lunes, 19 de marzo de 2018

San Miguel Tenextatiloyan y la Historia. PARTE 1


En 2011 tuve la experiencia de trabajar en un proyecto de Sergio Mastretta para hacer un levantamiento testimonial en la población alfarera de Tenextatiloyan en el umbral de la Sierra Norte de Puebla. Durante 10 meses hicimos decenas de entrevistas para entender el proceso de la alfarería de uso doméstico tradicional e hicimos un informe muy parecido a uno libro testimonial que terminó en el escritorio de nuestros empleadores (en una dependencia federal), que entonces estaban  muy interesados pero que súbitamente dejaron de estarlo porque les quitaron el puesto y se olvidaron de su interés, como suele suceder con las “pasiones” oficiales en este país. Me tocó investigar y redactar la parte histórica de la región, algo que me llevó hasta el preclásico tardío, como nos suele suceder a quienes no tenemos intereses tan esporádicos. Aquí la historia antigua de este entrañable rincón en donde los mexicanos, y en particular los poblanos, se han surtido de cazuelas y jarritos a lo largo de casi un siglo.

San Miguel Tenextatiloyan

San Miguel Tenextatiloyan, municipio de Zautla, Puebla, pertenece a una región de gran riqueza histórica donde confluyeron importantes corrientes culturales prehispánicas como la totonaca y otomí, que recibieron el “impacto olmeca” del periodo denominado Preclásico Tardío de 1,200 años antes de nuestra Era.1 Como vestigios de aquel florecimiento, a cinco kilómetros de Zautla se hallan las ruinas arqueológicas de Tenampulco (o Cuacal), donde se encontraron restos de pirámides y figuras de cerámica. Un modestísimo museo regenteado por el juez de paz separa con mecates la zona del público y amontona sobre maderas decenas de piezas de barro que son evidencia franca de la milenaria alfarería.

Antes de la llegada de los españoles, los dos señoríos más grandes de esta región parecen haber sido Ixtaquimaxtitlan (con Tlaxocoapan) al sur, y Tlatlahuiquitepec (con Nauhtzontlan, Yauhnáhuac, Yayauhquitlapan y Zacapoaxtlan) en el norte; es posible que las dependencias mencionadas tuvieran cierta autonomía política y un tlatoani cada una, como lo ilustra Gerhard, Peter en su imprescindible Geografía histórica de la Nueva España.2

La mayor parte del área, sino la totalidad, pagaba tributos a los mexicas, mismos que eran recolectados en Tlatlauhquitepec  e Ixtaquimixtitlan, aunque la segunda se limitaba a brindar apoyo militar. Esta ciudad de unas 5,000 familias, que tanto impactó a Hernán Cortés, estaba en la cima de un cerro y tenía una guarnición y una frontera fortificada con el territorio hostil de Texcallan (Tlaxcala).3

Aunque la lengua era el náhuatl, es posible que hubiera una minoría totonaca en el norte y otomíes dispersos por la misma zona. Cortés y sus hombres pasaron por aquí en agosto de 1519 y estuvieron una semana en Ixtaquimantitlan, cuyo señor era un aliado leal de Moctezuma. Cuenta Cortés en su Segunda Carta de Relación del 30 de octubre de 1520:

La cual ciudad es tan grande y de tanta admiración que aunque mucho de lo que de ella podría decir dejé, lo poco que diré creo que es casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte y de tan buenos edificios y de mucha más gente que Granada tema al tiempo que se ganó y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra, que es de pan, de aves, caza, pescado de ríos y de otras legumbres y cosas que ellos comen muy buenas. Hay en esta ciudad un mercado en que casi cotidianamente todos los días hay en él de treinta mil ánimas arriba, vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad en partes. En este mercado hay todas cuantas cosas, así de mantenimiento como de vestido y calzado, que ellos tratan y puede haber.4


Nos tocó comprobar la calidad del mercado de Ixtacamaxtitlán, un miércoles en la mañana nos sorprendió al salir del hotel el mercado más bonito que haya visto en la vida, con una gran estética en el acomodo de los productos. Y enorme. Daba la impresión de que los puestos fueran parte de un concurso de puestos bien acomodados y adornados con papel y colores. Quedamos tan bien impresionados como Hernán Cortés aunque en la noche habíamos visto una cantidad de bares y cantinas desproporcionada, había uno en cada esquina, contamos más de veinte en el centro.

Zautla, llamada así debido al nombre del cacique Zautic, estaba habitada por pobladores que alternaban el cultivo agrícola con la explotación de unas minas cercanas de oro y plata, que desaparecieron a la llegada de los españoles. Recogían dos cosechas anuales de maíz: la de temporal y la tolnamil o de invierno. La dieta básica, como en otras partes de México, la componían de maíz, frijol y chile. Las casas, de forma rectangular, estaban construidas en su mayoría con palma y zacate o con madera. Para el amarre utilizan el bejuco; el piso de tierra apisonada.

