miércoles, 20 de julio de 2016

Los trajes femeninos tradicionales de Puebla


Nahuas de Cuetzalan, Puebla

Los domingos por la mañana la plaza de Cuetzalan, desierta entre semana se llena de puestos y ruido. Bajo la torre del reloj, a la sombra de las palmeras, en las anchas escalinatas, se sientas las mujeres nahuas, que vienen al mercado a vender verduras, guajolote, fruta y cal para las tortillas.

Las mujeres llevan una blusa de escote cuadrado, con bordados al pasado rojos, azules o negros alrededor del cuello y de las mangas. Las mujeres llevan enredo, hecho con dos lienzos, que llega al tobillo; lo pliegan en un solo tablón atrás, del ancho de las caderas y en cuatro tablas más pequeñas que se encuentran enfrente, usan enredos que sujetan en la cintura por medio de un cinturón de lana roja con dibujos geométricos. Usan un huipil de encaje, adornado con una cucarda de listón azul o morado igual al listón que bordea el escote. Las mujeres de Cuetzalan utilizan un enorme tocado que en días de fiesta alcanza 50 cm. de alto, hecho con estambres de lana verde y morado que enrollan en el pelo y anudan en lo alto. Las madres cargan al niño de dos maneras: envuelto en un lienzo de algodón o acostado dentro de una canasta de red, colgada en la espalda que se usa en toda la Sierra de Puebla.

El hombre usa un cotón de lana negra con pequeñísimas mangas donde nunca meten el brazo. Visten camisa suelta de manta blanca, sobre un calzón de la misma tela fajado a las caderas y amarrado debajo de las rodillas, lo sostiene un ceñidor blanco terminado en fleco. Bajo el ceñidor lleva una bolsa de tela para el dinero, usan sombreros de alas anchas y planas con copa semiesférica más pequeña que la cabeza lo que lo mantiene horizontal, detenido con una cinta de lana negra, huaraches llamados de pico de gallo en los que una sola correa se enreda alrededor del pie y del tobillo y se amarra con un nudo, además del imprescindible machete en su forro de cuero.

Nahuas de Hueyapan, Puebla

Las mujeres del pueblo usan todavía prendas hechas por ellas mismas. Entrando a sus patios se les puede encontrar arrodilladas frente al telar, tejiendo faldas o ceñidores, o sentadas en un petate bordando los rebozos; de la jícara que tienen a su lado asoman los estambres de vivos colores.

Hay dos clases de faldas: una, de lana negra, de 3.50 metros de ancho tiene cerca de la pretina en la que está montada, un corte de 20 centímetros de manta blanca. Algunas en la parte inferior están bordadas con guirnaldas de flores en punto al pesado, de estilo moderno. La orilla está ribeteada con una cinta de lana verde o roja, cosida en la tela. La otra es un enredo de lana café, un poco más angosto y de dos tiras, liso atrás y con abundantes pliegues en la parte delantera. La tela sobresale de la faja, y las mujeres doblan hacia abajo la parte saliente, para sujetarla con dos vueltas de la misma faja. Las blusas o camisas son de manta blanca con escote cuadrado, bordadas en el pecho y los hombros con punto al pasado. Alrededor de la pechera llevan un olán de 2 centímetros de ancho. El rebozo es de lana negra muy ancho, cubierto casi por completo de bordados en punto de cruz hechos con estambre de colores. Las dos trenzas caen sobre la espalda entrelazadas con varios cordones de lana que las unen en la parte superior; las puntas cuelgan entretejidas con el pelo. El rebozo de Hueyapan es de lana negra, muy ancho, cubierto casi por completo de bordados en punto de cruz hechos con estambre de colores. Quedan algunos dibujos antiguos, como la cruz de brazo doble y la greca del agua. Entre los pájaros que bordan las mujeres prefieren el colibrí, en el medio del rebozo casi siempre recaman una maceta de flores.

Para cargar la mercancía, los hombres usan redes de fibras de corteza de jonote, armadas con dos bastidores de madera ovalados. Estos van ligados entre si en sus parte inferior y unidos en sus lados con otro pedazo de red. En la Sierra de Puebla se ha utilizado ininterrumpidamente este artefacto, sin cambio alguno desde los tiempos prehispánicos.

Ña Ñhu (Otomíes) de San Pablito, Puebla

En la ladera de una honda barranca de la Sierra Poblana se esconden entre naranjos y cafetos, las chozas de San Pablito. Sólo el blanco campanario de la iglesia destaca entre el verde de la montaña y sirve de guía al viajante que a pie o a caballo, sube la empinada cuesta para alcanzarlo. San Pablito y algunos pueblos cercanos están poblados por otomíes, completamente aislados de los hidalguenses del Mezquital. También son agricultores, pero se encuentran en una región fértil en la que cultivan caña, naranjas y café.

Las mujeres visten enredos formados por seis tiras de 16 centímetros cada una, cosidas a lo largo, las cuatro tiras centrales son de manta blanca; las otras dos azul oscuro cuadriculadas en azul pálido. El enredo tiene un ancho de 2.65 metros por 95 cm. de largo. La blusa es de manga corta y escote cuadrado, rematado con un ribete de puntas; está bordada en colores brillantes sobre el pecho y las mangas con figuras humanas o de animales en punto de cruz o con chaquira. Arriba de las blusas las mujeres usan un quechquémel, tejido en algodón blanco con una ancha franja de lana morada o roja, que tiene la particularidad de formar escuadra al fondo de la prenda sin que los hilos estén cortados; cuando quema el sol las mujeres acostumbran taparse la cabeza con el quechquémel. Los hombres visten calzón, camisa de manta blanca y un ceñidor de algodón blanco, con un fleco finísimo de macramé bordado en colores. Llevan cotón negro o azul con rayas blancas, morral de ixtle y huaraches.

Hoy en día las mujeres de San Pablito bordan faldas de manta con extraordinarias figuras de caballos, personas y águilas, pero no para utilizarlas ellas mismas, sino para venderlas a los turistas. Conservan unas raras canastas llamadas “tancolotes” hechas con un armazón de varas, entrelazados con tiras de corteza de árbol de jonote. Cargan las canastas pequeñas en las espaldas amarrándolas con el mecapal, o las cuelgan del hombro.

Tutunakú de la Sierra Norte

En las fiestas las mujeres usan faldas blancas de tul bordado con artisela, que dejan entrever la enagua de tela brillante, de colores vivos. Las mozas mas apegadas a la tradición bordan una enagua de manta, desde la cintura hasta la orilla interior con pájaros y flores en punto de cruz, que se trasparentan bajo el encaje. Comúnmente usan faldas sencillas, de manta o de artisela, montadas en pretinas. Como adorno, esas prendas llevan una o más alforzas. La blusa o camisa está bordada con flores en punto al pasado o de cruz, o tiene una bata tejida de gancho. La manga corta, hecha de tablones, queda muy pegada a la articulación. Dicha blusa está cubierta en la parte delantera por un paño cuadrado de artisela (que llaman fular) dos de cuyas puntas las atan en la nuca, e introducen las otras dos bajo la pretina. En las fiestas usan también fulares blancos.

De ordinario las mujeres se ponen delantales de artisela o de percal. El quechquémel está formado por dos rectángulos de organdí blanco bordado con artisela blanca. Alrededor está adornado por un olán, de tul bordado también en blanco. El escote tiene una punta de encaje de artisela brillante, sin embargo las mujeres totonacas no se ponen sus quechquémeles, sino que los colocan sobre su espalda, doblados en triangulo como chales.

Su pelo largo está recogido en dos trenzas que las jóvenes dejan caer por la espalda; suben sus puntas y las amarran detrás de las orejas. Los hombres visten pantalón de popelina blanca, bombachos que les llegan al tobillo donde se amarra con una jareta. La camisa tiene un amplio cuello cuadrado y una bata ancha. Los pliegues abundantes de la tela de la espalda hacen que cuelgue y parezca más larga en la parte inferior. La manga empieza unos 10 centímetros debajo del hombro, es amplia y termina con un puño alto y angosto. En el cuello los hombres llevan un pañuelo enrollado, otro asoma de la bolsa en el pecho. Algunos son de algodón rojo, otros de artisela brillantemente coloreada con bordados de flores.

Ha shutaenima (Mazatecos) de la Sierra Negra

La Sierra Negra poblana es una prolongación de la sumamente húmeda sierra mazateca oaxaqueña, las lluvias frecuentes y la neblina favorecen el desarrollo de naranjos y cafetos; pero a menudo obligan también a las mujeres mazatecas de la sierra a llevar paraguas.

