miércoles, 21 de febrero de 2018

La ENAH y la antropología o al revés

A fines de febrero de 1982, mientras cursaba el cuarto semestre de antropología social tuvo lugar un evento del cuarenta aniversario de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) que se convirtió en un interesante coloquio de muchos de los protagonistas que cuatro décadas antes habían observado su nacimiento. La ENAH inició no sólo una noble institución sino la práctica académica que daba sustento a la estrategia de asimilación: el Indigenismo. El evento no causó demasiada expectación y a muchos les pasó por alto, pero esos días que duró se reunieron en el auditorio algunos estudiantes y casi todos los profesores vivos que habían sido testigos de la creación de la ENAH, que afortunadamente quedó plasmado en un libro de casa titulado: Cuatro décadas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, contenido de las mesas redondas de aniversario, ENAH, Col. Cuicuilco, 1982

Al entrar al auditorio Román Piña Chán lo recibía a uno un denso vapor humano proveniente de la masa aglomerada en un sitio sin ventilación. Aún se permitía fumar en interiores y apagaban la luz esperando que, al no ver el humo, pudieran atenuarse sus consecuencias. Ahí se reunieron los antropólogos de una academia con cuarenta años de fundada, desde los pioneros hasta los profesores en activo.

Nombres y renombres, los asistentes pudimos apreciar un poco mejor la evolución de la antropología académica, si se quiere algo esquemáticamente, como lo apreció el inefable Daniel Cazes que asistió para sacarle chispas a las palabras, según era su costumbre: “Fieles a la etnografía burguesa, algunos antropólogos mexicanos intentan hacer la historia de la institución académica en que se formaron, dividiéndola en generaciones y emprendiendo así un recorrido simplemente cronológico”. (Daniel Cazes: 69) Y sí, no se me ocurrió otra manera de acomodar aquellas discusiones.

En la ENAH se cuentan varias generaciones de antropólogos a los que se ha dado una denominación relacionada con sus inclinaciones académicas. La Vieja Guardia alude a los pioneros, pero hay quien la divide en dos: los nacidos entre 1904 y 1917, como Bosch Gimpera, Pablo Martínez del Río, Alfonso Caso, Paul Kirchhoff, Miguel Othón de Mendizábal, Wigberto Jiménez Moreno, Rubín de la Borbolla y Ada d´Aloja. Ellos impartieron una educación orientada a la historia, historicista, o mejor, dice Jiménez Moreno, “historizante”. (Jiménez Moreno: 12)

Las inteligencias que conciben la creación de una escuela especialmente diseñada para preparar profesionales de la antropología daban cursos del tema en diversos centros de enseñanza del Distrito Federal. Cámara recordó que en 1937 Alfonso Caso, Pablo Martínez del Río, Ignacio Marquina, Enrique Juan Palacios, Eduardo Noguera, Roberto Weitlaner y Wigberto Jiménez Moreno dan clases en la Sección de Ciencias Históricas y Geográficas de la Facultad de Filosofía de la UNAM. Ese mismo año, Daniel F. Rubín de la Borbolla, Del Pozo, Mendizábal, D´Aloja y otros enseñan en el Politécnico. Mientras que Paul Kirchhoff, Salvador Mateos Higuera, Javier Romero y otros dan clases en el antiguo Museo de Arqueología y Etnografía, en la calle de Moneda. Fue el gran filón de maestros de antropología en México.

Ese año se funda la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas en el Politécnico. Rubín de la Borbolla propone la creación de un departamento de Antropología que, tras intenso debate, se aprueba. En 1938 se crea el Departamento de Antropología de la Escuela de Ciencias Biológicas del IPN, antecedente directo de la ENAH. Su planta: siete profesores para cinco estudiantes.

Los propósitos del departamento eran estudiar la situación económica y social de los indígenas con el fin práctico e inmediato de formular planes concretos de acción, basados en la realidad misma, para obtener su mejoramiento y defender a los indios de las autoridades federales y locales en todos sus asuntos de interés colectivo.

