miércoles, 27 de marzo de 2013

Patishtán y la elasticidad


Hace tiempo escribí en otro blog que los mexicanos no sabemos hasta dónde alcanza a restirarse la indignación, pero sabemos que es bastante elástica, duradera y resistente. Una buena indignación la nuestra. Si exportáramos, en lugar de petróleo, indignación, no tendríamos problemas económicos. Es un asunto de mercado, habría que ver la categoría del producto en otras latitudes y actuar en consecuencia. Entonces la causa de mi indignación era la señora Jacinta Francisco Marcial, una mujer ñañhú 46 años del estado de Querétaro, con seis hijos, que fue acusada y encarcelada tres años acusada de secuestrar a seis inocentes policías judiciales amenazándolos con un cucharón de su cocina, puesto que no usó ningún arma. La historia movería a risa si no causara tanta indignación. Le dieron 21 años de condena y entonces ya había cumplido tres. Cualquiera que haya estado cerca de agentes judiciales con sus armas y sus radios de comunicación sabe lo difícil que es, no se diga secuestrarlos, sino siquiera mirarlos a la cara. La caricatura legal de esta sentencia apuntaba con su dedo acusador a la aplicación de la justicia de este país, en donde se sabe que más del 90 por ciento de los crímenes queda impune.

La indignación de hoy es causada por la sentencia de 60 años dictada contra el profesor tzotzil Alberto Patishtán, del municipio de El Bosque, Chiapas, a quien hace trece años culparon de un asalto armado en el que murieron siete policías en un paraje cercano a su comunidad. Su caso, con abundantes vicios e irregularidades, llegó a la máxima instancia de la Suprema Corte de Justicia, que por tres votos contra dos se negó a resolverle un recurso de inocencia, ante la sorpresa general de los propios círculos políticos, civiles y judiciales que esperaban lo contrario, las oeneges que lo han venido defendiendo, el obispo de Chiapas y hasta el mismísimo nuevo gobernador de este estado para quien Patishtán “debía ser puesto en libertad”.

Dice el diccionario que la irritación es un sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial. Cólera, furia, irritación son sinónimos de indignación. Me parece que se queda corto, porque la indignación es producida por una afrenta a nuestra dignidad, que hoy por hoy es lo único que nos queda. Indignación es un brebaje que ingerimos diariamente los mexicanos, que sabe amarga, que es difícil de tragar y que, tarde o temprano, terminaremos vomitando.

El día 22 de marzo el profe Patishtán y otros reclusos iniciaron una huelga de hambre parcial de 12 horas diarias en demanda de su libertad. Este blog hace se une a su solicitud.

sábado, 23 de marzo de 2013

El remedio te habla



DON AURELIO NICASIO:

Le había curado yo su hija. Ya se estaba muriendo y la curé. Y se alivió. Su mujer tenía un granote, por aquí de este lado, nunca se podía aliviar, ya había tardado. Y yo nomás dos veces la curé y se secó. Se alivió. Le eché un remedio.

Que le habla ahora su difunto mi hermano. Ya, me habló mi comadre, dice, “te vine a ver”, estábamos en la placita, allá estábamos, con otro amigo ahí estaba yo con él. Le digo, pues pa´qué me quieren. Dice, “vamos a ver un niño, está enfermo”. ¿De quién? “Pues, dice, de fulano, mi compadre. Mira, si no lo crees –porque no quería yo ir, como ya estaba yo medio… tomando tantito- Ya, le digo, pues ai temprano lo voy a ir a ver. Dice “no”, dice, sacó su papelito, dice, mira, me mandan que vaya yo a traer su cajita a Tulcingo”. ¿Sí?, digo, ay, de veras, entonces vamos. Pues me voy con él. Llegué a su casa. La señora, pues ahí lo tiene, lo está abrazando. Ya estaba grandecito. Pues ya ahí le digo, está malo tu hijito. “Sí, se está muriendo”, dice. Le digo, qué tiene pues. “Dejó de mamar”, dice “Ei, ya no mama”. Y que digo entonces ¿quieres que le haga yo la lucha? Siquiera lo voy a sobar, pues. “Yo no tengo remedio, nada”, dice. Le digo, voy a sobar, a ver si se compone. Sacó sus trapitos y que yo nomás me eché saliva a las manos y le empecé a sobar, don usted. “Bien, pues, ya no se mueva mocosito”. Ei, ya no se mueve. Y que le atiento a donde más le duele. Yo lo sentía aquí, del lado del corazoncito. Ya pues, ya se estaba acabando. Ei, que le empecé a sobar. Lo torcía yo y lo destorcía yo, ai mero donde estaba brincando su corazoncito. Y Dios quiso, don usted, se compuso. En la mañana ya, lo fui a  ver, dice: “luego se durmió, dice, mira, y ahora ya hace chiquirín”, sí se compuso. Ya, le di otra sobada más con la que se acabó por componer. El mismo Dios, pues, hizo quizás también. Pasó, pues, quedó aliviado ese mocoso.