Desde aquellos tiempos la alfarería de la zona que hoy ocupa la Junta Auxiliar de San Miguel Tenextatiloyan, debido a sus ricos yacimientos de barro, destaca por su riqueza y calidad. Hernán Cortés, en su carta referida, hace encomiables comentarios sobre la cerámica utilitaria que ve en esta región: “Hay mucha loza de muchas maneras y muy buena y tal como la mejor de España”.5

Especialistas como Daniel Rubín de la Borbolla afirman que la alfarería precolonial fue inventada, técnica y artísticamente, por las mujeres si acaso con una pequeña participación del hombre en el acarreo del barro y en las labores del horneado. Se han identificado cuatro tipos de alfarería: la doméstica, que era la utilitaria en las labores cotidianas que incluía comales, ollas, tinajas, jarros, jarras, tecomates, cajetes, apaxtles, platos hondos, platos planos, cántaros, cucharas y malacates. La ceremonial, que eran figuras de diversos dioses, sahumadores o perfumadores, vasijas para ofrendas. La funeraria, que contemplaba urnas, vasijas para ofrendas de alimentos, sahumadores, efigies de animales, objetos suntuarios de barro, réplicas en miniatura de ciertos objetos de uso personal, figurillas humanas o representaciones de deidades; máscaras, braseros, cajas. Y la cerámica para construcciones, todo lo que eran adobes, ladrillos, mascarones y elementos decorativos para fachadas de edificios, tubería.

Tanto por la calidad como por la variedad, lo que se aprecia en la cerámica precolombina son cinco características que hacen a la alfarería un recurso indispensable e irrenunciable de su cultura: tenían un profundo conocimiento de los materiales; desarrollaron técnicas para muy diversos usos, desde aquellos indispensables para la vida cotidiana hasta los más elaborados usos ceremoniales; que ya utilizaban el “desgrasante”, un elemento que aportaba cuerpo y consistencia a las arcillas; que usaban la técnica del bruñido y, desde luego el horneado de jagüete y el de decoración, y que sus decoraciones contemplaban rasgos específicos de las distintas culturas que los distinguían de las demás. Una de las características más llamativas que vinculan la cerámica antigua con la contemporánea de San Miguel Tenextatiloyan es el uso de moldes, lo que desde entonces, como ahora, les permitió el ensamble de piezas y el aumento de su producción.6

El periodo colonial, a la llegada y conquista de los españoles, es naturalmente una hecatombe que modifica radicalmente las condiciones de vida y la cultura en general de todas las regiones.


Una historia para contar

En la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo hay un pasaje sobre la primera gran batalla de las fuerzas españolas en México, que ocurre muy cerca de San Miguel Tenextatiloyan y que, por lo tanto, involucra a la región en una singular historia de guerra.

Todo sucede en el primer viaje del ejército de Hernán Cortés narrado entre los capítulos XXV y XVIII del libro de Bernal Díaz, cuando en el mes de agosto de 1519 salen de Zempoala con doscientos tamemes para que cargaran la artillería y cincuenta guerreros para que lo acompañaran en la travesía por la sierra. Su recorrido no tuvo incidentes de consideración en la primera semana, fuera del hambre, la lluvia, el granizo y el frío de la sierra. A principios de septiembre, sin embargo, se encontraron de frente a dos batallones de guerreros, unos seis mil hombres que gritaban desaforadamente, pitaban trompetillas y batían tambores: en un alarde de fuerza dispararon flechas y lanzas a la vez que trataban de parecer feroces. Los españoles enviaron a tres prisioneros que habían hecho ese día a decirles que no querían problemas. Pero la chispa estaba prendida, la escaramuza se llevó a cabo y los españoles dieron la primera muestra de la mortal efectividad de sus armas de fuego, de tal forma que tres jefes náhuas quedaron tirados en el campo, además de decenas de soldados. En un momento dado los españoles entraron por una cañada, donde fueron blanco de las flechas mexicanas. Fue ahora cuando los guerreros aztecas mostraron que sus flechas y hondas también tenían una gran efectividad. Así llegaron al llano.

El saldo de la batalla fue calamitoso: los mexicanos perdieron ocho capitanes, hijos de importantes caciques, y fue la causa de que retrocedieran. Los españoles no intentaron seguirlos, pues también habían sido duramente golpeados. Se quedaron a resarcir sus heridas en un caserío muy poblado, guarecidos en unas cuevas habitadas, donde comieron gallinas que llevaban los tamemes y algunos “perrillos” que se procuraron en el propio pueblo.

Según Bernal el capitán Xicotenga “traía cinco capitanes consigo y cada capitanía traía diez mil guerreros” (…), que en total hacían unos cincuenta mil hombres, con banderas que ostentaban un ave blanca con las alas extendidas.


