jueves, 22 de septiembre de 2016

Una familia corta en una vida larga

Prosigo con la publicación de esta colección de historias orales reunidas en un libro irrecuperable que publicó el Consejo del Centro Histórico de Roberto Herrerías en el año 2003, cuando entrevisté a este grupo de ancianitos poblanos de los que la mayoría ya han pasado a mejor vida. En este caso, don Manuel Paredes Cepeda nos habla de una Puebla también irrecuperable, la de los años treinta, en el popular Barrio de San Antonio, zona de tolerancia, de crimen e historias inconfesables que (¡bendita vida!) pasaron inadvertidas para aquel niño de alma blanca y espíritu catequizado.



DON MANUEL PAREDES CEPEDA

Me llamo Manuel Paredes Cepeda, para servirle. Yo nací aquí en Puebla en 1931, mi niñez fue muy bonita como creo que ha sido la de todos, me gustaba mucho desde chico ganar mis centavos, digo, no me da pena, nosotros nos criamos en una zona de tolerancia, pero en aquel entonces como que era uno muy inocente. Tenía uno que convivir con las prostitutas –le estoy hablando la verdad ¿no?-, pero era muy bonita nuestra vida, nuestra niñez.

La zona de tolerancia era donde estaban las prostitutas, había cabarets allá. Era en la 5 de Mayo, que se llama hasta la fecha el barrio de San Antonio. Tengo un hermano que es un poco más joven que yo y nos poníamos a jugar en las camas de las muchachas, pero nosotros no sabíamos a qué iban los hombres, a pesar de que éramos hombres.  Entonces las señoras nos decían: “sálganse, muchachos y después regresan”. Yo les iba a comprar su carbón, había una placita a la vuelta,  junto a una iglesia que se llama San Antonio, una placita que era donde vendían, en una mitad puro carbón y en la otra mitad frutas, jitomate... todo eso.

Fui a un colegio donde creo que aprendí mucho. Era un colegio de gobierno que se llama hasta ahora “Gustavo P. Mart”, que está en la 5 de Mayo, entre la 18 y 20 poniente.  Era tanto el rigor que nos tenían que revisar las uñas, que estuvieran bien cortadas, el cabello bien cortado, el cuello de las camisas limpio, los zapatos tenían que estar lustrosos, y así fueron los seis años de mi vida en la primaria. Como le digo, aprendimos mucho ahí, por lo menos en saber portarnos bien, en hacer las cosas bien,  en haber sido útiles que hasta la fecha nos sirve eso ¿no? Recuerdo a varios maestros, el profesor Carlos Sánchez, por ejemplo, tuve también una profesora de quinto y sexto años, haga de cuenta un hombre, con mucho rigor. Esta profesora tenía un carácter bastante fuerte, entonces sabíamos que debíamos llevar nuestros temas de memoria, sabíamos que aquel que pasaba matemáticas se lo ganaba a pulso. Entonces eran clases en la mañana de 8 a 12 y de 3 a 5 de la tarde. Eran mañana y tarde. Tuvimos mucha rectitud por parte de los maestros y muy buena enseñanza que, yo creo, en la actualidad no la hay, y si la hay, pues quién sabe en qué colegios. Pero sí tuve una niñez muy bonita. Yo recuerdo mucho mi niñez. Los niños jugábamos al trompo, al yoyo; había en la escuela un tapanco donde las personas hacían una demostración de cómo se manejaba el yoyo. Todos estábamos contentos de verlos y ya, comprábamos ese yoyo.



Como celebro mi cumpleaños cada fin de año, mi padre me daba para ir a las corridas de toros, y en lugar de pagar el boleto, nos brincábamos la barda en una plaza de toros que estaba a un lado del Paseo Bravo. Como teníamos un grupo de amigos muy bonito, nos íbamos aquí y allá y todo eso. A mí me gustaba hacer mandados para ganarme unos cuántos centavos. Recuerdo que mi madre -en paz descanse- me mandaba a traer el pan a una panadería que estaba a tres calles cortas de donde vivíamos, no sé si conozca ese pan: los colorados, eran de tres por cinco centavos, se imagina, tres colorados por cinco centavos.

Hay gente que dice que mi padre estaba emparentado con la que fue gobernadora, Beatriz Paredes, porque cada mes mi padre me decía: “mañana descanso, quiero que me acompañes”, e íbamos a una hacienda por Huamantla que se llama Terrenate, íbamos allá y siempre ese misterio de mi padre hacia mí; me decía: “me esperas aquí”, y lo esperaba yo ahí en el patio de la hacienda. Ahí, alguna persona se acercaba y me decía: “¿quieres algo, un vaso de agua o algo?”  Ya, salía mi padre muy contento, y lo primero que hacía al regresar era: “a ver qué le llevamos a tu madre, qué compramos, quieres esto o aquello. ¿Qué se te antoja?”.  Esos recuerdos me voy a morir y estarán siempre presentes. Jamás supe a quién veía ni a qué iba. Siempre fue muy reservado, nomás me decía “aquí me esperas” y se tardaba mucho tiempo, dos horas, tres horas a veces. Eso era de cada mes.

Nuestra familia siempre fue corta, cuatro hermanos y mis padres, éramos una familia muy corta. Mi padre, un ejemplo de padre. Mi madre también tenía mucho muy abnegada, muy apegada a sus obligaciones, hacia su esposo y hacia sus hijos. Mi padre fue chofer toda su vida, chofer de línea de autobuses, de aquí de Puebla, se llamaba Circuito Central, recorría parte de la ciudad. 

Siempre mi padre procuró darnos un buen ejemplo, que no nos faltara nada, en la casa siempre había leche, pan, carne, comíamos pescado. Era una alimentación muy básica para nosotros. Nos tuvo en colegio de gobierno hasta la primaria, ya para entrar a la secundaria, tuvo la suerte de conocer al primer director que tuvo Puebla del Seguro Social, el licenciado José Manuel Gálvez, son detalles que yo recuerdo mucho. Yo siempre fui muy partido hacia mi padre, me llevaba a las luchas libres a una arena que hace años ya no existe, era la Arena Constantino, en la 6 poniente, entre la 3 y la 5 norte. Entonces, ya saliendo de ahí decía: “vamos a llevarle a tu mamá unas tortas”, unas tortas compuestas que costaban un peso, uno cincuenta, tortas muy bien preparadas.

Entonces conoció mi padre a este señor y le dice al señor Paredes: “desde este momento usted va a entrar a trabajar en el Seguro Social.” Mi padre entró al Seguro Social y me dijo que, como iba a entrar a la secundaria, que me iba a enviar a un colegio de paga “para que tengas una carrera.” Yo no sé, quizá sentía que no iba a ver esa carrera, y le digo: “métame mejor a trabajar al Seguro Social”, y se enojó, dijo que él me tenía que dar una carrera, pero desgraciadamente no me la dio por circunstancias ajenas y volvimos a las mismas. 

Me tuve que poner a trabajar, mis padres tenían un compadre, que ya murió, que tenía una refaccionaria contra esquina de El Gallito, en el Paseo Bravo. El señor me pagaba más de lo que yo hacía. Ahí empecé a viajar con él. Nunca me hacía menos, donde él comía, comía yo, menos el hotel. Me decía: “Manuel, ten para tu cuarto de hotel, y nos vemos temprano.” Pero yo, en lugar de irme al hotel, me quedaba en el carro, y él mismo lo comprendía, porque antes de partir al viaje llevaba yo mi maleta y una cobija y nunca me dijo nada. Entonces ese dinero servía, porque lo juntaba con lo que me pagaba aparte, que eran 150 pesos, bastante para sufragar los gastos de la casa. Mis hermanos estaban chicos, una hermana que ya murió, que era la mayor, estaba por casarse. Y ya después me puse a trabajar, trabajé en varias partes.

Ya, me hice joven y tuve que empezar a trabajar con ese señor por lo mismo de la necesidad de la casa. Tendría yo 14 años, pero ya le digo, mi trabajo no era pesado, bueno, era pesado al cargar el carro, porque salíamos a vender refacciones con clientes que él tenía en los estados de Veracruz y Oaxaca, es a donde nos íbamos los dos. Y era un viaje muy bonito porque era un señor con unas cualidades que pocas veces he visto a lo largo de mi vida.  Don Ciro Carrera Ramos, él descendía de una familia muy buena, su padre fue dueño de un ingenio en Calipan, Puebla, adelante de Tehuacán, rumbo a Oaxaca. Don Ciro pertenecía a la liga de cazadores, y me decía: “Manuel, ahí en mi carro hay un guajolote, llévaselo a mi comadre, no lo vayas a perder.” Ahí iba yo en la bicicleta con el guajolote gordo. Ya, mi mamá lo preparaba para hacernos caldo, mole, todo eso. Era un guajolote silvestre porque él era cazador.

En la refaccionaria éramos tres empleados los que estábamos en el mostrador. El más grande, don Gumaro, decía que me parecía mucho a él. Ganaba en aquel entonces él 500 pesos al mes, era una fortuna, pero yo creo que no le alcanzaba y él sabía que yo traía dinero siempre. “Oye Manuel, fíjate que necesito que me prestes dinero para que le lleves a Celia”, que era como se llamaba su esposa. “Sí, cómo no, cuánto necesita...” Que diez, que veinte o treinta pesos. “Sí, cómo no”, yo se los prestaba siempre. Y junto a la refaccionaria había una cantina de un español, ahí en la 11 norte y la Reforma, un español llamado Agapito, no sé su apellido.  Y al mediodía despedía su cantina un aroma tan exquisito, hacía los riñones encebollados, picadillo... ¡pero un picadillo exquisito!  Don Gumaro mandaba al otro muchacho a comer, pero a mi me decía: “ven Manuel, vámonos con el español.” Don Ciro, que estaba adentro, también salía a tomar la copa con sus amigos, gente con mucho dinero que estaba ahí. No me decía nada. Don Agapito me daba un plato: “anda, llévale a Gumaro y para ti estos tacos” con unas cocacolitas chicas. Yo pienso, ahora que analizo, que don Ciro me daba más de lo que merecía ganar, porque en aquel entonces con 150 pesos se vivía muy bien.


Ya, después, como jefe de almacén, tenía yo mi escritorio ahí mismo en la oficina. Por cierto siempre fui muy desordenado, y el mismo jefe, el señor Moya, cada ocho días dizque me revisaba mi escritorio y salían todos los papeles. Entonces mi madre me ponía todos los días mis tortas, los compañeros me decían: “oye, danos una tortita, una tortita.” Ahí empezamos a conocernos, primero con mi cuñado. Nos íbamos, casi la mayoría de los empleados, a cenar en la noche a Los Guajoltes, unas tortas muy sabrosas que preparaban por El Carmen; las chanclas, muy famosas.  Todo lo que diera nuestro presupuesto económico. El contador tenía una charchina, un “fordcito”, apenas si jalaba, pero ahí nos metíamos todos, cuatro o cinco nos metíamos para ir a cenar en las noches, entonces hubo una convivencia muy bonita. A Aurora y a mí nos gustaba, íbamos empezando a conocernos mejor. Entonces lo que dio la pauta para casarnos fue cuando quitaron la sucursal de aquí y ella no se quiso ir a México, entonces fue cuando le dije: “¿te quieres casar conmigo?”. Y ya, nos casamos. Tenía yo 23 años

Con altibajos, hemos hecho un matrimonio unido, felices, con buen ejemplo para nuestros hijos. Creemos que les hemos dado el mejor ejemplo. Como dice mi esposa, nunca los hemos tratado con majaderías ni mucho menos. Ellos son respetuosos hacia nosotros.
  