DOÑA LOBORIA, SU ESPOSA:

Ei, le digo. Una vez no podía yo moler, en la mañanita. Sentía yo molestias, por aquí me duele como estacas, ay, me estoy muriendo. Ora cómo voy a hacer, sóbame mi mano. Dice, “mira, vente para acá, donde están los burritos”; le digo, ora, dónde me llevas, “donde están los burros, por aquí te voy a curar”. Y me empezó a echar caca de burro. No lo ha de creer, don usted, ora mi mano la puedo mover más. Sí. No es pues por otra cosa, sino que Diosito, pues, les enseña. Para que puedan curar a esos que toman el remedio. Y nomás que te soben, aunque no usen remedio, luego se compone uno, ajá.

DON AURELIO NICASIO:

No me enseñaron. Nada. Yo soy buen curador, pero… porque yo no quise, pues, porque muchos cobran caro pero no está bueno. Me dijo: “aunque no cobres, pero quiero que aprendas”. Ei, mismo remedio, pues. Como ahora lo estamos platicando, ansina, así me platicaba el remedio. Ei, me decía: “aunque nomás con la sobada –dice-, tú lo alivias nomás a una persona. Nomás con pura sobada si no quieres dar la toma”. Pero yo de por sí no quise, pues, porque no está bueno. Ei, siempre lo persiguen, pues. Como voy viendo, pues, de veras, hartos médicos ya se murieron. Luego luego se mueren, y yo, mira, Dios quiere, todavía aquí ando… je je. No hago casi maldades ¿vedá? Porque algunos ¿vedá? entran allí al ayuno. No se bañan, asina sucio ta´la ropa. Y yo, me enseñó el remedio que entrara yo limpio. Todos los ayunantes que ayunan limpios, bañaditos y ropita cambiada. No quiere sucios. Y asina, pues, por eso ahora yo no curo, pues. Nomás a mi familia en veces los voy a sobar. El remedio se llama chiquimol. Los mexicanos le llaman xexetchi. Dos remedios, ei, el xexetchi es mujer, el chiquimol es hombre.

O como ora yo ¿vedá? voy a ir junto a esa palmera, si es remedio, yo le voy a hablar, cuando yo le voy a enseñar la cáscara. “Mira, yo te vine a traer por esto. Quiero que me vas a hacer un favor. Vas a aliviar a una persona que vengo a traerte, pa´que lo vayas a alevantar”. Sí, ahí tiene cómo le platica uno más adelante, ya cuando uno está sacando la cascarita –se ocupa nomás la cáscara. Y eso se hierve para darle la toma al enfermo. También medido, nomás, ajá. Se hierve y queda bien espeso. A veces nada más dos tacitas.
Pero de que ande yo ganando como los curadores, no, porque los curadores salen de ajuera del pueblo. Un día los asustaron, los quieren matar por allá. Y eso es lo que no quise, pero con el remedio puedo hablar.
El remedio se aparece como cuando uno está soñando, digamos. Los enfermos lo ven así cuando lo tienen dentro, cuando tienen adentro la toma lo ven así como ´orita estamos nosotros platicando. Entonces lo ven al niño que ahí va, y le dice: “mira, si no estás conforme, dile a don Víctor que te entregue el dinero, y de por sí se va. Porque si no te lo entrega no se burló de ti, se burló de mí”, dijo el remedio.  El remedio lo ve en persona, lo ve al enfermo, no de palo, de persona lo ve, ai anda. Ei, así es.

