domingo, 12 de mayo de 2013

Los indigenistas mexicanos. La Lista





Veo esta lista en una página de la UNAM y me pregunto quién la habrá elaborado. Quién eligió a los antropólogos mexicanos que debían aparecer y decidió los nombres de los antropólogos que por ningún motivo podían estar. En la lista no está Miguel Othón de Mendizábal, por supuesto. Pero lo que llama mi atención es esa necesidad de andar haciendo listas de nombres, siempre incompletas e injustas.





“Hemos incluido aquí a aquellas personalidades que, en general, reunieron tres características: su contribución a la formulación de políticas de Estado, su labor institucional y su producción intelectual. La lista es forzosamente incompleta y, seguramente, materia de debate. La omisión más notoria es, claramente, la de Guillermo Bonfil, para nosotros un destacado indianista. Una historia amplia y comprensiva del indigenismo debería incluir a los numerosos y muchas veces anónimos trabajadores indigenistas, quienes forjaron un estilo de trabajo dedicado a "mejorar las condiciones de vida de los pueblos indígenas", no pocas veces a contrapelo de las políticas rectoras, y también a quienes desde distintos frentes de trabajo realizaron aportes sustanciales a la teoría y a la práctica indigenistas. En la inclusión de Lázaro Cárdenas coinciden Gonzalo Aguirre Beltrán y George Collier, quienes aluden a él como uno de "los padres fundadores del indigenismo."

Gonzalo Aguirre Beltrán
Narciso Bassols
Lázaro Cárdenas
Alfonso Caso
Isidro Castillo
Luis Chávez Orozco
Juan Comas
Julio de la Fuente
Moisés T. de la Peña
Manuel Gamio
Ramón Hernández
Carlos Incháustegui
Vicente Lombardo Toledano
Alejandro Dagoberto Marroquín
Pedro Daniel Martínez
Fidencio Montes
Maurilio Muñoz
Salomón Nahmad
Francisco Plancarte
Ricardo Pozas
Rafael Ramírez
Moisés Sáenz
Luis Torres Ordóñez
Alfonso Villa Rojas
Arturo Warman

“La importancia de los intelectuales y funcionarios mexicanos en el indigenismo de América ha sido determinante: Luis Chávez Orozco y Moisés Sáenz fueron dos figuras fundamentales del Comité Ejecutivo Provisional que organizó el Primer Congreso Indigenista Interamericano, el cual aprobó la creación del Instituto Indigenista Interamericano (III). Manuel Gamio, Miguel León-Portilla, Gonzalo Aguirre Beltrán y José del Val fueron Directores Generales del III, y Guillermo Espinosa Velasco (ex-Director del INI) es quien lo preside hoy. Rodolfo Stavenhagen fue el primer Director del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe, y otro mexicano, Marcos Matías Alonso, ocupó también hasta fecha muy reciente ese alto cargo.”


http://www.nacionmulticultural.unam.mx/100preguntas/pregunta.html?c_pre=59&tema=7

domingo, 28 de abril de 2013

El nacionalismo



El nacionalismo es una necesidad de los habitantes de un territorio por definir rasgos comunes que protejan un patrimonio cultural heredado por sus antepasados, sea una costumbre, unas edificaciones o simplemente una manera de ver el mundo, es decir, una lengua. El nacionalismo ha sido el pretexto para centenares de conflictos bélicos a lo largo de la historia, pero también el motor para que muchos pueblos hayan podido superar algunos de sus problemas sociales más básicos; ha sido útil para la invención y consolidación de las leyes, la división política y la creación de una abstracta, pero útil, conciencia nacional. Siempre ha tenido como víctimas a las minorías heterogéneas, aquellas que escapan a la homologación por sus propias costumbres, lenguas, edificaciones o, simplemente, por su manera diferente de ver el mundo y sus confines. Un círculo vicioso que arrasa con la diferencia, que empareja visiones, costumbres y habilidades –también defectos- y aniquila, o al menos busca aniquilar, cualquier obstáculo que se interponga en la edificación del ideal.