La batalla de Tehuatzingo

El 5 de septiembre de 1519 ocurre la batalla de Tehuacingo o Tehuacacingo, de acuerdo a los registros de Bernal Díaz del Castillo, que cabe suponer que se refiere a una ranchería del actual municipio de Libres llamada Tehuatzingo, topónimo que significa “en las piedritas”, situado en un amplio terreno donde, efectivamente, abundan las pequeñas piedras.

Fue una batalla decisiva en el sentido de que los dos ejércitos tuvieron posibilidades de ganarla, ya que contaban con un número similar de soldados y estaban, más o menos, en las mismas condiciones de combate de campo.

Muy temprano ese día, y habida cuenta de los resultados de la batalla anterior, los ballesteros y escopeteros españoles, pero especialmente los que montaban alguna temible cabalgadura, se prepararon para la batalla con la firme consigna de “tirar a matar”, así como evitar disgregarse. Recorridos unos cuantos cientos de metros, en el llano de Tehuatzingo, los españoles percibieron un número indeterminado de guerreros tlaxcaltecas que prácticamente salían de todos lados: “vimos asomar los campos llenos de guerreros con grandes penachos y sus divisas, y mucho ruido de trompetillas y bocinas”.

Tal parecía que la consigna de ellos era idéntica a la española: no dejar uno vivo, acabar con ellos de una vez por todas. Los guerreros mexicanos hicieron un cerco frente a los soldados españoles e iniciaron un nutrido granizo de piedras y, momentos después, de flechas que atravesaban el acero y ante las que no había defensa: “¡qué prisa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros y con qué grandísimos gritos y alaridos!”, narra el testigo Bernal Díaz del Castillo. Los caballos, sin embargo, marcaron una diferencia en el combate cuerpo a cuerpo. Aún cuando hubo cierto desorden español, los españoles se reagruparon y a “puras estocadas” volvieron a organizar su frente de batalla. Otro detalle fue que los mexicanos atacaban amontonados, lo que facilitó el trabajo de los escopeteros españoles, que hicieron un gran daño. Por si fuera poco, había rencillas en las filas de los mexicanos entre los capitanes Xicotenga y otro capitán que era hijo del jefe Chchimecatecle, que se negó a ofrendar la ayuda que aquél le demandaba, ordenando a la capitanía de Guaxolzingo a que no pelease. Por último, la estrategia de recoger cualquier cuerpo muerto o herido del campo de batalla y ponerlo a buen resguardo tampoco dio buenos resultados, pues distraían de sus labores a los soldados y descuidaban la batalla, aunque en efecto los españoles apenas vieron algún muerto. Todas estas circunstancias mermaron la moral de los guerreros tlaxcaltecas, “que ya peleaban de mala gana”, a decir de Bernal, que por su parte estaba herido en la cabeza a causa de una pedrada y del muslo por efecto de una flecha. Los tlaxcaltecas comenzaron a aflojar y, a la muerte de “un capitán muy principal”, comenzaron a retirarse del campo de batalla. Los españoles, cansados y heridos, los dejaron ir, cantando la victoria.

El saldo fue de sesenta españoles heridos y un muerto; ninguno de sus caballos salió indemne, todos fueron heridos, pero no hubo muertos. Se retiraron a su base de operaciones y sepultaron discreta y profundamente al soldado fallecido, pues la idea era que los mexicanos no supieran que eran mortales, “sino que creyesen que éramos teules, como ellos decían”, acota Bernal.

Después de la batalla de Tehuacingo Cortés armó una estrategia diplomática con los tlaxcaltecas, que fue bien recibida por los caciques de Tlaxcala. Ya se habían probado las armas, los dos ejércitos mostraron gallardía y determinación, pero era posible percibir que el “verdadero” enemigo de los españoles no eran precisamente los habitantes de Tlaxcala, sino los enemigos de éstos, los señores del gran poder que tenían su asiento en la mítica ciudad de Tenochtitlan. Ahora los españoles “rogaban” por la paz y ese mensaje pareció música en los oídos de Xicotenga, el gran jefe de los tlaxcaltecas.
“Les dijo otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe, y verdaderamente fueron muy bien declaradas, porque doña Marina y Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, estaban ya tan expertos en ello que se lo daban a entender muy bien.”

