine, un pozole en Tixtla y para bailar a los huateques, como les dicen allá. Llegué en 54 y salí en 59, fueron también seis años, tres años de secundaria y tres de Normal, ya salimos titulado de maestros. Mis calificaciones fueron muy buenas, participé mucho en deporte y los poblanos fuimos, durante seis años, los campeones de atletismo. Jamás pudieron vencernos. Éramos diez poblanos; Juan Cadena, maratonista y otros. Uno de ellos se fue al colegio militar y en este momento es general de división. Nos llevábamos bien.


Cuando terminé la Normal sucedió algo un poco triste, porque pido dinero a mi padre que no me manda, teníamos que comprarnos el traje, el anillo y los zapatos, y sólo tuve para el anillo. Alquilé el traje en Chilpancingo y los zapatos no recuerdo si los compré o también los alquilé. Se hace la clausura con Carlos Campos y la sonora no sé qué, en una terraza preciosa que tenía la Normal. Yo andaba con una chica que se llamaba Perla, que era de la farmacia y después no supe nada. Me regresé para el rancho. Un día me llegó un correograma diciéndome que tenía yo ya mi lugar en María Andrea, una población que divide el río San Marcos entre Veracruz y Puebla,  a un pasito de Poza Rica, en la mera Sierra. Me presenté aquí en Puebla, en la SEP, se me dio mi orden y nadie sabía dónde quedaba María Andrea. Tuve que ir a México, de ahí tomé el camión a Tampico y me bajé en Villa Juárez, hoy Xicotepec, de ahí preguntando me fui a María Andrea. Pero esa es otra historia, porque la de Ayotzinapa aquí termina.

jueves, 7 de agosto de 2014

Somos barro

En 2010 realicé en compañía de Sergio Mastretta una investigación de ocho meses en el pueblo alfarero por excelencia del estado de Puebla, que terminamos llamando “Oye Olla”, Testimonios alfareros de San Miguel Tenextatiloyan en la idea de conocer la versión de los habitantes de  esta población sobre una iniciativa del gobierno estatal y Fundación Azteca que llevaba por nombre ciudad-rural, a la manera de los fallidos experimentos chiapanecos que tienen el objetivo de aglutinar población campesina con el pretexto de otorgarles servicios. La ciudad-rural dentro de la población no tuvo ninguna repercusión, menos cuando se enteraron que tenían que aportar 40 hectáreas para su construcción, pero la investigación sí pudimos proseguirla, internándonos en la problemática de la alfarería que tiene que ver con la historia, con el arte con la salud y con la visión de un pueblo que recibió un don pero que nunca ha terminado por apropiárselo. A partir de este día publicaré en este blog algunas de sus principales discusiones: el uso de plomo en las cazuelas, la producción, los hornos, la comercialización, los éxitos y los fracasos de una actividad antigua y necesaria, pues en sus productos cocinamos los frijoles, tomamos el café de olla, adornamos nuestras cocinas y en cierta forma nos explicamos buena parte de la sensibilidad artística de los mexicanos. Que sea para bien.


Somos barro

¿Qué es el barro para los mexicanos?, ¿qué significa para la cultura mexicana este elemento que es cerro y piso, vivienda y plato; materia prima para la elaboración de objetos lo mismo religiosos que utilitarios, cotidianos que eternos? El enorme acervo del Museo Nacional de Antropología e Historia es de barro y todas las colecciones de arte prehispánico mexicano diseminadas en el mundo están sustentadas en barro. En el barro se basa nuestra mejor apreciación del México antiguo, gracias a él comprendemos la grandeza de aquellos pueblos que alcanzaron un arte refinado, el principal arte mexicano de la historia.   Y gracias a él podemos intentar comprender a los pueblos de hoy que, como San Miguel Tenextatiloyan, permanecen adheridos al barro.

De acuerdo con Fonart, el número de jefes de familia dedicados a la alfarería contabilizados en el país asciende a 9 mil 73, y se localizan en 18 estados, 62 municipios y 95 comunidades. San Miguel Tenextatiloyan, en el Municipio de Zautla, Puebla, es sólo uno de ellos, pero probablemente el de mayor densidad demográfica de alfareros en el país. Un lugar donde la alfarería significa alimentación, educación, comercio, política y vida cotidiana. Cualquier cosa que ocurra en torno a la alfarería redundará en la vida misma de sus pobladores, como lo expresa don Fortino Alcántara, un anciano artesano de viejos usos y mente sabia, mientras comienza a deshacer el nudo de una bolsa de plástico.