Para el historiador Eric Hobsbawm, en Historia y mitos nacionales, durante el siglo XX el nacionalismo “reaccionario y retrógrado se convirtió, en manos de políticos y fanáticos, en un instrumento sumamente peligroso, capaz de acabar con la civilización". El nacionalismo se legitima a sí mismo y legitima también sus metas políticas invocando el pasado común de la nación que dice representar. Toda esta barbarie se legitima en razón del pasado, es decir, de la historia o, más exactamente, de la mala historia, pues es el siglo XX cuando se inventan el aniquilamiento sistemático de naciones enteras y el nacional-socialismo, el mismo que sólo le concede a un único grupo étnico derechos ciudadanos y derecho a existir. En otras palabras, considera Hobsbawm, la más bella tarea de los historiadores modernos es “ser un peligro para los mitos nacionales”. (Hobsbawm, 1992, Historia y mitos nacionales)

El filósofo e historiador francés Joseph Ernest Renan, en su famoso discurso de 1882 denominado ¿Qué es una nación?, despoja al concepto de nacionalismo de sus implicaciones raciales que implican los orígenes étnicos e idiomáticos. Para Renan la formación de una identidad nacional tiene que ver más con una creencia que comparte una historia común, acontecimientos trágicos o felices y el sentimiento de querer vivir esas coincidencias y otras más unidos como lo han estado hasta el momento. Más que la religión, la raza, el idioma, la cultura y el territorio impacta sobre el sentimiento nacional  "el olvido o el error histórico”,  que “son factores esenciales para la creación de una nación”. Y por esa misma razón, aclara Renan, “el avance, el progreso de la historia como ciencia es, con frecuencia, un peligro para la nacionalidad". (Renan, 1882, ¿Qué es una nación?) 

Roger Bartra, que ha insistido sobre este fenómeno nacional en México, opina que el nacionalismo, sin duda, ha contribuido a la legitimación del sistema político, pero se estableció como una forma mítica poco coherente con el desarrollo del capitalismo occidental, típico del siglo XX.

Para algunos estudiosos del nacionalismo en el mundo, que tan bien ha ilustrado el antropólogo argentino Carlos Floria en su obra, la politización de las religiones y la etnicidad constituyen las fracturas más visibles para su sobrevivencia; para otros, el nacionalismo es un refugio frente a las amenazas de la globalización. Sin embargo, todos coinciden en que es uno de los fenómenos políticos más importantes del siglo XX que persistirá en el nuevo milenio a pesar de sus contradicciones. El nacionalismo reaparece en los debates sobre migración y sus reacciones xenófobas, así como en los esfuerzos casi desesperados de algunos gobiernos por crear instrumentos jurídicos para preservar a sus minorías étnicas. “Sea como sea, -afirma Floria en Pasiones Nacionalistas - es el mundo el que cambia y su centro es el hombre, no el hecho nacional”. (Floria, 1998:12-13)

De ahí que la pregunta esencial que se hicieron los antropólogos de los años sesenta, sigue siendo hoy el paradigma del indígena asumido pero aún ignorado. ¿Es incompatible la idea de la patria y la presencia de diversas identidades étnicas? ¿Toca a la comunidad mestiza culturalmente esa condición multifacética? Múltiples evidencias de una reacción distinta es la que vemos hoy, cuando, al menos en la capital del país, los funcionarios son obligados a estudiar el idioma náhuatl, los grupos artísticos “mexicanistas” son estimulados por los dineros públicos y se crean universidades indígenas en muchos puntos de la geografía. Es posible palpar que los mexicanos ya no se conforman con un modelo acartonado de “habitantes occidentales” y comienzan a voltear  hacia su interior, a su genealogía. El origen de sus padres y de sus abuelos que ya no los sonroja. Incluso el gobierno federal, habiendo abatido la caduca institución indigenista y sus prácticas asimilatorias, divulga mensajes de concordia y comprensión hacia los pueblos originarios. ¿Es el principio de una nueva (o el fortalecimiento de una vieja) identidad?


Para Octavio Paz, que expresó su versión tan sensiblemente en El Laberinto de la soledad, el nacionalismo, si acaso no es una enfermedad mental o una idolatría, podría desembocar “en una búsqueda universal”. El premio Nobel mexicano afirmó que nuestra “enajenación” nacionalista no es distinta a la de otros pueblos, “ser nosotros mismos será oponer al avance de los hielos históricos el rostro móvil del hombre. Tanto mejor si no tenemos recetas ni remedios patentados para nuestros males. Podemos, al menos, pensar y obrar con sobriedad y resolución”. (Paz, 1967, 173)

El indigenismo mexicano tuvo una oportunidad histórica en los años treinta de definir una singularidad nacional para los mexicanos, pero la desaprovechó. Eligió que los mexicanos fueran “occidentales” de derechos universales, que sus obreros tuvieran los derechos de los obreros franceses y estadounidenses, que la lengua europea que nos legaron los conquistadores españoles fuera la única lengua hablante en este país. Eligió un nacionalismo con recetas ajenas, patentes internacionales que nos dieron un rostro fragmentado y confuso; careció de resolución, de confianza, de sobriedad, y hoy los mexicanos lo estamos pagando. El indigenismo mexicano eligió evitarnos ser nosotros mismos en contra de los “hielos históricos” que también decidió negar.