Salió en el periódico que solicitaban un ayudante de almacén. Hice la solicitud y mi esposa ya trabajaba ahí, ella siempre fue secretaria y capturista, secretaria particular del gerente, señor Carlos Moya, un hombre de mucho carácter que nos tenía dominados sólo con la vista. Yo pensé que no me iban a llamar, estaba en la casa de mis padres cuando llegó un telegrama que me avisaba que me presentara yo. Se llaman Laboratorios Alfa, todavía existen. Entré yo como ayudante de almacén y, a los pocos meses, creo que el almacenista se llevó a la hija del gerente, se la voló, y total que a mí me dieron esa oportunidad de seguir ya como jefe de almacén. Desempeñé bien mi puesto hasta que el trabajo terminó. Entonces nos dijo el señor Moya: “¿se quieren ir ustedes a México? porque la sucursal va a desaparecer”. Aurora ya no quiso, todavía no nos casábamos, yo tampoco quise. Al poco tiempo nos liquidaron conforme a la ley y luego cerró el laboratorio.

Ya casados, yo empecé a trabajar como inspector en una línea de camiones durante diez años, un urbano de aquí de Puebla. Era yo despachador, administrador e inspector. Entonces ganaba 36.50 diarios y aparte tenía un sueldo extra por administrar dos o tres camiones. Hasta que comprendí que estaba perdiendo el tiempo ahí, aunque mi esposa tenía casa propia, comprendí que tenía que desarrollar mi trabajo mejor y ganar mejor en otro lado. Me presenté a un señor que era gerente del Banco Longoria, estaba en la 3 poniente y 3 sur. El señor, que se llama Ángel Cisneros, no me conocía y yo a él lo conocía de vista, entonces le dije: “señor, vengo a pedirle una oportunidad, a ver si me da usted trabajo.” Sí, ya me dijo véngase en la tarde. Me fui contento pensando que iba a trabajar en el banco, pero no fue así. Dijo: “vamos a una fábrica que tengo de zapatilla.” Ya me dio la oportunidad de estar en la oficina, les daba yo el avío, o sea material a los trabajadores, y así estuve como un mes hasta que me dijo: “¿conoce Tabasco, el sureste?” No. “Pues quiero que le entre como agente vendedor en Tabasco”, él tenía residencia en Villahermosa. Me dio la oportunidad, el otro vendedor me fue entregando la ruta, que era muy extensa, yo dilataba hasta un mes fuera de la casa. Traía una petaca grande con treinta y tantas muestras. Me compraron un carro, en aquel entonces un Peugeot, que eran muy buenos carros. Ahí dilaté trabajando diez años, ya después regresé con el que había sido nuestro jefe, el señor Moya, el gerente de los laboratorios, que puso un laboratorio de medicina humana en México y me dio la ruta de Michoacán. Y cuando me salí de ahí me asocié con un hermano de mi esposa que tenía una fábrica de mochilas y de portafolios con un amigo. Empecé a viajar con él y me fue muy bien económicamente. Vendía yo bastante bien hasta que tuve un accidente.

Ya mi esposa y yo habíamos tenido dos avisos de accidente, una ocasión veníamos de Oaxaca a Tuxtepec, por Guelatao, es una carretera muy sinuosa, con mucha montaña, y el carro, que era una Brasilia, yo creo que andaba mal de una rótula y me jaló hacia la izquierda, nos atajó un ramaje tan fuerte que nos hizo girar como trompo. Mi esposa se fue por una grúa, pero me sacaron antes unos madereros. Mi esposa me acompañaba la mayoría de las veces porque teníamos que ganar dinero, los hijos estaban ya en carrera, Manolo, el más chico, que tiene ya 40 años, estaba estudiando ingeniería industrial; mi hija, que es licenciada, ya estaba saliendo de Administración Pública; César, el mayor, que está en Estados Unidos, en San Luis Missouri, y tuve el accidente, desgraciadamente ocasionado por un amigo que fue el que chocó.

Yo siempre tuve precaución en manejar, manejaba yo bastante lejos y mire, ahorita me tiene aquí. Pero mi amigo no, tuvo la mala suerte de girar hasta chocar con la cuneta. Él no salió lastimado pero yo sí.

Ancianos


Yo pienso que en México hay un trato indiferente hacia el anciano. El anciano, yo pienso que ha aportado mucho y seguirá aportando mucha sabiduría, mucha experiencia, muchas cosas muy importantes que las generaciones actuales deberían de aprender, de asimilar por medio del gobierno. Decir: “miren este es el ejemplo de lo que dejaron las personas mayores, así que vamos a darles facilidades y que tengan una biblioteca, o que trabajen en ellas”, o que se creen unos trabajos sencillos que nos motiven, los ancianos necesitamos de una motivación y si no nos las da el gobierno ¿quién nos la va a dar? En otro países hay transporte, rampas, hasta bares, de todo para el anciano, pero aquí no. Estamos muy abandonados.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Con ese nombre no

Entrevisté a doña Judith cuando había cumplido ya 90 años de edad que, por cierto, no se le notaban ni es la voz ni en su fresca memoria que, como leerás, fluía en un continuum memorioso de gran capacidad de síntesis y un sutil encanto en la elección de sus imágenes. Años después tuve el gusto de asistir a su fiesta de centenario invitado por su hijo José Luis, donde estuvimos departiendo alegremente toda una tarde con doña Judith lúcida y festiva, un año antes de morir
Ella fue una niña y una señorita “bien” de la ciudad de Puebla, una de tantas hijas de familia que asistían toda la semana al colegio de monjas y los domingos a misa con elegancia dominical.



Doña Judith Cid de León:

Yo nací en el mero centro el 7 de diciembre de 1910 en el Barrio de la Luz, en una casa que ya no existe, ahora son casas de vecindad, así muy feas. Entonces era un barrio de personas más acomodadas, mi abuelo tenía un molino de harina de trigo, se apellidaba Tapia. Y allá nacieron mis hermanas gemelas, antes que yo, luego nací yo a los dos años. Ahora que estoy vieja, mis hermanos casi todos ya murieron, nada más tengo al más chico, que viene de Veracruz y una hermana que es la más chica de las mujeres, sólo quedamos tres.

Nací en la Primera Calle de la Luz número 11, a la mitad de la calle había dos leones, en la azotea de mi abuelo. Luego mi papá compró en la colonia Humboldt y nos fuimos para allá, donde nacieron los demás hermanos.

Yo nací el año en que inicia la Revolución. Dice mi mamá que, como entonces no podían salir las mamás a la calle hasta que no tenían 40 días, mis papás, que no estaban casados por el civil ellos, nada más por la iglesia, mi papá me llevó al registro civil, pero le pusieron “hija natural” de José Cid de León. Y mamá no. Por eso soy nomás... hija natural, porque le preguntaron a mi papá si no estaba casado y dijo “no, nada más por la iglesia”, entonces es hija natural. Nada más yo, las demás no, nada más a mí, porque dice mi papá que en esos años quién sabe qué pasaría y me registraron así, pero no tenía yo mamá ¿verdad? Decía: “José Cid de León, soltero” ¿cómo va a ser soltero? Hasta que se casó mi hermana Rebeca se casaron mi mamá y mi papá, cuando se casó una de las gemelas por el civil, entonces fue cuando mis papás se casaron por lo civil. Desde entonces ya no fuimos “hijos naturales”. Después mi mamá nos llevó a registrar en México como hijos legítimos y ya después no sé. Murió mi mamá, no se dónde quedaron los papeles, se los dieron a una hermana mía, luego esa hermana murió, se los dejó a la otra hermana, total se desapareció el papel. Me tuvieron que volver a registrar. Tuve que ir a juicio, je je.

Mi abuelo nunca me dijo Judith, porque yo nací el día de Santa Bárbara y él me decía Bárbara, hasta que se murió, siempre me dijo Bárbara, Barbarita. “¿Por qué si es Judith?”, porque nació ese día y ese día es de Santa Bárbara y tiene que ser Bárbara. “No, papá, si es Ana María Judith.”

Dice mi mamá que a la hora del bautizo no me querían bautizar, porque como nada más era Judith, el padre dijo: “no, con ese nombre no.” Entonces por eso me pusieron Ana María. Pero mi abuelo decía que era Bárbara Judith, entonces me quitaron el Bárbara y nada más me dejaron Ana María Judith.

El Barrio de la Luz era un barrio muy bonito de personas así como aquí, familiares, no había vecindades como ahora. Le decían la Primera Calle de la Luz, luego la Segunda Calle de la Luz. Después salía uno al Parián, en el centro, así que no estaba muy lejos del centro ese barrio, con su iglesia muy bonita, con una imagen muy hermosa, allí dice mi mamá que se casó, ahí nacimos, nos bautizaron, así que somos del Barrio de la Luz.

Los domingos íbamos a misa, pero casi mi papá nos acostumbró a ir a distintas iglesias; en el Barrio de la Luz íbamos al catecismo, nos llevaban, pero los domingos íbamos a San Francisco, a los Remedios, la Catedral, La Concordia, esas iglesias de por allá.

En el Paseo de San Francisco se comían las chalupas en esos años, y entonces sí eran muy buenas chalupas, con sus comales, con sus tortillitas, las pellizcaban las personas, no les ponían queso sino su carnita deshebrada.

Mi abuelo tenía el Molino de Trigo la Luz, era un señor muy amable, muy caritativo, porque en esos años la gente era muy caritativa con los pobres. Así es de que los miércoles, como eran muy devotos de la Virgen de la Luz, iban las personas y hacían su cola, y ya les daban su dinero, no sé cuanto les daría, y como tenían fábrica de sopas, de pastas, de todo eso, les daban sus sopas para que se las llevaran, como caridad.

Ellos, dijo mi abuelo, eran de Chautla de Tapia, no eran de aquí de Puebla, allá nacieron ellos.  Ya después su papá, el bisabuelo mío, hicieron ahí el molino de harina, pero también manejaban trigo, les iba muy bien, sacaban la harina, sacaban una cosa del trigo con la que unas personas a los que se lo regalaban hacían unos cocoles que llamaban raspabuches. Era un cocol así, pero era de pura cáscara de eso. También de panela, así es de que había unos panaderos que eso hacían, y ya ellos le llevaban a mi abuelo, como agradecimiento, el pan de cemita y así.