Lo que yo hice de joven, mis hijos ya no lo vinieron a hacer, ellos ya vinieron ´orita a vivir con la materia prima hecha casi, porque muchos ya consiguen el barro, se lo vende otra persona ya preparado, y muchos de mis hijos pues ya tienen el molino, ya tienen la batidora, ya no meten los brazos al horno a preparar, porque anteriormente aquí echábamos el polvo, y aquí echábamos el agua y a puro brazo levantábamos el barro hasta convertirlo pues en una forma como quien dice en una pieza…

Don Fortino saca de la bolsa y muestra una bola de barro de unos cuarenta centímetros de diámetro.

Este es el barro, de aquí se hacen muchas piezas, se puede hacer un pajarito, un pato, un molcajete pa`hacer salsa; una olla, un muñeco, una alcancía, un conejo, un puerquito, pa`todo se presta el barro, y no es nada, es tierra, pero no es cualquier tierra, es una tierra que Dios nos dio especial para trabajar con las piezas de la cocina. El barro se deja reposar para que haga correa…

Don Fortino elabora con sus manos un churrito de unos 15 centímetros, como el que puede hacer un niño con plastilina.

Si se quiebra no sirve, pero con razón natural el artesano sabe que esto no se va a quebrar, mire, se dobla y no le pasa nada. Esto quiere decir que sí es bueno, así lo probamos para saber qué material es…

Don Fortino desbarata el churrito, para llevar después la pequeña plasta a su oído.

Nada más con escucharlo en el oído, como cuando se mastica un chicle, está chicloso, es barro, y si se corta, no sirve pa`hacer barro, es tierra cualquiera.



San Miguel Tenextatiloyan

La carretera a San Miguel Tenextatiloyan corre por la vieja ruta a Teziutlán desde la ciudad de Puebla. Es el pavimento que en 1938, en pleno dominio del dictador Maximino Ávila Camacho, le dio la vuelta al estado de Tlaxcala vía Amozoc, Acajete, Nopalucan, Lara Grajales, San José Chiapa, Cuatro Caminos, Oriental, Libres, Cuyoaco y Zaragoza, para adentrarse en la sierra, por Zacapoaxtla a Cuetzalan, y por Tlatlauquitepec y Teziutlán derivar a la costa veracruzana. También libraba el primer brote de sierra que marca la frontera norte de Tlaxcala con Puebla, un lengüetazo de monte desprendido del macizo sur de la Sierra de Puebla y que en una línea de veinte kilómetros y sobre los 2,600 metros sobre el nivel del mar es barrera natural entre los dos estados. Es una ruta verde y cultivada en primavera y verano; ocre y pedregosa en el otoño e invierno. Es el altiplano del oriente de México, con sus maizales y magueyeras, con sus cascos de hacienda acotados por el minifundio y sus sembradíos cebaderos que remiten a otros tiempos, con sus intervalos de paz y guerra; es la tierra antigua, la de Cantona, la de piedra volcánica arrebatada por los encinos, los juníperos, las nopaleras y las palmas espinosas; es la llanura que las lluvias inundan para reflejar los custodios eternos, la solitaria Malinche, el orgulloso Citlaltépetl y su entenado Sierra Negra --al que sobre sus 4 mil 400 metros le han plantado el Gran Telescopio Milimétrico--, y más hacia Teziutlán, el veracruzano Cofre de Perote. Es el territorio agreste y llano de los campesinos y sus pueblos originarios ocultos en el mestizaje.

Ahora la autopista ha dejado de lado todos esos pueblos y cruza a cuchillo territorio tlaxcalteca, a un lado de Huamantla, y con un túnel de quinientos metros te arroja a la extensa planicie de San Juan de los Llanos, salpicada de brotes volcánicos y manchones de malpaís. Nada más salir del túnel y de observar a la izquierda la ciudad de Libres, la vista puede seguir la ladera de la montaña hacia el norte hasta encontrar los cerros que guardan a San Miguel Tenextatiloyan. Pero por un momento debe quedarse en el sur, en el arranque de la llanura, al borde de la sierra, en el histórico punto que fue Tlaxocoapan en el mundo prehispánico, bautizada como San Juan de los Llanos por los españoles, para finalmente en 1950 asumir su actual nominación de Libres, capital de los enormes llanos pedregosos que fueron escenario de las primeras batallas de la conquista española en el siglo XVI, el escenario en el que con el tiempo maduraría el sistema de las haciendas, pero que en esa ciudad plantaría la cabeza de playa para monjes y encomenderos que por las cañadas entrarían a los abismos de la montaña a perseguir y conquistar a los pueblos de la Sierra.

