lunes, 22 de mayo de 2017

Reflexión metodológica


En este blog he tratado de revisar tres inquietudes en torno a la antropología mexicana: la temática indigenista; Miguel Othón de Mendizábal y la antropología, y la cosa ontológica que nos compete a todos los mexicanos en nuestro “ser nacional”, así como el compromiso y la responsabilidad de revisar el mundo originario, pasado y presente, y nuestra situación en él.

Busco analizar eso que terminó llamándose indigenismo. Su relación al nacionalismo que derivó en la epopeya mitológica de nuestra historia, más o menos basada en una secuencia de derrotas, de donde presuntamente sacamos fuerzas para fundar una raza de bronce que le dio sentido a las instituciones que se encargaron de construir un muro entre el mundo originario y la creciente sociedad mestiza, que ha evolucionado en la ignorancia de la mitad de su pasado. Dizque. En su historia de sesenta años del indigenismo institucional, antes de su liquidación en el foxismo por esclerosis burocrática, he buscado comprender el decidido pero fugaz tránsito de los Magníficos, en los años setenta, que deriva necesariamente a la academia y a mi propia experiencia en el reparto de responsabilidades.

Arribamos al siglo XXI con evidencias contundentes sobre el fracaso del indigenismo, que no logró asimilar al indígena, borrar la presencia de los idiomas, abatir la miseria y extender los servicios públicos elementales. Discuto la ecuanimidad que, en torno al racismo, tuvieron los principales exponentes de ideas indigenistas, la influencia originaria en la vida real, la presencia del náhuatl en el idioma, en las costumbres, en el marco litúrgico de nuestras tradiciones familiares como son las comidas y sus innumerables moles. ¿En qué porcentaje los mexicanos somos náhoas? ¿Quiénes son los grupos étnicos que conforman el mundo original de México? Si procediéramos de acuerdo a lo políticamente correcto ¿cómo deberíamos llamarles, como los bautizaron los españoles, como los bautizaron los mexicas o como actualmente los pueblos originarios se llaman a sí mismos?

La segunda reflexión corresponde a la revisión puntual de la obra de Miguel Othón de Mendizábal. Su biografía y sus fines sociales y políticos, ampliamente explicitados en los seis tomos de su obra. El origen de las pasiones colectivas que dedujo de sus apasionadas lecturas del pasado histórico y sus actuales vestigios arqueológicos; su papel protagónico en el tema de las migraciones del norte al sur del continente y su hipótesis biologicista del hambre de sal. Estudios sobre las religiones prehispánicas, el derecho, la cultura y la educación, sobre la reforma agraria y el sistema nacional de salud, de la que fue un crítico especializado. A través de ese análisis demostrar que las opiniones de Mendizábal respecto a la creación del instituto Indigenista no estaban basadas en el vacío o la ocurrencia -como sí es visible en protagonistas tan importantes como Rafael Ramírez-, sino en profundos estudios sobre el significado real de la presencia indígena en la cultura mexicana contemporánea. Algo que a la mayoría de sus contemporáneos ni siquiera se le ocurrió.

El rescate del indio que para Mendizábal, siempre analítico, significaba distinguir los problemas fundamentales, tomar una posición avanzada sobre las lenguas indígenas, sobre las características de la educación en las diferentes regiones de México, que no tenía por qué ser una aplanadora uniformizante. Cuando Mendizábal propone observar un patrimonio intangible cuya riqueza serviría para todos nuestros propósitos nacionales. Pero no hubo quién lo escuchara, pues él pronto murió y sus contemporáneos -que después crearon premios, nombres de calles y de auditorios con el nombre de Mendizábal-, se encargaron de echarle tierra a sus ideas que, en efecto, contrastaban con las que terminaron imponiéndose en la práctica del indigenismo, que, como es fácil suponer, no atañe sólo a los especializados antropólogos y a los funcionarios encargados de llevarlo a cabo. Este sí es un asunto nacional.