El huipil de las mujeres mazatecas es de tres lienzos de manta blanca, con bordados en punto al pasado y con las costuras escondidas bajo una franja de tres listones de artisela, de colores alternados azul y rosa. Otras franjas iguales, de siete listones cada una, están cosidas horizontalmente a la mitad del huipil y en la orilla. La prenda queda dividida en cuatro cuadrados en la parte superior y dividida en cuatro rectángulos en la inferior, separados por las referidas franjas de listones. Sobre pecho y espalda destacan flores bordadas entre vistosos pájaros de tamaño natural; otros motivos de plantas y aves llenan las demás partes. El escote está adornado con un gran cuello de tul y con listoncitos azules y rosas alternados. Listones iguales y encaje forman las mangas. Las mazatecas fajan estrechamente el enredo alrededor del cuerpo y, empezando por la cadera derecha, doblan un único tablón hacia atrás. Compran ceñidores en el mercado o los sustituyen con un paliacate o cualquier cinta de tela.

Se peinan con raya en el medio; dejan caer las dos trenzas en el pecho y las entretejen con listones negros, que amarran al final con dos asas grandes, sin moño. 

Ñuu Savi (Mixtecos) de Puebla y Oaxaca

Los Ñuu Savi o mixtecos son una enorme comunidad que habita el sur del estado de Puebla y la mitad del estado de Oaxaca.  Anteriormente las mujeres llevaban al interior de sus habitaciones únicamente un enredo blanco, de manta enrollado alrededor de las caderas y sin tablón ni ceñidor; el busto desnudo. La tradición señala que las mujeres casadas usen fajas de 10 cm de ancho, color azul marino con una hebra azul pálido en la orilla.

Las indígenas de Jamiltepec llevan el pelo como una corona, enrollado en dos mechones alrededor de la cabeza y anudado sobre la frente. Los hombres mixtecos llevan calzón de manta blanca fajado en las caderas, y una camisa de algodón tejido por sus esposas, dos pequeñas borlas cuelgan del lado posterior del escote. El ceñidor de los hombres, tejido a mano, puede ser blanco liso o con franjas de caracol. Los viejos todavía usan sobrero negro de copa alta y alas anchas hecho con fieltro de lana de borrego.

La mayoría de los huipiles de Jamiltepec son de manta o de artisela brillante, aunque aún puede encontrarse unos hechos con telar de cintura. Sin embargo, las mujeres no deben vestirlo, y sólo lo llevan sobre la espalda como un manto cuando van a la iglesia o al mercado. Si hay sol se lo ponen en la cabeza. El escote que es un simple corte recto en el centro, forma un pico enmarcando su cara. Las fiestas principales de Jamiltepec se celebran el día 1 de septiembre, día de la Virgen de los Remedios y el 25 de julio día del Patrono del pueblo. En semana Santa salen diario procesiones nocturnas, que llevan en andas imágenes conmemorativas de la Pasión del Señor.

N`giwa (Popolocas) del Valle de Tehuacán, Puebla

Los N`giwa, conocidos como popolocas, son un grupo étnico que habita en el valle de Tehuacán-Meseta Poblana: Tepeaca, Acatlan de Osorio, y una parte de la Mixteca oaxaqueña.

La indumentaria general en el hombre es el calzón de manta blanca, sostenido por una faja de algodón tejido, camisa de igual material, adornada con figuras bordadas con hilo rojo; sombrero de palma, sandalias o huaraches.

La mujer utiliza una falda hecha de una larga pieza de manta enrollada con una faja como cinturón, una blusa corta con mangas igualmente cortas y escote cuadrado, adornada con bordados hechos de hilo color rojo y rebozo.

Hamaispini (Tepehuas) de la sierra norte de Puebla

La etnia Hamaispini, conocida como tepehua, habita en varias comunidades de los estados de Puebla, Veracruz e Hidalgo y forma parte de la familia lingüística totonacana, que la emparenta con la cultura tutunakú o totonaca.

Los Hamaispini presentan una notable afinidad cultural con los nahuas, totonacos y otomíes que habitan en región, pues todos se desenvuelven en el mismo ambiente y las evidencias parecen indicar que tal ha sido la situación desde tiempos prehispánicos.

Los hombres hamaispini visten con la clase indumentaria campesina: calzón y camisa de manta.
La mujer porta camisa bordada con hilos de colores. Su falda se denomina liado que es bordado con vistosas figuras en toda la orilla sostenida con una faja negra de telar de cintura. Un rasgo cultural peculiar de las hamaispini es la muy característica técnica por la que destiñen la prenda femenina llamada tapún, que conocemos por el nombre náhuatl de quechquémitl o kexken. En tiempo de frío, los que viven en lugares más altos, se les ve arropados con sarapes y ropa gruesa.


Fuente: cni.gob.mx y Wikipedia

viernes, 8 de julio de 2016

Ellos debían hacerse mexicanos


En las primeras décadas del siglo XX el gobierno de México institucionaliza el indigenismo para ser aplicado como estrategia de desarrollo económico de las regiones. El Estado mexicano asume la estrategia de la integración, la asimilación, buscando uniformar las diferencias étnicas y culturales de los mexicanos a favor de un antiguo ideal de igualdad.

La asimilación tenía una larga historia desde que, luego de la Independencia y a lo largo del siglo XIX, fue discutida por los intelectuales que coincidieron en que era la educación el vehículo adecuado para llevar a cabo esa asimilación, aunque hubo voces que la consideraron peligrosa.

Tras la Revolución, la asimilación del indígena al “elemento” mexicano fue finalmente formalizada “científicamente” por Manuel Gamio, que asume el indigenismo desde un programa de antropología ambicioso e inteligente, pues proponía estudios integrales para conocer y valorar a las comunidades indígenas a fin de facilitar el trabajo de la asimilación.


En los siguientes años, los buenos deseos y las complejidades técnicas de los antropólogos fueron absorbidos por los archiveros de las dependencias de los sucesivos gobiernos revolucionarios. No había que darle tantas vueltas, la asimilación significaba convertirlos en campesinos mexicanos, y el indigenismo, en la práctica, con sus experimentos esporádicos, fue dedicado a castellanizar al indio y a negarles, hasta 1992, alguna personalidad cultural.

Así lo recordó el profesor Martiniano Reyes Pérez que entrevisté en 2011 en la Comunidad Santa Isabel el Mango, Veracruz:

“… en aquellos tiempos la educación indígena aun no existía, en mi pueblo había maestras estatales o federales que nos enseñaban en español, e incluso nos prohibían hablar totonaco. ´Está prohibido hablar totonaco´. Entonces, cuando nosotros hablábamos tutunakú nos castigaban físicamente”.

O el maestro Alberto Olarte Tiburcio en Espinal, Veracruz, quien llegó a pensar que su idioma y su cosmogonía no servían para nada, como me lo confió:

“Mi formación fue muy difícil, porque cuando yo ingresé a la escuela primaria, yo era hablante al 100 por ciento de la lengua tutunakú, mis profesores no hablaban mi lengua, por lo tanto no había entendimiento. La consecuencia fue estar cuatro años en Primer grado, mi profesor me mandó a Segundo grado cuando me aprendí de memoria mi libro de español, se llamaba Lengua Nacional; cuando me aprendo desde la primera hasta la lección número 24, de memoria, es cuando pude pasar a Segundo año”.

El Indigenismo se implementa como estratagema para el tratamiento del asunto indígena a través departamentos, escuelas, albergues, oficinas y dependencias que terminaron convirtiéndose en el Instituto Nacional Indigenista en 1948. La nueva burocracia asumió desde sus inicios que los mexicanos nada querían saber de la otra mitad de su pasado, la indígena, negándose a escuchar las voces discordantes. El Indigenismo tendría supuestamente otras prioridades: abatir la miseria prevaleciente en las regiones de México; imponer el español como idioma único de los mexicanos; educar y capacitar a los indígenas y campesinos de México para que pudieran ser el motor del desarrollo económico e industrial del país. Fracasó en todas. Hubo, sin embargo, éxitos colaterales pues, un siglo después, los mestizos mexicanos de hoy no conocemos ni los nombres de los pueblos originarios, mucho menos las cualidades herbolarias, lingüísticas, artísticas, agrícolas o sociales, que muestran actualmente sus culturas aún vivas.

Contemporáneo a estos hechos, Miguel Othón de Mendizábal hizo desde 1922, a través de escritos, conferencias, cátedras y comisiones gubernamentales que encabezó o en las que colaboró; como educador y fundador de algunas de las instituciones más importantes de este país, una enérgica defensa a favor del indígena, tomando en cuenta sus aportaciones culturales, sin despojarlo de su raigambre étnica, de su lengua, rasgo que lo distingue de sus contemporáneos, que decidieron hacer exactamente lo contrario.