San Miguel Tenextatiloyan aparece tras una serie de curvas en el extremo oriental de un vallecito de dos kilómetros de ancho dispuesto arriba de los 2,500 metros sobre el nivel del mar, y que abre llano cinco kilómetros hacia el norte, para terminar en las inmediaciones de Zaragoza. Es un caserío tendido en la ladera circular de un monte todavía bien cubierto de pinos, que se va descubriendo de a poco en cada curva, y cuyo enredo de cables y losas planas de cemento  es prueba irrefutable de que ha perdido el encanto serrano de la teja y las dos aguas. Su arteria vital es la carretera, que corre al parejo de la ladera curva del monte, envolviendo el cuadro principal, con su iglesia y su plaza, y que por setenta años ha cobijado los puestos alfareros, una colorida exposición natural de ollas y cazuelas que le han dado al pueblo el coloquial sobrenombre de San Miguel de las Ollas.

Junto a Chilapa de Guerrero y Emilio Carranza, San Miguel Tenextatiloyan es una de las tres juntas auxiliares del municipio de Zautla, localizado en la Región II de la Sierra Nororiental del Estado de Puebla. Cruzado de sur a norte por el río Apulco --de hecho, su cuenca es la gran referencia del territorio, una enorme depresión cercana a los mil metros de profundidad y que arranca imperceptible cuarenta kilómetros río arriba en las todavía boscosas montañas de Chignahuapan y Aquixtla--, Zautla está cercado por Xochiapulco, al norte, Cuyoaco e Ixtacamaxtitlán al sur, Zacapoaxtla y Tlatlauquitepec, al este, y Tetela de Ocampo al oeste. Es el municipio número 38 en extensión del Estado, de los 217 que lo componen, y en sus 274 kilómetros cuadrados de relieve montañoso e irregular, con sierras altas, cañadas, cerros aislados (Zempetz, Elotepec, Choyocho, San Rafael), y llanos extendidos como el del extremo oriente en el que se encuentra San Miguel, se diseminan alrededor de veinte mil personas en cuarenta pueblos y comunidades con rango de santo patronal y antigüedad que las identifica.

Buena parte del municipio de Zautla está cubierta por bosques de pino y asociaciones de pino-encino, con especies de tipo pino colorado, pino lacio, encino quebrado, ocote, oyamel y soyate, acompañados en ocasiones por vegetación secundaria arbustiva. Aquí el monte habla por el viento: el que viene del norte por la cañada es húmedo y frío, bueno para los árboles serranos; pero hay otros que pegan secos, por lo que pelan las laderas con mucha mayor destreza que los talamontes. Y contra lo que pudiera pensarse, llueve muy poco en la cañada, y hacia Ixtacamaxtitlán tiene claros rastros desérticos. Destacan sin embargo, dos tipos de suelo de importancia especial para este estudio por la materia que ahí se recoge: Xerosol y Vertisol, de superficie clara debajo de la cual existen acumulación de minerales arcillosos y sales, como carbonatos y sulfatos, fundamentales para la elaboración de cerámica a lo largo de por lo menos un milenio. Así, la alfarería y las figuras de barro de Tenextatiloyan poseen una larga tradición que se remonta a lejanas épocas de predominio olmeca, de donde se nutrieron posteriormente culturas como la totonaca, otomí y náhoa que habitaron la región. Hoy ese mundo originario en Zautla sólo queda representado por la familia náhoa que, de acuerdo al II Conteo de Población y Vivienda, suma 6,418 personas en el municipio, el 35 % de la población.

Por fuera de esa gran cañada del Apulco, metida en su valle en el extremo oriente del territorio, atada a la carretera federal, San Miguel Tenextatiloyan es la comunidad más grande y desarrollada del municipio, incluida la cabecera municipal, con una población de aproximadamente 6 mil personas, de las 19 438 con que cuenta Zautla, de acuerdo con el censo de 2010. La comunidad tiene como actividad económica preponderante la alfarería, con la fabricación de cazuelas greteadas (esmaltadas con base de plomo), que combina armónicamente con la agricultura de temporal: maíz, frijol, haba, cebada, trigo y alverjón, salpicados de frutales como el durazno y hortalizas como la papa.