Esta fue la filosofía, la orientación política y el fundamento académico y práctico que dio naturaleza, contenido y perspectivas a la Escuela, afirmó el maestro Cámara en el auditorio de la escuela nacional de antropología e historia. (Cámara: 17-18)

Mendizábal estaba interesado en crear la carrera que después se convirtió en antropología social. Sus estudios tendían a fomentar eso, tratar de resolver los problemas del país desde su condición de etnohistoriador, cuando todavía no se hablaba de antropólogos sociales ni de etnohistoriadores. (Jiménez Moreno: 40)

La segunda Vieja Guardia habría nacido entre 1917 y 1930, a la que se denominó también postrevisionista o protocuestionadora. Se trata de los lectores de Kafka y los existencialistas, a la que Jiménez Moreno también llamó “los desencantados”, aunque no ofrece el nombre de ninguno. (Jiménez Moreno: 11-15)

Una tercera generación de nacidos entre 1930 y 1944, que es plenirevisionista ya, la que pertenece el grupo llamado Los Magníficos, con Mercedes Oliveira, Guillermo Bonfil, Arturo Warman, es una generación plenicontestadora o plenicuestionadora, que pone todo en tela de juicio (la de los libros De eso que llaman antropología y Venimos a contradecir), que ve en la labor antropológica más fallas que aspectos positivos. 

Pasaron los años y los Magníficos mantienen una actitud contestataria. Durante los años sesenta, aliados a maestros como Ángel Palerm, promovieron cambios tanto en la estructura de la escuela como en los planes de estudio, que tuvo su momento culminante con una famosa mesa redonda del 12 de abril de 1967 para estudiar una reestructuración, sobre la base de algo que había presentado Daniel Cazés. (Jiménez Moreno: 11-15)

El propio Casez recordó que esa generación hace el primer cuestionamiento político del indigenismo; es la generación del simposio sobre la Responsabilidad Social del Científico en Current Anthropology, que permitió a Aguirre Beltrán y a Villa Rojas escandalizarse por el surgimiento de una nueva corriente ideológica en la antropología; es la generación que puso sobre la mesa de la discusión teórica el modo de producción asiático. Es la generación que focalizó en la teoría antropológica y en la práctica política a las estructuras agrarias y al lugar que ocupan en la economía capitalista y en el estado burgués contemporáneo, es decir, en la lucha de clases; estoy pensando en la obra de Roger Bartra. Es la generación de la primera época de la revista Historia y Sociedad; –pienso nuevamente en Bartra, en Marcela Deneymet y en mí mismo– afirmó Cazes. Es la generación de la antropología militante, la que introduce a Marx en los estudios antropológicos. Es la generación que inicia la lucha contra la trasformación de la ENAH en una mala escuela de economía política, y la que enfoca la antropología con la obra de Marx y Gramsci; estoy pensando en Andrés Medina, concluyó el maestro Cazes, que decidió perdonar a los intelectuales extraviados que constituíamos la mayoría de aquellos estudiantes que habíamos decidido estudiar filosofía en lugar de antropología. Por supuesto una mala decisión.

Dijo Casez: “Aquí se forman intelectuales. Algunos de los que egresan de la ENAH seguirán siendo intelectuales de la burguesía más o menos modernizados, críticos, disidentes, etcétera. Otros, con el desarrollo de las luchas de las clases subalternas y con los combates por la democracia y el socialismo se integran, ya desde las filas del estudiantado, al intelectual colectivo de las luchas populares y de las clases en ascenso”. (Cazes: 75)

Entre los ponentes estaban los fundadores Wigberto Jiménez Moreno, Fernando Cámara y José Luis Lorenzo; otros protagonistas más jóvenes como Enrique Valencia, Guillermo Bonfil, Héctor Díaz Polanco, Daniel Cazés, Javier Guerrero y Silvia Gómez Tagle, y otros aún más jóvenes como Eduardo Merlo, Jáuregui, Lizárraga y Raúl Murguía. Intervinieron de manera estelar Ricardo Pozas, ya muy viejito, Leo Zukerman y Lourdes Arizpe, entre los únicos bestseller que trascendieron la escuela y se conocieron en todo el país con sus libros.

Es conveniente en esta discusión conocer la trayectoria de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), la fábrica de esos leguleyos etnocidas que resultaron ser los antropólogos mexicanos. Quiénes mejor que ellos mismos para describirnos el ambiente en que nació la escuela nacional de antropología e historia. Fernando Cámara consideró a Lázaro Cárdenas un personaje decisivo en la creación de la escuela Nacional de Antropología, cuyo gobierno propone un tratamiento del problema indígena basado en dos conceptos prioritarios: la mexicanidad y el nacionalismo y sus ideas laterales o colaterales de nacionalidad e identidad mexicana.