Mi papá siempre trabajó en una tienda de ropa, La Primavera, que estaba donde está el portal; hay un banco ahora, creo. Era una tienda muy grande, de franceses, mi papá era jefe de mostrador y los empleados le llevaban la nota. Se acostumbraba que las modistas iban a comprar las telas con la persona a quien iban a hacer el vestido. Entonces ahí escogían y ya ellos bajaban las telas y medían los metros que decía la modista. Ahí trabajó muchos años mi papá.

Mi abuelita materna, Trinidad se llamaba, murió cuando yo tenía tres años. Me conoció pero yo tenía tres años y ya no la conocí. Ni la de mi papá tampoco. Nomás conocí a mis dos abuelos. Mi abuelo paterno era un señor José Cid de León, era dueño de un rancho en El Cristo, pues siempre fue... heredó eso de su papá, sembraban maíz y todo lo que se siembra de semillas. Y ya luego las vendían en sus carretas, pues en esos años no había camiones, eran puras carretas, y ahí repartían los bultos. De eso sí me acuerdo.

Íbamos al Cristo desde el viernes. Salíamos del colegio y ya en la tarde nos traían al Cristo, en una carreta, precisamente, con colchones, ahí nos echaban a todos los chamacos.  Las personas grandes viajaban entonces en unos coches de caballos blanco y negro; otros de otro color, cuadraditos, y otras que les decían calandrias, eran abiertas, ahí iban las muchachas ya grandes, muy arregladas, las llevaban a la hacienda porque así se acostumbraba. En el Cristo hacían barbacoa, las muchachas bailaban, porque entonces había pianos, cantaban, aunque no iban orquestas. Yo me acuerdo que todos tocaban piano, las muchachas, los jóvenes, y uno, como chamaco, pues a veces se metía uno a oír, pero luego se salía otra vez a jugar por ahí. Pero sí eran bonitos esos días de campo que hacían las personas. Había caballos, burros, pollos, todo había, guajolotes; pavorreales tenían también, sí era bonito. Los dos abuelos siempre tuvieron eso. Muy buenos abuelos los dos, eran muy buenos.

Mi mamá iba a ser concertista de piano, pero se casó y ya no. Por eso no hacía nada más que puro piano. Tocaba el piano precioso. En la casa de mi abuelo había pianos de cola y piano de tres colas, había dos pianos. Uno estaba en una sala por allá y el otro por allá, así es que llegaban las señoritas, las jóvenes y puro piano tocaban. Como mi abuelo tenía mucho dinero tenía dos pianos.

A nosotros mi papá nos compró, primero que nada, un piano vertical. Bueno, para el estudio. Aprendimos y lo que usted quiera. Y después mi papá vendió ese piano y compró una pianola, porque se estaban usando y le fueron a enjaretar a mi papá la pianola. “No que mire, señor, es mejor la pianola, que es piano, pianola.”  Claro que nosotros, al ver la pianola, dejamos el piano. Lo tocábamos y todo, pero ya no. Pero sobre todo la escuchábamos con los rollos que tenían agujeritos y ya después con los puros pies. El maestro Alfonso Limón le dijo a mi mamá: “mire, doña Lucha, el solfeo las muchachas ya ni me lo dan, porque con esta pianola que compró su papá a mí me da no sé qué venir a dar la clase de piano, porque no estudian ni el solfeo ni nada, yo ya no quiero cobrar”, así dijo, porque ya nomás era pura pianola y pianola. Mi papá dijo: “bueno, pues a mí me la vinieron a ofrecer, y yo dije, pues sí.” Después quién sabe qué les pasó a las pianolas, desaparecieron también.

Yo estudié...antes les decían parvulitos, había unas monjas que vivían en la calle de Estanco de Hombres, así le llamaban (y otra de Estanco de Mujeres), saliendo así para el mercado la Victoria, ahí estaban. Y por allí estaba en una calle que se llamaba la calle de Camarín, por el hospitalito, por ahí había unas monjas y nos llevaban a los parvulitos, nos llevaban unas sillitas para que allí nos sentaran. Y ya luego nos fuimos al Teresiano, mi mamá nos mandó al Teresiano, pero ya de internas, pues como estaba bastante lejos, para no ir diario nos internaban. Estaba en Santa Teresa y eso era lejos del Barrio de la Luz, luego que nos cambiamos a la colonia Humboldt, estaba aún más lejos. Por eso nos internaron.

Nos íbamos toda la semana y ya el viernes iban por nosotras para ir a nuestra casa. En el internado nuestra vida era muy bonita, nos paraban temprano, a las seis de la mañana al baño, a la misa, a comulgar, todos los días nos teníamos que reconciliar con el Padre, pero era bonito. Ya a las ocho nos juntábamos para las clases con las monjitas, porque eran religiosas, no sé si serían maestras, pero eran puras monjas. En esos años eran puras monjas, unas decían que eran Capuchinas, otras decían que venían de quien sabe qué partes, venían las monjitas a enseñar y así acabamos toda la primaria, que ahí no se llamaba primaria, entonces le decían primer grado y segundo grado. El primer grado era del primero al cuarto año; el cuarto, quinto y sexto eran el segundo grado y ya salía uno con eso. Pero no le decían primaria.

Al terminar las clases nos llevaban al comedor, a las grandes las ponían a ayudar a la mesa, a las chicas no. Una grande, pues, tenía que peinar a una chica. Y venían de Atlixco, de Tehuacán, de Veracruz venían de internadas, pues las que podían. Cuando hacían fiesta nos llevaban a algunas, no a todas. Había una monjita muy buena que sí nos consentía de todo, no nos regañaba. Decía “no madre, yo las cuido”. Bueno ¿usted se hace cargo de ellas?” “Sí, madre yo”. Las otras eran unas regañonas, pero ella no, la pobrecita, era muy buena con nosotros, la madre Agustina… pero no era Agustina, era... no me acuerdo de su nombre, porque como les cambiaban el nombre... Cuando iban a ser religiosas las acostaban en el piso, las vestían de blanco, como novias, y el padre les rezaba y les decía que morían para el mundo, las que se querían ir de monjas. Ya después las vestían de novicias y luego, creo que a los dos años, ya les ponían sus hábitos; pero primero eran novicias, y si se arrepentían, pues volvían al mundo, si no seguían de religiosas. Yo vi esa ceremonia varias veces. Nos poníamos a rezar y eso, porque a las chiquillas nos ponían adelante para ver la ceremonia, y a las grandes las ponían a los lados, porque había bancas así y así, como éramos muchas las del internado, todas veíamos eso. Y si había muchachas que se querían ir de monjas, pues de ahí ya no salían. Había una madrecita que dice que desde que llegó de niña nunca volvió a salir al mundo, no sabía ni qué era el mundo. A varias así les pasó, por eso cuando las sacaron de los conventos fue muy impresionante para ellas. Cuando el viejo Plutarco Elías Calles sacó a las monjas de sus conventos.

Decía la madre superiora, cuando le regalaban de las fábricas un montón de hebras, nos decía la monjita: “vamos a desenredar la conciencia de Plutarco Calles” ¿Madre, quién es Plutarco Calles? “El presidente, pero es malo con la iglesia”, nos decía ella. De las fábricas les regalaban esas bolas, pero eran así, no se crea, enormes, y a estar sacando las hebritas...

Cuando gobernó Plutarco Calles en cada casa, escondida, había misas. Ya vivíamos en la colonia Humboldt. Entonces iba un sacerdote a las casas y decía la misa, pero muy discretamente, porque por eso a muchas personas les quitaron sus casas. Porque se las quitaban. El gobierno, donde sabía que había una misa, les quitaba sus casas a las personas. Por eso es que también no había muchas casas con misa, porque eran abusivos, rateros. Nos llevaban a escondidas. Allá en la colonia Humboldt, donde un señor Centurión hacía misas. Había un padre Cedeño, que era de la Compañía de Jesús, y lo buscaban para apresarlo y matarlo. Entonces él pintó todo lo que es el templo de la Compañía y entraban y le preguntaban sobre el padre Cedeño, que era él, pero estaba con su overol y no lo reconocían. Nos platicaba mi mamá que una criada que llevaba una vajilla china, un jueguito chino de porcelana, que se cae y se le rompe. La muchacha estaba llorando y viene el padre y la encuentra ahí. Por entonces era el colegio del Espíritu Santo, la Compañía. “¿Qué te pasa?” Ay, mire padre, ya rompí esto. Dicen que cogió los pedacitos, se los acomodó, se los cubrió con la servilletita y le dijo: “tú ve, los entregas y le dices que se te rompieron”. No padre... “Tú ve y entrégalos”. Y que va y las tacitas estaban enteras. Dicen que él hacía milagros. Era el padre Cedeño, así se apellidaba, no me acuerdo su nombre. Entonces, todo lo que ve usted que está en la Compañía, el padre Cedeño lo hizo, todo eso de los techos, como estaba con su overol no lo reconocieron, porque si lo hubieran reconocido, pues yo creo que sí lo hubieran hasta mandado matar, porque era... decían las gentes que era un santo. Y eso platicaban. Ahí hice yo mi primera comunión, en la iglesia de la Compañía, junto a mi hermano, los dos, pero era ese señor Calles malo.

Y conocí al padre Cedeño. Era un santo, sí, era un padre viejecito, muy hermoso y en esos años nos decía a todos: “no, no es pecado eso...” Padre, que vimos esto, que nos fuimos allá. “No, no es pecado, no”, decía. Ay, padre, fuimos al cine a escondidas. “No, no es malo, ustedes digan en sus casas que van al cine, por qué tienen que esconderse.” Padre, que no nos dejan. “Ustedes díganles a sus papás que tienen que ir. No digan mentiras.” Sí, era un padrecito muy bueno. Pobrecito, se murió. Y ¡uh!, fue una cosa hermosísima cuando se murió el padre Cedeño. Lo velamos ahí en la Compañía. No en la iglesia, en la capilla de adentro, donde estaba el Santísimo. Había monjas, y nos llevaron a todos, toda la escuela no, unas cuantas nada más estuvimos en el velorio. Ya en el entierro sí nos llevaron a todos al panteón. No me acuerdo de qué moriría, pero confesaba muy hermoso, muy bonito.


Ya como a los 12 años me sacaron de la escuela de monjas, porque no servían los documentos, no los reconocían, entonces mi mamá me sacó a mí a esa edad para cursar el quinto y sexto, porque decían que estaba muy atrasada porque las monjas no nos enseñaban otras cosas más que rezar. Entonces pasé a estudiar a la Arteaga, donde cursé el quinto y sexto año. Todavía está la Arteaga por el Portalito, de este lado, y ahí dice Escuela Arteaga. Ahí terminé mi primaria.