Mendizábal propuso un indigenismo político, empezando por solicitar que los indígenas fueran reconocidos en la Constitución Mexicana como comunidades culturales, y no como individuos particulares. Y una vez hechos sujetos culturales por las leyes, establecer estrategias de acuerdo a las zonas geográficas que habitaran, crear una procuraduría indígena dedicada a defender los derechos constitucionales de las comunidades, defenderlos del abuso de los cacicazgos y poderes locales prevalecientes, para que ellos pudieran proteger la distribución de sus productos, hacerlos sujetos al crédito, permitirles el uso de tecnología y, a la par de aprender español, cultivar su lengua autóctona, que para Mendizábal era más que un idioma, era una forma de ver el mundo que pertenecía a las regiones, que guardaba sabidurías antiguas y que, en realidad, pertenecía a los propios mestizos mexicanos, pues era parte de su pasado, por lo que deberían apropiárselo, antes que separarse de él. Pero Lázaro Cárdenas no lo escuchó. Y si lo hizo, como muestran ciertas evidencias de su cercanía con el Tata, cambió radicalmente de opinión, constituyó el indigenismo exactamente hacia el otro lado: no había nada qué conocerles.

Ellos debían hacerse “mexicanos”. La imagen del indio fue estereotipada en diversos soportes (cine, comedia, carpa, canciones, periodismo), desde entonces sería una figura decorativa de nuestro folclor, un bufón, la imagen viva de la miseria y la insalubridad, del deterioro moral y físico. Lo único que no es posible escatimarles, observó el periodista Fernando Benítez, es ese carácter del que no podemos despojarlos: son nuestros compatriotas.


jueves, 30 de junio de 2016

Los partidos políticos ya sabemos cómo se manejan


La noche llegó pronto en Huitzilan tras el largo viaje en coche desde la ciudad de Puebla; aunque salimos muy temprano de la capital del estado y tuvimos una agradable recepción de las autoridades antorchistas que nos ofrecieron alojamiento en el centro mismo del pueblo, de pronto era de noche en las Sierra Norte de Puebla. La primera reunión fue eficazmente organizada por un joven ingeniero que a la vista era quien organizaba todo lo demás, el mando municipal y la comandancia de policía, cuyos componentes estaban muy lejos de ser los modestos policías con macana de otros pueblos, iban armados con armas largas y las dos ocasiones en que salimos en caravana a lugares cercanos a la cabecera encabezaban un convoy atrincherado detrás de sus temibles armas. El horno no estaba para bollos a principios del tercer milenio aunque al parecer la violencia que fue famosa en esta región veinte años antes ya había pasado, aunque “no podemos bajar la guardia”, advirtió “el ingeniero”, nominación que expresaba una identidad, un cargo no oficial y un incuestionable poder político y social. “Váyase por unas cocas, mi presi”, le pidió al presidente municipal entregándole unas monedas.

Esa noche, al calor de unos brandis con cocacola, reunidos varios personajes de la política local, fuimos ilustrados con la versión antorchista de la lucha contra la Unión Campesina Independiente (UCI) que todavía un año anterior les había costado un muerto. ¿Qué pasó el Huitzilan de Serdán a principios de los años ochenta?, preguntamos el grupo. Don Crecencio Bonilla, uno de los tantos Bonilla de este pueblo, fue el primero en responder.

-          Asesinatos por donde quiera. Nos quedamos poquitos, pero empezaron ya los asesinatos muy fuertes que, tan sólo yo, perdí cuatro sobrinas mías, que de veras fueron sobrinas mías porque su padre era sobrino de mi padre. Mi padre, ya de noventa años, ya ni qué. En el mismo momento mataron a cuatro. Una de ellas ya era casada pero las demás no. Jovencitas. Las mataron por chismes. Los asesinos eran gente ignorante y no sabían qué era lo que peleaban, que porque la veían a usted platicando con fulano. Ellas ni se metían en nada. Entonces ya, le dije a mi padre, ya mataron a mis sobrinas, ya mis hermanos todos se tuvieron que ir con los asesinatos que había aquí, ya sólo me quedé yo con mi padre.

-          ¿No había autoridades o qué?

-          El presidente municipal, que era hermano mío, ya ni se metía en nada, sólo ir a recoger difuntos. Ese era su trabajo, andar recogiendo muertos, ya ni una obra ni nada, él quisiera que ya entrara otro, ya no se metía en nada: “Qué cosa voy a hacer –decía-, qué justicia voy a hacer, aquellos señores tarde o temprano me tienen que matar”. Entonces, ya después hubo un cambio, cuando eligieron presidente municipal a don José Ramírez Velázquez, desgraciadamente él y sus regidores no podían estar aquí, tuvieron que ver la forma de organizar todo desde Zacapoaxtla, a donde se fueron todos con todo y familia. Ellos iban con ese miedo que les metieron, de matar cuatro en una casa podían matar a cualquiera en su propia casa. Cuando llegó Antorcha Campesina a Huitzilan nosotros vimos que lo primero que hicieron fue organizar a la gente. Ya los malhechores tantito estaban en Totula, tantito estaban en San Miguel, organizándose, pero no para trabajar, sino para armarse mejor, se organizaban militarmente, porque no sé qué contacto tenían ellos en el gobierno, pues apenas oían ellos que iba a entrar la federación se esfumaban, llegaba la federación y nada. Se iba la federación para Puebla y aquí estaban otra vez. Uno no podía decirles nada, sino era uno cadáver seguro. Antorcha trajo a la policía estatal, empezaron a organizar a la gente y todo terminó. 



Interviene entonces don Filiberto Hernández Bonilla, que como don Crecencio también fue presidente municipal de Huitzilan, cargo que tampoco se peleaba demasiado. Le pedimos que nos ilustrara un poco sobre la temible UCI, la histórica organización izquierdista y enemigo acérrimo de los antorchistas que nos acogían esa noche. Don Crecencio acomodó su vasito de plástico en la mesa y arrastró su mirada por el piso hasta nuestras rodillas, donde la detuvo.

-          La historia triste de Huitzilan no era algo nuevo; como todos sabemos, el municipio también tuvo que sufrir durante siempre las injusticias del cacicazgo, y a raíz de eso, de tantas injusticias y tantas desigualdades; aparte del atraso, pues. Por ejemplo, aquí no conocíamos ninguna obra de beneficio social. A raíz de eso, en 1976 llegó una organización que fue satélite del antiguo partido PSUM, llamada Unión Campesina Independiente. Llegó aquí a Huitzilan y su bandera era la de “no al impuesto predial”, y aparte de eso, pues ofrecía tierras a la gente, ofrecía hacer justicia. La gente, pues ora sí, cansada del cacicazgo, inmediatamente se organizó con la Unión Campesina Independiente, la UCI. Empezaron a invadir predios, uno de ellos es el Talcuaco y otro es el Ocotal, invadieron y se pusieron a invitar a la gente a sembrar maíz, principalmente, ofreciéndoles que se iba repartir equitativamente. Así fue al principio.

-          ¿Juntaron gente, pues?

-          Sí, la gente empezó a jalar con ellos, a trabajar. Para esto, ellos tenían gente armada y a la gente que estaba más cercana a ellos le daban un arma para su defensa; pero resultó que ellos armaron a la gente pero su líder nunca, casi nunca, supo o pudo controlarlos, pues ellos trataban más bien, no de hacer las cosas adecuadas, sino que empezaron a mandarse, empezaron a matarse entre ellos; empezaron, por medio de las armas, a violar mujeres. No respondieron, pues. Entraban en las casas a robar. A la gente del pueblo, que pensaba encontrar un refugio ahí, le fue peor. Entre ellos empezaron a matarse y a hacer muchas injusticias, incluso mucha gente ya no podía vivir aquí, tuvo que ausentarse del pueblo, unos se fueron a Huahuaxtla, otros a Zapotitlán, a Puebla, a México y a varios pueblos. Y, pues, era un desorden aquí, tanto que diario había muertos y el pueblo estaba abandonado; se convirtió en un pueblo sin ley, no había seguridad. La gente, desesperada, tocó puertas a los partidos políticos, pero nadie, ni el propio gobernador, nos hizo caso y anduvimos tocando puertas y nadie nadie se preocupó por venir a poner la paz.

-          ¿Cuánto duró eso, don Crecencio?