Finalmente, una tercera reflexión que incluye, además de la Conclusión del estudio, visiones literarias sobre la necesidad actual de observar ese elemento de nuestra historia. El desperdicio de la riqueza cultural y natural, la posible presencia del barro en el arte contemporáneo de los mexicanos y un escenario de ficción sobre la autonomía de las regiones, con el hipotético caso de Oaxaca, buscando expresar que es en la imaginación donde los mexicanos nos hemos de liberar de tantas ataduras vicariales, que es con imaginación histórica y artística como podremos superar nuestra incapacidad para asumir la política y rebasar los lastres, como la corrupción y la violencia, la incapacidad social por la política y la inaplicación de las leyes, que nos tienen sumidos en la desgracia.

martes, 16 de mayo de 2017

Indianización de un México falsamente occidentalizado


La hipótesis general de este blog es probar que Miguel Othón de Mendizábal propuso, en un momento clave de la discusión, una práctica indigenista distinta a la que se constituyó en el INI. La marginación a la que este antropólogo fue sometido muestra el tamaño del miedo oficial al prolongarse por décadas el boicot a sus numerosos escritos, publicados solo por amigos de la viuda en 1946, a dos años de su muerte. Fue la única edición de sus obras completas, en tanto que la academia únicamente incluyó en la materia de antropología mexicana su trabajo sobre la influencia de la sal en el poblamiento de América, texto interesante, pero relacionado solo con nuestra historia más antigua. La opinión de Mendizábal sobre los problemas fundamentales del indígena y sus propuestas para solucionarlos fue sacada de la mesa de discusión, lo mismo en los institutos que en la academia. Mi posición es que Mendizábal vale la pena de ser leído, discutido y repensado. Y que algunas de sus ideas mantienen su vigencia.

A través de una visión integral del mundo indígena, Mendizábal tiene la virtud de ser realista. Basado en sus estudios de la historia y antropología, que incluía análisis de producción agrícola, medicina natural, religiones y mitos, derecho, educación y lenguas, MOM se atreve a hacer una sugerencia original, que hasta hoy nos parecería moderna, sobre observar más detenidamente las características de los pueblos originarios.

Comprenderlos. Dejar a la “vida misma” su aceptación o su rechazo. Él quiso hacer una síntesis que convenciera a los mestizos de que las culturas autóctonas eran más interesantes de lo que parecían, y que al conocerlas eran muchos los beneficios los que el mestizo iba a obtener de ahí, pues podría fortalecer su sentido de pertenencia, servirse de ellas, incluso apropiárselas. El mundo originario podría tener otro papel en la conciencia colectiva de los mexicanos, podría ayudar a resolver el insoluble asunto de la identidad, observado desde entonces a través de laberintos, jaulas melancólicas e inconfesables complejos que cargamos, como una cruz, bajo el inclemente sol de las cuaresmas, las fiestas patronales, equinoccios y solsticios y otros dilemas de abundante mexicanidad.

Se trata de imaginar lo que hubiera sido de México con un indigenismo más co-activo, en términos antropológicos, y que en lugar de mexicanizar a los indígenas, México se hubiera indianizado un poco, como proponía Mendizábal. En los albores del siglo XXI esta parece ser la tendencia de los mexicanos, México tiende a indianizarse porque es históricamente necesario que busquemos en esa herencia respuestas a preguntas reiteradas sobre nuestra capacidad y los límites de nuestra cultura; el mexicano del mañana estará más completo al haber aceptado su implicación en la genética nacional, y ésa, bajo ninguna circunstancia, puede disociarse de sus raíces indígenas.

La pobre contribución indigenista miró más bien al lado contrario: no había nada qué conocerles, debían asimilarse, hablar español y formar parte del campesinado mexicano. Debían desaparecer como indígenas, convertirse en obreros de las ciudades, ser domesticados como las clases populares de Europa y Norteamérica (puedes ver esta defensa ampliada en La refutación de Aguirre Beltrán, 17-Ago-2012 en este mismo blog).


Y eso, como podemos ver, no ocurrió. 

jueves, 11 de mayo de 2017

El origen de las pasiones colectivas


En los años treinta el gobierno de México institucionaliza el indigenismo para ser aplicado en lo posterior como estrategia de desarrollo económico de las regiones. El Estado mexicano asume esta dinámica sin siquiera estar de acuerdo respecto a la definición de los indígenas, asumiendo un poco a ciegas la propuesta de la asimilación, que uniformaba las diferencias étnicas y por lo tanto culturales de los mexicanos. La asimilación tenía una larga historia desde que en el siglo XIX fue discutida por los educadores y formalizada “científicamente” por Manuel Gamio al término de la revolución. Se implementa como una estrategia a través del Instituto Nacional Indigenista, que asumió demasiado pronto que a los mexicanos no les interesaba la mitad indígena de su pasado, sin importar la multitud de signos culturales que nos identifican con el pasado prehispánico; negándose, además, a escuchar las voces discordantes.