Ya, dejé de estudiar, porque antes decían “para qué vas a estudiar, si te vas a casar. Hay que aprender las cosas de la casa”. Pero... ¿cómo nos vamos a casar, mamá? “Sí, la mujer es para casarse.” Y sí, todas nos casamos. “Si no, no saben llevar una casa.” Mi papá le decía: “no me las pongas en la cocina porque no van a ser cocineras.” Mi mamá respondía: “no, déjalas, porque si se casan con un pobre lo saben hacer, si se casan con un rico, lo saben mandar.” ¡Como me acuerdo de eso!

Mi mamá no entraba a la cocina, pero le decía a la cocinera: “pones a la niña a que haga la pasta, le pones esto, le pones aquello”... pero ella no entraba, pero eso sí, mandaba. Eran muy chistosos antes porque hacían una lista de todo, de los almuerzos, de los desayunos, la sopa. Les daban una lista y ahí la cocinera veía lo que hacía, para que no se repitiera seguido lo mismo. Así que ahí, para no estar preguntando, las señoras les decían: “ahí tienes la lista”. Así era entonces, bueno, la mayor parte así era, así eran las amigas de mi mamá con sus cocineras, mientras ella iban por mi papá al zócalo, yo creo, así iban las señoras esperando a los señores que salieran, luego ya se iban a la casa a comer, y así se usaba.

Los muchachos la veían a una y nos seguían a donde fuera. Ya, uno los veía. “No, que te persigue a ti”, “no, que te persigue a ti”. Y ellos eran los que caminaban, porque uno no.  Si algún joven quería andar con una joven, pues la tenían que seguir a donde vivía para darse cuenta, los que tenían coche, pues en coche, los que no, pues no, pero la seguían a una. Nos llevaban a pasear al zócalo, pero sólo en la primera calle, que da al portal, nada más en esa acera, en las otras no. Ahí era el paseo y nomás los domingos se paseaban las muchachas ahí. Las grandes, que tenían sus novios.

Había unos bailes que hacían los de la Compañía de Luz, lo hacían en un lugar que estaba por allá por el Casino Español. Los españoles hacían sus bailes en el Casino Español, y luego los de la compañía de luz, como eran cajeras, los hacían en La Receptora, por la 22 poniente, por ahí. No sé por qué le decían la Receptora, porque había agua o cosas de luz, me parece. Allí hacían ellos también unos bailes y en tiempos de luna hacían las lunadas. Orquestas y hasta pianos llevaban. En unos camiones llevaban los pianos, iba ese señor Campos, Carlos Campos, que tenía una orquesta preciosa. Y hasta llevaba gallo a las muchachas: “Morir por tu amor”, “Perjura”, “Júrame”, que la cantaba José Mojica. Cuando vino al teatro aquí en Puebla fuimos a verlo, a José Mojica. Se pagó la entrada y costaba cara. No sé cuánto pagarían mis hermanas, eso sí no sé. Precioso que cantaba José Mojica.

Mire, nosotros, ve que está la iglesia de San Francisco y ahí arriba, donde es ahora una escuela, era el hospital militar, ahí estaban los militares, así es de que no era como ahora, en un cerro, no. Al principio, cuando yo era niña, ahí era el hospital militar, ahora es una escuela de niños, me parece.

En el Paseo Bravo había una plaza de toros, sí, pero había una primero en la 3 Poniente, la primera que hicieron. Era una plaza de toros. Luego hicieron otra. Era un campo de beisbol porque jugaban los muchachos beisbol, entonces era más beisbol que futbol; por ahí había un campo de beisbol. Estaba el Estanque de los Pescaditos, había un estanque muy bonito y había pescados. Era de una familia Anaya, que eran amigas de mi mamá, pero había pescados y era muy bonito.


 De la Humboldt nos cambiamos a la 22, lo conocí porque él era ferrocarrilero, porque una tía vivía en un departamento de Paseo Bravo, y ellos vivían en el otro departamento. Unas tres señoritas y él, eran huérfanos, su papá vivía en Cholula con la segunda esposa, pero él vivió siempre con sus hermanas.

De novios, sólo tres veces hablé con él, porque mi mamá decía que tenía que usar el teléfono, no me dejaban verlo porque decían que no, “que te va a dejar sin comer, que es muy pobre” No, mamá, decía yo, sí y trabaja. Él me dijo: “yo gano siete pesos diarios, así es de que, pues no. Pero como no me dejaban verlo, pues por eso me casé pronto, porque él dijo “no”. Tres veces entró a pedirme, la segunda y a la tercera me casé, porque dijo: “no, pues, si no la dejan ver... Dijo: “te me pusiste difícil”, no es que me pusiera yo, no me dejaban. Y bueno, pues yo dije: me casaré. Si salía yo a la calle, me decía: pide permiso de venir sola. “Mamá, voy a comprar unos encajes”. “Catalina, acompaña a la niña a los encajes.” “¿Y por qué vienes acompañada?” Pues porque me mandan acompañada. Íbamos al cine, que entonces era el cine Reforma, y bueno, pues las dos grandes llevaban a los novios, la otra también, pero yo no, yo era la chica, yo no, así es de que María Luisa sí.

¿Cómo lo veía yo? No lo podía ver, así es de que, aunque lo veía yo de lejos, nos veíamos nada más, así. Pero vernos para platicar, no. Por teléfono, decía mi mamá. Si no es por el teléfono yo creo que no me caso. Y sí, nos hablábamos todos los días, que eran unos teléfonos de palo, unas cajas grandes así que “¡riiinnng!” Unos timbrotes de este tamaño. Pero sí se oía, pero eran como unas cajas así de madera, grandes y ya luego vinieron los otros como de cajita, y luego ya vinieron los de la Mexicana, de mesa. Y tuvimos Mexicana pero no por mi papá, que prefería Erickson. Desde que yo me doy cuenta, Erickson siempre fue nuestro teléfono, pero como mi hermana tuvo un novio que trabajaba en México y era jefe, mandó poner un Mexicana, porque, pues, él hablaba ¿no? Y él nomás trabajaba hasta el viernes. El viernes venía de México y se estaba aquí, así es de que por eso teníamos dos teléfonos, Mexicana y Erickson, pero mi papá no pagaba Mexicana, el novio lo mandó poner para hablar con mi hermana. Si hablaba, pues él pagaba. Y ya les contábamos a los amigos que tenían Mexicana, y si ellos tenían también Mexicana, pues hablaban también. Pero en esos años mi papá dijo “no, qué teléfono ni que nada”; pero no, papá, lo va a pagar él. “Ah, bueno...”


He conocido muchísimas partes, muchas, pero como aquí nací, aquí nacieron mis papás y aquí he vivido siempre... he ido por el norte, a Tijuana, he caminado hasta por allá, pero no, no me acostumbro, ya me acostumbré a mi Puebla. Tuve un hijo que se fue a Ixtepec, se casó, un hijo piloto aviador, e iba yo a Ixtepec, Oaxaca. Fui a Laredo, Texas porque a mi esposo, como era del tren, le daban un pase, y en las vacaciones íbamos a varias partes del norte, -más el norte que el sur, que conocí después-: Laredo, Texas, San Diego, California, todo eso conocimos por allá, pero yo me quedo con Puebla.

jueves, 18 de agosto de 2016

De lo perdido lo que aparezca

A su agraciado conocimiento sobre las pulquerías y la mitológica bebida de los mesoamericanos, don Juan López Cervantes pasó en su relato al activismo urbano desde una organización que ayudó a fundar llamada la Unión de Barrios. Una preocupación de vecinos que remonta la historia, la política, el arte y la arquitectura. Acababa el gobierno de Manuel Bartlett al estado de Puebla y comenzaba el de Mario Marín; también terminaba un siglo, el de la transformación de esta ciudad cuatro veces centenaria.


Centro de Convenciones de Puebla

Las pulquerías tenían vitrales, emplomados, pero hasta eso se ha estado perdiendo. Ahora todo eso ya se perdió con la modernidad, todo recto, todo cuadrado, como cajón y sin ninguna gracia, ningún arte, eso ya se perdió. Eso fue una pérdida para nuestro pueblo porque, los pueblos indígenas… nada tengo contra los españoles, porque después de todo somos una fusión de las dos razas y todos cooperamos con nuestras respectivas cosas y enriquecieron una cultura que no existía en España. Por eso Puebla es tan extraordinaria. No es española, y los que dicen que es española, mienten. No es española, nuestra ciudad es especial, es mestiza, donde se fusionan las dos culturas. Y eso lo vemos hasta en las iglesias, donde vemos angelitos con facciones indígenas y eso forma parte de la gente que vivió acá.  Ahora se ha venido sabiendo que Puebla no era un terreno baldío, como nos enseñaron. Hubo aquí asentamientos que dejaron cultura. Y claro, una cultura hasta cierto punto inferior porque los españoles trajeron el uso de la pólvora, el fierro, la rueda, que nosotros no conocíamos. De eso sí estoy consciente que vino de allende de los mares, pero también nosotros  pusimos nuestro granito de arena para ser lo que ahora somos. Yo, verdaderamente, ahora que ya soy viejo, siento tristeza cuando veo que están derrumbando una casa. Como ahorita allá en Analco donde están, según ellos, remodelando casas. Están tirando lo de adentro y nomás el puro cascarón están dejando afuera. Verdaderamente, no sé, yo entiendo que las gentes que cuidan de nuestro acervo cultural, monumental, pues otorgan con muchas facilidades las licencias para que se hagan las obras. Antiguamente había un señor Castro, que era del INAH, y para el que quisiera abrir una ventanita o abrir más ancha una puerta de una casa antigua, tenía que llevar un bosquejo, un dibujo donde constara lo que iba  a hacer, la fisionomía, el entorno de lo que iban a hacer; ahora, nomás vea usted, ahorita precisamente hay una casa muy bonita en la calle del Callejón del Muerto, ahí en la 12 Sur, esa casa es histórica porque es del siglo XVII, hay una urna con una cruz de piedra. Ahí tiene el letrero del INAH, pero por lo menos, lo que debían hacer es decirle al barrio: “saben qué, van a remodelar esto, le van a hacer esto y aquello”, pero sólo ellos saben. Y eso, pues, no se vale. Pierde el sentido todo. La  mancha urbana se está comiendo a lo que es monumental.

Soy presidente de la Unión de Barrios. Nomás que, mire usted. Tiene uno que ser honesto. Nuestra organización fue contestataria, era de mucho empuje porque se prestaban las circunstancias, cuando fue lo del Megaproyecto. Ahora las estrategias ya cambiaron, ahora tenemos que dedicarnos más al fondo, de ir cuidado lo poco que nos queda, y entonces ahí es donde nosotros enfocamos nuestros esfuerzos.


