lunes, 23 de enero de 2017

Es la misma historia

Con esta entrada finalizan las publicaciones sobre historias de vida de habitantes de la ciudad de Puebla, ninguno de ellos joven y algunos de ellos adelantados ya hacia el polvo de estrellas del que provenimos y al que vamos todos. Formaron parte de una colección publicada en 2001 por el extinto Consejo del Centro Histórico, que dirigía entonces Roberto Herrerías, bajo el engañoso titulo de Los barrios de Puebla, pues no eran los antiguos barrios de la ciudad en pretexto de estas entrevistas, sino el de historias de vida poblanas. En todo caso pudo llamarse En los barrios de Puebla, porque fue aquí, en diversos puntos de la ciudad, donde fueron realizadas estas conversaciones. Espero que las hayas disfrutado, quedan ahora para su revisión por las generaciones venideras.


DOÑA OLGA RODRÍGUEZ ROMERO

A mí me encanta la historia de Puebla, que es la misma historia, pero de otra etapa. Nací aquí en Puebla, pero no me acuerdo dónde. Recuerdo a mi mamá, porque cuando yo tenía dos años mi mamá se separó de mi papá, así es de que no recuerdo a mi papá. Desde que yo tengo memoria, siempre viví en el barrio de Santa María. Antes, en esa época, hasta allí llegaba Puebla, era una de las colonias más importantes de aquí, fue fundada por Francisco Rodríguez Pacheco y un señor Genis, que fue presidente municipal de Puebla. Fue una persona de dinero y fue él quien fraccionó esa colonia. Entonces nomás estaba la colonia Santa María, la colonia Humboldt, la colonia América, Chula Vista y ya, por el norte. Hacia el sur nomás llegaba hasta Mayorazgo.

Yo hice mi primaria aquí en la Pacheco y Genis, ahí precisamente. Estuve hasta segundo año nada más, después a mi mamá le ofrecieron un trabajo de maestra de corte, de confección y de cocina en la fábrica de Metepec.  La fábrica de Metepec de hilados y tejidos que en esa época era una de las mejores, de las más importantes factorías de toda la república. Allá se fue a trabajar mi mamá.  A mí me llevó chiquita, de nueve años y allá terminé la primaria. Metepec era un pueblo muy bonito, vivía la gente ahí muy bien, porque el que era dirigente de la CROM, don Antonio J. Hernández, mantenía muy bien la comunidad. No había cantinas, la gente vivía muy bien. Él era de ahí. Mi mamá lo conoció, tuvo buenas relaciones con él porque él tenía a su cargo todo ahí. Él mandaba en las fábricas, en las academias. Había academia de corte, de cocina. Una academia preciosa que a mi me tocó casi inaugurarla, porque cuando yo llegué ahí a los nueve, diez años, tenía como un año de haberse inaugurado la escuela, una escuela tipo español, una copia de un edificio de España, porque la escuela era muy bonita. Ahí terminé mi primaria.

De la escuela recuerdo mucho. De la primaria. Jugábamos a los juegos tradicionales, salíamos al recreo y nos poníamos a jugar a doña Blanca, los juegos de antes, los juegos tradicionales, jugábamos al látigo. El ambiente que había en ese pueblo era muy bonito, porque este don Antonio mantenía la disciplina en todas partes. Ahí no veía usted ni borrachos, ni pleitos. Y si algún alumno cometía una falta castigaban al papá tres días. Todo había en abundancia allí en Metepec, fue la época de oro de las fábricas de Atlixco y más la de Metepec.

Mi mamá estuvo trabajando en Metepec doce años, era maestra de corte, de cocina, teñía; de todo, les daban todo. Todo les proporcionaban. Por ejemplo mi mamá, que daba la clase de costura y confección, tenía un salón enorme con un montón de máquinas, mesas, bueno, todos los implementos para trabajar. Les daban hasta telas, porque ahí la fábrica era de hilados y tejidos, les proporcionaban telas. Era una cosa que de todo había ahí en Metepec.

Mi mamá fue una persona muy trabajadora. ¡Qué no diría yo de mi mamá! Fue una persona muy trabajadora, eso sí. Se separó de mi papá cuando yo tenía dos años y mi hermano siete años, pero que murió a los siete años. Ya se habían separado, pero yo no supe realmente cómo, mi mamá nunca me tuvo esa confianza para decirme por qué se había separado de mi papá. Nunca. En ese tiempo había epidemia de sarampión y no estaba controlada, no existían las vacunas ni nada de eso. Entonces la mortandad infantil era muy grande, le estoy hablando de hace sesenta años.