Municipio serrano, municipio pobre, ¿cuáles son las cuentas de la marginación en Zautla? Unas están a la vista, y son contradictorias: no hay un banco nacional establecido -el más cercano está en Tlatlauqui-, pero pululan las casas de préstamo que depredan a los alfareros con intereses usureros. ¿Y en comunicaciones? Fuera de la carretera federal, Zautla sólo cuenta con doce kilómetros más de pavimento, los que llevan de San Miguel Tenextatiloyan a la propia cabecera municipal. Todo lo demás es brecha y en el mejor de los casos terracerías que comunican con los pueblos más grandes como Contla, San Andrés Yahuitlalpan, Tenampulco, Ixtactenango, Tagcotepec y Chilapa. Abundan los celulares, pero sólo Telcel opera, y por la vía de Telmex, internet al público. De acuerdo a las estadísticas municipales el 90% de la población disfruta de agua potable, recolección de basura y alumbrado público; el 95 % de seguridad pública, aunque sólo el 20 % disfruta de drenaje y el 30 % de pavimentación. Y veamos la educación: el municipio cuenta con preescolar formal y preescolar indígena; primaria formal, primaria indígena y primaria de CONAFE, escuelas secundarias y dos bachilleratos.

La atención a la Salud en el municipio la ofrecen instituciones del sector oficial, con una cobertura de servicios descentralizada: una clínica-albergue del IMSS, en la cabecera municipal; una clínica en la Junta Auxiliar de Emilio Carranza; una casa de Salud en Chilapa de Guerrero y otra en San Miguel Tenextatiloyan.

El municipio cuenta con un índice de marginación de 0.916, considerado como alto, por lo que se ubica en el lugar 57 con respecto a los demás municipios del estado. Hay 9,511 personas derechohabientes a servicios de salud. 9,749 no lo son. De las 4,424 viviendas habitadas, con 4.4 personas en promedio, 1537 viviendas tienen piso de tierra, 499 casas no están conectadas a la red de agua potable, 2,342 casas no tienen drenaje, 295 viviendas no tienen energía eléctrica, 3817 viviendas no tienen refrigerador, 1470 viviendas no tienen televisión, 3757 viviendas no tienen lavadora y 4,344 viviendas no cuentan computadora. (1)

Por más de medio siglo las ollas de barro siempre han sido una referencia de San Miguel Tenextatiloyan, aunque en algún tiempo también lo fueron el pulque y el chocolate de San Miguel. El Tepeyac, Tijapan, San Isidro, San Francisco del Progreso, Tagcotepec y Emilio Carranza se suman hoy a la producción de ollas. A partir de la carretera, que se construye desde 1938, aumentaron exponencialmente las familias dedicadas a la fabricación de ollas, cazuelas, jarros y comales, cuatro productos que trajeron del tingo al tango a muchos de sus habitantes desde los años cincuentas, cuando empezaron a viajar al sureste y al norte de México primero en aventones, después en sus propias camionetas, para vender sus ollas y vasijas, que de tanto y extensivo uso en los hogares mexicanas terminaron siendo muy apreciadas por el mercado nacional. Fina cerámica limitada a esas cuatro piezas apisonadas en su propia imagen y semejanza, pues nunca bajaron su calidad pero tampoco evolucionaron. Moleras para fandangos masivos, frijoleras para el desayuno diario, jarritos y platones, todas sus piezas siguen siendo muy económicas, pero los números alegres en los que se han movido durante tanto tiempo comienzan a flaquear, a ser cuestionados hoy con insistencia por sus productores: ¿realmente son tan económicas?, ¿de veras podemos seguirlas vendiendo a esos precios? ¿Y si cambiamos la greta y producimos la loza con el esmalte sin plomo nos la comprarán las marchantas en el mercado?

Desde esta geografía del barro y la loza esta investigación intenta discutir esas cuestiones.



1) INEGI, Censo de Población y Vivienda, 2010.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

¿Qué es la cultura popular?

No hay una ciencia que determine algo fijo para explicar la cultura popular, sólo opiniones de especialistas que hace décadas estudian este fenómeno desde el análisis académico. Un asunto de varias dimensiones donde el gobierno de un estado, de una ciudad,  puede tener una participación importante en los procesos de ese ámbito de placer social que se reconoce en la cultura popular.

Si alguien lo ha discutido es Néstor García Canclini, que afirma en su libro Culturas Híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad, que la cultura popular es un ámbito de estudio cuya complejidad surge de los diversos cruces e hibridaciones y de la existencia de un objeto que permanentemente se vuelve esquivo a la investigación por su perenne evolución y dinamismo. Dinamismo que surge, de hecho, desde la propia concepción del ámbito de la cultura popular como un campo de lucha. Canclini observa reelaboraciones y transformaciones permanentes de la cultura popular.