La historia del indigenismo oficial es la de un rotundo fracaso, pues a pesar de 70 años de práctica el indigenismo no realizó ninguno de los grandes propósitos que se plantearon en su creación como instituto social. No asimiló a los indígenas a la cultura nacional, no los castellanizó, no los sacó de la miseria, no satisfizo sus necesidades de salubridad, no los defendió del abuso de los caciques y tampoco transmitió a los mestizos las bondades de los pueblos indígenas.

Hubo, sin embargo, éxitos colaterales, pues tras siete décadas los mestizos mexicanos no conocemos ni los nombres, mucho menos las cualidades herbolarias, lingüísticas, artísticas, agrícolas o sociales de los pueblos originarios, que muestran hoy culturas aún encendidas, vigentes y en consecuencia rescatables, no solo ya para la preservación cultural y el mejoramiento de sus condiciones de vida, sino especialmente para beneficio de los mestizos, que ven finalmente en parte de su pasado el asidero a un origen más creativo que el que se les había impuesto el PRI en el indigenismo, que fue el ocultamiento, el desvío de la atención por la cultura autóctona a favor de una desdibujada y utópica american way of life importada a retazos de los Estados Unidos, que siempre ha estado atento para proveernos del material para mantenernos “occidentalizados”. El radio y la televisión, contemporáneas al inicio del moderno indigenismo, fueron los dos puntales que el poder político y económico utilizó para evitar las miradas al interior de las culturas mexicanas, unas más ricas que otras, pero todas presentes en esa otra mitad de nuestra historia que nos obstinamos en negar. La desinformación y el ocultamiento se encargaron de enterrar nuestros vestigios indígenas y ni los institutos de antropología, ni la academia, ni mucho menos otras dependencias de gobierno, hicieron nada por impedirlo, pues representa la posición histórica del indigenismo mexicano.

Contemporáneo a estos hechos, Miguel Othón de Mendizábal hizo, a través de escritos y conferencias, una defensa a ultranza por asimilar al indígena tomando en cuenta sus aportaciones culturales, es decir, sin despojarlo de su raigambre étnica, que lo distingue entre sus contemporáneos que decidieron la directriz del indigenismo. Mendizábal propuso un indigenismo político, empezando por ser reconocidos en la Constitución Mexicana como comunidades culturales, y no como individuos particulares. Y una vez hechos sujetos de las leyes, establecer estrategias de acuerdo a las zonas geográficas que habitaran, crear una procuraduría indígena dedicada a defender los derechos constitucionales de las comunidades, que los defendieran del abuso de los caciques, proteger la distribución de sus productos, hacerlos sujetos al crédito, permitirles el uso de tecnología, y a la par de aprender español, cultivar su lengua autóctona, que Mendizábal comprendió que era algo más que un idioma. Para nuestro autor era una forma de ver el mundo que pertenecía a las regiones, a los propios mestizos mexicanos, pues era parte de su pasado, por lo que habría que apropiárselo, antes que separarse de él.

Pero Lázaro Cárdenas no lo escuchó. Y si lo hizo, como muestran ciertas evidencias, constituyó el indigenismo exactamente hacia el otro lado: no había nada qué conocerles. Ellos debían hacerse “mexicanos”.


viernes, 28 de abril de 2017

Monsiváis en la ENAH


A mediados de 1984 se publicó un libro de chismes llamado Juan Gabriel y yo, que mostraba al Divo de Juárez en una cama muy contento y bien acompañado por el autor. Durante ese año tomamos una materia con Carlos Monsiváis y nos burlábamos de hacer un balance del curso con el nombre de Monsi y yo, la portada iría ilustrada con una buena caricatura del Monsi, pero no hicimos ningún balance, tarea ni nada académico en los dos semestres que duró el periplo por la geografía de ese honor concedido, que a diferencia de Juan Gabriel, no llegó a la cama y menos a los tribunales.