* don Usted es Ricardo Montejano que grabó a la pareja de ancianitos mixtecos, mía la trascripción

domingo, 17 de marzo de 2013

El indio, lo indígena

El Diccionario de la lengua española interpreta la palabra “indígena” para definir a la población originaria  de un territorio cuya presencia en el lugar antecede a la de otros pobladores que llegaron después, habitualmente de Europa.  (RAE, 2001) Sinónimos de “indígena” son las palabras: nativos, pueblos originarios o aborígenes, esta última proviene del latín ab origine, que significa "desde el comienzo" o "desde el principio", lo que no quita que un locutor de Televisión Azteca la haya utilizado para referirse a una pandilla de aficionados futboleros que causó destrozos en un estadio. Tanta es la confusión.

Indígena, pues, es aplicable a todo aquello que es relativo a una población originaria del territorio que habita, que precede al de otros pueblos o cuya presencia es lo suficientemente prolongada y estable como para tenerla por oriunda, por lo que se aplica  a pueblos y etnias que preservan las culturas tradicionales o tradiciones organizativas anteriores al estado moderno, culturas que sobrevivieron la expansión planetaria de la civilización occidental. Es decir, “indígena” sirve para separar a los pueblos que no tienen ascendencia europea, que en sí mismos representan una antítesis de la cultura europea, aunque esto no necesariamente sea aplicable a toda realidad, pues existen pueblos con culturas preeuropeas a quienes no se aplica el término de indígenas, es el caso de los hindúes -paradójicamente, pues es ahí de donde nació la confusión colombina que se tornó en concepto-, así como los chinos, japoneses, persas, árabes, judíos, egipcios y esquimales entre otros. 

Donde quizás no hay grado de confusión es en América, en donde tenemos 500 años llamando indígenas a los pueblos originarios de aquí, también llamados amerindios, indios y nativos americanos y en donde nunca se nos ha ocurrido que puedan tener un nombre propio, que quizás los podríamos llamar como se llaman a sí mismos. Preferimos meterlos a un costal nominal que, como vemos, no explica mayor cosa.

En México, la definición histórica de indio, de lo indígena, tiene su origen evidentemente en la conquista española de 1521 y el largo periodo colonial, en el que hubo múltiples y controversiales argumentos sobre lo que había que entenderse por indígena, como lo ilustra Luis Villoro en Los tres grandes momentos del indigenismo mexicano. Parte importante de esa discusión transitó el paso hacia la vida nacional que sobrevino con la Independencia de España en 1824. Dejando a un lado las opiniones de sustancia racista, que eran las de la mayoría de los criollos y muchos de los mestizos acaudalados a costillas de la explotación de pobladores indígenas, lo rescatable en el siglo XIX son las opiniones de los escritores, educadores e intelectuales liberales que buscaron sinceramente una salida a las dificultades sociales que implicaba la consideración de “ser indígena”.

Un breve recorrido por las mentes preclaras de los decimonónicos mexicanos nos hará una idea de los sentimientos que movían aquella preocupación. Francisco Pimentel, lingüista e historiador observó que “tan triste es su situación que sólo se alegra al ver morir y llora al ver nacer” (Villoro, 1979:183), por lo que dedicó buena parte de su obra a descubrir el declive de las civilizaciones indias, en las que observaba una religión bárbara; despotismo de sus gobiernos, educación cruel, comunismo y esclavitud, culpando de su estado a la “degradación sufrida” en manos de los españoles y a la falta de una religión ilustrada, como la católica. A pesar de ello, Pimentel no tiene duda de su educabilidad, “si acaso Camper tiene razón sobre su capacidad craneana”, para lo que sugiere impulsar la inmigración, blanquear México para la salvación nacional y el olvido de sus costumbres e idiomas, puesto que los indios pueden rebelarse, por lo que se les extermina o se les transforma: “matar o morir”. (Villoro, 1979:184)

Guillermo Prieto critica su brutal explotación y su sometimiento al vicio, esta situación “frustra todas las combinaciones políticas” en el modo de ser de México. “En el fondo de ese cenagal de vicios… resplandece la idea del dominio pasado, el resentimiento de la dignidad ultrajada… el odio y la esperanza de venganza”. (Stabb, 1969)