-          Mucho. La gente que salió fue a Zacapoaxtla, allí ya tenía presencia la organización Antorcha Campesina, toda esa gente que salió conoció a Antorcha en Zacapoaxtla, y como la organización ya tenía antecedentes ahí, les contaron a los líderes cómo estaba la situación acá, entonces los líderes de Antorcha dijeron que iban a tratar de resolver los problemas. Fue así como conocimos a la organización Antorcha Campesina y gracias a esa organización la gente regresó. Nosotros visitamos al gobernador de esa época, creo que era Guillermo Jiménez Morales, y ya, él mandó a la policía estatal, a los federales y así fue. Desgraciadamente vivimos en un país donde no hay justicia, donde hay mucha desigualdad, esté uno con quien esté.

-          ¿Nomás cambiaron de bando?

-          Nosotros, cuando llegó Antorcha, pues, incluso yo mismo también desconfiaba, pensaba en que a la mejor, como dice el dicho, es “la misma gata pero revolcada”. Hacíamos reuniones y nos platicaban los antorchistas que hacían falta escuelas, calles y muchas cosas. Pero tal como nos hablaban veíamos que lo que decían se iba convirtieron en realidad, veíamos que sus discursos se materializaban, porque precisamente esa clase de política es la que necesitamos los mexicanos, que haya justicia, porque yo desde que nací no he conocido la justicia. Se supone que la justicia es darle a cada quien lo que le corresponde, creo que es un valor humano, es un valor que todos aspiramos a alcanzar, es un valor humano muy elemental. Y nos pareció bien el ideal de Antorcha y le entramos con ganas, nos gustó y hasta ahora no pensamos cambiar de bando, porque en la política de Antorcha se hacen las cosas que se dicen, se hacen bien, y estamos contentos con esta política, porque para nosotros Antorcha ha transformado el municipio, de ser un municipio sumido en el fango del atraso, la marginación, la injusticia, ahora Huitzilan es otro, y no nos da pena decir que somos antorchistas; al contrario, para mí es más orgullo decir que soy antorchista que ser  miembro de un partido político, porque los partidos políticos ya sabemos cómo se manejan, ni representan los intereses del pueblo, ni nada; son antipueblo, antiprogresistas.

Lo animamos con ademanes a profundizar en el tema.

-          Los partidos políticos lo que hacen es engrandecer su política y ayudar a los que más tienen. Y a los pobres: nada. Yo como ciudadano mexicano quiero que mi país sea justo, quiero que mi pueblo sea un pueblo sin injusticias, con libertad y educación, pues consideramos que sin educación no puede haber justicia. Y la organización ha impulsado bastante la educación. Ahora Huitzilan es otro y no pensamos cambiar de política, todo lo contrario. Si llegara a perder las elecciones Antorcha creo que nosotros seguiremos trabajando, estamos concientes de que hay piedras en el camino, sabemos en lo que estamos, sabemos en lo que nos metimos y no nos vamos a echar para atrás. Sabemos perfectamente que la lucha es de nosotros, ya sabemos lo que nos espera. Sabemos que más adelante nos encontraremos con problemas muy serios, pero… tengo mi vida, pues, para darla a la causa. Nosotros los antorchistas no escatimamos nuestra vida, luchamos porque México cambie. Yo creo que durante siglos los mexicanos han derramado bastante sangre y hasta hoy no hemos podido alcanzar lo que más deseamos: justicia, libertad, y a pesar de que Miguel Hidalgo rompió las cadenas de la esclavitud, parece que los eslabones después se vuelven a juntar, pero la organización tiene hombres conscientes y sabemos que tal vez no todo el rebaño antorchista llegue a la cima, pero muchos esperamos de que sí vamos a llegar. Seguiremos trabajando, luchando, aunque esa justicia ya no la llevemos a cabo nosotros, pero estamos luchando por los que vienen  atrás, estamos en la lucha, sabemos lo que viene, sabemos que entre más crezca la organización nos pondrán más piedras, pero no pensamos dar pasos atrás. Como le decía, nos gusta la lucha de Antorcha, porque es una organización que verdaderamente representa los intereses del pueblo.

Nosotros escuchamos estos testimonios que fueron expresados pausadamente, con la lentitud de historias muy hechas y contadas. No era precisamente la versión de Antorcha Campesina que teníamos en mente desde la ciudad, una organización cupular que cada tercer día hacía ejercicios de fuerza contra sus aliados en el gobierno del Estado, a quien traía cortito con sus exigencias y a quien en apariencia todo le era concedido, previo cierre de avenidas, marchas multitudinarias y amenazas mediáticas de alguno de sus carismáticos líderes. Uno de los cuales nos había recomendado para estar aquí. En esas cavilaciones estábamos cuando apareció un trío de ancianos armados de guitarras y, ante nuestra sorpresa, don Fili, con una voz delgada y un filoso falsete que iba muy bien con su nombre, se aventó un corrido de su inspiración sobre la lucha que nos acababan de narrar.


 Los dolidos
Por Filiberto Hernández Bonilla

Aquí están los dolidos
Venimos a denunciar
Los actos criminales
Que le UCI cometió.

En el pueblo de Huitzilan
Rodeado está de montañas
Donde un grupo de asesinos
Para matar les sobraban mañas.

A cualquier hora del día
Se oían detonaciones
La gente asustada, la gente corría
A ver qué pasó.
La gente gritaba, la gente decía
Fulano cayó…

Eleazar Pérez Manzano
Comandaba a los ladrones matones
Le gustaba que dinero
Le llevaran de a montones.

Cuando aquí llegó la UCI
Dizque a dar tierra a los fregados
Si en verdad los repartió
Pero de a dos metros cuadrados.

De Sur a Norte volaron
Las ideas de Morán
Las ideas que salvaron
A Huitzilan de Serdán.


Así terminó esa primera noche en Huitzilan de Serdán, escuchando la singular voz de don Fili, acompañado del otrora famoso trío de Los Bonilla.

jueves, 23 de junio de 2016

Sin nuestra madre tierra no vivimos

Hace unos diez años Gabriel Sainos Guzmán me recibió en su pequeño consultorio en una de las tantas subidas y bajadas que tiene el pueblo tutunakú de Ixtepec, Puebla, ubicado en la cima de un cerro desde donde se domina un buen fragmento de la majestuosa Sierra Norte. Gabriel entonces era miembro de la organización de campesinos médicos tradicionales  de Ixtepec, denominada Hormigas Trabajadoras. Apenas necesité preguntarle nada.

Yo atiendo únicamente los sábados. Vendemos pomadas, medicinas y plantas tradicionales curativas. Aquí se practica la curación y la prevención de enfermedades. No sólo es curar, curar, curar, y no prevenir. Nuestro enfoque como indígenas es coordinar ese tipo de actividades.

Somos varios médicos tradicionales y nosotros mismos hacemos los medicamentos. Elaboramos tinturas, microdosis, pomadas, jabones y aplicamos masajes tipo asiático y tipo autóctono, totonaco. Tipo.

Pero además entre los compañeros estamos formando nuestro pequeño banco de ahorro, sin depender de nadie. Hasta la fecha estamos registrados como 17 integrantes en la organización, pero últimamente se acercó gente nueva de varias regiones.

Pensamos trabajar en otros proyectos agropecuarios como la producción de plantas medicinales a través de abono orgánico. Somos campesinos normales, dedicados, además de la tierra, a sembrar y cosechar plantas medicinales tradicionales. Sembrar la tierra es lo básico porque de lo contrario no vivimos. Sin nuestra madre tierra no vivimos. Sí no hay plantas no hay oxígeno, nuestra principal preocupación es la gente. Es importante sembrar árboles y sembrar plantas para poder vivir, porque sin comer uno puede pasarse hasta un día, pero eso no sucede con el oxígeno.
Sobre una mesa hay pequeños montículos de plantas trituradas; hojas verdes mezcladas con flores; palos, cortezas.

-- ¿Normalmente qué medicinas utilizan y qué es lo que la gente viene a curarse?

-- Por lo regular, primero mucha gente acude a ver al doctor. Después de espantarse viene con nosotros. Incluso ha llegado gente de la ciudad a atenderse cálculos viliares o males hepáticos. A veces necesitan una operación, tienen miedo y llegan hasta aquí. Y los resultados son positivos. Manejamos todos los aspectos requeridos por la gente. Se realizan diagnósticos clínicos, estamos preparados para eso, y después se receta. 
 
-- ¿Qué tipo de plantas utilizan?

-- Manejamos el tipo de planta de acuerdo a las enfermedades de la gente. Pero son comunes el astafiate, la gobernadora y el cocticomate. La mayoría son plantas de Ixtepec, aunque por ejemplo importamos algunas como la valeriana, la paciflora, el cuachalalate y el matarique, que son traídas del sur del estado de Puebla, de Michoacán o Tlaxcala.