Bibliografía:

Renan, Enest: ¿Qué es una nación?, discurso de 1882, Sequitur, Wikipedia.
Floria, Carlos: Pasiones Nacionalistas, Fondo de Cultura Económica, 1998
Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, FCE, 5ª Edición, México, 1967.
Hobsbawn, Eric: Historia y mitos nacionales desde 1780, Crítica, Barcelona, 1992.

sábado, 20 de abril de 2013

Las crisis afectan las tradiciones


Doña María me dio de desayunar y de cenar en mis estancias en Huitzilan, en la sierra norte de Puebla. Cualquier cosa que fuera, huevos revueltos o frijoles o las muy frecuentes gorditas de maíz con café para las primeras horas del día, la comida de doña Mary era notable, siempre acompañada de una salsa verde. Sin embargo, la principal sazón de esta buena señora eran sus historias, la transmisión de sus amplios conocimientos de Huitzilan que antes que un ama de casa anciana la hacían parecer una antropóloga consumada. Póngame más frijolitos, pero platíqueme para qué se usan las ceras. ¿Y qué son las ceras en primer lugar?

La cera es una ofrenda al patrón o la patrona, es un símbolo religioso como los cirios. El mayordomo tiene que acarrear su leña, de allí tiene que hacer la cera, no sé cuántas ceras chiquitas y a parte son cuatro de las grandotas. Tardan cerca de 15 días en hacerlas.

De ahí tiene que ir juntando a los diputados para repartir el trabajo. El de las hojas de papatla para el tamal, ya tiene la leña, de ahí busca personas para ir a traer la flor, porque primero adornaron con flor de injerto, primero con eso, ahora no, se van por ahí por oriental a traer unas flores blancas, que las hacen ruedas, que en mexicanos llamamos tehuitos, con ellas adornan su casa, adornan la iglesia, el altar, y luego el mero día hay que traer la cera, los tamales, el cafecito, el aguardiente.

Tiene que traer las danzas y tiene que darles de comer a todos. A todos se les da café, puro café. Ahí está la gente bailando atrás de su casa, se llega la hora de traer la cera y ahí viene el mayordomo, que busca a sus compañeros y tiene que llevar la cera grande, él como mayordomo tiene que llevar la cera adornada, que es chiquita, no es grande, y a la hora de celebrar la misa él tiene que estar con esa cera junto a los otros, que llevan los cirios. Aquí son ocho días de fiesta, desde que yo me acuerdo don ocho días de fiesta. Diario, diario una misa, se hace la procesión en la calle.

Con el Señor Santiago son tres días. También a san Jorge le hacen su fiesta. El mero mero señor Santiago que está al centro del altar no sale, salen las imágenes chiquitas las que salen. Una vez sí salió, con don Nacho Villa, él si lo sacó pues era rico, le regaló dos quintales de café, su mazorca y así vinieron cargando a su santito. Es la única vez que salió el señor Santiago grande, le hizo su fiesta con juegos pirotécnicos. Cuando fui presidente interino me tocó entregar la cera, a su hijo lo operaron en México, era mero Julio, y me dejó la presidencia a mi para que entregara la cera. Pero todavía eran las cosas baratas, no se gastó mucho dinero.

Ahora no, son muchos millones. El castillo valía ochocientos pesos, eso lo daba el pueblo, ahora 40 mil pesos es lo que vale. Antes eran gruesas de cuetes, ahora no, unos cuetecitos, una docena ya valen… O sea que las crisis afectan también a las tradiciones. Pero no sé de dónde sale el dinero pero se tiene que hacer. Eres mayordomo y a hacer la fiesta.

Foto tomada de oracionesyconjuros.blogspot.com

domingo, 14 de abril de 2013

Aquí no hay fábrica de billetes


2006. Debido a la lluvia y el aire resultó afectada su siembra de maíz. Más de la mitad se tiró y se perdió. Necesitó ayuda. Por media hectárea pagó mil pesos por la renta de la tierra, y todo está perdido. Federico, campesino de Escatachutchut, Puebla, escarba la tierra con el zapato mientras habla de esta nueva pérdida de su cosecha que en el municipio de Ixtepec no es una noticia, les ocurre más o menos en cosechas alternadas. Por eso le pide ayuda a cualquiera que se acerque, tiran la bala a ver si pega. Nunca se sabe con esta gente de la ciudad. Sin melodrama, habla de su pérdida como si hablara de una noticia del periódico.