Otro estudioso de la cultura popular, Jesús Martín-Barbero, observa en Cultura popular y comunicación de masas, que el proceso de masificación cultural producido en el siglo XIX da lugar a otro fenómeno con respecto a la cultura popular. Ya no designará los objetos culturales creados por los sectores del pueblo, sino la cultura que consumirá la masa.

James Bowman, editor del Times Literary Supplement en Londres, hace notar que existe una cultura popular oficial y no oficial, y que a través de la historia ha habido culturas oficiales y no oficiales. Los jóvenes han gravitado hacia la cultura no oficial abierta, libre y carente de estructura.

Otro estudioso del fenómeno de la cultura popular, Claudio Lobeto, afirma que en los años '60 y '70 artistas e intelectuales se vincularon con los sectores sociales subalternos, lo que significó que se creara un "arte comprometido con el pueblo" en oposición a la noción del "arte por el arte”. Afirma que la "hibridez" universaliza la cultural popular, se torna cotidiana y supera la clasificación, “el arte culto se mixtura con lo masivo, lo popular se nutre de la cultura de masas, la publicidad tiñe la estética popular y así sucesivamente es posible seguir desagregando –afirma Lobeto-, relacionando e integrando manifestaciones culturales de diversa índole y procedencias”.

En algún momento me tocó analizar la cultura popular en Puebla, lo que observé fue una gama de subculturas alternativas y marginadas, autoexcluidas o integradas, manifestaciones reivindicatorias, arte originario y contraculturas o el mero resabio del consumo televisivo, que se atraviesan entre sí en continuo movimiento, resultando inmersa en una dinámica donde la cultura popular también se reconstruye a cada instante. ¿Cómo influir en ese caos? Si ahora lo elitista, lo popular y lo masivo como categorías resultan insuficientes para clasificar fenómenos culturales y artísticos, como opina Lobeto, la única vía de acción es evitar la parálisis argumentativa, ser creativos en las instancias destinadas para ese efecto. La sociedad cuenta con un organismo plural donde están representados todos los gobiernos y sectores de la sociedad, como la Cacrep en Puebla. Qué desperdicio que, en nuestro caso, dicha Comisión sea un ente burocrático.

El estudioso estadunidense, Stuart Hall, en sus Notas sobre la deconstrucción de “lo popular”, dice que la cultura popular trae aparejada una resonancia afirmativa por la prominencia de la palabra "popular". Y que, en algún sentido, la cultura popular siempre tiene su base en las experiencias, los placeres, los recuerdos, las tradiciones de la gente. Está en conexión con las esperanzas y aspiraciones sociales, tragedias y escenarios locales, que son las prácticas y las experiencias diarias del pueblo común.

Hall afirma que lo popular fija la autenticidad de las formas populares. “Siempre hay posiciones para ganar en la cultura popular –dice-, pero ninguna batalla puede atraer a la cultura popular en sí hacia nuestro lado, o para el lado contrario”.  Dicho de otra forma, no es posible apropiarse de la cultura popular, a los gobiernos sólo les toca sembrar, discutir sus programas y tomar mejores decisiones. O decisiones políticas. Su obligación es cuidar que sus programas se mantengan vigentes y no sean elegidos por ocurrencias.




Bibliografía

García Canclini, Néstor. Culturas Híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad. Sudamericana. Buenos Aires. 1992.

Martín-Barbero, Jesús. Cultura popular y comunicación de masas.
Culturas populares. En Términos críticos de sociología de la cultura. Buenos Aires, Paidós, 2002.

Lobeto, Claudio: Cultura popular: hacia una redefinición, Instituto Internacional del Desarrollo, Universidad de Buenos Aires, tomado de internet: ucm.es/info

Hall, Stuart. Notas sobre la deconstrucción de “lo popular”. En Historia popular y teoría socialista. Barcelona, Crítica, 1984.

Bowman, James, Cultura Pop, Facetas No. 99, Enero, 1993. USIA Information Service. Tomado del internet: www.mty.itesm.mx

Lara, José: Las culturas populares e indígenas, símbolos de cohesión e identidad nacional, http://www.conaculta.gob.mx/saladeprensa/2004/26feb/cultpops.htm


viernes, 25 de octubre de 2013

Cultura popular


Cualquier idea que se exprese en torno a la cultura popular resulta incompleta, pues las imágenes y experiencias que implican a la cultura popular; los recuerdos, las tradiciones, los placeres nunca obedecen a una sola razón, sino que la cultura popular, cuando se origina, ya está conectada a todos los otros factores que la constituyen. La cultura popular se realiza y evoluciona permanentemente. Si existe una guitarra, un horno de cerámica, una masa de pan, el actor de la cultura popular tiene abierto un camino. Está en permanente evolución, todo esto en consideración de Néstor García Canclini.