 Las plantas adaptadas y cosechadas en Ixtepec son el toronjil, orégano, tomillo y hierbabuena. También existen las plantas nativas del municipio como el quelite, la hierbasanta, guayabas, papaya cimarrona y el té limón. Hay otras plantas ancestrales como la matanzin y la tepocilla de nombres en náhuatl que son utilizadas.

-- ¿Hacen remedios en líquido o en pomadas?

-- Tenemos aquí nuestros métodos. Contamos con tónicos, jarabes, microdosis, tinturas, pomadas, cápsulas y jabones. Eso hacemos por lo mientras.

-- ¿La gente acude con ustedes porque es más barato o por la efectividad de su servicio?

-- Es más barato, pero también somos efectivos. Un doctor en una consulta puede cobrar 400 o 500 pesos. Pero nosotros cobramos por muy caro 100 pesos. Cuando hacemos promociones viene la gente. Pero en días normales, acude poca gente. Entre semana pueden llegar uno, dos o tres y el sábado son diez.

Un frasco de medicina vale 12 pesos. El precio de la pomada depende de la cantidad contenida, pero alcanza los 8, 10 o 15 pesos y eso mismo ocurre con los jabones. Los jarabes de 125 milímetros cuestan 15 pesos. Elaborar las tinturas lleva un mes, microdosis un poquito más, las pomadas son rápidas.    

-- ¿Compartes la idea de que en Ixtepec está en riesgo la práctica de la medicina tradicional y, en consecuencia, también las plantas?

-- Cuando inició la organización sí. Pero después por la radio y por otras cosas se está dando mucho valor a los conocimientos de nuestros antepasados. Cuando llegó la farmacia alopática se fue abajo la medicina tradicional. Pero como los dos tipos de curaciones se deben llevar de la mano, la mejor en muchas ocasiones es la natural, esto porque los medicamentos de las farmacias ya contienen muchos tóxicos y químicos que consumirlos de más provocan peores reacciones. La medicina tradicional es más lenta, pero más segura y no te provoca otra enfermedad.

Además de espacio, a la organización le hace falta ayuda. Hemos recibido apoyo pero sobre aspectos relacionados con la cultura y no con la medicina tradicional. Hacemos un llamado a Culturas Populares y al Fondo Indígena manejado por el Comité de Desarrollo Indígena del gobierno federal para contribuir a rescatar esa tradición. Para eso es necesario un financiamiento, hasta el momento nulo, para más infraestructura como el jardín botánico.


Y tenemos un pensamiento más grande. Se trata de poder contar en Ixtepec con un consultorio adecuado y con un hospital de medicina tradicional que tenga temaxcal, servicio de hidroterapia, y un espacio para el estudio científico de esta rama.   

jueves, 16 de junio de 2016

Las pasiones colectivas según Mendizábal

El origen de las pasiones colectivas lo dedujo Miguel Othón de Mendizábal de sus apasionadas y minuciosas lecturas del pasado histórico, sus viajes por las sierras mexicanas y el estudio de los vestigios arqueológicos; de ahí se deriva su papel protagónico en el tema de las migraciones del norte al sur del continente y su hipótesis biológica del hambre de sal; también de sus estudios sobre las religiones prehispánicas, el derecho, la cultura y la educación, la reforma agraria y el sistema nacional de salud, de la que fue un crítico especializado. Sus opiniones sobre la creación de un Instituto Indigenista no estaban basadas en la ocurrencia -como sí es visible en protagonistas tan importantes como Rafael Ramírez-, sino en profundos estudios sobre el significado real de la presencia indígena en la cultura mexicana contemporánea, prolijamente expuestos en la bibliografía consignada en los seis tomos de su obra.

El rescate del indio para Mendizábal, siempre analítico y práctico, significaba distinguir los problemas fundamentales: la comunicación, en primer lugar, teníamos que estar comunicados y para eso habría que llevar los caminos hasta las sierras; propone cultivar de alguna forma las lenguas indígenas, sobre las características de la educación en las diferentes regiones de México, que no tenía por qué ser una aplanadora uniformadora.

Es cuando Mendizábal propone observar un patrimonio intangible cuya riqueza serviría para todos nuestros propósitos nacionales. Pero no hubo quién lo escuchara, pues él pronto murió y sus contemporáneos -que después crearon premios, nombres de calles y de auditorios con su nombre-, se encargaron de echarle tierra a sus ideas que, en efecto, contrastaban con las que terminaron imponiéndose en la práctica del indigenismo que, como es fácil suponer, no atañe solo a los especializados antropólogos y a los funcionarios encargados de llevarlo a cabo. Este sí es un asunto nacional.

A través de una visión integral del mundo indígena, Mendizábal tiene la virtud de ser realista. Basado en sus estudios de la historia y la antropología, que incluía análisis de producción agrícola, medicina natural, religiones y mitos; derecho, educación y lenguas, MOM se atreve a hacer una sugerencia original, que hasta hoy nos parecería moderna, sobre observar más detenidamente las características de los pueblos originarios. Comprenderlos. Dejar a la “vida misma” su aceptación o su rechazo. Él quiso hacer una síntesis que convenciera a los mestizos de que las culturas autóctonas eran más interesantes de lo que parecían, y que, al conocerlas, eran muchos los beneficios para el mestizo, pues podría fortalecer su sentido de pertenencia, servirse de ellas, incluso apropiárselas. El mundo originario podría tener otro papel en la conciencia colectiva de los mexicanos, podría ayudar a resolver el insoluble asunto de la identidad, observado desde entonces a través de laberintos, jaulas melancólicas e inconfesables complejos que cargamos, como una cruz, bajo el inclemente sol de la mexicanidad. Pero sus frutos han alcanzado apenas para proferir insultos al portero visitante en los partidos de futbol y desahogarnos tequileramente las madrugadas de los 15 de septiembre.

Se trata de imaginar lo que hubiera sido de México con un indigenismo más co-activo, en términos antropológicos, y que en lugar de mexicanizar a los indígenas, México se hubiera indianizado un poco, como proponía Mendizábal. En los albores del siglo XXI esta parece ser una tendencia de los mexicanos, amplios sectores de México tienden a indianizarse porque es históricamente necesario que busquemos en esa herencia respuestas a preguntas reiteradas sobre nuestra capacidad y los límites de nuestra cultura; el mexicano del mañana estará más completo al haber aceptado su implicación en la genética nacional, y esa, bajo ninguna circunstancia, puede disociarse de sus raíces originarias.


La pobre contribución indigenista miró más bien al lado contrario: no había nada qué conocerles, los indígenas debían asimilarse, hablar español y formar parte del campesinado mexicano. Debían desaparecer como indígenas, convertirse en obreros de las ciudades, ser domesticados como las clases populares de Europa y Norteamérica. Y eso, como podemos ver, no ocurrió.


Miguel Othón de Mendizábal propuso, en el momento clave de la discusión a finales de los años 20, una práctica indigenista distinta a la que finalmente se constituyó en el INI. La marginación a la que este importante antropólogo fue sometido muestra el tamaño del miedo oficial al prolongarse por décadas el boicot a sus numerosos escritos, solo publicados por los amigos de su viuda en 1947, a dos años de su muerte. Fue la única edición de sus obras completas, en tanto que la academia solamente incluyó en sus estudios el trabajo sobre la influencia de la sal en el poblamiento de América, texto interesante, pero relacionado únicamente con  nuestra historia más antigua. La opinión de Mendizábal sobre los problemas fundamentales del indígena y sus propuestas para solucionarlos fue sacada de la mesa de análisis y discusión lo mismo en los institutos que en la academia. 

jueves, 9 de junio de 2016

Evitar que el antropólogo se salga del redil



1

En 2012 intenté infructuosamente titularme como antropólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. No es la primera cosa que dejo inconclusa en mi vida, pero sí importante, pues desde mi egreso en el año de 1986 tuve pretexto permanente para estudiar, redactar, corregir y repensar diez veces mi llevada y traída tesis de licenciatura sobre mi admirado Miguel Othón de Mendizábal y su enorme fracaso en los albores del indigenismo institucional mexicano.

Mi tesis: Pasiones Colectivas. Mendizábal y la acción indigenista en México, cuyas discusiones esenciales han sido publicadas a lo largo de los años en este blog, fue enviada a revisión con el famoso antropólogo Andrés Medina, héroe de mil batallas y vaca sagrada de la antropología académica e institucional contemporánea, lo que yo comúnmente hubiera considerado un privilegio pero que en este caso resultó fatal; cometí el mismo error que Ícaro: me acerqué demasiado al sol.