Terminé la primaria allá en Metepec, muy contenta, mi mamá allá vivió feliz-feliz. Yo también, porque el ambiente era muy bonito, muy sano, todos trabajaban. A mí, que me gustaba mucho el baile desde chica, pues ahí había conjuntos. Estaba el mariachi Metepec que fue muy nombrado; tenían una banda, tenían como cinco orquestas de puros trabajadores. Bueno, vaya, yo los conocí desde niña y, como a mí siempre me ha gustado cantar -dicen que fui entonada, ahorita ya no, ya me salen los gallos-, los 15 de septiembre, los 16 hacían, bueno, una semana de festejos; todos los días. Había kermeses, baile, toda la semana era de fiestas, había desfile… Mi mamá, después de que nos venimos a Puebla, y que nos pasábamos el 15 de septiembre aquí en la casa, nomás nos acordábamos… “ay, mamá ¿te acuerdas cuando estábamos en Metepec…?”

Me gustaba cantar con los mariachis, porque ellos, como vivíamos ahí me conocían, y la primera vez que canté tenía yo como diez años. Y en las fiestas cantaba yo con ellos. Una que otra vez canté, pero me gustó. Por ejemplo, el día de santo de mi mamá sus alumnas llevaban los mariachis a la casa. Y el día del maestro los mariachis llevaban mañanitas. La fábrica les daba casa a los maestros, entonces vivíamos felices ahí, fueron los años más felices para mi mamá y también para mí. Yo los recuerdo con mucho cariño esos años que pasamos allá en Metepec.

Pasado el tiempo mi mamá se quedó en Metepec y yo me vine a Puebla a estudiar la secundaria, tenía yo mi familia, mis tías. Mi mamá se quedó en Metepec doce años. Cuando yo tenía siete años mi mamá encontró otro señor, mi padrastro. Fue el que construyó mis casas, él era ingeniero, entonces ya mi mamá se casó con él. Ahí fue cuando también me llegó un poco la tristeza, porque con ese señor ya no era lo mismo. Hija única, consentida y siempre viviendo con mi mamá, cuando llegó otra persona como que no, me dio celo, celo natural. Entonces ya me vine aquí a la secundaria. Como mi padrastro era maestro fundador de la secundaria nocturna Flores Magón, me metieron ahí. Yo, de doce años, quería ir a otra escuela, una normal, pero no, “te vas a la Flores Magón porque allá te van a estar vigilando.” Claro, estaba ahí mi padrastro. Tenía compañeros que ya eran hasta papás, pero había otros de mi misma edad. La escuela era especial para trabajadores, por eso era nocturna, entrábamos a las cuatro de la tarde y salíamos a las diez de la noche.

Ella les hacía sus uniformes a los que participaban en los festivales. Mi mamá era pero muy lista, sola tenía que luchar. Se compró una máquina para hacer botones, para hacer cinturones, entonces las llevaba a la Academia y les hacía sus uniformes con hartos botones. Ella se los forraba. Escogía unos uniformes que tuvieran muchos botones y ella se los hacía. Fue luchona-luchona. Vivíamos bien, siempre tuvimos todo, gracias a Dios nunca nos faltó nada. Ella estudió la primaria y una carrera técnica. Mi mamá estudió en la Escuela de Artes y Oficios de mujeres. Ahí estudió corte y confección, peinados, maquillaje, todo eso y corte; cocina y repostería y a todo le sacaba jugo mi mamá.

Mi mamá, ya cuando yo me vine, abrió un negocio de mercería y salón de belleza, entonces ya no se quedaba en Metepec, venía todos los días, pobrecita. Se iba temprano y se venía de Metepec en la tarde, como a las cinco. Nomás iba a dar sus clases, en horario corrido. Yo le cuidaba el negocio acá en Puebla, ayudaba a mi mamá a hacer permanentes, pero casi no porque nunca me gustó. A mi mamá sí, cortaba el pelo, hacía permanentes, arreglábamos medias, cosía, hacía botones, mercería, bueno, de todo hacía mi mamá.


Abajo de la secundaria nocturna Flores Magón estaba la escuela de artes y oficios para mujeres. Ahí vi por primera vez que daban clases y ¡ay!, decía yo, “cómo me gustaría…” Siempre me gustó el baile, desde chica me encantó el baile. Yo fui bailadora de corazón. Creo que desde que nací me gustó mucho el baile, pero como ocupaba las tardes no podía ir, porque era en las tardes también. Salían con sus mallones y toda la cosa. A mí me…enchinaba. Me asomaba yo por las ventanas y veía el jardín y el lugar donde daban las clases.