-- ¿Cómo puede recuperar algo… puede irse a trabajar a otro lado, qué piensa hacer?
-- Me voy a quedar aquí en Ixtepec porque no tengo preparación y estudios para poder tener otro trabajo fuera de la comunidad. No saldré a ningún lado. Ojalá puedan ayudarme. Por lo tanto desconozco la manera de recuperar la siembra.
-- ¿Cuántas personas dependen de usted y cuántos años tiene?
-- Ocho personas. Y comemos lo que trabajamos en el campo, pero con el problema de la siembra mis hijos pequeños posiblemente se quedarán sin comer. Y yo tengo 50 años.
-- ¿Aquí en Ixtepec puede trabajar con alguien como jornalero?
-- No hay forma de hacer eso. Sí aquí en Ixtepec lo que falta es precisamente eso, trabajo. La mayoría de la gente sólo se autoemplea.
-- Así nomás.
-- Pero hay otra cosa, todos los que tenemos problemas en su comunidad se van a México; pero qué pasa, no hay trabajo allá. No alcanza el trabajo porque llega un montón de gente. Algunos sí, pero no todos.

En Escatachutchut cerca del 50 por ciento de los productores de maíz salieron perjudicados por las fuertes lluvias y el intenso aire. Esto fue notificado a la Presidencia Municipal. A pesar de haber sido declarado el municipio como zona de desastre, los recursos de la ayuda oficial llegaron muy tarde, unos tres meses. Había poco qué hacer.

El Presidente Municipal reportó pérdidas en 810 hectáreas de maíz afectadas por los fenómenos meteorológicos en Ixtepec. En dos o tres meses llegaría el recurso para los campesinos dañados.

-- ¿Y mientras qué hicieron?
-- Mientras a ver qué comemos.
-- ¿Con cuánto pudo ayudarlo el gobierno?
-- 750 pesos por hectárea. Dinero aportado en partes por el gobierno federal, estatal y municipal.
-- ¿Qué opinan ustedes los campesinos de la ayuda del gobierno? ¿Resuelve sus problemas?
-- Por una parte está bien, pero con 750 pesos no alcanza para pagar la recuperación de una renta. A quienes arrendamos nos cuesta entre mil 200 y 2 mil pesos la tierra, sólo por media hectárea. Y luego nos debemos meter a trabar, a rayar, limpiar, echar fertilizantes y resembrar, eso se lleva mucho dinero.
-- ¿Y porqué lo siguen haciendo?
-- Porque así es. Sí uno no mantiene a su siembra, se echa a perder todo. Así como ocurre con el cafetal. La siembra debe cuidarse porque uno necesita su fruto para alimentar a la familia.
-- Sí la cosecha sale bien, de todos modos es mucho trabajo y muy pocos ingresos en el maíz… ¿sólo es para comer?
-- Sí, así es. Pero queremos apoyo de fertilizantes por parte del gobierno, sería bueno un 25 o 30 por ciento de cooperación con eso, pero cada año. Eso sería ayuda.
-- ¿Es algo sin aparente solución?
-- Realmente, a nivel nacional, eso ocurre con los productores de plátano, de piña, de cacao y de café. Esto es producto del Tratado de Libre Comercio (TLC). Abren las puertas al mercado mundial cuando los mexicanos no contamos con la tecnología suficiente para competir con esos países. Y por ahí viene todo éste problema. No podemos competir en producción de café de Colombia o Brasil. Pero las puertas están abiertas para quienes quieran vender ese producto a México. Con nuestra tecnología no damos el ancho.
-- No, pues cómo…    
-- Por otro lado, en Ixtepec se cosechan al año entre 500 y 800 kilos de maíz por hectárea y eso implica, según los estudios minuciosos realizados en la zona, gastar unos 6 o 7 mil pesos por hectárea o hasta 15 mil en algunos casos. Toda la cosecha en para autoconsumo, nada sale al mercado.
-- Sí, pues.
-- Pero hay otra cosa: si se perdieron las siembras de maíz, posiblemente el precio del maíz alcance otro valor. Significa que no alcanzará el maíz en la zona. Pero, sin trabajo en Ixtepec ¿en dónde ganamos dinero nosotros para comparar el maíz? Y el kilo de tortillas cuesta 6 pesos. Y el maíz cuesta como 2.80 pesos el kilo. Está claro: la gente que no cosechó su maíz debe buscar trabajo, dinero y alimentos en otro lado. Es un círculo vicioso.
--¿Entonces qué piensan hacer?
-- Por todo eso no podemos conformarnos con los 750 pesos del gobierno. Tenemos que trabajar y luchar otra vez. Y sí no lucho, me voy a quedar sin nada. Siempre necesitamos apoyo del gobierno, pero nuestro padre, el de allá arriba, es quien tiene más recurso y billete y no puede olvidarse de nosotros. Aquí no hay fábricas de billetes, y en otros lugares, sí.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Patishtán y la elasticidad