Con inesperada saña, el Doctor Medina no dejó hueso bueno al esfuerzo desarrollado en mi texto, calificando de “insuficiente” todas y cada una de las premisas de la evaluación y encontrando “muy difícil hacer proposiciones constructivas” de ese conjunto de trivialidades y anacronismos que dice haber leído en mi propuesta.

Aquí pongo mi respuesta con los fragmentos esenciales de su crítica. Agárrate.


 A. Medina/Foto de: www.losmacehualtindelmuseo.com

2

Para el doctor Medina “la formulación precisa y puntual del tema de investigación es insuficiente. El tema planteado es ambiguo, “pasiones colectivas” no dice nada significativo, y “la acción indigenista en México” es muy vago, pues, como se advierte en el contenido, no se atiene a una precisión conceptual, ubicada en un contexto teórico específico.”

Las pasiones colectivas es una metáfora de Mendizábal para referir al nacionalismo y basta leer esa referencia en la tesis para entenderla, alude a esa sustancia mil veces nombrada (laberintos, jaulas melancólicas) que representa sentimientos comunes, conflictos, movimientos migratorios, reacciones xenófobas y luchas étnicas que buscan definir a la política como creadora de espacios públicos capaces de guarecer minorías culturales en un entorno mayor. O nacionalismo.

El origen de las pasiones colectivas es un título que atañe a un supuesto mucho más general, que bien podría ser el sentido de la antropología mexicana, desde la conquista y aun antes de ella, cuando las pasiones colectivas son las que definen la relación de conquistado y conquistador que ha prevalecido en México por casi mil años. Las pasiones colectivas de los mexicanos que definen el gusto y orgullo por los valores intangibles de la patria y nuestro paradójico desprecio por lo que somos y representamos en nuestra realidad mexicana.

No veo por qué considerarlo ambiguo, en todo caso figura literaria, licencia lingüística para nominar un importante documento de mi vida, como le ocurre a casi todos los escritores. Tampoco me parece justo viniendo de un escritor, como Medina, que tiene títulos bibliográficos como: “En las cuatro esquinas, en el centro” y “Recuentos y figuraciones”; aplica el precepto bíblico de la paja en el ojo ajeno.


El doctor Medina ve insuficiente mi Exposición   de   aspectos   teórico- metodológicos    y   del   diseño  de  la investigación  (objetivos, conceptos y técnicas). “No hay ninguna referencia puntual a los aspectos teóricos, ni hay un diseño de investigación. Se trata de un texto superficial, una narrativa muy personal sin ningún aparato crítico.”

Me deja sin aliento esa aseveración, y debe dejar a la Subdirección de Investigación de la Escuela Nacional de Antropología e Historia en una situación comprometida. Hay un proyecto de tesis aprobado en donde se sustenta la exposición teórico-metodológica y el diseño de la investigación (objetivos, conceptos y técnicas), que no deseo poner aquí in extenso, pero basta con  mencionar sus parámetros plenamente respondidos: Introducción y razones de la investigación; planteamiento del problema o pregunta central de la investigación o fundamentación; cuerpo de estudio y sus antecedentes; importancia o justificación del tema; aportaciones o aplicaciones de la misma; objetivos; resultados, hipótesis o premisa; afirmación a priori que se pretende probar con la investigación; marco teórico o revisión de fuentes y bases conceptuales (autores, teorías, posiciones o referencias) que situará el trabajo de indagación; metodología o diseño. El proyecto incluye un guión del capitulado o índice tentativo, un esquema y un Cronograma o Plan de trabajo. Por supuesto la bibliografía y fuentes que incluyen 71 obras y ensayos de antropología consultadas, incluido el prólogo de Andrés Medina sobre Gonzalo Aguirre Beltrán y su pobre apreciación sobre Miguel Othón de Mendizábal, así como numerosos reportes periodísticos, reportes de campo propios y elucubraciones en torno a la antropología.

Desarrollo coherente, fundamentado y fluido del tema propuesto insuficiente, dictamina el doctor Medina, argumentando que “no hay un desarrollo coherente, sino una serie de afirmaciones, muchas veces sin sustento. Carece de fundamentos teóricos y metodológicos.”

Entiendo que las características de una investigación incluyen que esté planificada con métodos confiables, que sea original, con datos objetivos, resultados comprobables y verificables y que apunte a principios generales. Con todo respeto creo que mi tesis cumple, en la medida de mis posibilidades, con esas especificaciones: eligió un tema: Mendizábal (MOM) y el origen del indigenismo institucional; Objetivo: demostrar cómo MOM intuyó el error de un indigenismo que no contemplara los atributos de los pueblos originarios y que ahora ”seguimos pagando”, como afirmó Warman décadas después; delimitación del tema en los problemas principales que MOM observó en la aplicación del indigenismo y sus circunstancias setenta años después; planteamiento del problema: el fracaso del indigenismo institucional que no siguió sus sabios consejos; marco teórico: un marco teórico se refiere a las ideas esenciales que forman la base para los argumentos, un argumento global que se apoya en cierta literatura. Mi bibliografía no está ahí de adorno, sino integrada a un texto que busca reflexionar en torno al fracaso del indigenismo, que tenía propósitos relativamente claros y que falló en cada uno de ellos. La metodología que utilizo en la tesis está basada en el análisis de la obra indigenista de MOM, su réplica a treinta años de su muerte en el seno de la ENAH y las condiciones de los indígenas de hoy a través de la visión periodística.
Mi investigación incluye una fase documental o de gabinete manifestada en las setenta obras consultadas y una fase de investigación aplicada en mi trabajo de campo con pueblos originarios en los estados de Puebla, Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Hidalgo, Guanajuato, Zacatecas y el Distrito Federal, demostrable en libros, revistas y páginas de internet que resultaron de dichas acciones.
No entiendo las razones para regatear mi esfuerzo de muchos años en el tema indígena mexicano, a menos que sean de otro orden ajeno a lo académico, en donde mi trabajo busca su posición.

El manejo de información  bibliográfica, casuística o testimonial, actualizada y suficiente, del mejor nivel académico le pareció al doctor Medina: Insuficiente. Argumenta que “la información manejada es muy reducida y desigual, la bibliografía es pobre, pues la historiografía de la antropología mexicana posee una amplia y rica producción reciente, la que se ignora en esta tesis, atenida más a una lectura inmediatista de la obra de Mendizábal, sin ubicarla en su respectiva dimensión histórica.

Ya he hablado de la bibliografía y por supuesto no ignoro que existe una producción moderna y rica en Antropología actual, de la que desconozco con toda seguridad la mayor parte. Sin embargo, sobre mi autor hay muy poco. Mi discusión es la obra de Mendizábal y el reflejo en la realidad actual de aquella visión crítica. No es la historia del indigenismo, sino la de Mendizábal y el indigenismo. Mi intención es analizar la obra indigenista de Mendizábal frente al desprecio que mereció de sus contemporáneos y de quienes les precedieron; el miedo, la distancia que hubo que poner entre los entusiastas de la antropología mexicana y la obra de este autor. Hasta hace unos diez años existió un premio INAH a la mejor tesis de licenciatura llamado “Miguel Othón de Mendizábal”, además de la calle frente al Instituto Politécnico Nacional, colecciones editoriales y el auditorio con su nombre ¿no es acaso un despropósito el que no se hayan reeditado nunca sus obras completas y que la única edición existente sea la que hicieron los amigos de su viuda en 1947?

De nada de esto habla el doctor Medina que en cambio me embadurna adjetivos de arriba a abajo. Aunque no resultan dolorosos, sino triviales, quiero detenerme en uno, un adjetivo, que ha llamado mi atención y que refleja, creo, el fondo subjetivo de su antipatía. Habla de mi lectura “inmediatista” de la obra de Mendizábal y en eso permítame coincidir, si vamos a la definición académica del adjetivo. El inmediatismo habla de una interacción libre para autodefinirse frente a la abundancia de regulación y jerarquías. En este mundo que vivimos, donde la nueva realeza son los académicos de alto grado, el inmediatista rechaza el exceso de representación y autorización metropolitana. Así le pasó a Mendizábal y ahora me toca a mí. El inmediatismo, definido por Hakim Bey, que autorizaba a “concentrarse en el presente y extraerse mentalmente de los mecanismos de control social que se le han impuesto”. En efecto, mi modesto manuscrito valora, sobre el rigorismo académico, las relaciones humanas y las condiciones reales de los pueblos originarios de hoy con herramientas como el periodismo o investigaciones llevadas a cabo por periodistas o el propio autor. Y sin desear una práctica antropológica inmediatista, cuántos beneficios traería a nuestro castigado país el que los antropólogos se preocuparan por los indígenas tanto como lo hacen algunos periodistas, medios de comunicación y no pocos librepensadores, gracias a los cuales nos enteramos de su condición, de sus deseos y la desigual situación social que mantienen en sus regiones. Esa información no existe en el trabajo de los antropólogos, aunque el sujeto social sea el mismo. ¿Debemos ignorarla? La única manera de hablar del fracaso del indigenismo institucional es probar, con evidencias periodísticas y vivenciales (sí, autobiográficas), las condiciones en que los pueblos originarios terminaron el siglo XX, luego de más de medio siglo de “indigenismo oficial emancipador”.

