Doña Liboria Lagunes era una ancianita que Ricardo se encontró en una escuela del estado de Morelos en 1980. Llegó muy emocionado a la ciudad de México diciendo que había hecho una grabación sabrosísima, que yo la iba a disfrutar trascribiéndola tanto como él la disfrutó grabándola a ella y a su marido, don Aurelio. Los ancianitos nonagenarios resultaron una mina de historias sorprendentes que iniciaban de niños en la Revolución y simplemente no terminaban. “Podría haberlos grabado ocho horas -me dijo Ricardo-, pero nadie tenía tiempo”. En este fragmento doña Libo platica sobre el mal del susto que aquejó a su hijo y de cómo tuvo que ir a rifar para curarlo. “Uno que está enfermo ¿verdá? Si a uno le duele, dice “ora, vente, vamos a rifar”. Y ahí lo ve todo, mira, que si uno ve una culebra, o lo que pasa si un burro te tumba, o bueno, cualquier cosa, te va a decir. Ven en barajas. Y de veras ven, don usted. “Yo tenía un niño. Ése de por sí es briago, este señor. Y ya de...