El fundador del positivismo mexicano, Gabino Barreda, veía grandes esperanzas en la educación para moldear una sociedad. Pide una educación pública uniforme (1870), “borrar rápidamente toda distinción de razas y de orígenes entre los mexicanos”. La idea de Barreda fue retomada por Justo Sierra, Ignacio Ramírez, Rafael de Zayas e Ignacio Manuel Altamirano: hay que educar al indio, que Francisco G. Cosmes negaba por irrealizable, injusta e inútil. Sierra responde que el criterio de inactividad sistemática es contrario a la dignidad humana, a la verdad histórica y a la ciencia. Y cita a Comte y Littré: “una sociedad es más modificable cuanto más compleja sea”. (Stabb, 1969) De los tres, Ignacio Ramírez tuvo la visión para pedir una educación especial, que apenas en 1982 el estado mexicano tuvo a bien aceptar como opción viable: Deben conocerse a sí mismos y tener nociones exactas de lo que los rodea y su “entrenamiento vocacional” debe ser especial, pues los beneficiaría más que la enseñanza académica tradicional, afirma Ramírez, que además pugna por reconocer sus lenguas, sus formas de pensar, pues “no llegaran a una verdadera civilización sino con el idioma en que piensan y viven”.

Francisco Bulnes es en muchos sentidos el malo de la película, pues sus razonamientos estuvieron imbuidos en una perspectiva racista sin pelos en la lengua. Para Bulnes (el indio “es un hombrecillo pendenciero, sucio y ladrón”) el indígena es patriota en su raza, pero no para la que lo ha oprimido. (Stabb, 1969)

El llamado “ideólogo de la Revolución”, Andrés Molina Enríquez, opinaba que a pesar de parecer inferior, su “adelantada selección” y “adaptación al medio” representa, en sentido biológico, a un grupo superior. Manuel Gamio, el padre de la antropología mexicana, desde su influyente puesto en la primera Secretaría de Educación Pública, pidió no abandonarlos a su suerte; crear una política estatal para su progreso, para investigar y satisfacer sus necesidades y aspiraciones biológicas, culturales y psicológicas. Lo hizo, fundó el indigenismo mexicano, que en palabras llanas significaba acabar con el indio para transformarlo en mestizo. 

José Vasconcelos, primer secretario de la educación postrevolucionaria, pensaba que no obstante su ignorancia y miserables sistemas sociales y económicos, los indios “son y pueden volverse aptos”. Recomienda sin embargo “dejarse influir por el indígena, por su cultura y por sus artes”.

Moisés Sáenz fue de los primeros antropólogos en experimentar sistemas para aplicar la política de asimilación indígena. Enfatizó su atraso, su aislamiento, “el ambiente pasivo” que los envuelve. Vive en “un medio de pobreza espiritual, de incapacidad económica y de aislamiento”. Su pobreza espiritual “es más bien una deficiencia de expresión que de cualidad espiritual misma”. (Sáenz, 1979: 106) Después de todo, dijo Sáenz,  sus almas no están muertas; hay que despertar su deseo de aprender mediante su propia colaboración.
El historiador y académico  Alberto María Carreño, prolífico ensayista literario y revisor de textos de mística y poesía, cree que no habrá solución a “la realidad social” mientras no se modifique de manera radical el “modo de ser de nuestros indios”. Y veía un solo camino: “total occidentalización”, pues como para otro secretario de Educación pública, Narciso Bassols, era urgente sacar de su postración y miseria intelectual a los indígenas puros. Transformarlos cultural, biológica, económica y socialmente. 

Vicente Lombardo Toledano, junto a Miguel Othón de Mendizábal y Julio de la Fuente, pensaban que había dos vías visibles para el tratamiento del indígena: obligarlo a mestizarse o respetar sus características y así que se incorporen a la economía y cultura de la patria. Lombardo observó que nunca se pensó realmente en su beneficio, “siguieron siendo los parias de siempre… los asalariados paupérrimos; en muchos casos los esclavos”, como lo afirmó en la Conferencia de Pátzcuaro de 1940. La mestización y disolución de los indios es una falsa enseñanza del pasado. Debe haber otros métodos para colocar al indígena en un mismo plano de posibilidades que el mestizo y el blanco. Por otra parte, el arte indígena ha servido para que no nos avergoncemos de ser mexicanos.

