martes, 9 de febrero de 2021

Mexicanidad

 

Peregrinación en la Sierra Norte

La Antropología mexicana plantea a la Antropología internacional una singular condición que ninguna otra de las llamadas “escuelas nacionales” tiene; lo que no quiere decir que la antropología mexicana no exista, como opinan algunos. Existe con sus antecedentes históricos en el Siglo XIX y su fundación profesional y académica por Manuel Gamio –que venía de estudiar con Franz Boaz–, en 1922. Pero hay una sólida visión del tema indígena en esa antropología que por alguna razón la niega. En México se es estudioso y pariente a la vez, algo que contraría las bases de la disciplina antropológica, formuladas por el pionero Bronislaw Malinowski, de separar el resultado de tus observaciones científicas de las opiniones y conclusiones del indígena; la Antropología mexicana involucra étnica y socialmente a mestizos e indígenas, provocada por el mestizaje, confiriendo a la disciplina una elasticidad que lo mismo sirve para intentar remediar la precaria situación social y política de los pueblos originarios en México, que de alimento electoral, escenografía, siempre en el peldaño más bajo de La nata social, que para supuestamente conocer a los pueblos originarios, increíblemente llamados indígenas, todavía, tanto en la ley de 1992 como en el nombre de los institutos relacionados con el tema, lo que quedó del INI una vez que Fox acabó por desaparecerlo.

Moreno Valle con indígenas-postes 

El historiador Luis Villoro en su trabajo sobre el indigenismo mexicano hizo un análisis de esta coyuntura hermenéutica en el nacimiento de una disciplina que buscaba dar cuerpo a la discusión decimonónica del destino de la patria, con la existencia de un centenar de pueblos originarios más o menos abandonados a su suerte por los españoles en la larga colonización, expulsados de sus territorios, diezmados, deprimidos, pero vivos; el indigenismo mexicano con Manuel Gamio y Miguel Othón de Mendizábal, como las figuras históricas que elige Villoro, concluye que “se antoja imposible poder acotarlo (al indigenismo) estrictamente dentro de los límites de una teoría conceptualmente formulada”.

 El ejercicio de opinión que busco expresar en este blog trata de demostrar lo contrario: la presencia de una escuela nacional, una corriente con base científica iniciada por Manuel Gamio y José Vasconcelos, con Mendizábal de testigo y comensal (e ideólogo, porque el indigenismo es una ideología), posee un cuerpo teórico sustentado, como puede apreciarse en las obras de estos tres intelectuales mexicanos. Aunque solo es posible acceder a los dos primeros, Mendizábal desapareció de la antropología a su muerte y sus seis tomos que publicaron amigos de su viuda en 1947 para el primer aniversario de su deceso es lo único que quedó. Unos cuantos privilegiados que accedimos a sus obras completas. Las ideas de Mendizábal no cascaban con las oficialistas de los años 40 que más bien intentaban aplanar las culturas autóctonas  e imponer una vida al estilo occidental, con obreros obedientes caminando a las numerosas fábricas que se instalaron en el corredor de la ciudad de México y los pueblos muy antiguos de Tlanepantla y Cuautitlán en el Estado de México. El pretexto era que se necesitaban obreros y los indígenas, con un poco de capacitación, serían obreros eficientes y económicos. Tardíamente, uno de los grandes promotores de esta idea etnocida, don Gonzalo Aguirre Beltrán, lo reconoció en los años 80, cuando ya no había nada que hacer, las ciudades crecieron  monstruosamente y el sistema tuvo éxito en desaparecer –o casi– los pueblos originarios que se atravesaron en su carrera modernizadora en Netzahualcóyotl y Ecatepec. Al despuntar el siglo XXI seguirían las ciudades principales. En Puebla la mole urbana se tragó decenas de poblaciones que eran pueblos antiguos y originarios, como Tlaxcalancingo, donde unos exitosos comerciantes náhoas que me honran con su  amistad, muchos de ellos con título universitario, hablan náhuatl en el seno familiar y son una prueba viviente de que Mendizábal tenía razón al implorar que no se socavaran sus idiomas ni sus costumbres, que los dejáramos a ellos crecer por su cuenta, simplemente que no los afectáramos ni estorbáramos su progreso. “Dejar a la vida misma”, escribió en sus numerosos escritos. Pero, como se sabe, se hizo exactamente lo contrario, el Tata Lázaro lo dijo con todas sus letras en el Congreso Indigenista de Pátzcuaro, Michoacán de 1940: “los indígenas deben mexicanizarse”.

Celebración en Coyomeapan, Puebla

 Los antropólogos mexicanos de la escuela nacional mexicana y muchos independientes, a diferencia de sus colegas antropólogos en Francia, Inglaterra o Estados Unidos, conviven y utilizan tres imperativos antropológicos sui generis que definen su opción hermenéutica en la teoría antropológica: 1) su relación de parentesco con el objeto social estudiado ¿somos o no descendientes de los antiguos mexicanos? Sí, lo somos; 2) la caracterización activista sociopolítica de la academia antropológica, la ENAH; legítima preocupación y compromiso en la lucha social, política y económica de los pueblos originarios y, 3) el papel prácticamente monopólico del Estado en la antropología aplicada en México.