Por ejemplo, en Analco tenemos un horno moderno, bueno, entre comillas, no es tecnología de punta, pero ya no es de leña, o tenemos de los dos: de gas y de leña. Ahora estamos comenzando a trabajar barnices que no contengan greta, o sea plomo, porque usted sabe que uno de los motivos por el que las puertas de Estados Unidos se cerraron a la alfarería de México, fue precisamente el plomo que contenía el decorado de las cazuelas, de las vasijas, de las ollas. Si por eso fuera ya tendríamos cáncer todos los mexicanos. ¡Toda la vida! Cuando destruyeron ahí en el Estanque de los Pescaditos y sacaron los hornos, encontraron muchos cacharros que tenían decoraciones de plomo, y son del siglo antepasado. Pero bueno, como los gringos están hechos de azúcar, no pueden comer con eso porque les da cáncer. Entonces nosotros tenemos que ir viendo y adaptando poco a poco a las circunstancias. Imagine que es una industria que tiene cientos de años en la calle de Carrillo en (el barrio de) la Luz, que fue el centro alfarero más grande del país. Inclusive  se exportaban a Manila los jarros y las cazuelas que se hacían allí. Todo eso se está perdiendo. Pero nosotros, queriendo preservar eso, queremos adaptarnos al medio. Por eso estamos y trabajando en lograr una alfarería que no tenga plomo. Afortunadamente ya en México se produce un barniz transparente, con mucha calidad, que aguanta la cocción y que no contiene plomo. Hay algunas instituciones universitarias que están trabajando muy fuerte en ese aspecto, una de ellas es la UAM Xochimilco, la Metropolitana en México y también la de Azcapotzalco, están trabajando en sus laboratorios y se está logrando algo.

Después de cinco años que vamos a cumplir trabajando en el horno, pues ya le encontramos sus mañas, como decimos entre nosotros. Ya sabemos qué es bueno para el horno y qué no es bueno. Ahora sí puedo decir con toda certeza que se puede hacer en un día lo que antes llevaba ocho días. Y lo que dijeron los que nos hicieron el horno, de que podíamos quemar hasta tres veces al día, pues, sí, se puede quemar pero no descargar. El día que lo intentamos nos tronó nomás con el puro aire la loza, porque como sube hasta al rojo vivo, como si fuera metal, de pone rojo el barro, porque sube un poco más arriba de los 700 grados de calor, sí tiene su chistecito, pero nosotros hemos tenido que ir encontrándole. Gracias a Dios, podemos decir que está funcionando el horno.

Nosotros no y tenemos patrón. A nosotros nos habló Segusino. Dijimos ¿por qué no? Nos invitó a sus naves que tiene allá en Chipilo y sí, nos daba material, los barros, porque son unos barros especiales (ora sí que “no cualquier barro hace jarro” ¿no?), nos proporcionaba herramientas, nos proporcionaba hornos, nos daba diseños –según él, modernos, de los que se han fusilado donde quiera. Es la verdad, yo no creo que me vayan a demandar por eso- y hasta dinero para que nosotros nos pudiéramos movilizar. El problema era que nos iba a comprar toda la producción que nosotros hiciéramos, pero él era quien iba a determinar los precios. Ahí fue donde a nosotros no nos convino. Porque si yo hago, por ejemplo, un jarro, ahí digo que este jarro vale un peso. El material que le metí, el tiempo que se llevó y mi habilidad manual. Y ese señor, con gentes que no estaban tan avezadas, porque tenía muchos alfareros y muchos carpinteros, muchos artesanos a quienes estaba explotando, pero eso ya no siguió, ahora está de jefe de Economía, Zaraín. Entonces yo le dije: “sabe qué, usted lo que quiere es tener mano calificada sin que le cueste, sin ninguna ventaja, ni seguro social ni nada.”

Ahora nosotros producimos en cantidad piezas de barro negro, que no es barro, sino barniz horneado, como candeleros y sahumerios. Hay un mercado, el Sonora, que es donde están los mayoristas y es ahí donde nos compran nuestra producción, porque ya al “centaveo”, como decimos nosotros, ya no conviene. Claro, también hacemos ollas, hacemos jarros, hacemos vasijas de ese tipo, pero esas vasijas... pues sí convienen y no convienen ¿por qué? Porque no como quiera salen. La mayoría compra plástico o peltre o cosas de esas. Y por ejemplo, una campana vale setecientos, ochocientos pesos, ya no como quiera los sueltan, esas son cantidades grandes. Y nosotros tenemos que comer todos los días. Entonces nuestra loza le sale barata.

Ahora nosotros en Analco estamos tratando de hacer piezas exclusivas: jarrones, floreros, maceteros con cierta calidad artesanal, para que una pieza que nos cuesta cinco pesos la podamos vender a cien o doscientos pesos. Y ahí nos conviene a nosotros, menos y trabajo, menos material y es ahí donde se motiva la inventiva de cada uno. Sin falsa modestia yo ya soy viejo, estoy pensionado por una fábrica, entonces yo soy gente de pocos gastos, con que tenga para comer, para vestir, aunque sea modestamente, es lo que necesito. No sigo que me alcance con eso, tenemos nuestras busquitas, nuestras ayuditas, pero nos las vamos pasando.

Lo que yo he querido siempre es incentivas a los jóvenes. Que aprendan. Allá en mi barrio donde son medio bravos, los muchachos son muy creativos, hacen calaveras, hacen figura y media. Yo les dejo manos libres. Y lo que hacen, que se lo lleven, que sepan lo que pueden hacer ellos con sus manos. Claro que para eso se necesitaba un capital para organizarlo bien. Nosotros, como tuvimos que pagar ese apoyo que se nos dio, pues apenas estamos saliendo. Los que estamos trabajando ganamos algo, pagamos renta, pagamos luz y todos nuestros gastos, y de ahí ha tenido que salir. Afortunadamente ya nomás debemos tres mil pesos. 


Ese es nuestro trabajo en la Unión de Barrios, tratar de conservar nuestras tradiciones. Teníamos un proyecto hermoso, pero bueno, donde intervienen los políticos ya se sabe que lo echan a perder. Se trataba de una escuela de artesanía donde se iba impartir conocimiento por auténticos maestros artesanos, clases de vidrio para vitrales, emplomado, gente que trabaja la madera, ahorita en Analco hay un “boom” de muebles rústicos, a donde yo me he metido a aconsejarles una cosa: que le den calidad. Aunque sean rústicos, que le den calidad, que los espiguen, que los trabajen para durar, no sólo para vender, sobre todo que la madera no sea de la corriente. Los hornos de pan. Analco, allá en sus tiempos, se llamó la universidad de los panaderos. De Analco salió la famosa cemita poblana, de allí salieron los borrachitos, que se llaman, envinados; de allí salieron lo que ya se está perdiendo: los pambazos, los cocoles, los colorados, los raspabuches, que se hace con salvado y piloncillo; eso se come con arroz con leche y es la cosa más exquisita, es un manjar que se ha perdido y las nuevas generaciones no lo conocen. Todavía hay algunos hornos donde se trabaja ese tipo de pan al estilo antiguo. Entonces eso forma parte de nuestro trabajo como Unión de Barrios.

La Unión de Barrios nació para la preservación de nuestras raíces. Entonces a mí no se me quita la idea de que ese proyecto de la escuela es algo que todavía lo podemos hacer, sería autosustentable. Porque, por ejemplo, tenemos gente que vaya a aprender a hacer las cemitas o cualquier tipo de panes, pues ahí mismo se puede vender. Esa es la idea. Lo hermoso de este proyecto es que pensamos que sea autosustentable. Tenemos a los maestros que están más que dispuestos a ir a dar clases. “Cómo no –dicen-, nosotros vamos ahí a enseñar a la gente cómo se trabaja el  vidrio, cómo se graba, cómo se bisela...” Obras de arte, obras de arte todavía salen de Analco en cuestión de  vidrio. Teníamos a don Mariano López que por desgracia ya falleció. Ese señor hizo unos altares nomás para Jerusalén, nomás. En Jerusalén hay un altar para la virgen de Guadalupe que lo hicieron acá y lo fueron a armar allá.  ¿Usted cree que no sienta yo orgullo? Yo no soy poblano, yo nací en el estado de Hidalgo, nomás que me trajeron muy pequeño, crecí, me hice adolescente, hombre y ahora ya me van a enterrar aquí en mi Puebla, porque soy poblano, me volví poblano. Y yo creo que quiero a Puebla como si fuera mi tierra. Por eso me enojo mucho cuando la destruyen, cuando la ningunean. Siento que aquí en Puebla, en vez de andar trayendo ahí tantos proyectos “maravillosos”, que dejaron Analco como si ahí hubiera sido la guerra de Kosovo, puras casonas deshabitadas, llenas de alimañas. Ahorita, con ese señor Marín, que le dieron una lana para recuperar los barrios, lo que hizo fue dale una manita de gato, la mandó pintar, mandó tapiar donde estaban los zahuanes derruidos, pero por dentro sigue igual. Y nos hacen falta, yo estoy oyendo que hacen falta lugares para estacionamiento, pues en esas casas puede haber, hay espacios cerca de... del cómo se llama, de ese cajón que hicieron... el de Convenciones, que de veras. Yo conceptué que ese señor Bartlett era muy capaz, muy bueno, porque había sido secretario de gobernación aunque se le cayó su sistema, pero bueno, fueron gajes del oficio; después fue secretario de educación ¡a nivel nacional! Dije, no, pues si va a venir de gobernador, Puebla se va a ir pa´arriba Y qué le dio. Le dio en la torre, la destruyó. Todos los barrios los destruyó completamente: talleres, viviendas, fábricas. Y él con su proyecto nos vino a destruir. ¿Y qué nos dio a cambio? Un cajón volteado al revés sin ninguna gracia, ningún arte, ninguna nada. Lo único fue un poquito de talavera para que no dijeran que no había talavera en Puebla. Él, que tuvo oportunidad de andar en muchos lugares del mundo, que es una persona cultivada, hubiera escogido lo mejor. No es que no lo quiera, pero cómo lo voy a querer si vino a destruir nuestra ciudad.