Nos reunimos una vez a la semana durante dos semestres en la escuela de restauración de Churubusco –“cerca de una estación del metro” –condicionó Monsi cuando hablamos del lugar. Leímos autores alemanes sobre cuestión nacional y nos hizo muchas recomendaciones de lecturas mexicanas. Nos preguntó sobre los Magníficos y su libro crítico a la antropología mexicana, pero ninguno de los presentes lo habíamos leído, ni sabíamos nada de Los Magníficos, porque nadie nos explicó ese debate de la antropología mexicana de los años sesenta y estábamos es ascuas. Léanlos, ordenó Monsiváis. Esa recomendación fue lo mejor que saqué de aquel taller tan libre y tan monsivallano que todos estuvimos encantados de vivir.

En los años ochenta estudiantes como yo -de antropología social- ignorábamos todo lo relacionado a Los Magníficos y la crítica académica al Indigenismo oficial. Sabíamos que Bonfil y Warman eran antropólogos influyentes, pero no sabíamos que iniciaron a finales de los sesenta una crítica al indigenismo que tuvo muy poco eco y ninguna difusión. Por algo no lo sabíamos. Cuando estudié en la ENAH de 1980 a 1985, la discusión del indigenismo estaba borrada de las preocupaciones de la antropología de moda, la filosófica. Entonces discutimos incansablemente a mallarmé, foucauld, heiddegger; nos fascinamos con deleuze y guattarí, ciorán, eco, sabater, trías y una sartre de kosic.  Hicimos muchas cosas exóticas como tomar clases con Jorge Juanes, Elisa Ramírez y su genial hermano Santiago, que en sus clases de filosofía griega la gente debía sentarse en el suelo. Tuvimos a Gregorio Kaminsky y Jaime Osorio, argentino y chileno; tuvimos a Lecourt que viajó en Concord –traído por Santiago Ramírez-, tal como se lo puse en su calavera de 1984, que el delgado maestro calvo de larga cabellera y mirada penetrante, recortó cuidadosamente del periódico mural. John Murra nos dio una conferencia sobre la cultura Inca, fue un placer muy grande escucharlo. Luis González y González estuvo varias veces y, de tarde en tarde, deambulaba por el patio principal, muy anciano, Ricardo Pozas. Y otras glorias locales como Elio Mansferrer y Ricardo Melgar, que enseñaban antropología mundial y mexicana, respectivamente, que eran los maestros de planta y permanecieron, con resultados desiguales, ora estimulándonos, ora regañándonos, a lo largo de la carrera. Pero nunca nos hablaron formalmente de Los magníficos, como si no existieran.

En esas estábamos, cuando en el sexto semestre de antropología social se nos ocurrió la idea de contratar a Carlos Monsiváis y rápidamente convencimos al “comandante” López y Rivas –como apodábamos al director-, que habló con Monsi y lo convenció de que aceptara recibirnos en su casa un día de la semana. “Mañana a las once –gritó el director, pero era su forma de hablar, todos movimos la cabeza aprobatoriamente y una sonrisita nerviosa nos delató. “La falta de títulos académicos no era un problema”, aclaró Gilberto afable, mientras se despedía con cabriolas de admiración por el escritor. Todos le dimos un apretón de manos y nos fuimos a la cafetería a planear la reunión. Muchos no nos creyeron.

Saliendo del metro Portales, a la vuelta, en San Simón o algo así, una banda como de ocho jóvenes veinteañeros de melenas largas y jeans ajustados tocó tímidamente en una puerta verde de metal con el número señalado. Monsiváis era igual que en la televisión, un poco más moreno, muy amable y observador, silencioso. Tenía el pelo blanco y abundante, alborotado como sus ojos pícaros por encima de los lentes. Y, por supuesto, su prominente mandíbula. Me tocó a mí romper el hielo y balbuceé el objetivo de nuestra propuesta que identificábamos como identidad nacional. La cuestión nacional –dijo él-, la identidad es cosa de los gobiernos, es la necesidad de ser, y la cuestión nacional es lo que es. Pues que sea, dijimos, y nos comprometimos a conseguir un espacio en la escuela de restauración de Churubusco, que amablemente nos prestó uno de sus salones de clase. El nombre de Monsiváis abría todas las puertas. Yo le hablaba puntualmente a las 9 a su casa para recordarle la clase, nos quedábamos de ver a las 10 y todos llegábamos tarde. Y así, sin demasiada disciplina, nos echamos dos semestres de pláticas monsivaianas una vez a la semana, dizque estudiando la cuestión nacional.