Hace tiempo escribí en otro blog que los mexicanos no sabemos hasta dónde alcanza a restirarse la indignación, pero sabemos que es bastante elástica, duradera y resistente. Una buena indignación la nuestra. Si exportáramos, en lugar de petróleo, indignación, no tendríamos problemas económicos. Es un asunto de mercado, habría que ver la categoría del producto en otras latitudes y actuar en consecuencia. Entonces la causa de mi indignación era la señora Jacinta Francisco Marcial, una mujer ñañhú 46 años del estado de Querétaro, con seis hijos, que fue acusada y encarcelada tres años acusada de secuestrar a seis inocentes policías judiciales amenazándolos con un cucharón de su cocina, puesto que no usó ningún arma. La historia movería a risa si no causara tanta indignación. Le dieron 21 años de condena y entonces ya había cumplido tres. Cualquiera que haya estado cerca de agentes judiciales con sus armas y sus radios de comunicación sabe lo difícil que es, no se diga secuestrarlos, sino siquiera mirarlos a la cara. La caricatura legal de esta sentencia apuntaba con su dedo acusador a la aplicación de la justicia de este país, en donde se sabe que más del 90 por ciento de los crímenes queda impune.

La indignación de hoy es causada por la sentencia de 60 años dictada contra el profesor tzotzil Alberto Patishtán, del municipio de El Bosque, Chiapas, a quien hace trece años culparon de un asalto armado en el que murieron siete policías en un paraje cercano a su comunidad. Su caso, con abundantes vicios e irregularidades, llegó a la máxima instancia de la Suprema Corte de Justicia, que por tres votos contra dos se negó a resolverle un recurso de inocencia, ante la sorpresa general de los propios círculos políticos, civiles y judiciales que esperaban lo contrario, las oeneges que lo han venido defendiendo, el obispo de Chiapas y hasta el mismísimo nuevo gobernador de este estado para quien Patishtán “debía ser puesto en libertad”.

Dice el diccionario que la irritación es un sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial. Cólera, furia, irritación son sinónimos de indignación. Me parece que se queda corto, porque la indignación es producida por una afrenta a nuestra dignidad, que hoy por hoy es lo único que nos queda. Indignación es un brebaje que ingerimos diariamente los mexicanos, que sabe amarga, que es difícil de tragar y que, tarde o temprano, terminaremos vomitando.

El día 22 de marzo el profe Patishtán y otros reclusos iniciaron una huelga de hambre parcial de 12 horas diarias en demanda de su libertad. Este blog hace se une a su solicitud.

sábado, 23 de marzo de 2013

El remedio te habla



DON AURELIO NICASIO:

Le había curado yo su hija. Ya se estaba muriendo y la curé. Y se alivió. Su mujer tenía un granote, por aquí de este lado, nunca se podía aliviar, ya había tardado. Y yo nomás dos veces la curé y se secó. Se alivió. Le eché un remedio.

Que le habla ahora su difunto mi hermano. Ya, me habló mi comadre, dice, “te vine a ver”, estábamos en la placita, allá estábamos, con otro amigo ahí estaba yo con él. Le digo, pues pa´qué me quieren. Dice, “vamos a ver un niño, está enfermo”. ¿De quién? “Pues, dice, de fulano, mi compadre. Mira, si no lo crees –porque no quería yo ir, como ya estaba yo medio… tomando tantito- Ya, le digo, pues ai temprano lo voy a ir a ver. Dice “no”, dice, sacó su papelito, dice, mira, me mandan que vaya yo a traer su cajita a Tulcingo”. ¿Sí?, digo, ay, de veras, entonces vamos. Pues me voy con él. Llegué a su casa. La señora, pues ahí lo tiene, lo está abrazando. Ya estaba grandecito. Pues ya ahí le digo, está malo tu hijito. “Sí, se está muriendo”, dice. Le digo, qué tiene pues. “Dejó de mamar”, dice “Ei, ya no mama”. Y que digo entonces ¿quieres que le haga yo la lucha? Siquiera lo voy a sobar, pues. “Yo no tengo remedio, nada”, dice. Le digo, voy a sobar, a ver si se compone. Sacó sus trapitos y que yo nomás me eché saliva a las manos y le empecé a sobar, don usted. “Bien, pues, ya no se mueva mocosito”. Ei, ya no se mueve. Y que le atiento a donde más le duele. Yo lo sentía aquí, del lado del corazoncito. Ya pues, ya se estaba acabando. Ei, que le empecé a sobar. Lo torcía yo y lo destorcía yo, ai mero donde estaba brincando su corazoncito. Y Dios quiso, don usted, se compuso. En la mañana ya, lo fui a  ver, dice: “luego se durmió, dice, mira, y ahora ya hace chiquirín”, sí se compuso. Ya, le di otra sobada más con la que se acabó por componer. El mismo Dios, pues, hizo quizás también. Pasó, pues, quedó aliviado ese mocoso.