A partir de entonces se abren las negociaciones que terminarán en el ataque coordinado de los españoles y los tlaxcaltecas a la fortaleza de Tenochtitlan. Esta región volverá momentáneamente a los titulares de aquella guerra cuando muchos españoles huidos de alguna de las batallas contra los mexicas terminaron por aquí, con no muy buena fortuna. Pero eso ocurrió aquí cerquita, en los llanos de Libres, la otrora Tlaxocoapan, que posteriormente fue San Juan de los Llanos, hoy ciudad de Libres.7


Vida colonial

Zautla (Xonacatlan) estuvo encomendada a un conquistador portugués, Francisco de Oliveros, sucedido a su muerte en la década de 1550 por su hijo Martín, y más tarde por un nieto.8 El golpe humano y social puede advertirse en la fluctuación del número de habitantes que en tan solo unas décadas decae estrepitosamente. Si el número de “tributarios” en San Juan de los Llanos y haciendas vecinas era en 1570 de cinco mil, cincuenta años después, en 1626, se redujo a mil quinientas. El número de habitantes comienza a crecer a principios del siglo XVIII, aumentando progresivamente, para llegar al año de 1791 a 30 166 habitantes indígenas, puesto que la población “no india” se encontraba en general solamente en los llanos, en San Juan y las haciendas vecinas. En 1662 había 40 ó 50 vecinos españoles, y algo más de 300 familias no indias en 1743. El padrón  de 1791 registra 3 484 españoles, 4 649 mestizos y 165 mulatos.9

En 1600 Xonacatlan (Zautla) y San Miguel Huitzitzilapa (Tenextatiloyan) fueron elegidos como centros de congregación; Xonacatlan reaparece como pueblo con un nuevo nombre (Zautla) en el siglo XVIII, cuando se menciona a Cuyoaco y Tenextatiloyan como dos de sus cinco barrios. Queda hoy, como vestigio histórico del siglo XVI la iglesia parroquial dedicada al Señor Santiago, con su campanario de gran altura de arcos de medio punto y columnas corintias.10

Vida independiente

El advenimiento de la Independencia de México en las primeras décadas del siglo XIX, a diferencia de la conquista, no representa un cambio radical en la vida de regiones como la de San Miguel Tenextatiloyan. En 1831 con el impuesto del pulque sostienen una escuela; en 1861 Zautla todavía pertenece al antiguo distrito de San Juan de los Llanos, y en 1895 se constituye en municipio libre con una cabecera, el pueblo de Zautla, una junta auxiliar y 28 comunidades.11

La Ley Agraria de 1915 fue el acontecimiento más relevante para San Miguel Tenextatiloyan a principios del Siglo XX, pues restituye las tierras explotadas hasta entonces por tres haciendas al Ejido de San Miguel, remanente de las más antiguas instituciones que contribuye, hasta el día de hoy, a la riqueza cultural de su población. Se puede decir que esta ley le da una larga vida, pues le pone franco el acceso al banco de barro por la vía ejidal, aunque desde 1895 se había constituido como Junta Auxiliar del municipio de Zautla que nació aquel año.

La Ley Agraria del 6 de enero de 1915, emitida en Veracruz por Venustiano Carranza, pero redactada por Luis Cabrera, buscaba revertir la situación nacional en la que había 840 hacendados que poseían 97% de los terrenos cultivables; el resto se lo repartían entre las comunidades, 411 096 agricultores y más de 3 millones de jornaleros.
La propuesta legislativa de Cabrera, que a muchos pareció controvertida e incendiaria, se centraba en cinco artículos dirigidos a realizar la expropiación de terrenos a fin de restituirlos a los ejidos. Y ese fue el caso de San Miguel Tenextatiloyan.12


El ejido de San Miguel

La historia del ejido inició con la Revolución, efectivamente, aunque tardó algunos años en concretarse. El “Acta de posesión y deslinde” o, propiamente, de la Fundación del Ejido de San Miguel Tenextatiloyan, se firma el 8 de mayo de 1924 y entre sus fundadores se cuenta a Juan Zacarías, Guillermo Parra, Albino Pérez, Luciano Bonilla y Luis Vera. El Ejido de San Miguel se crea con la expropiación de tres haciendas porfirianas: Xilacahuata, en “la parte de arriba”, hacia Santa Cruz al suroeste, con 957 hectáreas; La Rosa, en la parte del frente a San Miguel, hacia Los Oyameles, al sureste, con 508 hectáreas y la hacienda de Mazapa, en la parte de abajo, al norte, con 535 hectáreas.13

La primera dotación de tierras se efectúa un mes después, el 18 de junio de 1924, cuando se entregan al ejido 2 011 hectáreas.14 Trece años después, durante el periodo cardenista, hubo necesidad de hacer un ajuste y se hace una segunda entrega, ahora de 100 hectáreas, el 16 de octubre de 1937.15

El Ejido de San Miguel Tenextatiloyan cuenta desde entonces con 2 111 hectáreas, distribuidas en cinco clases de posesión:

Parceladas                           1 615 hectáreas
De uso común                         335 hectáreas
Asentamientos humanos       62 hectáreas
Infraestructura                          66 hectáreas
Áreas especiales                        2 hectáreas

Respecto a la materia que nos ocupa, la alfarería, además de Las Minas, el ejido cuenta con otros dos cerros con abundante barro, y entre los tres hacen una superficie arcillosa total de 335 hectáreas, las de “uso común”.

