No son visibles como los internacionales que saltan el muro, no transitan por desiertos en frías madrugadas, no hacen marchas fabulosas bajo la atención del mundo, pero también son migrantes, también son pobres. Tanto, que no pueden dejar a sus familias en el pueblo, a qué, por eso viajan con ellas. Estos migrantes tampoco hacen nada en la penumbra, son documentados, a veces viajan en autobús, frecuentemente en las bateas de vehículos diversos, cientos y hasta miles de kilómetros en busca de trabajo. Son los jornaleros temporales que habitan unos meses los enormes campos de monocultivo en Zacatecas, Sonora, Chihuahua o Coahuila: ajo, cebolla, sandías; o uva y nogal, como en el caso del ejido La Habana, costa de Hermosillo, Sonora, a donde fui a encontrarme con la profesora Aída de Hoyos Oros, que imparte clases a un grupo multigrado de la escuela primaria Venustiano Carranza. ¿Quiénes son esos niños? Son los hijos de aquellos jornaleros migrantes que traen a sus familias a la cosecha...