Fueron dos semestres en los que en realidad estudiamos físicamente a Monsiváis, que invariablemente vestía pantalones güangos y una chamarra algo maltratada, todo de mezclilla. Siempre de mezclilla. Llegó a ir con pedacitos de huevo adheridos como una más de sus medallas y realmente carecía de cualquier preocupación por su aspecto. Nosotros no éramos más elegantes y disfrutamos dos temporaditas de ese singular encuentro entre estudiantes de antropología y Carlos Monsiváis. “Ya váis”, no me resistía a pensar cada vez que nos despedíamos de rigurosa mano.

La cuestión nacional no pasó de una plática ligera, Monsi se dedicó a contarnos historias de sí mismo y fue un privilegio escucharlo cada vez, externándonos sus preocupaciones, sus lecturas –traía pegado al poeta Kadafis-, su insistencia en la democracia, en el avance democrático, curioso de nuestras costumbres estudiantiles. Yo creo que estaba aprendiendo inglés, porque repetía frases en ese idioma y nos miraba muy complacido. “Invítenme a sus fiestas”, pidió más de una vez. ¿Cómo cuáles?, pensábamos nosotros. Como yo fui el encargado de la burocracia, fui su chofer en dos prolongadas ocasiones en las que me dio una sopeada sicoanalítica que lo único que me dejó en claro fue mi imberbe juventud frente a aquel organismo sonriente y canoso que no abría la boca en balde. Para decirlo simplemente, el grupo B del sexto semestre de antropología social no daba el ancho, éramos muy brutos como para aprovechar a Monsi de una forma más académica. Era cosa de leer obligatoriamente sus propios libros y discutirlos con él, o discutir conceptos –como democracia, libertad de expresión-, o discutir autores mexicanos o algo, pero a nadie se le ocurrió.

Nosotros éramos un grupo de doce a quince jóvenes de 25 a 27 años que usábamos camisas de Aurrerá, botas de minero y los inseparables “jeans”; cargábamos muchos kilos de libros y fumábamos con la puntualidad de un tic nervioso.

Sin embargo, yo era de los pocos que había leído algunos de sus libros de todo el grupo. Nuestras intervenciones eran breves, balbuceantes, pero al menos no nos arredramos para encontrar temas y pláticas que él siempre tuvo la cordialidad de respondernos. Lo mejor eran sus recuerdos y algunas imitaciones –una de José María Alponte con Echeverría- muy jocosas. Desde mi primera intervención le hablé de tú y fui bien recibido, eso permitió a los demás subirse al barco de la tuteada y lo llamamos Carlos: “Eh… Carlos; ah, Carlos…” Pero en general hablamos poco.

En esos meses de 1984 Monsiváis había publicado algo llamado El desafío mexicano y otro título, publicado también por Océano, llamado A la mitad del túnel, en donde optaba por la democracia como una vía razonable para los mexicanos. Se asumía la presencia del 68, los protagonistas lo asumieron y lo analizaron. Pero nosotros no éramos del 68.

Con R. (mi R., no la de Monsi) había pasado tardes enteras en un bosquecito de Tlalpan que estaba por Insurgentes, por la salida a Cuernavaca, atrás de los muebles de tartán. Colocábamos una hamaca y nos poníamos a leer la antología de poesía mexicana de Monsiváis. Había leído A ustedes les consta, Días de guardar y Amor perdido… Decenas de entrevistas en jajá, TVyNovelas y suplementos de todo tipo. Era (y es) un hombre que se las arregla para aparecer en los lugares más insospechados, con su agradable aspecto de personaje de Batman, como aquel salón de aquel grupito de estudiantes de la ENAH al que tuvo la tentación de conocer.

De todo lo que he leído de él después de aquella aventura, casi nada tiene que ver con la experiencia académica de Monsiváis en la ENAH. En un artículo para el suplemento Confabulario que llamó “De la movilidad cultural en México”, en el Universal (7.abr.07), hay un párrafo que se aviene a los contenidos curriculares de aquellos estudiantes. Monsiváis indica que “se inician en las universidades los trámites de la ciencia literaria, que llevan por lo común a cambios y rectificaciones periódicas en los planes de estudio, a celebrar (por “precisos y exactos”) a los esoterismos que no osan decir su nombre y, también, a replantear temas y textos literarios. En el tiempo sucesivo y/o simultáneo de estructuralistas, postestructuralistas, deconstruccionistas, teóricos de la recepción. Decaen dos “iglesias”: el marxismo y el psicoanálisis que, por otra parte, en la crítica literaria sólo disponían de fuerza tangencial. Crece la perspectiva del feminismo o los feminismos que, por lo pronto, revalúan las escritoras olvidadas (la mayoría). Se inicia todavía con timidez la moda de los Estudios Culturales”.

