jueves, 18 de agosto de 2016

De lo perdido lo que aparezca

A su agraciado conocimiento sobre las pulquerías y la mitológica bebida de los mesoamericanos, don Juan López Cervantes pasó en su relato al activismo urbano desde una organización que ayudó a fundar llamada la Unión de Barrios. Una preocupación de vecinos que remonta la historia, la política, el arte y la arquitectura. Acababa el gobierno de Manuel Bartlett al estado de Puebla y comenzaba el de Mario Marín; también terminaba un siglo, el de la transformación de esta ciudad cuatro veces centenaria.


Centro de Convenciones de Puebla

Las pulquerías tenían vitrales, emplomados, pero hasta eso se ha estado perdiendo. Ahora todo eso ya se perdió con la modernidad, todo recto, todo cuadrado, como cajón y sin ninguna gracia, ningún arte, eso ya se perdió. Eso fue una pérdida para nuestro pueblo porque, los pueblos indígenas… nada tengo contra los españoles, porque después de todo somos una fusión de las dos razas y todos cooperamos con nuestras respectivas cosas y enriquecieron una cultura que no existía en España. Por eso Puebla es tan extraordinaria. No es española, y los que dicen que es española, mienten. No es española, nuestra ciudad es especial, es mestiza, donde se fusionan las dos culturas. Y eso lo vemos hasta en las iglesias, donde vemos angelitos con facciones indígenas y eso forma parte de la gente que vivió acá.  Ahora se ha venido sabiendo que Puebla no era un terreno baldío, como nos enseñaron. Hubo aquí asentamientos que dejaron cultura. Y claro, una cultura hasta cierto punto inferior porque los españoles trajeron el uso de la pólvora, el fierro, la rueda, que nosotros no conocíamos. De eso sí estoy consciente que vino de allende de los mares, pero también nosotros  pusimos nuestro granito de arena para ser lo que ahora somos. Yo, verdaderamente, ahora que ya soy viejo, siento tristeza cuando veo que están derrumbando una casa. Como ahorita allá en Analco donde están, según ellos, remodelando casas. Están tirando lo de adentro y nomás el puro cascarón están dejando afuera. Verdaderamente, no sé, yo entiendo que las gentes que cuidan de nuestro acervo cultural, monumental, pues otorgan con muchas facilidades las licencias para que se hagan las obras. Antiguamente había un señor Castro, que era del INAH, y para el que quisiera abrir una ventanita o abrir más ancha una puerta de una casa antigua, tenía que llevar un bosquejo, un dibujo donde constara lo que iba  a hacer, la fisionomía, el entorno de lo que iban a hacer; ahora, nomás vea usted, ahorita precisamente hay una casa muy bonita en la calle del Callejón del Muerto, ahí en la 12 Sur, esa casa es histórica porque es del siglo XVII, hay una urna con una cruz de piedra. Ahí tiene el letrero del INAH, pero por lo menos, lo que debían hacer es decirle al barrio: “saben qué, van a remodelar esto, le van a hacer esto y aquello”, pero sólo ellos saben. Y eso, pues, no se vale. Pierde el sentido todo. La  mancha urbana se está comiendo a lo que es monumental.

Soy presidente de la Unión de Barrios. Nomás que, mire usted. Tiene uno que ser honesto. Nuestra organización fue contestataria, era de mucho empuje porque se prestaban las circunstancias, cuando fue lo del Megaproyecto. Ahora las estrategias ya cambiaron, ahora tenemos que dedicarnos más al fondo, de ir cuidado lo poco que nos queda, y entonces ahí es donde nosotros enfocamos nuestros esfuerzos.


Por ejemplo, en Analco tenemos un horno moderno, bueno, entre comillas, no es tecnología de punta, pero ya no es de leña, o tenemos de los dos: de gas y de leña. Ahora estamos comenzando a trabajar barnices que no contengan greta, o sea plomo, porque usted sabe que uno de los motivos por el que las puertas de Estados Unidos se cerraron a la alfarería de México, fue precisamente el plomo que contenía el decorado de las cazuelas, de las vasijas, de las ollas. Si por eso fuera ya tendríamos cáncer todos los mexicanos. ¡Toda la vida! Cuando destruyeron ahí en el Estanque de los Pescaditos y sacaron los hornos, encontraron muchos cacharros que tenían decoraciones de plomo, y son del siglo antepasado. Pero bueno, como los gringos están hechos de azúcar, no pueden comer con eso porque les da cáncer. Entonces nosotros tenemos que ir viendo y adaptando poco a poco a las circunstancias. Imagine que es una industria que tiene cientos de años en la calle de Carrillo en (el barrio de) la Luz, que fue el centro alfarero más grande del país. Inclusive  se exportaban a Manila los jarros y las cazuelas que se hacían allí. Todo eso se está perdiendo. Pero nosotros, queriendo preservar eso, queremos adaptarnos al medio. Por eso estamos y trabajando en lograr una alfarería que no tenga plomo. Afortunadamente ya en México se produce un barniz transparente, con mucha calidad, que aguanta la cocción y que no contiene plomo. Hay algunas instituciones universitarias que están trabajando muy fuerte en ese aspecto, una de ellas es la UAM Xochimilco, la Metropolitana en México y también la de Azcapotzalco, están trabajando en sus laboratorios y se está logrando algo.

Después de cinco años que vamos a cumplir trabajando en el horno, pues ya le encontramos sus mañas, como decimos entre nosotros. Ya sabemos qué es bueno para el horno y qué no es bueno. Ahora sí puedo decir con toda certeza que se puede hacer en un día lo que antes llevaba ocho días. Y lo que dijeron los que nos hicieron el horno, de que podíamos quemar hasta tres veces al día, pues, sí, se puede quemar pero no descargar. El día que lo intentamos nos tronó nomás con el puro aire la loza, porque como sube hasta al rojo vivo, como si fuera metal, de pone rojo el barro, porque sube un poco más arriba de los 700 grados de calor, sí tiene su chistecito, pero nosotros hemos tenido que ir encontrándole. Gracias a Dios, podemos decir que está funcionando el horno.

Nosotros no y tenemos patrón. A nosotros nos habló Segusino. Dijimos ¿por qué no? Nos invitó a sus naves que tiene allá en Chipilo y sí, nos daba material, los barros, porque son unos barros especiales (ora sí que “no cualquier barro hace jarro” ¿no?), nos proporcionaba herramientas, nos proporcionaba hornos, nos daba diseños –según él, modernos, de los que se han fusilado donde quiera. Es la verdad, yo no creo que me vayan a demandar por eso- y hasta dinero para que nosotros nos pudiéramos movilizar. El problema era que nos iba a comprar toda la producción que nosotros hiciéramos, pero él era quien iba a determinar los precios. Ahí fue donde a nosotros no nos convino. Porque si yo hago, por ejemplo, un jarro, ahí digo que este jarro vale un peso. El material que le metí, el tiempo que se llevó y mi habilidad manual. Y ese señor, con gentes que no estaban tan avezadas, porque tenía muchos alfareros y muchos carpinteros, muchos artesanos a quienes estaba explotando, pero eso ya no siguió, ahora está de jefe de Economía, Zaraín. Entonces yo le dije: “sabe qué, usted lo que quiere es tener mano calificada sin que le cueste, sin ninguna ventaja, ni seguro social ni nada.”

Ahora nosotros producimos en cantidad piezas de barro negro, que no es barro, sino barniz horneado, como candeleros y sahumerios. Hay un mercado, el Sonora, que es donde están los mayoristas y es ahí donde nos compran nuestra producción, porque ya al “centaveo”, como decimos nosotros, ya no conviene. Claro, también hacemos ollas, hacemos jarros, hacemos vasijas de ese tipo, pero esas vasijas... pues sí convienen y no convienen ¿por qué? Porque no como quiera salen. La mayoría compra plástico o peltre o cosas de esas. Y por ejemplo, una campana vale setecientos, ochocientos pesos, ya no como quiera los sueltan, esas son cantidades grandes. Y nosotros tenemos que comer todos los días. Entonces nuestra loza le sale barata.