Al terminar la secundaria mi mamá soñaba con que yo fuera química-bióloga. Yo era re´burra para las matemáticas, re´burra para todo. A mí lo que me gustaba era el baile. El estudio no me gustaba, cada quien. Yo soñaba con ser bailarina. Mi mamá con que no, que tienes que ser química-bióloga. Me soñaba mi mamá con mi bata y microscopio. Cada quién sus sueños. Entonces me metió a la universidad, en el Carolino estaba la preparatoria, pero ese año se me fue porque no hice nada. No hice nada. No di el ancho, porque antes la preparatoria era en serio, muy dura. Francamente yo no di el ancho, entonces me sacó mi mamá de ahí y me preguntó qué iba a estudiar. “No, pues que yo quiero ser bailarina”. “Que bailarina ni que ocho cuartos”, me ponía mis regañadas. “Pues ahora aunque sea te vas a ir de maestra”. Aunque sea, me dijo. ¿Yo de maestra? ¡Qué horror! pero, pues, ni modo. Antes sí era uno muy obediente con los papás. Entonces me fue a inscribir a la Normal, pero no encontró para la primaria, “pues inscríbala en pre-escolar”. Y que me inscribe. Estaba recién iniciada la carrera de educadora, tenía dos años apenas. “De nada a algo, pensó mi mamá, pues que sea educadora”.
Llegó a la casa y me dijo: te vas a ir a estudiar de educadora. Y qué es eso, Dios mío, qué es eso. Yo no sabía que había esa carrera pero ni modo.

La maestra que teníamos en la Academia era una de las mejores maestras que había aquí en Puebla, Diana Ruiz Esparza. Una excelente bailarina, con una técnica de lo mejor, porque ella había estudiado en México y todo. Antes, la mejor era ella.   Ahí estuve varios años estudiando danza; mientras, terminé la carrera de maestra normalista. Tenía como de dieciocho años, diecinueve.

Mi maestra presentaba unos festivales preciosos en el antiguo teatro Variedades, que estaba junto al cine Coliseo, donde están ahora los almacenes de telas, enfrente de Parisina; en ese teatro presentaba sus festivales, y nos hacían el vestuario bonito-bonito, las mismas alumnas de corte y confección nos hacían nuestro vestuario. Y salimos en todos los ballets clásicos. Copelia, la Silfides, El lago de los cisnes, Rosamunda, El cascanueces, en todos esos salí. Ya bailaba yo algo de puntas.


Estuve como cuatro o cinco años en la escuela de danza clásica.

Cuando me recibí de educadora, el primer año me mandan a ejercer mi profesión hasta Matamoros, al Centro Escolar de Matamoros. Trabajé un año y de ahí tengo unos recuerdos horribles, porque hace un calor espantoso. Todo el año estuve enferma, me dio tifoidea. Mal-mal me fue ese año. Tanto que me dijo mi mamá: “sabes qué: renuncia”. Porque estaba yo delgada-delgada, es que es un clima de lo más insalubre que hay, Matamoros. No me estuvo el clima. Nos fuimos varias maestras, alquilábamos una casa y cada ocho días venía yo aquí a la casa, cada vez más flaca y más deteriorada. Nos íbamos en las noches a la plaza a comer pozole. Imagínese las de porquerías... No, no, yo estuve gravísima ahí, malísima.  “Mejor renuncia”, dijo mi mamá, “mejor prepara tu examen, te examinas y ya después buscas otra vez tu plaza”. Y sí, siempre fui muy obediente con mi mamá, por eso siempre, gracias a Dios, me ha ido bien.  Eso se le digo a mi hija, porque ella es muy terca, muy independiente y no oye consejos. Yo no, siempre oí los consejos de mi mamá y siempre me fue bien, de veras.

Regreso de Izúcar y ese año preparé mi examen profesional y me inscribí en el Centro Escolar (Niños Héroes de Chapultepec) para estudiar baile español, porque a mí todo me gustaba; flamenco con castañuelas y todo. Ahí estuve como dos años estudiando con una maestra que después fue primera figura del ballet de Amalia Hernández. Bailaba precioso. Se llama Emma Pulido porque todavía existe. Y con la maestra Martha Castro de Couttolen, que hacían presentaciones de danza española. Aprendí algo. Y como el clásico es la base, usted sabiendo clásico, ya todos los demás bailes son pan comido, porque el clásico le da a uno mucha técnica. La persona que sabe clásico cualquier baile es pan comido para ella, los años que estuve en clásico me sirvieron mucho. Nunca fui estelar, siempre fui del coro, porque sí había solistas que reunían todas las características de una bailarina, pero yo fui del montón, vaya. Pero el ballet de la maestra Diana fue un buen ballet, era muy buena maestra. Cuando ella bailaba se traía a un bailarín de México, de los de Bellas Artes y bailaba con él. De hecho, ella siempre fue el papel principal. Por ejemplo en Coppelia era la figura principal, y traía bailarines de los connotados en esa época, a bailar con ella. Bailaba precioso con su bailarín, por ahí tengo unas fotos que recorté del periódico.