Vemos como Miguel Othón de Mendizábal vive el momento de definición de la Antropología mexicana y conocemos su interpretación, ahora presuntamente científica, del indigenismo. Mendizábal destaca la desviación que implicó aplicar una teoría científica al servicio de una doctrina política de difusos contornos como la revolución mexicana. 

Chalupitas poblanas

 Proponía una cosa: no abandonar la idea de conocerlos y de identificarnos con  muchos de sus rituales cotidianos que compartimos todos los mexicanos, la idiosincrasia prehispánica de los moles y el uso de la tortilla, el chocolate y todo ese mundo de maíz que cada día vivimos: tamales, pastel de elote, esquites, elotes, garnachas, bebidas, postres y todo lo que en México se concibe desde el maíz, que consumimos en decenas de formas. Ese legado es inconfundiblemente mexicano y nos atañe culturalmente junto con los pueblos originarios que la mitad del país trae en su linaje, la mayoría de las veces sin reconocerlo; un legado que los mexicanos decidieron ignorar; es sorprendente la ignorancia de la gente sobre los grupos étnicos de su entorno, de su estado, no se diga del país entero. Es como si le hablaras de poetas rusos. Si no sabemos sus nombres aparentes, menos los verdaderos, a pesar de haber convivido con ellos toda la vida.

 

Mercado en Ixtepec, Puebla 

En Puebla, por ejemplo, habitan siete pueblos originarios: náhoas, totonacas, popolocas, mazatecos, otomíes, mixtecos y tepehuas. Algunos ni siquiera se llaman a sí mismos así, es el nombre que les pusieron los aztecas primero y después los españoles, que luego antepusieron el nombre de un santo cristiano, el San Miguel de decenas de pueblos en Oaxaca, Puebla y partes de Veracruz, Guerrero y Chiapas. La cosa ha sido así desde la llegada de los españoles, cuyas intenciones nunca fueron evangelizar sino ganar riqueza y poder, pero siempre tuvieron como objetivo socavar las culturas originarias, impedirles usar sus idiomas, dificultando y estorbando su modernización, porque la mayoría de los pueblos originarios, según he podido ver en mi vida, quieren mejorar y modernizarse, pero sin dejar de ser totonacos, ñañhus en el centro de México o mazatecos en las sierras de Puebla y Oaxaca, o náhoas de Milpa Alta, tan orgullosos.

Celebración religiosa, Ixtepec, Puebla 

No lograron aniquilarlos, como es evidente, pero crearon otra realidad identitaria o cosmogónica que ahora formamos los mestizos de este gigantesco país, el 85 % de la población, de ahí que la antropología mexicana es inaplazable, o mejor dicho, inevitable, intransferible, inherente y consustancial al vivir de los mexicanos; una antropología que se realiza en el crisol genético de las generaciones y en el conocimiento de tu país y de tu región; por lo tanto, cultivo el orgullo y la defensa de ese tesoro cultural que hemos heredado de las culturas autóctonas. Nuestros moles y chapulines y atoles y chocolates, tamales y guacamoles, combinándolo con costumbres españolas como la torta de nana y nenepil, que se montaron en nuestras costumbres desde la conquista. Los españoles también impusieron el idioma, que no es poca cosa, y México tomó de las naciones modernas su sistema político republicano y democrático, hizo sus leyes casi idénticas, se consolidó como país. Pero en el interior profundo de ese país llamado México ha permanecido la huella de los pueblos originarios que tienen todo el derecho del mundo a crecer y modernizarse sin dejar su idioma y sus costumbres, y que han logrado saltar las trancas a una imposición política y cultural que quiso obligarlos a borrar sus idiomas y su cosmovisión, su tradición oral; sin idioma ¿qué queda de un pueblo? Bueno… nosotros, los mestizos.

Tianguis semanal en Ixtepec, Puebla 

Quedan recuerdos y tradiciones de esos mexicanos que también fuimos, mezclados con la acechanza de los conquistadores, una mezcla de tentaciones y genes que se esfuerzan por despejar nuestra ontología mexicana. Mendizábal, como lo habrás advertido, santón de este blog, lo señaló; aconsejó conocer a estos interesantes pueblos que en México han vivido un larguísimo desprecio, y acercarse a ellos con sencillez, incluso con humildad; “dejar a la vida misma”, repitió Mendizábal, la concordia entre ambas entidades, pues a final de cuentas compartimos una dedicación vital, frugal, intacta y actual, que es la arraigada cultura del maíz, solo por decir un ejemplo, porque existen otras sabidurías que también nos han sido legadas. Nuestra cultura mexicana, lo quieras o no, lo sepas o no. Cuando reflexionamos lo que significa el maíz en nuestras vidas nos aproximamos, rozamos la explicación de ese sincretismo impenetrable con la profunda cultura de los pueblos originarios que tenemos aquí, en el centro de nuestro ser. Así que no me digas que tengo una confusión de identidad. No te atrevas a dudar de mi mexicanicidad.


Fotos del autor.

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