Ahora nosotros en Analco estamos tratando de hacer piezas exclusivas: jarrones, floreros, maceteros con cierta calidad artesanal, para que una pieza que nos cuesta cinco pesos la podamos vender a cien o doscientos pesos. Y ahí nos conviene a nosotros, menos y trabajo, menos material y es ahí donde se motiva la inventiva de cada uno. Sin falsa modestia yo ya soy viejo, estoy pensionado por una fábrica, entonces yo soy gente de pocos gastos, con que tenga para comer, para vestir, aunque sea modestamente, es lo que necesito. No sigo que me alcance con eso, tenemos nuestras busquitas, nuestras ayuditas, pero nos las vamos pasando.

Lo que yo he querido siempre es incentivas a los jóvenes. Que aprendan. Allá en mi barrio donde son medio bravos, los muchachos son muy creativos, hacen calaveras, hacen figura y media. Yo les dejo manos libres. Y lo que hacen, que se lo lleven, que sepan lo que pueden hacer ellos con sus manos. Claro que para eso se necesitaba un capital para organizarlo bien. Nosotros, como tuvimos que pagar ese apoyo que se nos dio, pues apenas estamos saliendo. Los que estamos trabajando ganamos algo, pagamos renta, pagamos luz y todos nuestros gastos, y de ahí ha tenido que salir. Afortunadamente ya nomás debemos tres mil pesos. 


Ese es nuestro trabajo en la Unión de Barrios, tratar de conservar nuestras tradiciones. Teníamos un proyecto hermoso, pero bueno, donde intervienen los políticos ya se sabe que lo echan a perder. Se trataba de una escuela de artesanía donde se iba impartir conocimiento por auténticos maestros artesanos, clases de vidrio para vitrales, emplomado, gente que trabaja la madera, ahorita en Analco hay un “boom” de muebles rústicos, a donde yo me he metido a aconsejarles una cosa: que le den calidad. Aunque sean rústicos, que le den calidad, que los espiguen, que los trabajen para durar, no sólo para vender, sobre todo que la madera no sea de la corriente. Los hornos de pan. Analco, allá en sus tiempos, se llamó la universidad de los panaderos. De Analco salió la famosa cemita poblana, de allí salieron los borrachitos, que se llaman, envinados; de allí salieron lo que ya se está perdiendo: los pambazos, los cocoles, los colorados, los raspabuches, que se hace con salvado y piloncillo; eso se come con arroz con leche y es la cosa más exquisita, es un manjar que se ha perdido y las nuevas generaciones no lo conocen. Todavía hay algunos hornos donde se trabaja ese tipo de pan al estilo antiguo. Entonces eso forma parte de nuestro trabajo como Unión de Barrios.

La Unión de Barrios nació para la preservación de nuestras raíces. Entonces a mí no se me quita la idea de que ese proyecto de la escuela es algo que todavía lo podemos hacer, sería autosustentable. Porque, por ejemplo, tenemos gente que vaya a aprender a hacer las cemitas o cualquier tipo de panes, pues ahí mismo se puede vender. Esa es la idea. Lo hermoso de este proyecto es que pensamos que sea autosustentable. Tenemos a los maestros que están más que dispuestos a ir a dar clases. “Cómo no –dicen-, nosotros vamos ahí a enseñar a la gente cómo se trabaja el  vidrio, cómo se graba, cómo se bisela...” Obras de arte, obras de arte todavía salen de Analco en cuestión de  vidrio. Teníamos a don Mariano López que por desgracia ya falleció. Ese señor hizo unos altares nomás para Jerusalén, nomás. En Jerusalén hay un altar para la virgen de Guadalupe que lo hicieron acá y lo fueron a armar allá.  ¿Usted cree que no sienta yo orgullo? Yo no soy poblano, yo nací en el estado de Hidalgo, nomás que me trajeron muy pequeño, crecí, me hice adolescente, hombre y ahora ya me van a enterrar aquí en mi Puebla, porque soy poblano, me volví poblano. Y yo creo que quiero a Puebla como si fuera mi tierra. Por eso me enojo mucho cuando la destruyen, cuando la ningunean. Siento que aquí en Puebla, en vez de andar trayendo ahí tantos proyectos “maravillosos”, que dejaron Analco como si ahí hubiera sido la guerra de Kosovo, puras casonas deshabitadas, llenas de alimañas. Ahorita, con ese señor Marín, que le dieron una lana para recuperar los barrios, lo que hizo fue dale una manita de gato, la mandó pintar, mandó tapiar donde estaban los zahuanes derruidos, pero por dentro sigue igual. Y nos hacen falta, yo estoy oyendo que hacen falta lugares para estacionamiento, pues en esas casas puede haber, hay espacios cerca de... del cómo se llama, de ese cajón que hicieron... el de Convenciones, que de veras. Yo conceptué que ese señor Bartlett era muy capaz, muy bueno, porque había sido secretario de gobernación aunque se le cayó su sistema, pero bueno, fueron gajes del oficio; después fue secretario de educación ¡a nivel nacional! Dije, no, pues si va a venir de gobernador, Puebla se va a ir pa´arriba Y qué le dio. Le dio en la torre, la destruyó. Todos los barrios los destruyó completamente: talleres, viviendas, fábricas. Y él con su proyecto nos vino a destruir. ¿Y qué nos dio a cambio? Un cajón volteado al revés sin ninguna gracia, ningún arte, ninguna nada. Lo único fue un poquito de talavera para que no dijeran que no había talavera en Puebla. Él, que tuvo oportunidad de andar en muchos lugares del mundo, que es una persona cultivada, hubiera escogido lo mejor. No es que no lo quiera, pero cómo lo voy a querer si vino a destruir nuestra ciudad.


Va a llegar el momento en que Puebla ni va a ser poblana ni va a ser remedo de ninguna cosa, ni siquiera de los Estados Unidos. Yo no sé. ¿No es un desperdicio?, ¿no es para indignarse?, ¿no es para morirse de coraje? Y nuestras gentes... pues, todos se echaron a correr, los hornos ya no existen, los pocos necios que quieren vivirlo aquí siguen, porque todavía hay algunas gentes como yo, pero la mayoría se fue a las Infonavits, a Fuentes de San Sebastián, a Bosques de San Bartolo, a Agua Santa. En todas partes hay gentes. Y lo curioso es que, cada vez que hay fiesta en Analco, bajan todos a “su barrio”, a la fiesta. Eso es lo que queremos conservar en la Unión de Barrios, los pocos que hemos quedado. México necesita que trabajemos, que produzcamos, que de lo que se haya perdido, hay que irse para atrás y que comencemos, porque si no cuándo, vamos seguir miserables. Eso es lo que a mí me mueve. Yo tengo hijos, tengo unos diez hijos y me dicen: “jefe, para qué le haces, déjalo, nosotros ya tenemos de qué vivir, somos trabajadores, para qué te afanas, te cansas, no recibes un quinto, no duermes y todo de gorrita café. Hasta que un día te vayan a dar una golpiza. Ya deja eso.”  Respondo: el día que yo deje de ser lo que soy, mejor ya échenme la tierra encima. Yo nací así, tengo 75 años y así pienso morir. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Pulques poblanos



Juan López Cervantes tenía 75 años cuando le realicé esta entrevista; vecino de la ciudad de Puebla, con más de cincuenta años de vivir en el barrio de Analco, un barrio de los más tradicionales de aquí de la ciudad de Puebla, me absorbió con su plática desde las primeras palabras, que en el tema de las pulquerías inevitablemente me recordaron los relatos de Guillermo Prieto de aquellas pulquerías desplazadas a los suburbios de la ciudad de México con nombres singulares como Las Cañitas, La Pelos, Don Toribio, Celaya entre otros tugurios para “gustos fuertes”. Así en Puebla, en recuerdos de don Juan, cuando la gente solía reunirse después de sus agotadoras jornadas a tomar el tradicional elíxir mesoamericano “una cosa barata que era lo más extendido, porque no había tantos productos de otra índole para alegrarnos”.