En 1924 la jurisdicción parroquial de Zautla comprendía el pueblo de San Miguel Tenextatiloyan, las haciendas de Mazapa, Amajac y Tlaxcantla y 13 barrios.16 Nuestras referencias testimoniales comienzan aproximadamente en esta época, que hoy algunos ancianos de la comunidad pueden recordar. Ante la ausencia de documentos y de historiadores la tradición oral, con todo y sus arrebatos e imprecisiones, resulta ser la mejor herramienta para acercarse a los orígenes urbanos de esta antigua aldea donde se cocía cal desde tiempos inmemoriales. Un sitio con abundante barro de buena calidad del que no hay razón para dudar que se trata de un antiquísimo centro productor de alfarería, como lo prueba el hallazgo de cinco osamentas humanas muy antiguas rodeadas de vasijas precisamente en Las Minas, que es el cerro ejidal que surte de barro a San Miguel y los pueblos vecinos.


Tenex: cal

En ese tiempo, aquí en San Miguel Textatiloyan quemaban piedra de cal. “Tenex”, quiere decir cal; “Tate”, quemar. Entonces San Miguel no se dedicaba a la loza, uno que otro pero casi no. Había muchos quemadores de cal, hornos. Había uno por allá hacia Zautla, aquí a la vuelta de la carretera había otro, arriba hay otros dos hornos; en Huitzitzilapa otros hornos. Por eso eran como cinco hornos, de aquí salían a vender esa cal. La quemaban con leña, se quema la piedra y de así sacan la cal, que sale en terrón; ya después la muelen y hacen la cal. Se va abriendo y ya, si le echan agua, con más razón. Después ya dejaron la cal, cuando pusieron una fábrica de cal en Teziutlán dejaron de hacerla aquí. (Ex presidente Auxiliar Juvencio Ramírez)

Como sea, la memoria de nuestros ancianos no da para precisiones científicas ni mucho menos, la mayoría de los recuerdos de principios del siglo XX son difusos, enredados y hasta contradictorios. Lo que está claro es que San Miguel Tenextatiloyan era una aldea, un caserío relativamente anárquico y así permaneció hasta fecha relativamente reciente, los años sesenta. Las casas de tejamanil y lodo, el idioma náhuatl. Ahí fueron llegando forasteros de pueblos vecinos, acomodándose en las numerosas cañadas que separaban a las chozas, arriba de un barranco, al lado de una loma. Así van desgranándose también estos recuerdos de lo que oyeron aquellos niños que ahora son ancianos sobre sus abuelos, sus bisabuelos, sobre su querido pueblo.

San Miguel, centenario

Yo vivo tranquilo en este pueblo, tiene más de 150 años que se formó, según la leyenda de nuestros antepasados, por eso aquí tenemos una calle en San Miguel que se llama la calle del Centenario, le han hecho fiesta a esa calle porque tiene más de cien años. A lo mejor no lo crean, pero cuando yo nací en San Miguel habrían cuarenta, cincuenta casas, que eran casas de techo de tejamanil, madera de ocote, con muros de tierra, que le decíamos tapias de tierra. A hoy en día las casas de San Miguel todas son de material, que a hoy le decimos tabicón o bloc, ya no llevan horcones de madera, ya llevan pilares de concreto con varilla. Por lo mismo yo vivo contento, agradecido, porque San Miguel es un pueblo fuerte, que tiene sus minerales, un pueblo que está rodeado por cerros, con piedra, un pueblo fuerte, seguro y macizo, porque a quince kilómetros hacia el norte, la tierra es débil, cuando se viene un contratiempo de lluvia, ciclones, se parten por mitad los cerros, y se lavan, y se han ido pueblos enteros, y da tristeza escuchar eso, porque allá por 1988 por a´i, a lo mejor hayan escuchado que en Teziutlán su panteón estaba en un cerro, y cómo es que los muertes quedaron abajo, y los vivos también se desaparecieron, se desgajó el cerro y se llevó vivos y muertos. (Alfarero Fortino Alcántara)*

Patriarcas

San Miguel era una colonia hasta que en 1877 le dieron su categoría de Junta Auxiliar.