Me volvieron a dar mi plaza federal. Don Antonio J. Hernández, como su palabra era una orden, un día le preguntó a mi mamá: “¿qué pasó con la niña?”, como me conocía desde chica, “¿ya tiene trabajo y todo?”. Pues no, es que renunció a su carta en Matamoros y le contó todo. “Bueno, pues le voy a dar una...”. Él le dio una orden para dársela a la inspectora, y como la inspectora iba a Metepec y la llenaban de regalos, pues bueno, entonces quiso-no-quiso, tuvo que abrir una plaza de nueva creación en Metepec, en el jardín de niños de Metepec. Entonces ahí voy a Metepec y como era uno joven no importaba el viaje. Todos los días iba y venía, durante un año. Tomaba un camión de Santa María a la terminal, luego llegaba ahí y tomábamos otro camión a Atlixco y luego otro a Metepec. Eras tres camiones de ida y tres de venida. Diario, diario-diario… Salía de mi casa a las siete de la mañana y regresaba a las dos de la tarde. De Metepec hubo una permuta con una maestra, entonces me pasé a Atlixco.


En Atlixco estuve doce años, viajando diario por la antigua carretera, donde cada día se veían accidentes. Muy transitada y peligrosa pero nunca, gracias a Dios, nos pasó nada. Yo vi muchos accidentes, sobre todo en Los Molinos. Dilaté doce años trabajando en ese jardín de niños que para mí fueron los mejores años de mi vida, los que trabajé con la maestra Elba Raquel Dorado Tiro, que fueron mis años más felices. Ella fue mi directora y por ella aprendí muchas cosas. Si llegué a ser maestra fue por ella. De esas maestras dedicadas por completo a su profesión, que no se casaron, que nada de nada, que vivían en la escuela y siempre era muy exigente. Pero muy exigente, con ella misma y con nosotros. Nos exigía mucho y uno se quejaba, pero con el tiempo yo reconocí: “carambas, cuánto le aprendí a esa maestra”. Yo la recuerdo con tanto cariño a mi directora, con la que trabajé doce años.

Cuando yo llegué al jardín de niños dábamos clases en una casa antigua, vieja, que ya se nos veía abajo y todo. La directora gestionó que nos hicieran un jardín de niños. Como ahí estaban las fábricas y había mucho dinero, don Antonio J. Hernández y todos los líderes de la CROM y todos, pues pesaban mucho en Atlixco, y nos hicieron un jardín de niños que, en esa época, fue el mejor de todo el estado de Puebla. Un jardín de niños precioso, modelo. El terreno lo regalaron los Maurer, que eran los dueños del Molino de San Mateo, un terreno grandísimo, entonces el municipio y el estado se juntaron y nos hicieron ese jardín. Era un jardín de niños amplio, que contaba con todas las instalaciones que debe tener un jardín de niños, cada aula tenía su bodega, sus baños acondicionados a los niños, su patio de actividades para cada aula, con su mesa de arena para cada aula, o sea que si queríamos salir a recreo salíamos a nuestro patiecito sin que molestáramos a los demás. Lleno de flores, de rosales, un salón de cantos enorme. De veras, fue el jardín de niños modelo del estado de Puebla. Jardín de niños Justo Sierra de Atlixco. Que había una demostración: Atlixco. Pues claro, era el mejor jardín. Que iba a haber esto: Atlixco. Pues claro, era el jardín modelo. Entonces a todas nos tenían como se debe, trabajábamos con todo lo mejor. Y como estábamos con la maestra Raquel, que era reconocida como una maestra dedicada, pues lo hacíamos muy bien. Nos quedábamos una vez a la semana a hacer trabajo social con las mamás, en las tardes. Aparte, dos días a la semana, después de las clases, nos reuníamos en la sala de conferencia, que también teníamos, y nos poníamos a hacer “material”, porque antes no había, entonces todo el material didáctico que se utilizaba lo hacíamos nosotros. Cuando nos venimos, después de doce años, estaban los closets llenos-llenos de cajas con rompecabezas, loterías, elaborado por nosotros, pero eso fue por la directora. Sí, trabajábamos bien bonito. Teníamos maestro de piano y hacíamos unos festivales, siempre bajo la dirección de la maestra Raquel, muy bonitos, que yo creo que está en el cielo porque su vida la dedicó a los niños. Fueron mis mejores años. 

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