Los de abajo

Yo voy a referirme a dos cosas, primero, Puebla allá por los años veinte, treinta, cuarenta era una ciudad industrial, pero a la vez agrícola porque había muchas zonas agrícolas alrededor de la ciudad. Entonces los que consumían el pulque eran los trabajadores, concretamente del los ferrocarriles y las fábricas que había muchas, era una cosa hermosa. Amanecer los  días era un concierto de silbatos de las fábricas llamando  a sus trabajadores, cosas que desgraciadamente Puebla dejó perder, después de ser una ciudad tan industrial, textil, la primera en la república mexicana, porque aquí nació la industria textil con don Esteban de Antuñano, entonces Puebla era eminentemente textil, o sea que la economía y la fuerza de trabajo se hallaba en las fábricas textiles y en los transportes como los ferrocarriles. Así eran los ferrocarriles de importantes, era terminal, había casa redonda, había ferrocarril interoceánico, ferrocarril mexicano, el mexicano del sur, donde convergían las diferentes rutas para Veracruz, para Oaxaca, para diferentes partes de la república.  Esto viene a cuento porque las gentes que trabajan en esos centros, era gente trabajadora que no tenía mucho para gastar y que se alegraba, entre comillas, en el pulque. Por eso quiero referirme alas pulquerías como punto de reunión, eran unos establecimientos que consumían  del mejor pulque que venían del estado de Tlaxcala, de Puebla inclusive de Hidalgo.


Las pulcatas

Para hacer una especie de cronología –o no sé cómo se le llamaría-, alrededor de las estaciones había muchas pulquerías, lo que a mi me llamó siempre la atención, desde chamaco, fueron los nombres que tenían esos establecimientos. Era por ejemplo, allá en la 11 y la 10, había una pulquería que se llamaba La Sangre manda, había la Rielera, había el pueblo feliz, en la 9 norte y 8 poniente; había la estaba la Traviesa, en la 9 norte y 6 poniente; estaba Juega el gallo, en la 5 norte; por ahí estaba el Farolito, lo que después fue el Farolazo, pero primero fue el Farolito, que estaba enfrente de la plaza de la Victoria; la mera penca, que después se llamó la Gran Penca y se pasó para allá entre la 8 y la 6; estaba la Gloria, que era una pequeña pulquería que después, al agrandarse, se llamó a Gloriosa, y así podría yo seguir enumerando cantidad de pulquerías en donde se reunía la gente, la más trabajadora y donde se juntaban los mecapaleros. Los mecapaleros eran las personas que se dedicaban a cargar los bultos, las canastas en los centros de abasto, como era la Victoria, que era el polo económico en cuestión de verduras y productos del campo. Entonces estaba ahí La Dama de las Camelias, estaba La raza, estaba El Popo, El Coco, La Chiquita, Los sueños de Baco, Voy con fuerza que es de las pocas pulquerías que existen, está en la 14 y la 5Norte, ahí todavía existe la pulquería. Estaba Acapulco, Rincón Brujo en el barrio del Refugio, después viene El Sabrosón, Ahí está el detalle, yendo  a San Alfonso, sobre la 18 Poniente y 9 Norte.


El respetable

Entonces, esas pulquerías se nutrían de la gente de los mercados, de los obreros que había alrededor de esos rumbos, porque ahí había muchas fábricas textiles como La Tatiana, La Leonesa, Angélica, La Moderna, muchas fábricas textiles que daban mucho trabajo a mucha gente y por eso ahí se reunían las gentes a descansar un rato y, claro, como siempre, había quien se excedía, pero entonces no había “win”, no había alcoholes de otro tipo mas que había pulque. Sí había una cosas que se llamaba el caliente, había una vinatería que se llamaba la industria, y ahí vendían un alcohol al que revolvían una piedra llamada alumbre, y eso hacía que la persona que lo con sumía se le hincharan sus pies. por eso entre la gente pobre de nosotros le llamábamos a esa cantina vinatería, le llamábamos el cementerio de los elefantes. Esa estaba en la 16 poniente y 5 norte. Apenas hace poco tiempo la acaban de quitar, todavía existía. Había otra que se llamaba la Cámara de Gases. Esos eran los nombrecitos folclóricos que salían del pueblo, no salían de nadie más, y aparte de que ahí se juntaban los dirigentes y los líderes de aquel tiempo, porque debo de enterar que los principales introductores de pulque son gente connotadas que ahora ya son millonarios, uno de ellos fue Luis Flores, otro señor fue Reyes Huerta, ahí comenzó a hacer sus dineros. Ellos fueron trabajadores de una introductora mayor que se llamaba La Ñora, tenía su encierro en la 34 poniente y 9 norte. Fueron sus jicareros y ayudantes en el transporte y en el manejo del pulque y después se volvieron ellos distribuidores. Luis Flores fue después dueño de una cantidad de terrenos enorme, ahí donde ahora es Abastos, el Rancho del Conde era de Luis Flores. Y se hizo multimillonario. Y qué decir de Reyes Huerta, que gracias al pulque hizo su fortuna y de ahí...


Calidades

También en los pulques había clases, había pulque pulque, pulque fino, que era de maguey manso, que era un magueizote grandotote, era el mejor pulque, se decía que le faltaba un grado para ser carne, nomás le faltaba el hueso, y luego había pulques corrientes que eran de maguey corriente, que esos por lo regular se daban aquí alrededor de la ciudad. Lo que diferenciaban a unos con otros, era que el pulque bueno, el bueno-bueno, no hacía mal al estómago, era una cosa buena; en cambio el otro que le decían choco, entre los peladitos le decíamos el Choco, ese pulque era de maguey corriente y hacía muchas veces daño al estómago, le soltaba a uno el estómago.  Por eso en las pulquerías decía: pulques finos de Nanacamilpa, o pulques finos de Apan, de Atayangas, que eran los pulques muy finos, los de Tlaxcala, pulques de maguey manso, un maguey que hasta se veía azul. Y los introductores, como siempre, revolvían uno con otro para que no sintiera uno feo, pero en eso se diferenciaban los pulques.


Los curados

Los pulques curados es como el aderezo que se le pone a la comida o como cuando una mujer se pone guapa para verse bien. Así pasa con el pulque, para que les sepa a los paladares exquisitos que no les gustaba el sabor del pulque, pues lo curaban. Había de mango, de huevo, de arroz, de camote, de piña, de tuna, el más famoso,  era un pulque muy famoso que se tomaba casi excepcionalmente en la fiesta de Corpus el pulque de tuna. En su confección se usaba almíbar de tuna, y tenía sus compuestos, algunos le echaban piñón o le echaban cacahuate, rebanadas de plátano macho, entonces eso era el pulque curado de tuna, había de apio. Esos son los que se llaman curados. Después, ya con la degradación de los pulques, había unos que se llamaban curados pero no eran curados, eran licuados, porque licuados? Bueno, yo hablo porque yo los tomé, yo los consumí. El curado nomás lo metían a la licuadora la fruta, le echaban el pulque, le ponían azúcar, los menjurjes que nunca les faltan y fermentaba el pulque. Por eso dolía la cabeza con ese pulque, como llevaba azúcar, más el azúcar de la fruta, pues siempre se subía más y hacía más daño. Pero esos eran licuados. Pero el verdadero pulque curado era otra técnica. Había fruta que se maceraba, se exprimía y se colaba, y se le echaba también sus menjurjes, algunos llevaban leche, como el de piñón. Eran pulques que eran muy pesados para la digestión, porque llevaban cosas de mucho peso alimenticio. Esos eran los curados. Así que aquí hacemos la aclaración: uno es curado y el otro es licuado.


Mitos del pulque

El famoso muñequito. Al pulque, para acelerar su proceso de fermentación, le echaban babilla de nopal, del corazón del nopal o de la misma penca para que fermentara. Y de ahí vino el mito de que le echaban una muñeca de excremento, que le echaban un calcetín calcetero, no. Lo que pasa es eso, aceleraban la fermentación del pulque, porque mientras no fermenta el pulque le hace a usted daño, es como si tomara usted aguamiel, y eso los conocedores lo sabían luego luego: este pulque está delgado.” “Este está bautizado”, y cosas así, pero no es que haya habido muñequitos. Claro que tampoco eran muy limpios, que digamos. Así como venía, con las manos  como las traían: no era muy limpio, nunca fue limpio, para qué vamos a hablar de lo que no es. Vamos a hablar lo que es sincero. Pero todo mundo lo tomaba así, claro que si se pasaba uno le hacía daño. Inclusive llegaba el caso de algunos facultativos, algunos médicos, a recetarles a las señoras que estaban en estado de embarazo que se tomaran su pulque, o a las que estaban lactando, que se tomaran pulque para que los niños tuvieran suficiente alimento. Ese puede ser otro mito.