Gonzalo Aguirre Beltrán, el más influyente y moderno implantador del indigenismo operativo en México, observó que el indio manifiesta situación de subdesarrollo, pero que en los estudios antropológicos de los pioneros mexicanos se da una “importancia exagerada” a la definición del indio y de lo indio, hasta 1949, fecha del II Congreso Interamericano de Cuzco “donde esta preocupación epistemológica alcanzó su clímax” y se abandonó “la idea de la definición personal para intentar su definición en el grupo organizado”.  La definición de “lo indio”, de “indígena” dejó de tener importancia trascendente, lo importante era el desarrollo integral del sistema que comprende indios, mestizos y ladinos. En ellos no era importante descubrir niveles de aculturación, sino los niveles de integración intercultural. El indio, pues, resumió don Gonzalo, es el sujeto de la acción indigenista. 

No hay una explicación lógica que justifique el uso moderno de la palabra “indígena”, “indio”, “indito” para referirnos a los habitantes de los pueblos originarios mexicanos, persistentes sujetos de nuestro humor nacional (el chiste del indito es un género posicionado), la común invocación de lo abyecto y del atraso, la ignorancia y la suciedad es lo indígena, así como uno de los insultos más usados en nuestra amplia gama de improperios cotidianos: pinche indio.
El poeta ñuu–savi Kalu Tatyisavi, ganador del Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Mexicanas 2012, declaró que es tiempo de poder redefinir conceptos como pueblos indígenas, indios y etnias, ya que éstos contribuyen a continuar con el racismo, la discriminación y el olvido de la historia mesoamericana. (La Jornada de Oriente, Paula Carrizosa, 2013-02-26) Coincido con él, por eso en este blog se trata de evitar, en lo posible pues su materia es la antropología, el uso de los conceptos de indígena, indio, indito para utilizar mejor el de pobladores originarios, pueblos originarios; o mejor, el de náhoas, O`dam, Ben'Zaa, Binnizá del istmo, Homshuk, Konkaak, Mayas, Mazahuas,Ha shuta enima,  Me'phaa, Ayuuk, Nayeri, Ñähñú, Ñuu Savi, Pai pai, Purépechas, Rarámuri, Tinujei, Wirrárika, Dinik, Xi'úi, Yoreme, Yoreme, Tsa ju jmí o Sheí Chué, sus nombres propios que es como debiéramos llamarlos.

Bibliografía
Sáenz, Moisés, México íntegro, SepSetentas, 1979
Stabb, Martin S., América Latina en busca de una identidad. Modelos del ensayo ideológico hispanoamericano, 1890-1960. Trad. de Mario Giacchino, Caracas, Monte Ávila editores, 1969.
Villoro, Luis, Los grandes momentos del indigenismo en México. Ed. Casa Chata, num. 9, México, 1979.

domingo, 10 de marzo de 2013

Mestizo




La palabra mestizo proviene del latín mixticius (mezcla o mixto), fue utilizada por los españoles en el siglo XVI para referirse a los hijos de padre español y madre indígena y no era una simple identificación, puesto que su pertenencia impedía el acceso a cierta educación, propiedades, responsabilidades civiles y prestigio social.

Después de la Independencia de España, cuando se abolieron  las "prerrogativas de sangre y nacimiento", la expresión de mestizo se mantuvo para denominar a las personas descendientes  de indígenas americanos, afroamericanos y españoles. (Margulis/Urresti, 1998) 

Mestizo también se utiliza para identificar a seres humanos que tienen antecesores pertenecientes a distintas etnias o culturas, dando origen a una nueva cultura. (REA, 2001), en tanto que  prácticamente toda la población hispanoamericana es mestiza. (Ospina, 2009)
En última instancia, afirma el escritor español José Agustín Goytisolo, “todos los seres humanos son mestizos.” (Goytisolo, 1999)