Va a llegar el momento en que Puebla ni va a ser poblana ni va a ser remedo de ninguna cosa, ni siquiera de los Estados Unidos. Yo no sé. ¿No es un desperdicio?, ¿no es para indignarse?, ¿no es para morirse de coraje? Y nuestras gentes... pues, todos se echaron a correr, los hornos ya no existen, los pocos necios que quieren vivirlo aquí siguen, porque todavía hay algunas gentes como yo, pero la mayoría se fue a las Infonavits, a Fuentes de San Sebastián, a Bosques de San Bartolo, a Agua Santa. En todas partes hay gentes. Y lo curioso es que, cada vez que hay fiesta en Analco, bajan todos a “su barrio”, a la fiesta. Eso es lo que queremos conservar en la Unión de Barrios, los pocos que hemos quedado. México necesita que trabajemos, que produzcamos, que de lo que se haya perdido, hay que irse para atrás y que comencemos, porque si no cuándo, vamos seguir miserables. Eso es lo que a mí me mueve. Yo tengo hijos, tengo unos diez hijos y me dicen: “jefe, para qué le haces, déjalo, nosotros ya tenemos de qué vivir, somos trabajadores, para qué te afanas, te cansas, no recibes un quinto, no duermes y todo de gorrita café. Hasta que un día te vayan a dar una golpiza. Ya deja eso.”  Respondo: el día que yo deje de ser lo que soy, mejor ya échenme la tierra encima. Yo nací así, tengo 75 años y así pienso morir. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Pulques poblanos



Juan López Cervantes tenía 75 años cuando le realicé esta entrevista; vecino de la ciudad de Puebla, con más de cincuenta años de vivir en el barrio de Analco, un barrio de los más tradicionales de aquí de la ciudad de Puebla, me absorbió con su plática desde las primeras palabras, que en el tema de las pulquerías inevitablemente me recordaron los relatos de Guillermo Prieto de aquellas pulquerías desplazadas a los suburbios de la ciudad de México con nombres singulares como Las Cañitas, La Pelos, Don Toribio, Celaya entre otros tugurios para “gustos fuertes”. Así en Puebla, en recuerdos de don Juan, cuando la gente solía reunirse después de sus agotadoras jornadas a tomar el tradicional elíxir mesoamericano “una cosa barata que era lo más extendido, porque no había tantos productos de otra índole para alegrarnos”.


Los de abajo

Yo voy a referirme a dos cosas, primero, Puebla allá por los años veinte, treinta, cuarenta era una ciudad industrial, pero a la vez agrícola porque había muchas zonas agrícolas alrededor de la ciudad. Entonces los que consumían el pulque eran los trabajadores, concretamente del los ferrocarriles y las fábricas que había muchas, era una cosa hermosa. Amanecer los  días era un concierto de silbatos de las fábricas llamando  a sus trabajadores, cosas que desgraciadamente Puebla dejó perder, después de ser una ciudad tan industrial, textil, la primera en la república mexicana, porque aquí nació la industria textil con don Esteban de Antuñano, entonces Puebla era eminentemente textil, o sea que la economía y la fuerza de trabajo se hallaba en las fábricas textiles y en los transportes como los ferrocarriles. Así eran los ferrocarriles de importantes, era terminal, había casa redonda, había ferrocarril interoceánico, ferrocarril mexicano, el mexicano del sur, donde convergían las diferentes rutas para Veracruz, para Oaxaca, para diferentes partes de la república.  Esto viene a cuento porque las gentes que trabajan en esos centros, era gente trabajadora que no tenía mucho para gastar y que se alegraba, entre comillas, en el pulque. Por eso quiero referirme alas pulquerías como punto de reunión, eran unos establecimientos que consumían  del mejor pulque que venían del estado de Tlaxcala, de Puebla inclusive de Hidalgo.


Las pulcatas

Para hacer una especie de cronología –o no sé cómo se le llamaría-, alrededor de las estaciones había muchas pulquerías, lo que a mi me llamó siempre la atención, desde chamaco, fueron los nombres que tenían esos establecimientos. Era por ejemplo, allá en la 11 y la 10, había una pulquería que se llamaba La Sangre manda, había la Rielera, había el pueblo feliz, en la 9 norte y 8 poniente; había la estaba la Traviesa, en la 9 norte y 6 poniente; estaba Juega el gallo, en la 5 norte; por ahí estaba el Farolito, lo que después fue el Farolazo, pero primero fue el Farolito, que estaba enfrente de la plaza de la Victoria; la mera penca, que después se llamó la Gran Penca y se pasó para allá entre la 8 y la 6; estaba la Gloria, que era una pequeña pulquería que después, al agrandarse, se llamó a Gloriosa, y así podría yo seguir enumerando cantidad de pulquerías en donde se reunía la gente, la más trabajadora y donde se juntaban los mecapaleros. Los mecapaleros eran las personas que se dedicaban a cargar los bultos, las canastas en los centros de abasto, como era la Victoria, que era el polo económico en cuestión de verduras y productos del campo. Entonces estaba ahí La Dama de las Camelias, estaba La raza, estaba El Popo, El Coco, La Chiquita, Los sueños de Baco, Voy con fuerza que es de las pocas pulquerías que existen, está en la 14 y la 5Norte, ahí todavía existe la pulquería. Estaba Acapulco, Rincón Brujo en el barrio del Refugio, después viene El Sabrosón, Ahí está el detalle, yendo  a San Alfonso, sobre la 18 Poniente y 9 Norte.


El respetable

Entonces, esas pulquerías se nutrían de la gente de los mercados, de los obreros que había alrededor de esos rumbos, porque ahí había muchas fábricas textiles como La Tatiana, La Leonesa, Angélica, La Moderna, muchas fábricas textiles que daban mucho trabajo a mucha gente y por eso ahí se reunían las gentes a descansar un rato y, claro, como siempre, había quien se excedía, pero entonces no había “win”, no había alcoholes de otro tipo mas que había pulque. Sí había una cosas que se llamaba el caliente, había una vinatería que se llamaba la industria, y ahí vendían un alcohol al que revolvían una piedra llamada alumbre, y eso hacía que la persona que lo con sumía se le hincharan sus pies. por eso entre la gente pobre de nosotros le llamábamos a esa cantina vinatería, le llamábamos el cementerio de los elefantes. Esa estaba en la 16 poniente y 5 norte. Apenas hace poco tiempo la acaban de quitar, todavía existía. Había otra que se llamaba la Cámara de Gases. Esos eran los nombrecitos folclóricos que salían del pueblo, no salían de nadie más, y aparte de que ahí se juntaban los dirigentes y los líderes de aquel tiempo, porque debo de enterar que los principales introductores de pulque son gente connotadas que ahora ya son millonarios, uno de ellos fue Luis Flores, otro señor fue Reyes Huerta, ahí comenzó a hacer sus dineros. Ellos fueron trabajadores de una introductora mayor que se llamaba La Ñora, tenía su encierro en la 34 poniente y 9 norte. Fueron sus jicareros y ayudantes en el transporte y en el manejo del pulque y después se volvieron ellos distribuidores. Luis Flores fue después dueño de una cantidad de terrenos enorme, ahí donde ahora es Abastos, el Rancho del Conde era de Luis Flores. Y se hizo multimillonario. Y qué decir de Reyes Huerta, que gracias al pulque hizo su fortuna y de ahí...


Calidades

También en los pulques había clases, había pulque pulque, pulque fino, que era de maguey manso, que era un magueizote grandotote, era el mejor pulque, se decía que le faltaba un grado para ser carne, nomás le faltaba el hueso, y luego había pulques corrientes que eran de maguey corriente, que esos por lo regular se daban aquí alrededor de la ciudad. Lo que diferenciaban a unos con otros, era que el pulque bueno, el bueno-bueno, no hacía mal al estómago, era una cosa buena; en cambio el otro que le decían choco, entre los peladitos le decíamos el Choco, ese pulque era de maguey corriente y hacía muchas veces daño al estómago, le soltaba a uno el estómago.  Por eso en las pulquerías decía: pulques finos de Nanacamilpa, o pulques finos de Apan, de Atayangas, que eran los pulques muy finos, los de Tlaxcala, pulques de maguey manso, un maguey que hasta se veía azul. Y los introductores, como siempre, revolvían uno con otro para que no sintiera uno feo, pero en eso se diferenciaban los pulques.


Los curados

Los pulques curados es como el aderezo que se le pone a la comida o como cuando una mujer se pone guapa para verse bien. Así pasa con el pulque, para que les sepa a los paladares exquisitos que no les gustaba el sabor del pulque, pues lo curaban. Había de mango, de huevo, de arroz, de camote, de piña, de tuna, el más famoso,  era un pulque muy famoso que se tomaba casi excepcionalmente en la fiesta de Corpus el pulque de tuna. En su confección se usaba almíbar de tuna, y tenía sus compuestos, algunos le echaban piñón o le echaban cacahuate, rebanadas de plátano macho, entonces eso era el pulque curado de tuna, había de apio. Esos son los que se llaman curados. Después, ya con la degradación de los pulques, había unos que se llamaban curados pero no eran curados, eran licuados, porque licuados? Bueno, yo hablo porque yo los tomé, yo los consumí. El curado nomás lo metían a la licuadora la fruta, le echaban el pulque, le ponían azúcar, los menjurjes que nunca les faltan y fermentaba el pulque. Por eso dolía la cabeza con ese pulque, como llevaba azúcar, más el azúcar de la fruta, pues siempre se subía más y hacía más daño. Pero esos eran licuados. Pero el verdadero pulque curado era otra técnica. Había fruta que se maceraba, se exprimía y se colaba, y se le echaba también sus menjurjes, algunos llevaban leche, como el de piñón. Eran pulques que eran muy pesados para la digestión, porque llevaban cosas de mucho peso alimenticio. Esos eran los curados. Así que aquí hacemos la aclaración: uno es curado y el otro es licuado.


Mitos del pulque

El famoso muñequito. Al pulque, para acelerar su proceso de fermentación, le echaban babilla de nopal, del corazón del nopal o de la misma penca para que fermentara. Y de ahí vino el mito de que le echaban una muñeca de excremento, que le echaban un calcetín calcetero, no. Lo que pasa es eso, aceleraban la fermentación del pulque, porque mientras no fermenta el pulque le hace a usted daño, es como si tomara usted aguamiel, y eso los conocedores lo sabían luego luego: este pulque está delgado.” “Este está bautizado”, y cosas así, pero no es que haya habido muñequitos. Claro que tampoco eran muy limpios, que digamos. Así como venía, con las manos  como las traían: no era muy limpio, nunca fue limpio, para qué vamos a hablar de lo que no es. Vamos a hablar lo que es sincero. Pero todo mundo lo tomaba así, claro que si se pasaba uno le hacía daño. Inclusive llegaba el caso de algunos facultativos, algunos médicos, a recetarles a las señoras que estaban en estado de embarazo que se tomaran su pulque, o a las que estaban lactando, que se tomaran pulque para que los niños tuvieran suficiente alimento. Ese puede ser otro mito.


Los edificios

Había pulquerías en el centro donde se juntaba gente demás recursos, pero la gente verdaderamente pudiente mandaba a sus criados a traer el pulque, tomaban pero no les gustaba juntarse con la raza. Entre esas pulquerías estaban El Gran Salón, teníamos la Jiralda, pulquerías que era todo un espectáculo ver sus locales, con grandes lunas venecianas, auténticas venecianas, con pinturas no murales, porque eran pinturas  de aceite, pero los señores que pintaban las pulquerías eran verdaderos artistas, ignorados. Yo recuerdo de entre esos murales había uno con la leyenda del Popocatépetl, con el Ixtlachíhuatl convertido en mujer, y un hombre que era el Popocatépetl, llorando supuestamente. Y estaba en la calle. Otro de los que me acuerdo, en alguna de las pulquerías, creo que en El Detalle y la India Bonita, había réplicas de algunas pinturas de Arrieta. Una de ellas, se trata de que en una mesa están jugando el Rentoy, descalzos, y por debajo de la mesa le está pasando unas cartas al compañero, con los dedos de los pies. Ese cuadro es real, lo hizo uno de los pintores más famosos de la ciudad de Puebla, de Arrieta. La réplica era con pintura de aceite pero muy bien combinado.