Los edificios

Había pulquerías en el centro donde se juntaba gente demás recursos, pero la gente verdaderamente pudiente mandaba a sus criados a traer el pulque, tomaban pero no les gustaba juntarse con la raza. Entre esas pulquerías estaban El Gran Salón, teníamos la Jiralda, pulquerías que era todo un espectáculo ver sus locales, con grandes lunas venecianas, auténticas venecianas, con pinturas no murales, porque eran pinturas  de aceite, pero los señores que pintaban las pulquerías eran verdaderos artistas, ignorados. Yo recuerdo de entre esos murales había uno con la leyenda del Popocatépetl, con el Ixtlachíhuatl convertido en mujer, y un hombre que era el Popocatépetl, llorando supuestamente. Y estaba en la calle. Otro de los que me acuerdo, en alguna de las pulquerías, creo que en El Detalle y la India Bonita, había réplicas de algunas pinturas de Arrieta. Una de ellas, se trata de que en una mesa están jugando el Rentoy, descalzos, y por debajo de la mesa le está pasando unas cartas al compañero, con los dedos de los pies. Ese cuadro es real, lo hizo uno de los pintores más famosos de la ciudad de Puebla, de Arrieta. La réplica era con pintura de aceite pero muy bien combinado.


El Rentoy un juego de cartas que se jugaba con la baraja española que era común entre la gente pobre –por decirlo de alguna manera-, donde cada carta tenía una seña. El que jugaba Rentoy debía de tener una facilidad mental y una vista de lince, porque sacaba tantitito la punta de la lengua, y el compañero, porque se jugaba por pareja, debía entenderla señal de que tenía un juego grande que se llamaba borrego; luego venía el Pablo, La Malilla, tenía sus diferentes denominaciones y todo a base de señas que el compañero le transmitía al otro compañero para saber qué cartas tenía para poder conformar el juego. Por eso los otros, los rivales, estaban agusados a ver qué señas hacían. Eso era lo interesante de ese juego. Estaba el rey, nomás hacía uno las cejas para arriba y significaba que tenía corona, “tengo el rey”, la jota movían el hombro, en otro movían la nariz. Por eso era simpático ese juego, era muy bonito y se pasaba el tiempo así, ingiriendo pulque. Ese juego se jugaba casi en todas las pulquerías.

viernes, 5 de agosto de 2016

Revivir


A partir de hoy vas a encontrar las entrevistas que hice a un grupo de ancianos poblanos. Algunos nacieron fuera de Puebla, pero ahora tienen más de medio siglo entre nosotros y son poblanos. Quiero manifestar mi más grande aprecio por su participación, su elocuencia y valentía al revivir historias algo dejadas en el pasado.

No se pretende aquí exponer “vidas” en términos de biografías, sino de un atisbo arbitrario a la memoria de estos hombres y mujeres que momentáneamente accedieron a hablar de sí mismos y desenterrar historias familiares a veces ya irrecuperables.

En esta colección encontrarás una muestra muy representativa de los ancianos y ancianas poblanas, los mismos que ya no vemos fácilmente en el peligroso centro histórico, pues sólo hay semáforos para automóviles y los seres humanos han de pasar la calle como puedan. Y últimamente hasta balazos. Pero los ancianos son los olvidados de hoy, marginados de planes oficiales y particulares, ignorados por propios y extraños que atendieron mi solicitud con el escepticismo propio de los habitantes de un país que no piensa en ellos, que no los atiende, que ni siquiera los recuerda. Sin embargo verán una colección sui generis de personajes que tienen más de una razón para seguir viviendo. 

Tenemos aquí al hombre que construyó colonias desde el analfabetismo, al rey que pierde un edén falsamente heredado, al impaciente estudioso, el pulquero, la aristócrata, el alfarero; licenciados y choferes; la niña zapatista, el caballo que llora, la exiliada española decepcionada, la dama del baile y el maquinista de ferrocarril. Todos ellos viven juvenilmente a la ciudad de Puebla entre los años 1920 y 1940. Aquella ciudad tan parecida e incluso idéntica a la actual, y a la vez tan distinta. Entrevisté a un hombre que lleva 60 años atendiendo su taller eléctrico automotriz en el mismo lugar de la 7 Sur; otro que fue acarreado de aquel PRI ruizcortinista en los años cincuenta; una dama que nos habla de las monjas de principios del siglo; otra que conoció a un santo verdadero. Historias para reír y enternecerse, que servirán para fundar una preocupación de muchos y la acción de nadie.


Es propósito de este proyecto de tradición oral estimular a los jóvenes antropólogos a penetrar en la técnica de la entrevista y formalizar, entonces sí, un archivo de la memoria oral poblana que tanta falta hace. Si el INEGI en su frialdad estadística nos dice que mueren 17 ancianos en el estado cada día, esas voces, de tan apreciables irrecuperables, pueden, con un pequeño esfuerzo, ser preservadas y aprovechadas. 

jueves, 28 de julio de 2016

Historias poblanas



En las siguientes entradas de este blog te invito a disfrutar de una colección de historias orales reunidas en un libro irrecuperable que publicó el Consejo del Centro Histórico de Roberto Herrerías en el año 2003, cuando entrevisté a este grupo de ancianitos poblanos de los que la mayoría ya han pasado a mejor vida.

El objetivo de esta recuperación mediante la técnica de la Tradición Oral es recobrar en lo posible la mayor cantidad de historias antiguas de esta ciudad. La Puebla de los años veinte, treinta, cuarenta y cincuenta que las nuevas generaciones no sólo desconocen, ni siquiera imaginan. Una ciudad sin demasiados conflictos, con clases sociales tal vez más definidas pero menos voraces que las que vemos hoy, ecuánimes con una situación histórica que les perteneció y que ya no existe. Sin embargo, la ciudad está ahí, es la misma.


Una inspiración inamovible en esta idea es el concepto de Microhistoria, recogido de su propio autor, el historiador michoacano Luis González y González, cuando en una conferencia nos invitó a cultivar la visión microhistórica. Es una historia particular y detallada, pero oblicua; una historia pequeña, analógica, que puede pertenecer lo mismo a una ciudad, que a un pueblo, una ranchería, una colonia, una familia o simplemente a una persona. Es la memoria oral, la historia de los ancianos que recuerdan, registrada con sus propias riquezas y limitaciones. La gran cualidad de la memoria oral es la versión de primera mano, su defecto: la subjetividad, bien separada de la ciencia histórica, que resulta de la mirada individual.

El historiador Luis González y González afirma que hay que tener en cuenta que los grandes personajes de la historia dejan muchas huellas tras de sí. En cambio, la gente rasa, materia de su microhistoria (esa región “localizada en un pequeño punto de la Gran Historia de un pueblo”) deja pocos testimonios escritos de su existencia terrenal. Por ello resulta indispensable la recopilación de testimonios de la gente común, de los hombres y las mujeres del pueblo. Es aquí donde cobra relevancia la recuperación de la memoria histórica.

Según Philippe Joutard, autor del libro “Esas voces que nos llegan del pasado”, el uso del testimonio oral para su incorporación a la historia escrita se inicia con los pioneros griegos de la historia: Herodoto y Tucídides, hacia el siglo V ac. Joutard, al igual que Lois Starr y Paul Thompson, entre otros estudiosos de la Tradición Oral, hacen un seguimiento minucioso de las fuentes de la historia escrita para constatar el uso continuo y sistemático de la oralidad a lo largo de todo el trayecto de la cronología occidental. Polibio, el historiador de las guerras púnicas, critica a aquellos que se conforman con sólo estudiar las fuentes escritas. Tito Libio, básicamente entrevista personajes para su historia del Imperio Romano, que abarca cinco siglos. No obstante, dice Joutard, las primeras recolecciones de archivos orales, en el sentido estricto del término, las encontramos más bien del lado de una minoría perseguida que debe defender su existencia. Piénsese, por ejemplo, en los informantes indios de fray Bernardino de Sahagún, los judíos de diversas épocas o los protestantes franceses en la guerra de los camisardos; los frailes jesuitas, los comanches, esquimales, araucanos... La Tradición Oral que, en palabras de don Luis González: “humaniza la Historia”.