La visión de la cultura popular puede ser tan vasta como la vida misma, por eso siempre se nos presenta incompleta y con muchos intereses paralelos. Estudiar puede ser un gran estímulo, pero no es arte, no es cultura popular.  ¿Es el deporte cultura popular? Tal vez el deporte no lo sea, pero su asociación a lo masivo, el juego sí lo es: la invención de las reglas y los campeonatos, sí lo son. La cultura del deporte es necesariamente cultura popular. Y qué decir de la divulgación de la ciencia ¿es cultura popular? Seguramente su sentido lúdico lo es, pero las matemáticas son una ciencia. Stuart Hall dice que hay una cultura popular oficial y otra no oficial, que tiene como base a las experiencias, los placeres, los recuerdos y las tradiciones. ¿Cómo entendemos hoy la cultura popular? Jesús Martín Barbero afirma que la cultura popular ya no designa los objetos culturales del pueblo, sino los que consume la masa. Su estudio, como actividad, no es artístico sino programático, pues la cultura popular no se desarrolla igual en todas sus facetas. Podría decirse,  por ejemplo, y es ampliamente defendible, que la comida es el objeto de cultura popular más avanzado y evolucionado de todos. La comida, como placer social, es el arte de vivir más refinado de todos cuantos conforman la cultura popular. Imaginen todo lo que tenemos por degustar ahí, por crear ahí.

La cultura popular se ocupa de aspectos tan característicos como los recuerdos; cultiva la memoria colectiva y la oralidad. Es, de hecho, su propio registro histórico-anecdótico.

Los artistas plásticos van por un camino individual, con búsquedas y encuentros propios; los músicos por los suyos, los pintores, fotógrafos, bailarines, cocineros con su propia búsqueda cultural, su placer y deleite. La cultura popular es expresada por las artes comunes –muchas espontáneas y perecederas- que se practican comúnmente en la sociedad, más allá del gobierno, como la señora que hace arreglos con migas de pan, Doña María (de Atlixco), con sus hermosos tocados para novia; los bailes sociales, la comida, la bebida y todo aquello que nos produce placeres estéticos como sociedad, manifestaciones artísticas  que son a su vez cívicas, ciudadanas y masivas. La cultura popular está contenida en esos pequeños gustos que nos damos diariamente.



Una buena plática, una buena comida. No es sofisticada porque está hecha para ser popular, de amplio consumo, que se dispara y se vulgariza cuando es tomada por la televisión, pero ¿es la televisión cultura popular? Quisiera pensar que la televisión sólo impone patrones de conducta que devienen cultura popular. Cómo, si no, explicarse los treinta millones de mexicanos que son fanáticos de la música grupera. A mí me parece que en su mayoría son producto de una acción mediática-mercadotécnica. Barbero dice que la cultura popular ya no designa los objetos culturales del pueblo, sino los que consume la masa. Tal vez sea correcto. Con su arquetípica modestia, en una mesa publicada en el sitio de internet www.mty.itesm.mx, los principales estudiosos de la cultura popular estadounidense  discutieron si la cultura popular mundial era en realidad la estadounidense. Y a pesar de que podría ser correcto afirmar a Michael Jackson es cultura popular global, pues en efecto lo consume una masa global, no se puede pretender que la cultura popular en el mundo se explique o se sintetice con esos productos culturales de gran perfil comercial. La cultura popular propia no desparece ante la llegada aplastante de las modas externas. Muchas son las páginas que Canclini ha dedicado a esa metamorfosis, que él explica como hibridación, en el sentido biológico de las plantas: donde se produce algo de la unión de dos especies diferentes, todo lo que es producto de elementos de distinta naturaleza. Es decir, no se amenace tan fácilmente a la cultura popular local, pues aún es posible respirarla.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Valores originarios