El Rentoy un juego de cartas que se jugaba con la baraja española que era común entre la gente pobre –por decirlo de alguna manera-, donde cada carta tenía una seña. El que jugaba Rentoy debía de tener una facilidad mental y una vista de lince, porque sacaba tantitito la punta de la lengua, y el compañero, porque se jugaba por pareja, debía entenderla señal de que tenía un juego grande que se llamaba borrego; luego venía el Pablo, La Malilla, tenía sus diferentes denominaciones y todo a base de señas que el compañero le transmitía al otro compañero para saber qué cartas tenía para poder conformar el juego. Por eso los otros, los rivales, estaban agusados a ver qué señas hacían. Eso era lo interesante de ese juego. Estaba el rey, nomás hacía uno las cejas para arriba y significaba que tenía corona, “tengo el rey”, la jota movían el hombro, en otro movían la nariz. Por eso era simpático ese juego, era muy bonito y se pasaba el tiempo así, ingiriendo pulque. Ese juego se jugaba casi en todas las pulquerías.

viernes, 5 de agosto de 2016

Revivir


A partir de hoy vas a encontrar las entrevistas que hice a un grupo de ancianos poblanos. Algunos nacieron fuera de Puebla, pero ahora tienen más de medio siglo entre nosotros y son poblanos. Quiero manifestar mi más grande aprecio por su participación, su elocuencia y valentía al revivir historias algo dejadas en el pasado.

No se pretende aquí exponer “vidas” en términos de biografías, sino de un atisbo arbitrario a la memoria de estos hombres y mujeres que momentáneamente accedieron a hablar de sí mismos y desenterrar historias familiares a veces ya irrecuperables.

En esta colección encontrarás una muestra muy representativa de los ancianos y ancianas poblanas, los mismos que ya no vemos fácilmente en el peligroso centro histórico, pues sólo hay semáforos para automóviles y los seres humanos han de pasar la calle como puedan. Y últimamente hasta balazos. Pero los ancianos son los olvidados de hoy, marginados de planes oficiales y particulares, ignorados por propios y extraños que atendieron mi solicitud con el escepticismo propio de los habitantes de un país que no piensa en ellos, que no los atiende, que ni siquiera los recuerda. Sin embargo verán una colección sui generis de personajes que tienen más de una razón para seguir viviendo. 

Tenemos aquí al hombre que construyó colonias desde el analfabetismo, al rey que pierde un edén falsamente heredado, al impaciente estudioso, el pulquero, la aristócrata, el alfarero; licenciados y choferes; la niña zapatista, el caballo que llora, la exiliada española decepcionada, la dama del baile y el maquinista de ferrocarril. Todos ellos viven juvenilmente a la ciudad de Puebla entre los años 1920 y 1940. Aquella ciudad tan parecida e incluso idéntica a la actual, y a la vez tan distinta. Entrevisté a un hombre que lleva 60 años atendiendo su taller eléctrico automotriz en el mismo lugar de la 7 Sur; otro que fue acarreado de aquel PRI ruizcortinista en los años cincuenta; una dama que nos habla de las monjas de principios del siglo; otra que conoció a un santo verdadero. Historias para reír y enternecerse, que servirán para fundar una preocupación de muchos y la acción de nadie.


Es propósito de este proyecto de tradición oral estimular a los jóvenes antropólogos a penetrar en la técnica de la entrevista y formalizar, entonces sí, un archivo de la memoria oral poblana que tanta falta hace. Si el INEGI en su frialdad estadística nos dice que mueren 17 ancianos en el estado cada día, esas voces, de tan apreciables irrecuperables, pueden, con un pequeño esfuerzo, ser preservadas y aprovechadas. 

jueves, 28 de julio de 2016

Historias poblanas



En las siguientes entradas de este blog te invito a disfrutar de una colección de historias orales reunidas en un libro irrecuperable que publicó el Consejo del Centro Histórico de Roberto Herrerías en el año 2003, cuando entrevisté a este grupo de ancianitos poblanos de los que la mayoría ya han pasado a mejor vida.

El objetivo de esta recuperación mediante la técnica de la Tradición Oral es recobrar en lo posible la mayor cantidad de historias antiguas de esta ciudad. La Puebla de los años veinte, treinta, cuarenta y cincuenta que las nuevas generaciones no sólo desconocen, ni siquiera imaginan. Una ciudad sin demasiados conflictos, con clases sociales tal vez más definidas pero menos voraces que las que vemos hoy, ecuánimes con una situación histórica que les perteneció y que ya no existe. Sin embargo, la ciudad está ahí, es la misma.


Una inspiración inamovible en esta idea es el concepto de Microhistoria, recogido de su propio autor, el historiador michoacano Luis González y González, cuando en una conferencia nos invitó a cultivar la visión microhistórica. Es una historia particular y detallada, pero oblicua; una historia pequeña, analógica, que puede pertenecer lo mismo a una ciudad, que a un pueblo, una ranchería, una colonia, una familia o simplemente a una persona. Es la memoria oral, la historia de los ancianos que recuerdan, registrada con sus propias riquezas y limitaciones. La gran cualidad de la memoria oral es la versión de primera mano, su defecto: la subjetividad, bien separada de la ciencia histórica, que resulta de la mirada individual.

El historiador Luis González y González afirma que hay que tener en cuenta que los grandes personajes de la historia dejan muchas huellas tras de sí. En cambio, la gente rasa, materia de su microhistoria (esa región “localizada en un pequeño punto de la Gran Historia de un pueblo”) deja pocos testimonios escritos de su existencia terrenal. Por ello resulta indispensable la recopilación de testimonios de la gente común, de los hombres y las mujeres del pueblo. Es aquí donde cobra relevancia la recuperación de la memoria histórica.

Según Philippe Joutard, autor del libro “Esas voces que nos llegan del pasado”, el uso del testimonio oral para su incorporación a la historia escrita se inicia con los pioneros griegos de la historia: Herodoto y Tucídides, hacia el siglo V ac. Joutard, al igual que Lois Starr y Paul Thompson, entre otros estudiosos de la Tradición Oral, hacen un seguimiento minucioso de las fuentes de la historia escrita para constatar el uso continuo y sistemático de la oralidad a lo largo de todo el trayecto de la cronología occidental. Polibio, el historiador de las guerras púnicas, critica a aquellos que se conforman con sólo estudiar las fuentes escritas. Tito Libio, básicamente entrevista personajes para su historia del Imperio Romano, que abarca cinco siglos. No obstante, dice Joutard, las primeras recolecciones de archivos orales, en el sentido estricto del término, las encontramos más bien del lado de una minoría perseguida que debe defender su existencia. Piénsese, por ejemplo, en los informantes indios de fray Bernardino de Sahagún, los judíos de diversas épocas o los protestantes franceses en la guerra de los camisardos; los frailes jesuitas, los comanches, esquimales, araucanos... La Tradición Oral que, en palabras de don Luis González: “humaniza la Historia”.

Los ancianos en México viven mal en una inmensa mayoría. Carecen de servicios gubernamentales que harían más confortables sus vidas, además de que la propia sociedad les procura poco interés económico o cultural, a diferencia de los países desarrollados. No hay centros nocturnos, clubes o medios de comunicación dirigidos a la Tercera Edad; las pensiones son raquíticas y en muchos casos las propias familias los someten a un estado marginal marcado por la indiferencia. Sin embargo, el objetivo de esta idea de recuperación no es convertirlo en un programa de denuncia, de desahogo ante las injusticias evidentes en las que viven los ancianos de México, que carecen de casi todo.



Más bien, la microhistoria planteada como testimonio retoma los orígenes culturales de esta disciplina y le da a estas memorias un enfoque eminentemente antropológico: la narración de época, del barrio, la colonia, la ciudad; los recuerdos cautivos que decenas de ancianos tienen sobre la cotidianidad poblana de hace cincuenta años. Lo que no quita que, en sus propias palabras, estos ancianos aprovechen el foro para expresar sus inconformidades y emitir sus ideas para consuelo de todos.

Me complace, pues, ofrecer en los siguientes entradas a los lectores poblanos esta colección de historias que a todos pueden llegar a interesar; el lenguaje coloquial de esta región a través de las épocas, y la explicable sabiduría contenida en los discursos de los viejos que son, en última instancia, un asunto que nos atañe a todos.


miércoles, 20 de julio de 2016

Los trajes femeninos tradicionales de Puebla


Nahuas de Cuetzalan, Puebla

Los domingos por la mañana la plaza de Cuetzalan, desierta entre semana se llena de puestos y ruido. Bajo la torre del reloj, a la sombra de las palmeras, en las anchas escalinatas, se sientas las mujeres nahuas, que vienen al mercado a vender verduras, guajolote, fruta y cal para las tortillas.

Las mujeres llevan una blusa de escote cuadrado, con bordados al pasado rojos, azules o negros alrededor del cuello y de las mangas. Las mujeres llevan enredo, hecho con dos lienzos, que llega al tobillo; lo pliegan en un solo tablón atrás, del ancho de las caderas y en cuatro tablas más pequeñas que se encuentran enfrente, usan enredos que sujetan en la cintura por medio de un cinturón de lana roja con dibujos geométricos. Usan un huipil de encaje, adornado con una cucarda de listón azul o morado igual al listón que bordea el escote. Las mujeres de Cuetzalan utilizan un enorme tocado que en días de fiesta alcanza 50 cm. de alto, hecho con estambres de lana verde y morado que enrollan en el pelo y anudan en lo alto. Las madres cargan al niño de dos maneras: envuelto en un lienzo de algodón o acostado dentro de una canasta de red, colgada en la espalda que se usa en toda la Sierra de Puebla.

El hombre usa un cotón de lana negra con pequeñísimas mangas donde nunca meten el brazo. Visten camisa suelta de manta blanca, sobre un calzón de la misma tela fajado a las caderas y amarrado debajo de las rodillas, lo sostiene un ceñidor blanco terminado en fleco. Bajo el ceñidor lleva una bolsa de tela para el dinero, usan sombreros de alas anchas y planas con copa semiesférica más pequeña que la cabeza lo que lo mantiene horizontal, detenido con una cinta de lana negra, huaraches llamados de pico de gallo en los que una sola correa se enreda alrededor del pie y del tobillo y se amarra con un nudo, además del imprescindible machete en su forro de cuero.

Nahuas de Hueyapan, Puebla

Las mujeres del pueblo usan todavía prendas hechas por ellas mismas. Entrando a sus patios se les puede encontrar arrodilladas frente al telar, tejiendo faldas o ceñidores, o sentadas en un petate bordando los rebozos; de la jícara que tienen a su lado asoman los estambres de vivos colores.