Para efectos prácticos la palabra mestizo es la principal promesa de futuro nacional en el escenario posterior a la Independencia de España. El mestizo se vislumbra en el Siglo XIX prácticamente como la única esperanza de que México pueda llegar a ser un país “civilizado” en concordancia con modelos europeos y estadounidense sobrevalorados por las capas cultas de la población, que habrían viajado a esos países. Y un solo obstáculo: el indio mexicano, cuya conversión en mestizo sería en adelante la meta principal de las políticas educativas e indigenistas: la asimilación, que no era otra cosa que volverlos mestizos, ya que volverlos blancos era imposible. Se expresaron entonces toda la gama de posibilidades para “salvar” a México de la barbarie.

El mestizaje es la unidad de costumbres y deseos, expresó Francisco Pimetel a mediados de siglo XIX. Una comunidad de sentimientos, actos e ideas que hacen una gran familia. Pimentel muestra confianza en las capacidades del mestizo: es valiente, de mirar firme y seguro; es audaz. “Son los que hicieron la Independencia –recuerda- … y los actuales salteadores”, pero sus defectos son de naturaleza distinta de los indios, pueden corregirse por medio de una saludable disciplina.

La disciplina no era otra que la educación, la adaptación, la asimilación. Francisco Bulnes afirmó que el mestizo era “susceptible de gran civilización”, aunque no estaba seguro de que eso ocurriera en los trópicos, donde “cargan con la maldición y hacen frágiles a las razas que los habitan”.

Otro que se ocupó de opinar sobre el mestizo a finales del XIX fue Andrés Molina Enríquez, para quien ”era y es de raza inferior”, pues carece de bienestar largamente sostenido. El mestizo es plebeyo, dijo el llamado ideólogo de la Revolución Mexicana, se apellida Pérez, Hernández, Flores. Es moreno –menos que el indígena- y en las costas pinto. Y aunque el pobre “es vulgar, rudo, desconfiado, inquieto e impetuoso”, también es terco, fiel, generoso y sufrido. Es fuerte y dulce. Y claramente ejerce en México un predominio sobre el europeo, en un proceso biológicamente determinado: entre más evolución más acción y entre más selección más resistencia. Y el indio-mestizo es una raza de resistencia que no podrá ser vencida. Cierto, no son hermosos, ni cultos, ni refinados; se distinguen por su “poderosa fuerza animal”, pero tienen espíritu revolucionario por su situación de clase desplazada, por lo que es preciso tenerlo como “aliado”, bajo órdenes estrictas. Es necesario que se “refunda el mestizo en toda la población” para llegar a ser verdadera población nacional. Que el mestizo mantenga el poder –concluye Molina Enríquez- es indispensable para la  creación de una nacionalidad.

La idea del mestizo como elemento nacional arriba al siglo XX más que discutida. Manuel Gamio pensó que el mestizo era el medio seguro de transformación. Entraña en sí mismo la mejoría económica y cultural de la población, por lo que el mestizaje debe fomentarse para la mejoría económica y social. Y como si se tratara de la paleta de un pintor, el padre de la antropología mexicana recomienda importar sectas religiosas y logias masónicas del Norte como factores de progreso. No eran ideas descarriadas ni peregrinas, en esos años (1924) se permite la entrada de miles de colonos menonitas en el norte de México que para decepción de los mestizadores rehuyeron al mestizaje con los mexicanos hasta el día de hoy.
José Vasconcelos soñó con una idílica raza de bronce que reuniera a los hombres en un crisol humano superior. Para México recomendó continuar “la tradición mexicana del mestizaje iniciada siglos atrás”, consolidar una burguesía nacional que vigorice una nacionalidad y cree una infraestructura cultural.