En otro párrafo de este escrito asienta: “Desde 1980, aproximadamente, la expansión de la industria académica es la presión tomada en cuenta para una revaloración general. Crece la montaña de voluminosas tesis doctorales, la orientación bibliográfica se da hacia las fuentes secundarias, se igualan las técnicas de la interpretación y del comentario, con pretensiones aceleradamente científicas. Y, en la antesala de lo canónico, se atiende a muy diversos autores con la seriedad antes sólo destinada a los clásicos”.

Cuando le hablaba a su casa para recordarle de “la clase” estoy seguro que fingía la voz de su mamá. “Ya se fue”. “Gracias, señora”, yo me deshacía de nervios con la señora, no fuera a ser ella de verdad y nunca me atreví a decirle

–Ya, pinche Carlos, te caché.



La foto de José Antonio López, publicada por La Jornada, muestra a Monsiváis francamente divertido en la Cámara de Diputados el 17 de marzo de 1995, cuando se aprobó alza al IVA. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Cambio de piel


Tras sesenta años de uso, notarán ustedes que dejo atrás mi pequeño nombre de Polo para denominarme en lo sucesivo Leopoldo, por así convenir a mis intereses y la prosapia de mis canas, ese largo y pretencioso nombre de origen germánico que por desgracia rememora a muchos sátrapas belgas que tiranizaron a sus pueblos y colonizaron África con fuego y espada, aunque siempre estarán Alas Clarín y Lugones para renovarme la sonrisa. Y mi abuelo Leopoldo, por supuesto.


Dicho lo cual, ahí me ven, aquí me ven y aquí me tienen. Yo sé que esto no tiene la menor importancia para el lector, a quien debe darle lo mismo que me llame Moisés o Galeano (o Marcos, que está vacante de momento), pero quisiera que comprenda lo mucho que significa para mí, es una nueva identidad, una renovación, un nuevo cambio de piel (Texto completo en el otro blog).

lunes, 17 de abril de 2017

De santos y religiones


Existe una leyenda inducida en los pueblos por los frailes católicos para justificar la nominación de un santo para una comunidad. En todos los casos el santo se apareció en un paraje cercano y pidió la edificación de una iglesia, que invariablemente le fue concedida con diligencia. Es lo único que queda de la mayoría de pueblos originales de la república mexicana, una digna iglesita que engalana los centros históricos de comunidades muy lejanas de la inmensa geografía nacional. Los frailes se salieron con la suya, pero es ahí donde entran los asegunes, pues los pueblos adoptaron con naturalidad la religión católica y la amoldaron a sus propios festejos, que convenientemente coincidían en los más importantes. Daba lo mismo llamar Guadalupe a Tonzntzin para un cuicateco de Santa Cruz Zenzontepec, Oaxaca, cuando sus creencias le permiten adorar y ofrendar a sus otras deidades como la santa Abuela, el santo padre Dios, la santa madre Tierra, la santa madre Luna, los dioses del Agua, del Viento, de la Lluvia, de la Montaña, las santas Ciénegas y la santa Lumbre o santo Fuego. Religión superior, la suya, que espera un equilibrio en la sociedad, “la naturaleza y lo divino-sagrado, intrínsecamente vinculados, donde los puntos de tensión han de garantizar el mantenimiento de la armonía de su universo”1. ¿Superior a qué? A la católica, por supuesto. Me gustan muchos de los valores de sus religiones astronómicas (sol, luna, estrella), aunque difícilmente vaya a compartir nunca los dogmas y las creencias que las atraviesan.

En la cosmogonía de los zoques, por ejemplo, el sol juega un papel importante ya que es la deidad principal y ahora se asocia directamente con Jesucristo. Existen entidades malignas que en todo momento amenazan la vida de los zoques y hay que estar preparado respecto a ellas y saber cómo evitar su ira. Así, por ejemplo, cualquier caída al suelo se interpreta como un intento del "dueño de la tierra" por apoderarse del alma de la persona; o bien, deben protegerse durante el sueño, ya que en este estado el alma del zoque vagabundea libremente y el espíritu de la noche está al acecho con el fin de "robársela", dejando al cuerpo sin alma. El diablo, aunque es una entidad católica, se asocia con distintos espíritus del mal que encarnan en animales.