Los ancianos en México viven mal en una inmensa mayoría. Carecen de servicios gubernamentales que harían más confortables sus vidas, además de que la propia sociedad les procura poco interés económico o cultural, a diferencia de los países desarrollados. No hay centros nocturnos, clubes o medios de comunicación dirigidos a la Tercera Edad; las pensiones son raquíticas y en muchos casos las propias familias los someten a un estado marginal marcado por la indiferencia. Sin embargo, el objetivo de esta idea de recuperación no es convertirlo en un programa de denuncia, de desahogo ante las injusticias evidentes en las que viven los ancianos de México, que carecen de casi todo.



Más bien, la microhistoria planteada como testimonio retoma los orígenes culturales de esta disciplina y le da a estas memorias un enfoque eminentemente antropológico: la narración de época, del barrio, la colonia, la ciudad; los recuerdos cautivos que decenas de ancianos tienen sobre la cotidianidad poblana de hace cincuenta años. Lo que no quita que, en sus propias palabras, estos ancianos aprovechen el foro para expresar sus inconformidades y emitir sus ideas para consuelo de todos.

Me complace, pues, ofrecer en los siguientes entradas a los lectores poblanos esta colección de historias que a todos pueden llegar a interesar; el lenguaje coloquial de esta región a través de las épocas, y la explicable sabiduría contenida en los discursos de los viejos que son, en última instancia, un asunto que nos atañe a todos.


miércoles, 20 de julio de 2016

Los trajes femeninos tradicionales de Puebla


Nahuas de Cuetzalan, Puebla

Los domingos por la mañana la plaza de Cuetzalan, desierta entre semana se llena de puestos y ruido. Bajo la torre del reloj, a la sombra de las palmeras, en las anchas escalinatas, se sientas las mujeres nahuas, que vienen al mercado a vender verduras, guajolote, fruta y cal para las tortillas.

Las mujeres llevan una blusa de escote cuadrado, con bordados al pasado rojos, azules o negros alrededor del cuello y de las mangas. Las mujeres llevan enredo, hecho con dos lienzos, que llega al tobillo; lo pliegan en un solo tablón atrás, del ancho de las caderas y en cuatro tablas más pequeñas que se encuentran enfrente, usan enredos que sujetan en la cintura por medio de un cinturón de lana roja con dibujos geométricos. Usan un huipil de encaje, adornado con una cucarda de listón azul o morado igual al listón que bordea el escote. Las mujeres de Cuetzalan utilizan un enorme tocado que en días de fiesta alcanza 50 cm. de alto, hecho con estambres de lana verde y morado que enrollan en el pelo y anudan en lo alto. Las madres cargan al niño de dos maneras: envuelto en un lienzo de algodón o acostado dentro de una canasta de red, colgada en la espalda que se usa en toda la Sierra de Puebla.

El hombre usa un cotón de lana negra con pequeñísimas mangas donde nunca meten el brazo. Visten camisa suelta de manta blanca, sobre un calzón de la misma tela fajado a las caderas y amarrado debajo de las rodillas, lo sostiene un ceñidor blanco terminado en fleco. Bajo el ceñidor lleva una bolsa de tela para el dinero, usan sombreros de alas anchas y planas con copa semiesférica más pequeña que la cabeza lo que lo mantiene horizontal, detenido con una cinta de lana negra, huaraches llamados de pico de gallo en los que una sola correa se enreda alrededor del pie y del tobillo y se amarra con un nudo, además del imprescindible machete en su forro de cuero.

Nahuas de Hueyapan, Puebla

Las mujeres del pueblo usan todavía prendas hechas por ellas mismas. Entrando a sus patios se les puede encontrar arrodilladas frente al telar, tejiendo faldas o ceñidores, o sentadas en un petate bordando los rebozos; de la jícara que tienen a su lado asoman los estambres de vivos colores.

Hay dos clases de faldas: una, de lana negra, de 3.50 metros de ancho tiene cerca de la pretina en la que está montada, un corte de 20 centímetros de manta blanca. Algunas en la parte inferior están bordadas con guirnaldas de flores en punto al pesado, de estilo moderno. La orilla está ribeteada con una cinta de lana verde o roja, cosida en la tela. La otra es un enredo de lana café, un poco más angosto y de dos tiras, liso atrás y con abundantes pliegues en la parte delantera. La tela sobresale de la faja, y las mujeres doblan hacia abajo la parte saliente, para sujetarla con dos vueltas de la misma faja. Las blusas o camisas son de manta blanca con escote cuadrado, bordadas en el pecho y los hombros con punto al pasado. Alrededor de la pechera llevan un olán de 2 centímetros de ancho. El rebozo es de lana negra muy ancho, cubierto casi por completo de bordados en punto de cruz hechos con estambre de colores. Las dos trenzas caen sobre la espalda entrelazadas con varios cordones de lana que las unen en la parte superior; las puntas cuelgan entretejidas con el pelo. El rebozo de Hueyapan es de lana negra, muy ancho, cubierto casi por completo de bordados en punto de cruz hechos con estambre de colores. Quedan algunos dibujos antiguos, como la cruz de brazo doble y la greca del agua. Entre los pájaros que bordan las mujeres prefieren el colibrí, en el medio del rebozo casi siempre recaman una maceta de flores.

Para cargar la mercancía, los hombres usan redes de fibras de corteza de jonote, armadas con dos bastidores de madera ovalados. Estos van ligados entre si en sus parte inferior y unidos en sus lados con otro pedazo de red. En la Sierra de Puebla se ha utilizado ininterrumpidamente este artefacto, sin cambio alguno desde los tiempos prehispánicos.

Ña Ñhu (Otomíes) de San Pablito, Puebla

En la ladera de una honda barranca de la Sierra Poblana se esconden entre naranjos y cafetos, las chozas de San Pablito. Sólo el blanco campanario de la iglesia destaca entre el verde de la montaña y sirve de guía al viajante que a pie o a caballo, sube la empinada cuesta para alcanzarlo. San Pablito y algunos pueblos cercanos están poblados por otomíes, completamente aislados de los hidalguenses del Mezquital. También son agricultores, pero se encuentran en una región fértil en la que cultivan caña, naranjas y café.

Las mujeres visten enredos formados por seis tiras de 16 centímetros cada una, cosidas a lo largo, las cuatro tiras centrales son de manta blanca; las otras dos azul oscuro cuadriculadas en azul pálido. El enredo tiene un ancho de 2.65 metros por 95 cm. de largo. La blusa es de manga corta y escote cuadrado, rematado con un ribete de puntas; está bordada en colores brillantes sobre el pecho y las mangas con figuras humanas o de animales en punto de cruz o con chaquira. Arriba de las blusas las mujeres usan un quechquémel, tejido en algodón blanco con una ancha franja de lana morada o roja, que tiene la particularidad de formar escuadra al fondo de la prenda sin que los hilos estén cortados; cuando quema el sol las mujeres acostumbran taparse la cabeza con el quechquémel. Los hombres visten calzón, camisa de manta blanca y un ceñidor de algodón blanco, con un fleco finísimo de macramé bordado en colores. Llevan cotón negro o azul con rayas blancas, morral de ixtle y huaraches.

Hoy en día las mujeres de San Pablito bordan faldas de manta con extraordinarias figuras de caballos, personas y águilas, pero no para utilizarlas ellas mismas, sino para venderlas a los turistas. Conservan unas raras canastas llamadas “tancolotes” hechas con un armazón de varas, entrelazados con tiras de corteza de árbol de jonote. Cargan las canastas pequeñas en las espaldas amarrándolas con el mecapal, o las cuelgan del hombro.

Tutunakú de la Sierra Norte

En las fiestas las mujeres usan faldas blancas de tul bordado con artisela, que dejan entrever la enagua de tela brillante, de colores vivos. Las mozas mas apegadas a la tradición bordan una enagua de manta, desde la cintura hasta la orilla interior con pájaros y flores en punto de cruz, que se trasparentan bajo el encaje. Comúnmente usan faldas sencillas, de manta o de artisela, montadas en pretinas. Como adorno, esas prendas llevan una o más alforzas. La blusa o camisa está bordada con flores en punto al pasado o de cruz, o tiene una bata tejida de gancho. La manga corta, hecha de tablones, queda muy pegada a la articulación. Dicha blusa está cubierta en la parte delantera por un paño cuadrado de artisela (que llaman fular) dos de cuyas puntas las atan en la nuca, e introducen las otras dos bajo la pretina. En las fiestas usan también fulares blancos.