Su sistema de gobierno era con patriarcas, con un señor que se apellidaba Pérez, que andaba organizando y colectando para la escuela. (Ex presidente Auxiliar Juvencio Ramírez)


San Miguel Tenextatiloyan en 1900

Mi padre vino de antes, para haber conquistado aquí, para haber llegado al pueblo; una bisabuela para ganarse la simpatía de los de San Miguel, se metió según de curandera, con yerbas y todo eso. Y así le hizo, curaba que de empacho, que de esto y aquello. Entonces todos eran de calzón y huaraches y así fue como se introdujeron al pueblo. Los Ramírez somos de aquí del Cerrillo, que ahora es Plan de Guadalupe, mi abuelo vino de allá y aquí conoció a la abuela y empezaron a vivir ahí, pusieron una carnicería, un changarrito y aquí se enamoró de una de los Villegas, una familia que vino de Jalacingo. Y aquí se conocieron y se casaron. Y se quedaron, mi papá nació aquí y mi madrecita fue nativa de aquí de San Miguel. Ella me contaba que en 1910, cuando la Revolución, mucha gente se tuvo que ir por Rosa de Castilla y fundaron allá una población, huyeron por lo mismo de la Revolución y allá se quedaron a vivir. (Ex presidente Auxiliar Juvencio Ramírez)

Una cosa está clara en los recuerdos de estos habitantes: que en definitiva han mejorado sus condiciones de vida con respecto a sus ancestros. Los recuerdos del hambre infinita solo son recuerdos, vívidos y angustiantes como toda emergencia, pero recuerdos al fin. El hambre sacudió las entrañas de aquellos habitantes postrevolucionarios, dejó los remanentes de un sabor inolvidable que todavía se puede paladear en la memoria. Solo su profunda raigambre campesina y su pundonor vital los pudo salvar de sucumbir a las sequías y crisis económicas que asolaron a San Miguel en aquellos años aciagos.

“Miáhuatl”, eso sí no me gustó

Hacían tortillas los de Zautla, todavía de sus ranchos, compraba mucha cebada y de aquí íbamos para allá; lo sabían preparar, le quitaban la cascarita y hacían tortillas. Yo comí tortillas pero de manzana, maíz revuelto con la manzanita, lo allanaban con el metate. Eso sí me gustó, lo que no me gustó fue el “miáhuatl”, que sale de la milpa, eso sí no me gustó; me gustó la manzana porque es dulce, sabía bien. ¡Ah, sí! Con eso ya. Había hambre, hubo un tiempo primero en Huitzitzilapa, luego aquí. Yo sé sacar la raíz del zacatón y sé limpiar, porque a mí me tocó llevar allá a vender un manojito. Íbamos y rascábamos la mata del zacatón con un palo grande, y sale ya la raíz, luego aquí en el patio la azotábamos con una varita delgadita, luego lo limpiábamos y me iba saliendo limpio. Se hacían manojitos para ir a vender. Se lo llevaban en tren, quién sabe a dónde lo mandaban, pero lo subían a un carro del tren. Un rico en Chilapa era el que tenía maicito y nos lo cambiaban por la raíz del zacatón. (Brígido Allende de 97 años)

Hambre de antes

Hubo una época de hambre, de escasez de alimentos. Me contaban mis papás que tenían que salir muy lejos a vender su loza; imagínese, caminando a pie hasta Toziapan, por Cuetzalan para abajo, cargando loza, caminando. Hasta por allá, más aparte sus papás de ellos sufrieron más, porque acá habían casas muy aisladas, por aquí y por allá. Gente, por ejemplo, ya más grande, los abuelitos se puede decir, los más abuelitos son los que cuentan por dónde se iban caminando para ir a traer, en aquel tiempo, cincuenta centavos de ganancia. Imagínese cómo sufría la gente, bastante. Ahorita no, porque ya a través de todos los medios ya tenemos de todo. (Comerciante Irma Ruiz Ruiz)

La gran necesidad

Mi mamá iba a vender también fuera, allá por Tehuacán, y por este lado, acá por Cuetzalan. Me dejaba encerrado; me quedaba yo gritando, ella se iba con su tercio cargando, con su mecapal en la cabeza, y a´i va, hasta Cuetzalan. A las cuatro, cinco de la mañana ya estaba caminando, pa`volver a regresar a esas horas, media noche viene llegando. Seis horas de camino, para ir a buscar qué comer. (Alfarero Fortino Alcántara)

Muy pobre

Antes el pueblo sí era muy pobre, no había trabajo, toda la gente de San Miguel por lo regular se iban en cuadrilla a los cortes de caña y todo eso. La loza vino a salvar un poco el hambre, porque yo sí recuerdo que me tocó comer la tortilla de mazorca, unas papitas, así nomás; me tocó comer las tortillas de cebada con nixtamal, un poquito de maíz con dos puños de cebada y a comerlo, pues. Se molía la masa con la papa y así se hacían las tortillitas. Se sembraba maíz, cebada y haba; se daba el alberjón, trigo y la lenteja. Ahora ya no hay lenteja, ahora es pura loza y maíz. (Ex presidente Auxiliar Juvencio Ramírez)