En muchos pueblos mexicanos existe una leyenda inducida por los frailes católicos para justificar la denominación de un santo para la comunidad; San Juan, San Pedro, San Martín. En todos los casos el santo se apareció en un paraje cercano y pidió la edificación de una iglesia, que invariablemente le fue concedida con diligencia. Frecuentemente es lo único que queda de pueblos originales en esos lejanos pueblos diseminados en la república mexicana, una digna iglesita que engalana los centros históricos de las comunidades con evidentes elementos indígenas en su arquitectura. Los frailes se salieron con la suya, pero es ahí donde entran los asegunes, pues los pueblos adoptaron con naturalidad la religión católica y la amoldaron a sus propios festejos, que convenientemente coincidían con sus más importantes reverencias antiguas. Daba lo mismo llamar Guadalupe a Tonzntzin para un cuicateco de Santa Cruz Zenzontepec, Oaxaca, cuando sus creencias le permiten adorar y ofrendar además a sus otras deidades como la santa Abuela, el santo padre Dios, la santa madre Tierra, la santa madre Luna; los dioses del Agua, del Viento, de la Lluvia, de la Montaña, las santas Ciénegas y la santa Lumbre o el santo Fuego. Religión superior, la suya, que espera lograr un equilibrio entre la sociedad, “la naturaleza y lo divino-sagrado, intrínsecamente vinculados, donde los puntos de tensión han de garantizar el mantenimiento de la armonía de su universo”. ¿Superior a qué? A la católica, por supuesto.

Esta es una colección (arbitraria, ocurrente) de virtudes religiosas, cosmogónicas y/o medicinales divulgadas por la CDI en su página oficial de internet en algunos de los pueblos originarios mexicanos. Me gustan esos valores de sus creencias libres y misteriosos a la vez, comparto su búsqueda poética e imaginativa ante el vacío de la existencia. Y su elemento pragmático, físicamente curador.

Cosmogonía tzotzil

Entre los tzotziles hay tres tipos de especialistas: el ts'ak bak que cura la carne y el hueso; el 'ilol que se ocupa del tratamiento de la carne y el hueso mediante la curación del espíritu, éste se enfrenta a enfermedades sobrenaturales, enfermedades del espíritu y hechicería, y diagnostica la enfermedad tomando el pulso del paciente. El Me'santo practica rituales mágico-religiosos de la antigua religión maya, relacionados con oráculos y santos parlantes. Las principales enfermedades son el komel ("susto"), il k'op ("los malos deseos"), ch'ulelal ("enfermedad del alma"), bík'ta ch'ulelal ("la gran enfermedad del alma"), chonbil ch'ulelal ("enfermedad del alma causada por su venta").

Para los tzotziles Ch'ujtiat, el señor del Cielo, creó la Tierra, Tumbalá es el yutbal-lum, el ombligo, el lugar donde se formó la Tierra. Después creó los 12 chuntie winik parecidos a los hombres, para cargarla, la Tierra es plana, ellos se cansan de cargarla y cuando quieren cambiar de hombro, la Tierra se mueve y hay temblores.

Ch'ujtiat también creó a los primeros hombres, parecidos a los chuntie winik, pero no inmortales, quienes vivieron y fueron ingratos con Ch'ujtiat, que por eso envió un diluvio para matarlos a todos; cuando cesó la lluvia vio que había algunos chuntie winik vivos y los convirtió en monos, que de tanto miedo se subieron a los árboles. A los niños que habían muerto sin culpa en el diluvio los mandó al cielo como estrellas. Después del cataclismo todo estaba triste y muerto, pero de pronto nació niox pimel, la primera planta, después de la que nació mucha vegetación. Ch'ujtíat se animó a crear a los dos tiomi yem alob, otros primeros hombres y los hizo con cierta inteligencia pero tenían que aprender y usar la experiencia. Ellos crecieron, recorrían la tierra y al llegar a una enorme cueva encontraron piedras en forma de tigres; uno de los niños entró y acarició un pequeño tigre, logrando que viviera; el otro niño, celoso, mató a su hermano, pero el tigre lo volvió a la vida. Una historia natural, viva, que tiene mucho más sentido ontológico –para mí, claro está- que la de Adán y Eva.

Después de un tiempo apareció sobre la tierra Ch'ujnia con su hijo Askun; ambos tenían poderes especiales. Askun tuvo un hermanito, Ijtzin igual que él sin padre. Al ver que el niño tenía mejor pensamiento y mejor corazón que él, le tuvo mucha envidia y quería matarlo, invitó a Ijtzin a comer miel, subió a un árbol y en lugar de darle miel le tiró 12 bolitas de cera, Ijtzin formó 12 tuzas con la cera y éstas comenzaron a comer las raíces del árbol donde estaba Askun, quien cayó en mil pedazos, con los cuales Ijtzin creó a los animales. Chu'jnia se entristeció mucho por la muerte de su hijo hasta que Ijtzin le regaló un gran conejo para consolarla; madre e hijo brincaron juntos al cielo, Ijtzin se hizo sol y Ch'ujnia se volvió luna. Una vez que los hombres conocían ya los frutos y los animales, Ch'ujtiat consideró que había llegado el momento de que conocieran el alimento más sabroso, el ixim, el "maíz".