De ordinario las mujeres se ponen delantales de artisela o de percal. El quechquémel está formado por dos rectángulos de organdí blanco bordado con artisela blanca. Alrededor está adornado por un olán, de tul bordado también en blanco. El escote tiene una punta de encaje de artisela brillante, sin embargo las mujeres totonacas no se ponen sus quechquémeles, sino que los colocan sobre su espalda, doblados en triangulo como chales.

Su pelo largo está recogido en dos trenzas que las jóvenes dejan caer por la espalda; suben sus puntas y las amarran detrás de las orejas. Los hombres visten pantalón de popelina blanca, bombachos que les llegan al tobillo donde se amarra con una jareta. La camisa tiene un amplio cuello cuadrado y una bata ancha. Los pliegues abundantes de la tela de la espalda hacen que cuelgue y parezca más larga en la parte inferior. La manga empieza unos 10 centímetros debajo del hombro, es amplia y termina con un puño alto y angosto. En el cuello los hombres llevan un pañuelo enrollado, otro asoma de la bolsa en el pecho. Algunos son de algodón rojo, otros de artisela brillantemente coloreada con bordados de flores.

Ha shutaenima (Mazatecos) de la Sierra Negra

La Sierra Negra poblana es una prolongación de la sumamente húmeda sierra mazateca oaxaqueña, las lluvias frecuentes y la neblina favorecen el desarrollo de naranjos y cafetos; pero a menudo obligan también a las mujeres mazatecas de la sierra a llevar paraguas.

El huipil de las mujeres mazatecas es de tres lienzos de manta blanca, con bordados en punto al pasado y con las costuras escondidas bajo una franja de tres listones de artisela, de colores alternados azul y rosa. Otras franjas iguales, de siete listones cada una, están cosidas horizontalmente a la mitad del huipil y en la orilla. La prenda queda dividida en cuatro cuadrados en la parte superior y dividida en cuatro rectángulos en la inferior, separados por las referidas franjas de listones. Sobre pecho y espalda destacan flores bordadas entre vistosos pájaros de tamaño natural; otros motivos de plantas y aves llenan las demás partes. El escote está adornado con un gran cuello de tul y con listoncitos azules y rosas alternados. Listones iguales y encaje forman las mangas. Las mazatecas fajan estrechamente el enredo alrededor del cuerpo y, empezando por la cadera derecha, doblan un único tablón hacia atrás. Compran ceñidores en el mercado o los sustituyen con un paliacate o cualquier cinta de tela.

Se peinan con raya en el medio; dejan caer las dos trenzas en el pecho y las entretejen con listones negros, que amarran al final con dos asas grandes, sin moño. 

Ñuu Savi (Mixtecos) de Puebla y Oaxaca

Los Ñuu Savi o mixtecos son una enorme comunidad que habita el sur del estado de Puebla y la mitad del estado de Oaxaca.  Anteriormente las mujeres llevaban al interior de sus habitaciones únicamente un enredo blanco, de manta enrollado alrededor de las caderas y sin tablón ni ceñidor; el busto desnudo. La tradición señala que las mujeres casadas usen fajas de 10 cm de ancho, color azul marino con una hebra azul pálido en la orilla.

Las indígenas de Jamiltepec llevan el pelo como una corona, enrollado en dos mechones alrededor de la cabeza y anudado sobre la frente. Los hombres mixtecos llevan calzón de manta blanca fajado en las caderas, y una camisa de algodón tejido por sus esposas, dos pequeñas borlas cuelgan del lado posterior del escote. El ceñidor de los hombres, tejido a mano, puede ser blanco liso o con franjas de caracol. Los viejos todavía usan sobrero negro de copa alta y alas anchas hecho con fieltro de lana de borrego.

La mayoría de los huipiles de Jamiltepec son de manta o de artisela brillante, aunque aún puede encontrarse unos hechos con telar de cintura. Sin embargo, las mujeres no deben vestirlo, y sólo lo llevan sobre la espalda como un manto cuando van a la iglesia o al mercado. Si hay sol se lo ponen en la cabeza. El escote que es un simple corte recto en el centro, forma un pico enmarcando su cara. Las fiestas principales de Jamiltepec se celebran el día 1 de septiembre, día de la Virgen de los Remedios y el 25 de julio día del Patrono del pueblo. En semana Santa salen diario procesiones nocturnas, que llevan en andas imágenes conmemorativas de la Pasión del Señor.

N`giwa (Popolocas) del Valle de Tehuacán, Puebla

Los N`giwa, conocidos como popolocas, son un grupo étnico que habita en el valle de Tehuacán-Meseta Poblana: Tepeaca, Acatlan de Osorio, y una parte de la Mixteca oaxaqueña.

La indumentaria general en el hombre es el calzón de manta blanca, sostenido por una faja de algodón tejido, camisa de igual material, adornada con figuras bordadas con hilo rojo; sombrero de palma, sandalias o huaraches.

La mujer utiliza una falda hecha de una larga pieza de manta enrollada con una faja como cinturón, una blusa corta con mangas igualmente cortas y escote cuadrado, adornada con bordados hechos de hilo color rojo y rebozo.

Hamaispini (Tepehuas) de la sierra norte de Puebla

La etnia Hamaispini, conocida como tepehua, habita en varias comunidades de los estados de Puebla, Veracruz e Hidalgo y forma parte de la familia lingüística totonacana, que la emparenta con la cultura tutunakú o totonaca.

Los Hamaispini presentan una notable afinidad cultural con los nahuas, totonacos y otomíes que habitan en región, pues todos se desenvuelven en el mismo ambiente y las evidencias parecen indicar que tal ha sido la situación desde tiempos prehispánicos.

Los hombres hamaispini visten con la clase indumentaria campesina: calzón y camisa de manta.
La mujer porta camisa bordada con hilos de colores. Su falda se denomina liado que es bordado con vistosas figuras en toda la orilla sostenida con una faja negra de telar de cintura. Un rasgo cultural peculiar de las hamaispini es la muy característica técnica por la que destiñen la prenda femenina llamada tapún, que conocemos por el nombre náhuatl de quechquémitl o kexken. En tiempo de frío, los que viven en lugares más altos, se les ve arropados con sarapes y ropa gruesa.


Fuente: cni.gob.mx y Wikipedia

viernes, 8 de julio de 2016

Ellos debían hacerse mexicanos


En las primeras décadas del siglo XX el gobierno de México institucionaliza el indigenismo para ser aplicado como estrategia de desarrollo económico de las regiones. El Estado mexicano asume la estrategia de la integración, la asimilación, buscando uniformar las diferencias étnicas y culturales de los mexicanos a favor de un antiguo ideal de igualdad.

La asimilación tenía una larga historia desde que, luego de la Independencia y a lo largo del siglo XIX, fue discutida por los intelectuales que coincidieron en que era la educación el vehículo adecuado para llevar a cabo esa asimilación, aunque hubo voces que la consideraron peligrosa.

Tras la Revolución, la asimilación del indígena al “elemento” mexicano fue finalmente formalizada “científicamente” por Manuel Gamio, que asume el indigenismo desde un programa de antropología ambicioso e inteligente, pues proponía estudios integrales para conocer y valorar a las comunidades indígenas a fin de facilitar el trabajo de la asimilación.


En los siguientes años, los buenos deseos y las complejidades técnicas de los antropólogos fueron absorbidos por los archiveros de las dependencias de los sucesivos gobiernos revolucionarios. No había que darle tantas vueltas, la asimilación significaba convertirlos en campesinos mexicanos, y el indigenismo, en la práctica, con sus experimentos esporádicos, fue dedicado a castellanizar al indio y a negarles, hasta 1992, alguna personalidad cultural.

Así lo recordó el profesor Martiniano Reyes Pérez que entrevisté en 2011 en la Comunidad Santa Isabel el Mango, Veracruz:

“… en aquellos tiempos la educación indígena aun no existía, en mi pueblo había maestras estatales o federales que nos enseñaban en español, e incluso nos prohibían hablar totonaco. ´Está prohibido hablar totonaco´. Entonces, cuando nosotros hablábamos tutunakú nos castigaban físicamente”.