Sembraba haba y cebada

Bendito Dios, aquí yo serví de regidor, luego serví de comisariado, trabajé de agente, trabajé en las oficinas. Sí. Para la luz anduve ahí, cargando los postes. Yo fui comisariado ejidal, ya no me acuerdo cuándo, ya tiene rato que pasé ese cargo. Tengo 97 años y gracias a Dios vivo todavía. Yo me dediqué al campo, tenía yo mi yunta, dormía yo en la noche y aclarando en la mañana… sembraba haba, cebada. (Vecino Brígido Allende)

Pueblo celoso

Yo soy de 1929, entonces ya me acuerdo más o menos. Ya de ahí me fui a la escuela en Tezuitlán, en el internado indígena, donde estuve en el internado desde que salí de sexto año. El pueblo era un pueblo celoso y no quería que vinieran de fuera a radicar aquí, a vivir aquí. ¿Cómo se ganaron la voluntad de los paisanos?, pues vendiéndoles espejitos, los cordones, los listones. Nemesio Ramírez, Felipe Pérez, otro que se apellidaba Miranda, llegaron a vivir a San Miguel, así fue como fueron entrando. Otro señor puso una carnicería, traía reses y las mataba. (Ex presidente Auxiliar Juvencio Ramírez)

Los años treinta trajeron aires gratificantes a los pobladores de San Miguel Tenextatiloyan, suerte geográfica, fortuna política, progreso nacional, nadie puede afirmarlo con certeza. Un día llegó un hombre con visión y comenzó por darles apellido a sus habitantes, pues ni eso tenían. Con el modelo patronímico, se usó la arraigada institución del compadrazgo para otorgar un apellido tomado del nombre de los padrinos a aquellos niños que ostentaban sólo un nombre de pila.

Los padrinos

Como por 1932 llegó un maestro de Chapulco, es el que vino a poner los apellidos aquí, pues aquí los habitantes no tenían apellido, llevaban el apellido de los padrinos, yo era Miguel, Juvencio Miguel, por don Miguel Esteban, que era mi padrino. Los padrinos eran los que lo bautizaban a uno, y entonces le ponían al ahijado su nombre, pasaba a tener el apellido del padrino, así era antes. Por eso había José Miguel, José Juan, sin apellido; entonces ya, ese maestro fue el que vino a poner los apellidos. Antes era bonito porque al padrino se le respetaba, se le daba de comer, se le daban sus pollitos, era muy bonito. Lo mismo el compadre, el padrino tenía que llevar su regalito, un paliacate, un sombrero o una camisa, y el niño ni hablar, vestido de la cabeza hasta los pies, y el padrino era el que pagaba. Y el casero le daba sus animalitos, bailaban y le hacían su fiesta. Y entonces ese maestro fue el que vino a poner los apellidos. (Ex presidente Auxiliar Juvencio Ramírez)

Pasaron varios años todavía para que Tenextatiloyan asumiera un papel estelar municipal que, sin embargo, ya prometía. Por el momento cada acto de la vida cotidiana, como lavar la ropa, procurarse el agua vital para la casa o visitar amistades eran eventos de suma dificultad. Los alfareros de estos años hacían comales, de acuerdo a ciertos recuerdos, todavía no era el momento de las tradicionales ollas que ahora vemos.

Lavar en Acuaco

Cuando no había maíz, no me tocó, le tocó a mi esposo. Yo viví aquí toda mi vida, antes era pura vereda, muy mal, esta calle no estaba, la única calle que había era esta otra, nada más. Si uno visitaba a alguien era pura vereda, ya ahorita, cuando pasó de presidente mi esposo, ya se abrieron las calles. Yo de que me acuerdo había pocas casas, ya le digo a usted, pura vereda, no había agua, la íbamos a traer hasta allá atrás del cerro, a lavar hasta atrás del cerro. Y cuando se acababa el agua pasábamos al otro pocito. Y venir cargando con el chiquihuite y la batea. Ahí venimos pujando. Una vida dura. Y ya después, según ya era más cómodo. Ya íbamos aquí a Acuaco a lavar, pero era muy cansado porque entonces trabajaban los servicios, que eran “cocoleros”, que les decíamos, teníamos que subir rápido con la bolsa de ropa para ir a Acuaco, a veces se nos olvidaba la bolsa y había que ir de nuevo, je je. En Acuaco no se acababa el agua, porque era más grande el pozo que el de acá, a donde nos íbamos de aquí cargando y luego se acababa el agua, pues ahí veníamos. En Acuaco, como a veinte minutos de bajada; no, lo duro era de regreso. El cerro estaba más cerca, pero subir cargado era muy pesado. Los que tenían burro bien, pero los que no, pues no. Tendrá como cuarenta años, salió mi esposo (de la presidencia auxiliar en 1963) y como al año tuvimos agua, porque él apoyó para que hubiera agua, porque ahí nomás se estaban haciendo patos, con perdón de usted. (Comerciante Cirila Esteban Méndez)