DOÑA LOBORIA, SU ESPOSA:

Ei, le digo. Una vez no podía yo moler, en la mañanita. Sentía yo molestias, por aquí me duele como estacas, ay, me estoy muriendo. Ora cómo voy a hacer, sóbame mi mano. Dice, “mira, vente para acá, donde están los burritos”; le digo, ora, dónde me llevas, “donde están los burros, por aquí te voy a curar”. Y me empezó a echar caca de burro. No lo ha de creer, don usted, ora mi mano la puedo mover más. Sí. No es pues por otra cosa, sino que Diosito, pues, les enseña. Para que puedan curar a esos que toman el remedio. Y nomás que te soben, aunque no usen remedio, luego se compone uno, ajá.

DON AURELIO NICASIO:

No me enseñaron. Nada. Yo soy buen curador, pero… porque yo no quise, pues, porque muchos cobran caro pero no está bueno. Me dijo: “aunque no cobres, pero quiero que aprendas”. Ei, mismo remedio, pues. Como ahora lo estamos platicando, ansina, así me platicaba el remedio. Ei, me decía: “aunque nomás con la sobada –dice-, tú lo alivias nomás a una persona. Nomás con pura sobada si no quieres dar la toma”. Pero yo de por sí no quise, pues, porque no está bueno. Ei, siempre lo persiguen, pues. Como voy viendo, pues, de veras, hartos médicos ya se murieron. Luego luego se mueren, y yo, mira, Dios quiere, todavía aquí ando… je je. No hago casi maldades ¿vedá? Porque algunos ¿vedá? entran allí al ayuno. No se bañan, asina sucio ta´la ropa. Y yo, me enseñó el remedio que entrara yo limpio. Todos los ayunantes que ayunan limpios, bañaditos y ropita cambiada. No quiere sucios. Y asina, pues, por eso ahora yo no curo, pues. Nomás a mi familia en veces los voy a sobar. El remedio se llama chiquimol. Los mexicanos le llaman xexetchi. Dos remedios, ei, el xexetchi es mujer, el chiquimol es hombre.

O como ora yo ¿vedá? voy a ir junto a esa palmera, si es remedio, yo le voy a hablar, cuando yo le voy a enseñar la cáscara. “Mira, yo te vine a traer por esto. Quiero que me vas a hacer un favor. Vas a aliviar a una persona que vengo a traerte, pa´que lo vayas a alevantar”. Sí, ahí tiene cómo le platica uno más adelante, ya cuando uno está sacando la cascarita –se ocupa nomás la cáscara. Y eso se hierve para darle la toma al enfermo. También medido, nomás, ajá. Se hierve y queda bien espeso. A veces nada más dos tacitas.
Pero de que ande yo ganando como los curadores, no, porque los curadores salen de ajuera del pueblo. Un día los asustaron, los quieren matar por allá. Y eso es lo que no quise, pero con el remedio puedo hablar.
El remedio se aparece como cuando uno está soñando, digamos. Los enfermos lo ven así cuando lo tienen dentro, cuando tienen adentro la toma lo ven así como ´orita estamos nosotros platicando. Entonces lo ven al niño que ahí va, y le dice: “mira, si no estás conforme, dile a don Víctor que te entregue el dinero, y de por sí se va. Porque si no te lo entrega no se burló de ti, se burló de mí”, dijo el remedio.  El remedio lo ve en persona, lo ve al enfermo, no de palo, de persona lo ve, ai anda. Ei, así es.

* don Usted es Ricardo Montejano que grabó a la pareja de ancianitos mixtecos, mía la trascripción

domingo, 17 de marzo de 2013

El indio, lo indígena

El Diccionario de la lengua española interpreta la palabra “indígena” para definir a la población originaria  de un territorio cuya presencia en el lugar antecede a la de otros pobladores que llegaron después, habitualmente de Europa.  (RAE, 2001) Sinónimos de “indígena” son las palabras: nativos, pueblos originarios o aborígenes, esta última proviene del latín ab origine, que significa "desde el comienzo" o "desde el principio", lo que no quita que un locutor de Televisión Azteca la haya utilizado para referirse a una pandilla de aficionados futboleros que causó destrozos en un estadio. Tanta es la confusión.