La presentación adecuada del aparato crítico (citas, referencias y notas aclaratorias) y consignación de las fuentes de información utilizadas le parecieron al doctor Medina: Insuficientes: “No hay un aparato crítico, se trata de una serie de afirmaciones un tanto circunstanciales y casuísticas; las fuentes de información son limitadas y desiguales, como se advierte en el peso dado a informaciones periodísticas.”

No puedo discutir con suficiencia esta aseveración, con la que coincido parcialmente. Todo en mi vida es inacabado, limitado y desigual, como seguramente les ocurre a muchos de ustedes. Y sobre el periodismo ¿qué decir?, es tan irregular; pero gracias a los medios de comunicación he podido enterarme en las últimas décadas de la condición social, económica y cultural de los indígenas mexicanos. Y sus vidas, despojadas de marcos teóricos, son las que me ha interesado conocer. Los antropólogos y la producción antropológica me proveen de muy pocos elementos relacionados a lo que discuto hoy de los antiguos planteamientos de Mendizábal. Como a él, me interesan las estadísticas y los casos particulares donde se manifiesta un parámetro de convivencia entre el indígena y su contexto. La verdad no entiendo la aversión del doctor Medina por el periodismo, cuando éste es información y noticias sobre los constantes atropellos contra la población originaria mexicana que yo utilizo en mi escrito. Cómo conocer, interpretar y entender hechos como la llegada de la policía judicial al pueblo de Tochmatzintla, Pue., el jueves 26 de marzo de 2009, que demuestran mucho más que una simple represión policial: “Indios de mierda, les vamos a partir la madre” (La Jornada de Oriente 27.3.09), sin acudir al periodismo. ¿De qué otra forma podemos demostrar la razón de las palabras de Mendizábal sino con casos concretos informados por la prensa? Lo único que tengo claro es que con los antropólogos no. No es que haya dado un ”peso” específico al periodismo, sino que es la única forma de hablar de la condición de los indígenas de hoy. Me parece insuficiente la reticencia del doctor Medina.

Respecto a la calificación general que el doctor Medina da a este trabajo, su respuesta es predecible: insuficiente: “No hay una tesis, es decir no hay un planteamiento claro que organize la presentación, no hay una crítica de los conceptos básicos, como lo que es el indigenismo, la política indigenista y la antropología mexicana. Carece de rigor y hay un engolosinamiento de opiniones muy personales, autobiográficas, pero no un discurso sistemático.

Lo que puedo decir sobre lo anterior es que el horizonte indígena mexicano no pertenece a los antropólogos sino a los mexicanos en general. Tal vez mi escrito, en efecto, carezca de organización, de rigor académico y caiga repetidamente en el humor y en la ironía. Pero también creo que hace preguntas fundamentales, esenciales, sobre la hermenéutica que rige el planteamiento antropológico, la ciencia que el doctor Medina defiende con ardor. Creo que la antropología mexicana, o sea, el indigenismo –en realidad no es que lo crea, sino coincido con Mendizábal y sus acólitos posteriores: Bonfil, Warman, Nolasco, et al-, equivocó su elección sobre que no había nada qué comprender y asimilar de las culturas originarias y que los asimilables indígenas tendrían que ser simples mexicanos, ignorantes y manipulables, condenados a un salario de obreros en los suburbios de las ciudades mexicanas. No es un problema de conceptos básicos ni de recitaciones, sino de reflexión, de observación del entorno contemporáneo.
Luego está la experiencia personal (autobiográfica, para el doctor Medina); ahora resulta que las experiencias significativas de nuestras vidas en el entorno del mundo originario o la antropología están proscritas en la academia por quién sabe qué sinuosidades que dicta el doctor Medina. Mi vida como mexicano de casi sesenta años no es explicable sin el horizonte de los pueblos originarios. Nada de lo que diga puede estar disociado de mi experiencia humana. Por lo demás, la vivencia personal es palpable en la antropología clásica desde el mismísimo Malinowski, pasando por Evans-Pritchard, Mead, Levi-Strauss y Clastres.

En los comentarios globales, sugerencias y correcciones pertinentes para mejorar mi trabajo, donde se le pide subrayado: expresar observaciones y comentarios de orden constructivo y propositivo, el doctor Medina se muestra consternado por la mediocridad del exponente, le parece “muy difícil hacer proposiciones constructivas específicas, pues no hay un planteamiento bien diseñado; gran parte del texto me parece trivial, superficial e incluso anacrónico. Las fuentes que maneja son muy limitadas, no hay una bibiografía actual de los temas considerados, como es la discusión teórica contemporánea sobre el estatuto de la antropología mexicana, ni de lo que implica el indigenismo desde la perspectiva de la política estatal.”

Es un tema sensible. No encontré en la “bibliografía actual” opiniones interesantes sobre mi autor: Miguel Othón de Mendizábal, pero lo que hallé tengan por seguro que lo puse en mi tesis debidamente referenciado, como la semblanza biográfica de mi autor y la visión integral de la sociedad nacional que aparecen en el tomo II de La antropología en México del INAH, coordinado por Carlos García Mora. Es una pena que las últimas opiniones interesantes y destacables sobre Mendizábal se hayan expresado en 1970, de acuerdo con mi investigación.

Por poner un ejemplo, podemos ver lo que dice el propio doctor Andrés Medina sobre Mendizábal y por qué no lo tomé en cuenta en mi escrito. Es muy simple: no me pareció relevante como para considerarlo en mi tesis. En “Teoría antropológica y  trabajo de campo en la obra de Miguel Othón de Mendizábal”, que aparece en La investigación social de campo en México, compilada por Jorge Martínez y publicado por la  UNAM, el doctor Andrés Medina afirma que dicha obra “está relacionada directamente con su concepción de los problemas nacionales, con su posición evolucionista y su ideología marxista”. 

Esto me parece discutible, como se puede observar en mi alegato sobre la presunta militancia comunista de Mendizábal. Hay una autora  (Dora Kanoussi) de la ENAH que dedicó toda su tesis para discutir esto, cuando hay tantas cosas interesantes de discutir en Mendizábal. En su favor puedo decir que es la única tesis sobre este autor.

Medina habla de que “los primeros artículos de Miguel Othón de Mendizábal  aparecen en los momentos en que está en sus inicios un fuerte movimiento nacionalista que tiene una actitud utópica y vislumbra la construcción de una nación nueva”. Es la Revolución Mexicana, claro está, aunque es cuestión de enfoque el que estuviera en sus inicios o a punto de cumplir cien años ese movimiento. No queda claro si la “actitud utópica” es del movimiento nacionalista o de Mendizábal.

Como yo mismo lo establezco reiteradamente en mi tesis, Medina afirma que Mendizábal rechaza la opinión de aquellos que rebajan la calidad moral y humana del indio, “pero los diversos aspectos son elegidos de acuerdo con una clara concepción marxista involucrada en su evolucionismo”

Falta meditar en esa insistente reflexión sobre el marxismo de MOM sobre la ideología en que se funda el partido nacido de la Revolución Mexicana, la de sus principales organismos y de sus líderes. Mendizábal tuvo una educación positivista que ve en la ciencia el motor histórico del progreso, basado en una evolución paulatina que culminaría, en palabras de Augusto Comte, en un estado positivo del hombre, o mejor, en un socialismo positivo. Sus ideas se mezclan con las modas, incrementándose su interés por el socialismo debido a las grandes noticias recibidas en los años treinta sobre el “socialismo real” implantado en Rusia. Ignorante, como casi todos en su momento, de los crímenes de Stalin, pero conocedor de la historia, no tiene duda de que la violencia en que ha sido encaminada “la evolución cultural” desde la prehistoria hasta la implacable acción del capitalismo sólo podrá ser modificada “en el futuro, por una organización de vida que permita realizar el progreso material, intelectual e incluso moral, sin castas irredentas y sin clases explotadas”. (MOM II, 1947:440) Hasta ahí llega su comunismo.