Las calles eran barrancas

Aquí, el casco del pueblo todo es propiedad privada, ya para arriba es ejido. El ejido es el que da el barro para las cazuelas. Mi abuelita trabajaba el comal, ya después cuando encontraron el barro en San Miguel se pusieron a traer el material, ya con camionetas.
Antes las calles fueron barrancas y veredas, yo estuve ahí, con un presidente, Nemesio Ramírez empezó a echarle tierra a las calles, que eran de pura piedra. Ya después fue Enrique Iglesias, ya cuando adoquinaron. Yo corté esa calle de aquí hasta el cerro, desbrozarla, yo las corté. (Brígido Allende de 97 años)

Era otra vida

Todo estaba muy mal, sin agua, sin luz, sin calles, sin nada. Un lugar cerrado, de plano. No había ni, cómo le diré, no estudiaba la gente, quien quería estudiar estudiaba solo y el que no ahí se quedaba. A como yo, porque yo aunque tantitito empecé a conocer un número o letra, gracias a mi esposo. Ya él fue el que me dio la instrucción, y es como yo empecé a leer. Donde le digo a usted que yo ni hablaba castellano. Sí, medio entendía, pero ya para platicar no. Cuando me casé nomás hablaba náhuatl, pero mi esposo me enseñó a hablar, a escribir. Yo quería estudiar, pero mi papá no me dejó. Oía que en Teziutlán estaban llamando chamacos para estudiar. Le dije yo a mi papá: papacito, me voy a Teziutlán, voy a estudiar. “No no, mi hija, siéntate a trabajar en el metate a hacer tortillas”. No, pero yo quiero ser maestra papá. “No, enséñate a hacer tortillas”.  Ya, qué me quedaba. Ya no. Pero gracias a Dios, aunque sea cerrada y todo, ya que empecé a estar de novia, le dije a mi esposo: me vas a pedir pero bien pedida, si no no. Salí bien casada, gracias a Dios, y ya él me empezó a enseñar: “no, mira, esto y lo otro”. Tuvimos cinco hijos. Otra cosa, ya con otra vida. Uno anda en Querétaro, es teniente, el otro está en Mazatlán y otro está aquí. Y mi hija está en Zaragoza. Gracias a Dios ahí fuimos saliendo, nos fue sacando mi esposo, porque yo… Y luego, cómo le diré, el negocio, porque ahí se entrena uno, ¡abre uno los ojos!, ahí se enseña uno más, conoce gente y todo. (Comerciante Cirila Esteban Méndez)


Notas

1) Enciclopedia de los Municipios de México: Zautla, Puebla. Y Édgar Ramírez, curador de la muestra: Veracruz: antiguas culturas del Golfo,  nota de La Jornada de Oriente, 4 de enero de 2012.
2) Gerhard, Peter, Geografía histórica de la Nueva España 1519-1821, UNAM, 1986, pp. 234-262
3) Ibid
4) Cortés, Hernán, Segunda Carta de Relación, 30 de octubre de 1520, p. 11
5) Cortés, Ibid.
6) Universidad Veracruzana, La cerámica del centro del país, en
      http://www.uv.mx/popularte/esp/scriptphp.php?sid=658
7) Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, capítulos XXV y XVIII, dominio público
8) Icaza, I, Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556) p. 47; L de T, p. 609
9) Gerhard, Peter, Geografía Histórica de la Nueva España 1519-1821, UNAM, 1986, pp. 234-262
10) Evodio Aguilar Cabildo, Resumen histórico y geográfico de Pinahuizapan, Zautla, Puebla, México, 2003, pp. 62-63 del Inventario del Archivo Parroquial del Arzobispado de Puebla, Santiago Apóstol Zautla, Puebla.
11) Gerhard, Peter, Geografía Histórica de la Nueva España 1519-1821, UNAM, 1986, pp. 234-262
12) La Ley Agraria del 6 de enero de 1915, Héctor L. Zarauz López, en
http://www.terra.com.mx/articulo.aspx?articuloid=900555
13) Acta de posesión y deslinde o de Fundación del Ejido de San Miguel
Tenextatiloyan, del 8 de mayo de 1924. Archivo del Ejido de San Miguel.
14) Acta de primera dotación de tierras, 2011 hectáreas, el 18 de junio de 1924. Archivo del Ejido de San Miguel.
15) Acta de posesión y deslinde, segunda entrega de 100 hectáreas, el 16 de Octubre de 1937. Archivo del Ejido de San Miguel.
16) Evodio Aguilar Cabildo, Resumen histórico y geográfico de Pinahuizapan, Zautla, Puebla, México, 2003, pp. 62-63 del Inventario del Archivo Parroquial del Arzobispado de Puebla, Santiago Apóstol Zautla, Puebla.

.

No hay comentarios:

Publicar un comentario