Encontramos tres grupos religiosos entre los zoques: los católicos, los adventistas y los que se reconocen como "costumbreros". Existe un rechazo y una falta de reconocimiento de unos a otros, lo que propicia conflictos por la obtención de poder.
Es importante señalar que entre los costumbreros, a pesar de no reconocer al sacerdote católico como la máxima autoridad, admiten y celebran a los santos católicos; llevan a cabo fiestas tradicionales, danzas y sacrificios rituales. Para estas celebraciones existe un complejo sistema de organización cuya jerarquía se basa en la edad de los participantes: los más ancianos ocupan los cargos más importantes y los jóvenes los de auxiliares. Tienen como lugares sagrados, además de las ermitas y las casas de los "cargueros", las cuevas y las montañas del territorio.2

En el mundo subterráneo (Wits Ch'en) reina la paz, no hay dolor ni maldad. Ch'ujtiat pobló el mundo subterráneo con varios wots ch'en (espíritus juguetones, benéficos), mediadores entre el mundo celeste y el mundo terrestre.3

Después de vivir los martirios de la semana santa, por lo menos estas historias resultan más entretenidas.


Citas:
1 http://sic.conaculta.gob.mx/

jueves, 9 de marzo de 2017

El fraude de la asimilación


Miguel Othón de Mendizábal propuso una alternativa futurista para la relación entre los mestizos y los pueblos originarios frente a la inminente estrategia de asimilación que vio prosperar entre sus contemporáneos, planteó una posición moderna y sumamente práctica, que aún hoy podría prosperar: que sí había mucho qué conocerles a los pueblos indígenas; que había que preservar y cultivar sus culturas a través de sus lenguas; que había de aprovecharse su experiencia en herbolaria y medio ambiente; que habrían de desarrollarse sus industrias artesanales y ayudarlos en educación, higiene y comunicaciones sin aires de emancipación ni actitudes imperativas que les exigieran dejar de ser lo que eran y son. Lo que me interesa discutir aquí (en este blog) son las razones que lo sabotearon, que lo borraron del mapa de la antropología mexicana, que lo hicieron un gran desconocido a pesar de los premios, calles y auditorios que llevaron su nombre. Mendizábal lo dijo, lo escribió, lo dictó en conferencias, alertó del fraude uniformador de la asimilación.

Inevitablemente, al hacer esta observación, es preciso detenerse a ver a los llamados Magníficos de la Escuela Nacional, en los años setenta que, con más visión, modernizaron aquella súplica y condenaron también la práctica de ese mecanismo para manipular indígenas llamado indigenismo, tronco de nuestra antropología. Y como a aquel, también fueron acallados. Sus reflexiones no fueron presentadas ni mucho menos discutidas en la academia de la Escuela Nacional, donde los estudiantes carecimos de esa revisión, básica para cualquier discusión de antropología mexicana, no por error de método o carencia académica, sino por complicidad con las autoridades que durante ocho décadas usufructuaron un fraude a toda luz; se invirtieron millones y millones de pesos entre un gobierno y otro pero la situación de los indígenas mexicanos no cambió nunca y, en la mayoría de los casos, empeoró. El indigenismo era inmoral de origen, Mendizábal lo alertó, los Magníficos lo ratificaron, pero nadie hizo nada por impedirlo.

La discusión indigenista vive en estos momentos un nuevo estado de definición, los mexicanos optaremos pronto por una personalidad alterna a la que nos ofrece la globalización, con toda su cohetería y comunicabilidad. México vive un proceso de indianización a todas vistas, nuestro castellano está profundamente nahuatlizado, nuestras raíces indígenas a final de cuentas no son tan lejanas, pero es una pena que hayamos perdido tanto tiempo. La invención del Indigenismo mexicano retrasó este proceso cien años.


La antropología mexicana da a luz una institución que en nada difiere de la práctica española durante la colonia. La diferencia es que ahora los llamaba hermanos, aunque culturalmente buscara borrar sus identidades, ya no para imponer una moral cristiana de nuevo mundo, ahora a favor de un presunto proyecto nacional. El famoso mestizo que, negando sus orígenes mexicanos, prohijó la práctica de una política social sustentada en el racismo. No había nada qué conocerles, ellos tendrían que hacerse mexicanos.