En su momento, E. Valencia recordó que la Escuela de Antropología era la más prestigiosa de la región; la segunda, que era una de las pocas, por no decir la única, que ofrecía cursos sistemáticos de antropología, y de una manera más amplia, entrenamiento para la investigación social.

La ideología del sistema social y político mexicano daba por resueltos los problemas de la sociedad mexicana –dijo el maestro Valencia en su intervención-, en tanto que “el problema indígena” quedaba como una tipicidad de esa transformación supuestamente inaugurada por la Revolución.

Valencia terminó diciendo que la antropología tiene que ver con la mexicanidad, el nacionalismo, la identidad, pero además con toda esta etapa de populismo que recorrió América Latina, en el cual, el “problema indígena” ocupó un lugar central. (E.Valencia: 33-34)

En su intervención en el tercer día de ponencias de aquel cuarenta aniversario, Wilberto Jiménez Moreno recordó como con Kirchhoff, se organizan las importantes Mesas Redondas de Antropología, en 1941, de tendencia interdisciplinaria, a las que asisten lingüistas como Swadesh y Norman McQuon, así como el mexicano Villa Rojas, que tienen un marcado acercamiento a la historia para hacer sus análisis. Destacan Jorge A. Vivó en antropogeografía y Pedro Armillas, que acerca a la academia mexicana los puntos de vista de Gordon Childe, que posteriormente fueron adoptadas con maestros como José Luis Lorenzo.
En los primeros dos años de los cuarenta Bronislaw Malonowski viene a México y hace su famoso trabajo junto a Julio de la Fuente, que nunca fue parte de la ENAH. Sin embargo fue antecedente para lo que ocurre en 1942, con la presencia de Sol Tax, cando se establece la influencia funcionalista o chicaguense, que después cultivan maestros como Fernando Cámara y Calixta Guiteras. (Jiménez Moreno: 11-15)

En 1942 la Escuela pasó a formar parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (el INAH), convirtiéndose, a partir de 1946, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (la ENAH).

José Luis Lorenzo recordó de los fundadores, “sólo para checar los nombres”, a 29 maestros, entre ellos Ada d´Aloja, Wigberto Jiménez Moreno, Ignacio Marquina, Salvador Mateos Higuera, Norman McQuon, Javier Romero, Daniel F. Rubín de la Borbolla y Agustín Villagra.

Por entonces sólo se había graduado un alumno, Eusebio Dávalos Hurtado, en 1944, y en 1945, mi primer año allí, se graduaron tres más: Pedro Carrasco, Alberto Ruz y Miguel Acosta. “O sea –estimó Lorenzo-, contábamos con un antropólogo físico, un arqueólogo y dos etnólogos”. (Lorenzo: 23)

En el análisis de sus recuerdos, N. Guerrero afirma en su intervención que la ENAH no surge para formar un personal que investigue si la antropología estudia la “cultura” o la “estructura social primitiva”. La ENAH no surge para resolver realidades científicas “puras”. Todo lo contrario, la creación y desarrollo de esta institución está ligada íntimamente a necesidades que se presentan a consecuencia del desarrollo del capitalismo mexicano. En particular, la necesidad de incorporar una gran población compuesta por multitud de grupos étnicos diversos a la dinámica misma del régimen burgués: la necesidad de construir una nación, de “mexicanizar” a los componentes de estos grupos étnicos, de hacerlos participar en el “desarrollo”. (Guerrero: 99)

El indigenismo se descarará declarando que el objetivo no puede ser otro que el de proletarizar a los indígenas y convertirlos también en buenos consumidores de la industria nacional –ponderó Guerrero, quien elocuente dijo que el nacionalismo romantizado se transforma en un nacionalismo pragmático: de lo que se trata es de incorporar a los indígenas al mercado nacional, como poseedores de fuerza de trabajo o como productores de mercancías. El pase de “casta a clase” se reafirma como meta, y se considera un avance progresista. (Guerrero: 99)


Biblio: Cuatro décadas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, contenido de las mesas redondas de aniversario, ENAH, Col. Cuicuilco, 1982



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