O el maestro Alberto Olarte Tiburcio en Espinal, Veracruz, quien llegó a pensar que su idioma y su cosmogonía no servían para nada, como me lo confió:

“Mi formación fue muy difícil, porque cuando yo ingresé a la escuela primaria, yo era hablante al 100 por ciento de la lengua tutunakú, mis profesores no hablaban mi lengua, por lo tanto no había entendimiento. La consecuencia fue estar cuatro años en Primer grado, mi profesor me mandó a Segundo grado cuando me aprendí de memoria mi libro de español, se llamaba Lengua Nacional; cuando me aprendo desde la primera hasta la lección número 24, de memoria, es cuando pude pasar a Segundo año”.

El Indigenismo se implementa como estratagema para el tratamiento del asunto indígena a través departamentos, escuelas, albergues, oficinas y dependencias que terminaron convirtiéndose en el Instituto Nacional Indigenista en 1948. La nueva burocracia asumió desde sus inicios que los mexicanos nada querían saber de la otra mitad de su pasado, la indígena, negándose a escuchar las voces discordantes. El Indigenismo tendría supuestamente otras prioridades: abatir la miseria prevaleciente en las regiones de México; imponer el español como idioma único de los mexicanos; educar y capacitar a los indígenas y campesinos de México para que pudieran ser el motor del desarrollo económico e industrial del país. Fracasó en todas. Hubo, sin embargo, éxitos colaterales pues, un siglo después, los mestizos mexicanos de hoy no conocemos ni los nombres de los pueblos originarios, mucho menos las cualidades herbolarias, lingüísticas, artísticas, agrícolas o sociales, que muestran actualmente sus culturas aún vivas.

Contemporáneo a estos hechos, Miguel Othón de Mendizábal hizo desde 1922, a través de escritos, conferencias, cátedras y comisiones gubernamentales que encabezó o en las que colaboró; como educador y fundador de algunas de las instituciones más importantes de este país, una enérgica defensa a favor del indígena, tomando en cuenta sus aportaciones culturales, sin despojarlo de su raigambre étnica, de su lengua, rasgo que lo distingue de sus contemporáneos, que decidieron hacer exactamente lo contrario.

Mendizábal propuso un indigenismo político, empezando por solicitar que los indígenas fueran reconocidos en la Constitución Mexicana como comunidades culturales, y no como individuos particulares. Y una vez hechos sujetos culturales por las leyes, establecer estrategias de acuerdo a las zonas geográficas que habitaran, crear una procuraduría indígena dedicada a defender los derechos constitucionales de las comunidades, defenderlos del abuso de los cacicazgos y poderes locales prevalecientes, para que ellos pudieran proteger la distribución de sus productos, hacerlos sujetos al crédito, permitirles el uso de tecnología y, a la par de aprender español, cultivar su lengua autóctona, que para Mendizábal era más que un idioma, era una forma de ver el mundo que pertenecía a las regiones, que guardaba sabidurías antiguas y que, en realidad, pertenecía a los propios mestizos mexicanos, pues era parte de su pasado, por lo que deberían apropiárselo, antes que separarse de él. Pero Lázaro Cárdenas no lo escuchó. Y si lo hizo, como muestran ciertas evidencias de su cercanía con el Tata, cambió radicalmente de opinión, constituyó el indigenismo exactamente hacia el otro lado: no había nada qué conocerles.

Ellos debían hacerse “mexicanos”. La imagen del indio fue estereotipada en diversos soportes (cine, comedia, carpa, canciones, periodismo), desde entonces sería una figura decorativa de nuestro folclor, un bufón, la imagen viva de la miseria y la insalubridad, del deterioro moral y físico. Lo único que no es posible escatimarles, observó el periodista Fernando Benítez, es ese carácter del que no podemos despojarlos: son nuestros compatriotas.


jueves, 30 de junio de 2016

Los partidos políticos ya sabemos cómo se manejan


La noche llegó pronto en Huitzilan tras el largo viaje en coche desde la ciudad de Puebla; aunque salimos muy temprano de la capital del estado y tuvimos una agradable recepción de las autoridades antorchistas que nos ofrecieron alojamiento en el centro mismo del pueblo, de pronto era de noche en las Sierra Norte de Puebla. La primera reunión fue eficazmente organizada por un joven ingeniero que a la vista era quien organizaba todo lo demás, el mando municipal y la comandancia de policía, cuyos componentes estaban muy lejos de ser los modestos policías con macana de otros pueblos, iban armados con armas largas y las dos ocasiones en que salimos en caravana a lugares cercanos a la cabecera encabezaban un convoy atrincherado detrás de sus temibles armas. El horno no estaba para bollos a principios del tercer milenio aunque al parecer la violencia que fue famosa en esta región veinte años antes ya había pasado, aunque “no podemos bajar la guardia”, advirtió “el ingeniero”, nominación que expresaba una identidad, un cargo no oficial y un incuestionable poder político y social. “Váyase por unas cocas, mi presi”, le pidió al presidente municipal entregándole unas monedas.

Esa noche, al calor de unos brandis con cocacola, reunidos varios personajes de la política local, fuimos ilustrados con la versión antorchista de la lucha contra la Unión Campesina Independiente (UCI) que todavía un año anterior les había costado un muerto. ¿Qué pasó el Huitzilan de Serdán a principios de los años ochenta?, preguntamos el grupo. Don Crecencio Bonilla, uno de los tantos Bonilla de este pueblo, fue el primero en responder.

-          Asesinatos por donde quiera. Nos quedamos poquitos, pero empezaron ya los asesinatos muy fuertes que, tan sólo yo, perdí cuatro sobrinas mías, que de veras fueron sobrinas mías porque su padre era sobrino de mi padre. Mi padre, ya de noventa años, ya ni qué. En el mismo momento mataron a cuatro. Una de ellas ya era casada pero las demás no. Jovencitas. Las mataron por chismes. Los asesinos eran gente ignorante y no sabían qué era lo que peleaban, que porque la veían a usted platicando con fulano. Ellas ni se metían en nada. Entonces ya, le dije a mi padre, ya mataron a mis sobrinas, ya mis hermanos todos se tuvieron que ir con los asesinatos que había aquí, ya sólo me quedé yo con mi padre.

-          ¿No había autoridades o qué?

-          El presidente municipal, que era hermano mío, ya ni se metía en nada, sólo ir a recoger difuntos. Ese era su trabajo, andar recogiendo muertos, ya ni una obra ni nada, él quisiera que ya entrara otro, ya no se metía en nada: “Qué cosa voy a hacer –decía-, qué justicia voy a hacer, aquellos señores tarde o temprano me tienen que matar”. Entonces, ya después hubo un cambio, cuando eligieron presidente municipal a don José Ramírez Velázquez, desgraciadamente él y sus regidores no podían estar aquí, tuvieron que ver la forma de organizar todo desde Zacapoaxtla, a donde se fueron todos con todo y familia. Ellos iban con ese miedo que les metieron, de matar cuatro en una casa podían matar a cualquiera en su propia casa. Cuando llegó Antorcha Campesina a Huitzilan nosotros vimos que lo primero que hicieron fue organizar a la gente. Ya los malhechores tantito estaban en Totula, tantito estaban en San Miguel, organizándose, pero no para trabajar, sino para armarse mejor, se organizaban militarmente, porque no sé qué contacto tenían ellos en el gobierno, pues apenas oían ellos que iba a entrar la federación se esfumaban, llegaba la federación y nada. Se iba la federación para Puebla y aquí estaban otra vez. Uno no podía decirles nada, sino era uno cadáver seguro. Antorcha trajo a la policía estatal, empezaron a organizar a la gente y todo terminó. 



Interviene entonces don Filiberto Hernández Bonilla, que como don Crecencio también fue presidente municipal de Huitzilan, cargo que tampoco se peleaba demasiado. Le pedimos que nos ilustrara un poco sobre la temible UCI, la histórica organización izquierdista y enemigo acérrimo de los antorchistas que nos acogían esa noche. Don Crecencio acomodó su vasito de plástico en la mesa y arrastró su mirada por el piso hasta nuestras rodillas, donde la detuvo.