Moisés Sáenz observó atinadamente la ignorancia del mestizo acerca de los valores indígenas, que no eran otros que los suyos propios. Narciso Basols, por su parte, tal vez imaginando más a caballos que a seres humanos,  dice que lo deseable es  “una síntesis de los valores positivos de las dos razas”, es decir, tomar lo bueno de cada raza y hacer con ello “una auténtica raza mexicana” (GMH:34)

Lombardo Toledano, siempre suspicaz, dijo que en el Porfiriato se forma un “complejo de inferioridad” que consiste en suponer “que lo mejor que puede ocurrirle a México es un mestizaje rápido”, y de ser posible con blancos europeos. Los mestizos y los blancos de México, ironiza el fundador del sindicalismo corporativo, “no podrán  ser felices jamás, mientras haya en el territorio de México grupos de hombres explotados por los mestizos y los blancos”.  Mientras los indios sigan como hasta ahora, “los mestizos y los blancos no podrán tampoco resolver sus propios problemas”. Es paradójico, afirma el primer político de izquierda, cuántas veces nosotros mismos procuramos que nuestros rostros no parezcan indígenas, “cuando somos tan indígenas como ellos mismos”, expresó el teziuteca.

La cereza del pastel la pone Leopoldo Zea en una entrevista de 1987 sobre su especialidad, el tema de la nacionalidad. “Estamos aprendiendo que somos ricos, que el mestizaje no es negativo; antes queríamos ser rubios o europeos, hoy sabemos que no hay un modelo de identidad sino de multiplicidad. Tenemos una identidad como tenemos una sombra, antes no queríamos ser indio o mestizo, pero eso somos y de eso hay que partir”. (Proceso 558, 13-Jul-1987)

Bibliografía
GOYTISOLO, José Agustín (1999). "Catalunya, crisol de culturas o elogio del mestizaje humano y cultural", La Factoría, Nº 9, junio-septiembre de 1999.
MARGULIS, Mario; URRESTI, Marcelo (1998). La segregación negada: cultura y discriminación social. Buenos Aires: Biblos.
OSPINA, William: 'Por la sangre o la cultura, casi todos somos mestizos'». Ñ Revista de Cultura (03-08-2009). Consultado el 11-01-2010.
Diccionario de la Real Academia Española, RAE.  Mestizaje: "Mezcla de culturas distintas, que da origen a una nueva".

lunes, 4 de marzo de 2013

Madrecita... padrecito



En Metlatónoc, Gro., bajamos una escarpada cañada hasta una casa junto a un río de breve corriente, bajo la techumbre, al fondo, doña Julia Miranda echa las tortillas junto a su nieta en un enorme comal de un metro de diámetro. Es una ancianita centenaria que viste un vestido blanco sin adornos pero con el sello de la manufactura amuzga, que no es ninguna etiqueta sino una fina calidad en el entallado y la propia tela de fabricación. Nos saluda muy amable y, tras las presentaciones de nuestro traductor español-amuzgo, se sienta en una silla a platicar con nosotros; el traductor y yo también nos sentamos en unas sillas y comienza el intercambio de palabras que el joven Gonzalo Añorbe traduce sin chistar.

Sí usa yerbas para curar.

Dice que ella usa cinco remedios, que son raíces y plantas, pero no sé cómo traducir los nombres de esas plantas al español.

Don Julia habla largamente en amuzgo. Gonzalo traduce: “Dice la señora que hay cinco plantas medicinales, que yo en español no lo puedo traducir, como una raíz, un tallo, plantas que hacen una bebida ácida, y utiliza la albahaca, la raíz del limón y lo mezcla, eso se trasforma en medicina que ayuda a curarse de espanto, a curarse de dolor de barriga, dolor de hueso, de calentura, de sudor; cuando te agarra escalofrío, te ayuda, fiebre fuerte, con sudor, cuando no te puedes levantar. Ella dice que puede detectar en ti si tu enfermedad es enviada por Dios o es creada por otra persona o realmente te espantaste por equis causa. Ella, a través del pulso de tu corazón, de tu sangre, puede detectar el nivel de tu enfermedad. Ella detecta si a ti te queda uno o dos meses de vida.

Doña Julia vuelve a hablar en amuzgo. Gonzalo traduce.

Ella va a detectar si yo estoy enfermo.

La curadora tomó el brazo de Gonzalo y lo palpó detenidamente, y tras sobarlo, lo sopla, le dice algunos rezos en castellano, donde sobresalen palabras como madrecita, padrecito, luego toma su muñeca y mide su circulación sanguínea. Entonces da su diagnóstico. Gonzalo goza de cabal salud. El ejercicio de curación dura unos tres minutos.

Madrecita, padrecito…