Entre los tzeltales, los especialistas son el pik k'ab'aI, quien al tomar el pulso determina si la enfermedad se debe a la hechicería, a la pérdida del alma o a otra razón; el 'ul, que alivia los maleficios, descubre el pecado que causó el maleficio, identifica al hechicero y contrarresta la conducta provocadora de la enfermedad; el yawal ch'ultatik es dueño de santos parlantes. Hay especialistas, rezadores de la oración verdadera o b'ats'il ch'ab.
¿No son más convincentes que los sacerdotes pederastas?

Zoques: cuerpo sin alma

En la cosmogonía de los zoques, el sol juega un papel importante ya que es la deidad principal y se asocia directamente con “Dios”. Existen entidades malignas que en todo momento amenazan la vida de los zoques y hay que estar preparado respecto a ellas y saber cómo evitar su ira. Así, por ejemplo, cualquier caída al suelo se interpreta como un intento del "dueño de la tierra" por apoderarse del alma de la persona; o bien, deben protegerse durante el sueño, ya que en este estado el alma del zoque vagabundea libremente, y el espíritu de la noche está al acecho con el fin de "robársela", dejando al cuerpo sin alma. El diablo, aunque es una entidad católica, se asocia con distintos espíritus del mal que encarnan en animales.

Encontramos tres grupos religiosos entre los zoques: los católicos, los adventistas/protestantes y los que se reconocen como "costumbreros". Existe un rechazo y una falta de reconocimiento de unos a otros, lo que propicia conflictos por la obtención de poder.
Es importante señalar que entre los costumbreros, a pesar de no reconocer al sacerdote católico como la máxima autoridad, admiten y celebran a los santos católicos; llevan a cabo fiestas tradicionales, danzas y sacrificios rituales.
Para estas celebraciones existe un complejo sistema de organización cuya jerarquía se basa en la edad de los participantes: los más ancianos ocupan los cargos más importantes y los jóvenes los de auxiliares. Tienen como lugares sagrados, además de las ermitas y las casas de los "cargueros", las cuevas y las montañas del territorio.

Psicología chol

Los choles consideran que la enfermedad es la consecuencia de alguna trasgresión del hombre, de la infracción de una regla impuesta por la sociedad y castigada por las divinidades; también puede ser provocada por un miembro de la comunidad que pide ayuda a los dioses.
La función del curandero chol es la de un amigo, psicólogo, confesor, doctor y reequilibrador: él reúne al enfermo con las personas más cercanas a éste, los interroga minuciosamente sobre sus pensamientos y acciones que pudieron haber provocado la enfermedad; de esta manera restablece la armonía del enfermo en particular y del universo en general. La iniciación de un curandero se puede lograr a través de varias maneras: una fuerte enfermedad, de sueños donde el Señor de lila le da el conocimiento, de haber nacido con nagual o con la iniciación por un sabio de la comunidad. El curandero diagnostica la enfermedad a través del pulso; pulsar en chol es lak'el a ch'ujlel o ital ch'ujlel: sentir el ch'ujlel.
Las enfermedades más comunes se relacionan con la tierra, con los dioses del inframundo, con las divinidades celestes, con los xibaj que se quedaron fuera de la cueva y con los hombres que ya tienen un pacto con los xibaj; los choles piden ayuda a Ch'ujtiat para sanarse.
Los curanderos, yerberos y parteras son retribuidos en especie, no como un pago sino como regalo. Al final de la curación se les ofrece una comida.

Es una pena no tener a la mano un médico chol para el tratamiento de mis múltiples males, pues no dudaría ni un segundo sustituir a mi médico de cabecera por uno de estos médicos choles para mostrarles, íntegra, mi ch'ujlel.

Dice el brillante filósofo español Fernando Savater que “vivir es una función biológica y una experiencia simbólica”. El problema empieza cuando la ciencia y la poesía tratan de sustituirse mutuamente, suprimiendo a su contraria. Para Savater la poesía que se toma científicamente en serio a sí misma y pretende tener una explicación del cosmos mejor que la ofrecida por el método científico es lo que suele llamarse “religión”. Y la virtud de estas creencias pertenecientes a la cosmogonía de los mexicanos originarios es su carácter poético a la vez que juguetón, natural y falible.


Referencia: http://cdi.gob.mx