Indígena, pues, es aplicable a todo aquello que es relativo a una población originaria del territorio que habita, que precede al de otros pueblos o cuya presencia es lo suficientemente prolongada y estable como para tenerla por oriunda, por lo que se aplica  a pueblos y etnias que preservan las culturas tradicionales o tradiciones organizativas anteriores al estado moderno, culturas que sobrevivieron la expansión planetaria de la civilización occidental. Es decir, “indígena” sirve para separar a los pueblos que no tienen ascendencia europea, que en sí mismos representan una antítesis de la cultura europea, aunque esto no necesariamente sea aplicable a toda realidad, pues existen pueblos con culturas preeuropeas a quienes no se aplica el término de indígenas, es el caso de los hindúes -paradójicamente, pues es ahí de donde nació la confusión colombina que se tornó en concepto-, así como los chinos, japoneses, persas, árabes, judíos, egipcios y esquimales entre otros. 

Donde quizás no hay grado de confusión es en América, en donde tenemos 500 años llamando indígenas a los pueblos originarios de aquí, también llamados amerindios, indios y nativos americanos y en donde nunca se nos ha ocurrido que puedan tener un nombre propio, que quizás los podríamos llamar como se llaman a sí mismos. Preferimos meterlos a un costal nominal que, como vemos, no explica mayor cosa.

En México, la definición histórica de indio, de lo indígena, tiene su origen evidentemente en la conquista española de 1521 y el largo periodo colonial, en el que hubo múltiples y controversiales argumentos sobre lo que había que entenderse por indígena, como lo ilustra Luis Villoro en Los tres grandes momentos del indigenismo mexicano. Parte importante de esa discusión transitó el paso hacia la vida nacional que sobrevino con la Independencia de España en 1824. Dejando a un lado las opiniones de sustancia racista, que eran las de la mayoría de los criollos y muchos de los mestizos acaudalados a costillas de la explotación de pobladores indígenas, lo rescatable en el siglo XIX son las opiniones de los escritores, educadores e intelectuales liberales que buscaron sinceramente una salida a las dificultades sociales que implicaba la consideración de “ser indígena”.

Un breve recorrido por las mentes preclaras de los decimonónicos mexicanos nos hará una idea de los sentimientos que movían aquella preocupación. Francisco Pimentel, lingüista e historiador observó que “tan triste es su situación que sólo se alegra al ver morir y llora al ver nacer” (Villoro, 1979:183), por lo que dedicó buena parte de su obra a descubrir el declive de las civilizaciones indias, en las que observaba una religión bárbara; despotismo de sus gobiernos, educación cruel, comunismo y esclavitud, culpando de su estado a la “degradación sufrida” en manos de los españoles y a la falta de una religión ilustrada, como la católica. A pesar de ello, Pimentel no tiene duda de su educabilidad, “si acaso Camper tiene razón sobre su capacidad craneana”, para lo que sugiere impulsar la inmigración, blanquear México para la salvación nacional y el olvido de sus costumbres e idiomas, puesto que los indios pueden rebelarse, por lo que se les extermina o se les transforma: “matar o morir”. (Villoro, 1979:184)
Guillermo Prieto critica su brutal explotación y su sometimiento al vicio, esta situación “frustra todas las combinaciones políticas” en el modo de ser de México. “En el fondo de ese cenagal de vicios… resplandece la idea del dominio pasado, el resentimiento de la dignidad ultrajada… el odio y la esperanza de venganza”. (Stabb, 1969)

El fundador del positivismo mexicano, Gabino Barreda, veía grandes esperanzas en la educación para moldear una sociedad. Pide una educación pública uniforme (1870), “borrar rápidamente toda distinción de razas y de orígenes entre los mexicanos”. La idea de Barreda fue retomada por Justo Sierra, Ignacio Ramírez, Rafael de Zayas e Ignacio Manuel Altamirano: hay que educar al indio, que Francisco G. Cosmes negaba por irrealizable, injusta e inútil. Sierra responde que el criterio de inactividad sistemática es contrario a la dignidad humana, a la verdad histórica y a la ciencia. Y cita a Comte y Littré: “una sociedad es más modificable cuanto más compleja sea”. (Stabb, 1969) De los tres, Ignacio Ramírez tuvo la visión partas pedir una educación especial, que apenas en 1982 el estado mexicano tuvo a bien aceptar como opción viable: Deben conocerse a sí mismos y tener nociones exactas de lo que los rodea y su “entrenamiento vocacional” debe ser especial, pues los beneficiaría más que la enseñanza académica tradicional, afirma Ramírez, que además pugna por reconocer sus lenguas, sus formas de pensar, pues “no llegaran a una verdadera civilización sino con el idioma en que piensan y viven”.