-          La historia triste de Huitzilan no era algo nuevo; como todos sabemos, el municipio también tuvo que sufrir durante siempre las injusticias del cacicazgo, y a raíz de eso, de tantas injusticias y tantas desigualdades; aparte del atraso, pues. Por ejemplo, aquí no conocíamos ninguna obra de beneficio social. A raíz de eso, en 1976 llegó una organización que fue satélite del antiguo partido PSUM, llamada Unión Campesina Independiente. Llegó aquí a Huitzilan y su bandera era la de “no al impuesto predial”, y aparte de eso, pues ofrecía tierras a la gente, ofrecía hacer justicia. La gente, pues ora sí, cansada del cacicazgo, inmediatamente se organizó con la Unión Campesina Independiente, la UCI. Empezaron a invadir predios, uno de ellos es el Talcuaco y otro es el Ocotal, invadieron y se pusieron a invitar a la gente a sembrar maíz, principalmente, ofreciéndoles que se iba repartir equitativamente. Así fue al principio.

-          ¿Juntaron gente, pues?

-          Sí, la gente empezó a jalar con ellos, a trabajar. Para esto, ellos tenían gente armada y a la gente que estaba más cercana a ellos le daban un arma para su defensa; pero resultó que ellos armaron a la gente pero su líder nunca, casi nunca, supo o pudo controlarlos, pues ellos trataban más bien, no de hacer las cosas adecuadas, sino que empezaron a mandarse, empezaron a matarse entre ellos; empezaron, por medio de las armas, a violar mujeres. No respondieron, pues. Entraban en las casas a robar. A la gente del pueblo, que pensaba encontrar un refugio ahí, le fue peor. Entre ellos empezaron a matarse y a hacer muchas injusticias, incluso mucha gente ya no podía vivir aquí, tuvo que ausentarse del pueblo, unos se fueron a Huahuaxtla, otros a Zapotitlán, a Puebla, a México y a varios pueblos. Y, pues, era un desorden aquí, tanto que diario había muertos y el pueblo estaba abandonado; se convirtió en un pueblo sin ley, no había seguridad. La gente, desesperada, tocó puertas a los partidos políticos, pero nadie, ni el propio gobernador, nos hizo caso y anduvimos tocando puertas y nadie nadie se preocupó por venir a poner la paz.

-          ¿Cuánto duró eso, don Crecencio?

-          Mucho. La gente que salió fue a Zacapoaxtla, allí ya tenía presencia la organización Antorcha Campesina, toda esa gente que salió conoció a Antorcha en Zacapoaxtla, y como la organización ya tenía antecedentes ahí, les contaron a los líderes cómo estaba la situación acá, entonces los líderes de Antorcha dijeron que iban a tratar de resolver los problemas. Fue así como conocimos a la organización Antorcha Campesina y gracias a esa organización la gente regresó. Nosotros visitamos al gobernador de esa época, creo que era Guillermo Jiménez Morales, y ya, él mandó a la policía estatal, a los federales y así fue. Desgraciadamente vivimos en un país donde no hay justicia, donde hay mucha desigualdad, esté uno con quien esté.

-          ¿Nomás cambiaron de bando?

-          Nosotros, cuando llegó Antorcha, pues, incluso yo mismo también desconfiaba, pensaba en que a la mejor, como dice el dicho, es “la misma gata pero revolcada”. Hacíamos reuniones y nos platicaban los antorchistas que hacían falta escuelas, calles y muchas cosas. Pero tal como nos hablaban veíamos que lo que decían se iba convirtieron en realidad, veíamos que sus discursos se materializaban, porque precisamente esa clase de política es la que necesitamos los mexicanos, que haya justicia, porque yo desde que nací no he conocido la justicia. Se supone que la justicia es darle a cada quien lo que le corresponde, creo que es un valor humano, es un valor que todos aspiramos a alcanzar, es un valor humano muy elemental. Y nos pareció bien el ideal de Antorcha y le entramos con ganas, nos gustó y hasta ahora no pensamos cambiar de bando, porque en la política de Antorcha se hacen las cosas que se dicen, se hacen bien, y estamos contentos con esta política, porque para nosotros Antorcha ha transformado el municipio, de ser un municipio sumido en el fango del atraso, la marginación, la injusticia, ahora Huitzilan es otro, y no nos da pena decir que somos antorchistas; al contrario, para mí es más orgullo decir que soy antorchista que ser  miembro de un partido político, porque los partidos políticos ya sabemos cómo se manejan, ni representan los intereses del pueblo, ni nada; son antipueblo, antiprogresistas.

Lo animamos con ademanes a profundizar en el tema.

-          Los partidos políticos lo que hacen es engrandecer su política y ayudar a los que más tienen. Y a los pobres: nada. Yo como ciudadano mexicano quiero que mi país sea justo, quiero que mi pueblo sea un pueblo sin injusticias, con libertad y educación, pues consideramos que sin educación no puede haber justicia. Y la organización ha impulsado bastante la educación. Ahora Huitzilan es otro y no pensamos cambiar de política, todo lo contrario. Si llegara a perder las elecciones Antorcha creo que nosotros seguiremos trabajando, estamos concientes de que hay piedras en el camino, sabemos en lo que estamos, sabemos en lo que nos metimos y no nos vamos a echar para atrás. Sabemos perfectamente que la lucha es de nosotros, ya sabemos lo que nos espera. Sabemos que más adelante nos encontraremos con problemas muy serios, pero… tengo mi vida, pues, para darla a la causa. Nosotros los antorchistas no escatimamos nuestra vida, luchamos porque México cambie. Yo creo que durante siglos los mexicanos han derramado bastante sangre y hasta hoy no hemos podido alcanzar lo que más deseamos: justicia, libertad, y a pesar de que Miguel Hidalgo rompió las cadenas de la esclavitud, parece que los eslabones después se vuelven a juntar, pero la organización tiene hombres conscientes y sabemos que tal vez no todo el rebaño antorchista llegue a la cima, pero muchos esperamos de que sí vamos a llegar. Seguiremos trabajando, luchando, aunque esa justicia ya no la llevemos a cabo nosotros, pero estamos luchando por los que vienen  atrás, estamos en la lucha, sabemos lo que viene, sabemos que entre más crezca la organización nos pondrán más piedras, pero no pensamos dar pasos atrás. Como le decía, nos gusta la lucha de Antorcha, porque es una organización que verdaderamente representa los intereses del pueblo.

Nosotros escuchamos estos testimonios que fueron expresados pausadamente, con la lentitud de historias muy hechas y contadas. No era precisamente la versión de Antorcha Campesina que teníamos en mente desde la ciudad, una organización cupular que cada tercer día hacía ejercicios de fuerza contra sus aliados en el gobierno del Estado, a quien traía cortito con sus exigencias y a quien en apariencia todo le era concedido, previo cierre de avenidas, marchas multitudinarias y amenazas mediáticas de alguno de sus carismáticos líderes. Uno de los cuales nos había recomendado para estar aquí. En esas cavilaciones estábamos cuando apareció un trío de ancianos armados de guitarras y, ante nuestra sorpresa, don Fili, con una voz delgada y un filoso falsete que iba muy bien con su nombre, se aventó un corrido de su inspiración sobre la lucha que nos acababan de narrar.


 Los dolidos
Por Filiberto Hernández Bonilla

Aquí están los dolidos
Venimos a denunciar
Los actos criminales
Que le UCI cometió.

En el pueblo de Huitzilan
Rodeado está de montañas
Donde un grupo de asesinos
Para matar les sobraban mañas.

A cualquier hora del día
Se oían detonaciones
La gente asustada, la gente corría
A ver qué pasó.
La gente gritaba, la gente decía
Fulano cayó…

Eleazar Pérez Manzano
Comandaba a los ladrones matones
Le gustaba que dinero
Le llevaran de a montones.

Cuando aquí llegó la UCI
Dizque a dar tierra a los fregados
Si en verdad los repartió
Pero de a dos metros cuadrados.

De Sur a Norte volaron
Las ideas de Morán
Las ideas que salvaron
A Huitzilan de Serdán.


Así terminó esa primera noche en Huitzilan de Serdán, escuchando la singular voz de don Fili, acompañado del otrora famoso trío de Los Bonilla.