Mendizábal, al hablar de dos clases de socialismo: el científico y el de la tercera Internacional, vislumbra genialmente un futuro aún desconocido pero previsible: ese “socialismo real”, como ya le llama, si ejerce una explotación de la fuerza de trabajo del tipo de las clases burguesas capitalistas, “constituirá una economía fascista o hitlerista que, a la postre, es más desfavorable para el proletariado que el libre juego de la lucha de clases dentro de un régimen liberal del más poderoso e implacable capitalismo”. (MOM IV, 1947:381-382)

Sobre si la lucha de Mendizábal estaba encaminada a la creación de un socialismo soviético para los mexicanos, tuvo mucha claridad y cuidado al referirse a ello: país semicolonial, basado en una agricultura raquítica, insuficiente siquiera para sus necesidades internas; con una industria incipiente, mal equipada, a la merced de la protección arancelaria y a los bajos jornales; país de economía centrífuga, minero y productor de materias primas, además de una deficiente organización proletaria, “no está en condiciones de lanzarse, hoy por hoy, a la revolución social”. (MOM IV:382)

Siguiendo el análisis de la opinión del doctor Medina sobre Mendizábal, afirma que en su estudio “la influencia de la sal en la distribución geográfica de los grupos indígenas de México, encontramos la aportación de mayor originalidad en la obra de Mendizábal”. Se podría agregar que sobre todo ocurre si es la única obra disponible del autor.

“Mendizábal hace énfasis en la contribución que tal población (la indígena) hace a las características del moderno país”, esboza sus principales problemas y “para cada uno de ellos ofrece soluciones concretas”, estima el doctor Medina. Pero es en “las artesanías, un campo de la creación que no fue aplastado por los conquistadores, en el que Mendizábal se expresa con mayor originalidad y fuerza sobre la cultura india.” Por desgracia no tiene referencia bibliográfica esta aseveración del doctor Medina, que no comparto en ningún sentido: la opinión de Mendizábal sobre el arte y la artesanía es superficial –él es un economista y un antropólogo estadístico-, por lo demás, encontrar un campo de creación que no haya sido aplastado por los conquistadores es condenadamente difícil, sobre todo hablando de artesanía.

“La conciencia de la responsabilidad ética del investigador social es uno de los rasgos sobresalientes en el trabajo de Mendizábal”, afirma el doctor Medina y esto lo comparto plenamente y lo digo una y otra vez en mi tesis con otras palabras, así como el hecho de que “respeta las formas culturales propias”; eso que ni qué.

Es decir, estas referencias de Medina sobre Mendizábal las leí en su momento y como muchas otras quedaron rezagadas en el material de los lugares comunes, exageraciones o inexactitudes. Hago referencia a muchas otras opiniones que sobre mi autor expresaron decenas de estudiosos mexicanos, fueran antropólogos o no. Pero entre los “modernos”, como reclama el doctor Medina, y perdón por tanta ignorancia, no encontré opiniones interesantes. Me disculpo por no haber buscado más.

Ahora que: apegarse a “como es la discusión teórica contemporánea sobre el estatuto de la antropología mexicana y lo que implica el indigenismo desde la perspectiva de la política estatal”, como lo exige Medina, pues supongo que tiene razón, mi perspectiva es diferente.

A la pregunta de si considera el lector si el manuscrito reúne los requisitos mínimos para ser presentado en examen profesional, el doctor Medina responde que no: “Este manuscrito no está diseñado como una tesis de licenciatura, es un texto con afirmaciones superficiales, sin una propuesta teórica específica, sobre todo que remita a los términos contemporáneos de la discusión. Tiene más un tono periodístico, e incluso autobiográfico, pero no un rigor mínimo en la exposición.”

Estoy de acuerdo en que mi manuscrito no sea un material común entre las tesis de licenciatura que se presentan para Antropología Social. La primera razón es mi edad, que frisa los sesenta; el hecho de que tengo seis libros publicados, cinco de antropología y uno de historia y otros tantos inéditos; en el hecho de que tengo veinte años como profesor universitario –por cierto, de comunicación-, de que corrijo tesis de doctorado y maestría y trabajo como editor. El libro sobre Mendizábal lo he disfrutado de principio a fin en las dos décadas que tengo manoseándolo; aún ahora, con todos estos arrebatos, tengo que confesar que es divertido, emocionante, retador. En ningún lugar dice que el trabajo académico tiene que ser forzosamente aburrido, teórico o mal escrito; en ningún lugar se proscribe la literatura ni el periodismo, en el caso de que fuera tal. Mi texto está cargado de ironía, de tragedia, de circunstancias que competen a todos los mexicanos y no sólo a los antropólogos. Además tiene sentido del humor, seguramente menos afortunado y sistemático que el laureado antropólogo oxfoniano Nigel Barley, pero con la buena intención de hacer reflexionar al lector de que los mexicanos hemos de acopiar toda nuestra tradición humorística para pasar el trago amargo de una frustración más en nuestra historia: un indigenismo hecho para desarticular a nuestros pueblos originarios cuando son ellos el único asidero que nos permitirá convertirnos en algo singular, original, verdadero. Y es con imaginación, con arte, con humor como vamos a lograrlo. Lo contrario al rigorismo, al esquematismo y a la reclamación de exigencias chocarreras que a la hora de reflexionar muchas veces estorban más de lo que ayudan. Tampoco me engolosino. Mis planteamientos, aunque honestos y sinceros, deben contener innumerables defectos. Pero habría que señalarlos con puntualidad, no con adjetivos. El doctor Medina no demuestra nada de lo que afirma. Su lectura es prejuiciada y subjetiva, y en sus breves argumentaciones utiliza adjetivos, no razones. En orden alfabético, Medina encuentra mi tesis: ambigua, anacrónica, desigual (2 veces), inmediatista, limitada (2), pobre, reducida, superficial (3), trivial,  casuística, circunstancial y vaga. No pienso caer en el juego de las adjetivaciones, pero creo que su lectura merecería una consideración igual.

En conclusión, el dictamen del doctor Andrés Medina Hernández es Insuficiente.



3

Solicité desde luego otro lector, otra revisión, pues no podría pensarse en arreglar nada cuando la relación del doctor con mi texto estaba a todas luces viciada. Medina no cumplió con la petición expresa de la academia de detallar ampliamente con fundamentos claros y expresar recomendaciones específicas que permitan al pasante llevar a cabo las correcciones que se requieran; expresar observaciones y comentarios de orden constructivo y propositivo, tomando en cuenta que la imparcialidad es un diálogo sin descalificaciones.”

La academia designó otra persona para una segunda lectura, recayó en una doctora que leyó el texto e hizo algunas observaciones: que había que agregar definiciones convencionales de tópicos como indigenismo, indígena, nacionalismo y quitarle algunos apartados. Cuando lo hice y lo entregué se cumplieron por fin todos los requisitos para la formalización de una fecha para el examen profesional.

Pero mi entusiasmo ya no era el mismo, ya no estaba tan en disposición de formar parte del gremio antropológico mexicano donde figuras centrales como Andrés Medina parten y reparten no solo los presupuestos indispensables para cualquier proyecto sino las concepciones y visiones del actuar antropológico, como lo pude ver en sus recomendaciones. En mi vida he leído muchas tesis de licenciatura con grandes y graves limitaciones de método, sustancia y sintaxis. No recuerdo que ninguno de sus jóvenes autores reprobara o fuera acremente triturado por su revisor. Esos son los licenciados que busca aprobar el doctor Medina: jóvenes y sumisos ante su aplastante fama y cultura, no aspirantes que piensen por sí mismos, que vayan con metodologías heterodoxas y mucho menos que escriban bien. Esos aspirantes son peligrosos para el status quo de los doctores todopoderosos, los nuevos amos del saber.


Más cerca del fin que de la mitad de mi vida, elijo quedarme donde estaba; para qué ser antropólogo titulado si ya la vida se ha encargado de darme mis diplomas en forma de vivencias antropológicas no institucionales; aquí sí ha triunfado la negatividad del doctor Medina que me ha quitado el entusiasmo. Para su desazón he publicado mis ideas aquí y luego lo haré en forma de libro para poner mi equivocado punto de vista a juicio de lectores menos comprometidos con los intereses académicos, pero más comprometidos con su enorme país, este confuso territorio de abundantes pasiones que arrastra siglos de contradicciones y antropologías, aquellas que Mendizábal quiso dilucidar para bien de todos antes de ser aplastado, pero es que el pobre no tenía internet.