Francisco Bulnes es en muchos sentidos el malo de la película, pues sus razonamientos estuvieron imbuidos en una perspectiva racista sin pelos en la lengua. Para Bulnes (el indio “es un hombrecillo pendenciero, sucio y ladrón”) el indígena es patriota en su raza, pero no para la que lo ha oprimido. (Stabb, 1969)

El llamado “ideólogo de la Revolución”, Andrés Molina Enríquez, opinaba que a pesar de parecer inferior, su “adelantada selección” y “adaptación al medio” representa, en sentido biológico, a un grupo superior. Manuel Gamio, el padre de la antropología mexicana, desde su influyente puesto en la primera Secretaría de Educación Pública, pidió no abandonarlos a su suerte; crear una política estatal para su progreso, para investigar y satisfacer sus necesidades y aspiraciones biológicas, culturales y psicológicas. Lo hizo, fundó el indigenismo mexicano, que en palabras llanas significaba acabar con el indio para transformarlo en mestizo. 

José Vasconcelos, primer secretario de la educación postrevolucionaria, pensaba que no obstante su ignorancia y miserables sistemas sociales y económicos, los indios “son y pueden volverse aptos”. Recomienda sin embargo “dejarse influir por el indígena, por su cultura y por sus artes”.

Moisés Sáenz fue de los primeros antropólogos en experimentar sistemas para aplicar la política de asimilación indígena. Enfatizó su atraso, su aislamiento, “el ambiente pasivo” que los envuelve. Vive en “un medio de pobreza espiritual, de incapacidad económica y de aislamiento”. Su pobreza espiritual “es más bien una deficiencia de expresión que de cualidad espiritual misma”. (Sáenz, 1979: 106) Después de todo, dijo Sáenz,  sus almas no están muertas; hay que despertar su deseo de aprender mediante su propia colaboración.
El historiador y académico  Alberto María Carreño, prolífico ensayista literario y revisor de textos de mística y poesía, cree que no habrá solución a “la realidad social” mientras no se modifique de manera radical el “modo de ser de nuestros indios”. Y veía un solo camino: “total occidentalización”, pues como para otro secretario de Educación pública, Narciso Bassols, era urgente sacar de su postración y miseria intelectual a los indígenas puros. Transformarlos cultural, biológica, económica y socialmente. 

Vicente Lombardo Toledano, junto a Miguel Othón de Mendizábal y Julio de la Fuente, pensaba que había dos vías visibles para el tratamiento del indígena: obligarlo a mestizarse o respetar sus características y así que se incorporen a la economía y cultura de la patria. Lombardo observó que nunca se pensó realmente en su beneficio, “siguieron siendo los parias de siempre… los asalariados paupérrimos; en muchos casos los esclavos”, como lo afirmó en la Conferencia de Pátzcuaro de 1940. La mestización y disolución de los indios es una falsa enseñanza del pasado. Debe haber otros métodos para colocar al indígena en un mismo plano de posibilidades que el mestizo y el blanco. Por otra parte, el arte indígena ha servido para que no nos avergoncemos de ser mexicanos.

Gonzalo Aguirre Beltrán, el más influyente y moderno implantador del indigenismo operativo en México, observó que el indio manifiesta situación de subdesarrollo, pero que en los estudios antropológicos de los pioneros mexicanos se da una “importancia exagerada” a la definición del indio y de lo indio, hasta 1949, fecha del II Congreso Interamericano de Cuzco “donde esta preocupación epistemológica alcanzó su clímax” y se abandonó “la idea de la definición personal para intentar su definición en el grupo organizado”.  La definición de “lo indio”, de “indígena” dejó de tener importancia trascendente, lo importante era el desarrollo integral del sistema que comprende indios, mestizos y ladinos. En ellos no era importante descubrir niveles de aculturación, sino los niveles de integración intercultural. El indio, pues, resumió don Gonzalo, es el sujeto de la acción indigenista. 

No hay una explicación lógica que justifique el uso moderno de la palabra “indígena”, “indio”, “indito” para referirnos a los habitantes de los pueblos originarios mexicanos, persistentes sujetos de nuestro humor nacional (el chiste del indito es un género posicionado), la común invocación de lo abyecto y del atraso, la ignorancia y la suciedad es lo indígena, así como uno de los insultos más usados en nuestra amplia gama de improperios cotidianos: pinche indio.
El poeta ñuu–savi Kalu Tatyisavi, ganador del Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas 2012, declaró que es tiempo de poder redefinir conceptos como pueblos indígenas, indios y etnias, ya que éstos contribuyen a continuar con el racismo, la discriminación y el olvido de la historia mesoamericana. (La Jornada de Oriente, Paula Carrizosa, 2013-02-26) ¿Será?

Bibliografía
Sáenz, Moisés, México íntegro, SepSetentas, 1979
Stabb, Martin S., América Latina en busca de una identidad. Modelos del ensayo ideológico hispanoamericano, 1890-1960. Trad. de Mario Giacchino, Caracas, Monte Ávila editores, 1969.
Villoro, Luis, Los grandes momentos del indigenismo en México. Ed. Casa Chata, num. 9, México, 1979.