Hay dos clases de faldas: una, de lana negra, de 3.50 metros de ancho tiene cerca de la pretina en la que está montada, un corte de 20 centímetros de manta blanca. Algunas en la parte inferior están bordadas con guirnaldas de flores en punto al pesado, de estilo moderno. La orilla está ribeteada con una cinta de lana verde o roja, cosida en la tela. La otra es un enredo de lana café, un poco más angosto y de dos tiras, liso atrás y con abundantes pliegues en la parte delantera. La tela sobresale de la faja, y las mujeres doblan hacia abajo la parte saliente, para sujetarla con dos vueltas de la misma faja. Las blusas o camisas son de manta blanca con escote cuadrado, bordadas en el pecho y los hombros con punto al pasado. Alrededor de la pechera llevan un olán de 2 centímetros de ancho. El rebozo es de lana negra muy ancho, cubierto casi por completo de bordados en punto de cruz hechos con estambre de colores. Las dos trenzas caen sobre la espalda entrelazadas con varios cordones de lana que las unen en la parte superior; las puntas cuelgan entretejidas con el pelo. El rebozo de Hueyapan es de lana negra, muy ancho, cubierto casi por completo de bordados en punto de cruz hechos con estambre de colores. Quedan algunos dibujos antiguos, como la cruz de brazo doble y la greca del agua. Entre los pájaros que bordan las mujeres prefieren el colibrí, en el medio del rebozo casi siempre recaman una maceta de flores.

Para cargar la mercancía, los hombres usan redes de fibras de corteza de jonote, armadas con dos bastidores de madera ovalados. Estos van ligados entre si en sus parte inferior y unidos en sus lados con otro pedazo de red. En la Sierra de Puebla se ha utilizado ininterrumpidamente este artefacto, sin cambio alguno desde los tiempos prehispánicos.

Ña Ñhu (Otomíes) de San Pablito, Puebla

En la ladera de una honda barranca de la Sierra Poblana se esconden entre naranjos y cafetos, las chozas de San Pablito. Sólo el blanco campanario de la iglesia destaca entre el verde de la montaña y sirve de guía al viajante que a pie o a caballo, sube la empinada cuesta para alcanzarlo. San Pablito y algunos pueblos cercanos están poblados por otomíes, completamente aislados de los hidalguenses del Mezquital. También son agricultores, pero se encuentran en una región fértil en la que cultivan caña, naranjas y café.

Las mujeres visten enredos formados por seis tiras de 16 centímetros cada una, cosidas a lo largo, las cuatro tiras centrales son de manta blanca; las otras dos azul oscuro cuadriculadas en azul pálido. El enredo tiene un ancho de 2.65 metros por 95 cm. de largo. La blusa es de manga corta y escote cuadrado, rematado con un ribete de puntas; está bordada en colores brillantes sobre el pecho y las mangas con figuras humanas o de animales en punto de cruz o con chaquira. Arriba de las blusas las mujeres usan un quechquémel, tejido en algodón blanco con una ancha franja de lana morada o roja, que tiene la particularidad de formar escuadra al fondo de la prenda sin que los hilos estén cortados; cuando quema el sol las mujeres acostumbran taparse la cabeza con el quechquémel. Los hombres visten calzón, camisa de manta blanca y un ceñidor de algodón blanco, con un fleco finísimo de macramé bordado en colores. Llevan cotón negro o azul con rayas blancas, morral de ixtle y huaraches.

Hoy en día las mujeres de San Pablito bordan faldas de manta con extraordinarias figuras de caballos, personas y águilas, pero no para utilizarlas ellas mismas, sino para venderlas a los turistas. Conservan unas raras canastas llamadas “tancolotes” hechas con un armazón de varas, entrelazados con tiras de corteza de árbol de jonote. Cargan las canastas pequeñas en las espaldas amarrándolas con el mecapal, o las cuelgan del hombro.

Tutunakú de la Sierra Norte

En las fiestas las mujeres usan faldas blancas de tul bordado con artisela, que dejan entrever la enagua de tela brillante, de colores vivos. Las mozas mas apegadas a la tradición bordan una enagua de manta, desde la cintura hasta la orilla interior con pájaros y flores en punto de cruz, que se trasparentan bajo el encaje. Comúnmente usan faldas sencillas, de manta o de artisela, montadas en pretinas. Como adorno, esas prendas llevan una o más alforzas. La blusa o camisa está bordada con flores en punto al pasado o de cruz, o tiene una bata tejida de gancho. La manga corta, hecha de tablones, queda muy pegada a la articulación. Dicha blusa está cubierta en la parte delantera por un paño cuadrado de artisela (que llaman fular) dos de cuyas puntas las atan en la nuca, e introducen las otras dos bajo la pretina. En las fiestas usan también fulares blancos.

De ordinario las mujeres se ponen delantales de artisela o de percal. El quechquémel está formado por dos rectángulos de organdí blanco bordado con artisela blanca. Alrededor está adornado por un olán, de tul bordado también en blanco. El escote tiene una punta de encaje de artisela brillante, sin embargo las mujeres totonacas no se ponen sus quechquémeles, sino que los colocan sobre su espalda, doblados en triangulo como chales.

Su pelo largo está recogido en dos trenzas que las jóvenes dejan caer por la espalda; suben sus puntas y las amarran detrás de las orejas. Los hombres visten pantalón de popelina blanca, bombachos que les llegan al tobillo donde se amarra con una jareta. La camisa tiene un amplio cuello cuadrado y una bata ancha. Los pliegues abundantes de la tela de la espalda hacen que cuelgue y parezca más larga en la parte inferior. La manga empieza unos 10 centímetros debajo del hombro, es amplia y termina con un puño alto y angosto. En el cuello los hombres llevan un pañuelo enrollado, otro asoma de la bolsa en el pecho. Algunos son de algodón rojo, otros de artisela brillantemente coloreada con bordados de flores.

Ha shutaenima (Mazatecos) de la Sierra Negra

La Sierra Negra poblana es una prolongación de la sumamente húmeda sierra mazateca oaxaqueña, las lluvias frecuentes y la neblina favorecen el desarrollo de naranjos y cafetos; pero a menudo obligan también a las mujeres mazatecas de la sierra a llevar paraguas.

El huipil de las mujeres mazatecas es de tres lienzos de manta blanca, con bordados en punto al pasado y con las costuras escondidas bajo una franja de tres listones de artisela, de colores alternados azul y rosa. Otras franjas iguales, de siete listones cada una, están cosidas horizontalmente a la mitad del huipil y en la orilla. La prenda queda dividida en cuatro cuadrados en la parte superior y dividida en cuatro rectángulos en la inferior, separados por las referidas franjas de listones. Sobre pecho y espalda destacan flores bordadas entre vistosos pájaros de tamaño natural; otros motivos de plantas y aves llenan las demás partes. El escote está adornado con un gran cuello de tul y con listoncitos azules y rosas alternados. Listones iguales y encaje forman las mangas. Las mazatecas fajan estrechamente el enredo alrededor del cuerpo y, empezando por la cadera derecha, doblan un único tablón hacia atrás. Compran ceñidores en el mercado o los sustituyen con un paliacate o cualquier cinta de tela.

Se peinan con raya en el medio; dejan caer las dos trenzas en el pecho y las entretejen con listones negros, que amarran al final con dos asas grandes, sin moño. 

Ñuu Savi (Mixtecos) de Puebla y Oaxaca

Los Ñuu Savi o mixtecos son una enorme comunidad que habita el sur del estado de Puebla y la mitad del estado de Oaxaca.  Anteriormente las mujeres llevaban al interior de sus habitaciones únicamente un enredo blanco, de manta enrollado alrededor de las caderas y sin tablón ni ceñidor; el busto desnudo. La tradición señala que las mujeres casadas usen fajas de 10 cm de ancho, color azul marino con una hebra azul pálido en la orilla.

Las indígenas de Jamiltepec llevan el pelo como una corona, enrollado en dos mechones alrededor de la cabeza y anudado sobre la frente. Los hombres mixtecos llevan calzón de manta blanca fajado en las caderas, y una camisa de algodón tejido por sus esposas, dos pequeñas borlas cuelgan del lado posterior del escote. El ceñidor de los hombres, tejido a mano, puede ser blanco liso o con franjas de caracol. Los viejos todavía usan sobrero negro de copa alta y alas anchas hecho con fieltro de lana de borrego.

La mayoría de los huipiles de Jamiltepec son de manta o de artisela brillante, aunque aún puede encontrarse unos hechos con telar de cintura. Sin embargo, las mujeres no deben vestirlo, y sólo lo llevan sobre la espalda como un manto cuando van a la iglesia o al mercado. Si hay sol se lo ponen en la cabeza. El escote que es un simple corte recto en el centro, forma un pico enmarcando su cara. Las fiestas principales de Jamiltepec se celebran el día 1 de septiembre, día de la Virgen de los Remedios y el 25 de julio día del Patrono del pueblo. En semana Santa salen diario procesiones nocturnas, que llevan en andas imágenes conmemorativas de la Pasión del Señor.

N`giwa (Popolocas) del Valle de Tehuacán, Puebla

Los N`giwa, conocidos como popolocas, son un grupo étnico que habita en el valle de Tehuacán-Meseta Poblana: Tepeaca, Acatlan de Osorio, y una parte de la Mixteca oaxaqueña.

La indumentaria general en el hombre es el calzón de manta blanca, sostenido por una faja de algodón tejido, camisa de igual material, adornada con figuras bordadas con hilo rojo; sombrero de palma, sandalias o huaraches.

La mujer utiliza una falda hecha de una larga pieza de manta enrollada con una faja como cinturón, una blusa corta con mangas igualmente cortas y escote cuadrado, adornada con bordados hechos de hilo color rojo y rebozo.

Hamaispini (Tepehuas) de la sierra norte de Puebla

La etnia Hamaispini, conocida como tepehua, habita en varias comunidades de los estados de Puebla, Veracruz e Hidalgo y forma parte de la familia lingüística totonacana, que la emparenta con la cultura tutunakú o totonaca.

Los Hamaispini presentan una notable afinidad cultural con los nahuas, totonacos y otomíes que habitan en región, pues todos se desenvuelven en el mismo ambiente y las evidencias parecen indicar que tal ha sido la situación desde tiempos prehispánicos.

Los hombres hamaispini visten con la clase indumentaria campesina: calzón y camisa de manta.
La mujer porta camisa bordada con hilos de colores. Su falda se denomina liado que es bordado con vistosas figuras en toda la orilla sostenida con una faja negra de telar de cintura. Un rasgo cultural peculiar de las hamaispini es la muy característica técnica por la que destiñen la prenda femenina llamada tapún, que conocemos por el nombre náhuatl de quechquémitl o kexken. En tiempo de frío, los que viven en lugares más altos, se les ve arropados con sarapes y ropa gruesa.


Fuente: cni.gob.mx y Wikipedia