sábado, 10 de noviembre de 2018

Es muy poco común que te digan mamá


No son visibles como los internacionales que saltan el muro, no transitan por desiertos en frías madrugadas, no hacen marchas fabulosas bajo la atención del mundo, pero también son migrantes, también son pobres. Tanto, que no pueden dejar a sus familias en el pueblo, a qué, por eso viajan con ellas. Estos migrantes tampoco hacen nada en la penumbra, son documentados, a veces viajan en autobús, frecuentemente en las bateas de vehículos diversos, cientos y hasta miles de kilómetros en busca de trabajo. Son los jornaleros temporales que habitan unos meses los enormes campos de monocultivo en Zacatecas, Sonora, Chihuahua o Coahuila: ajo, cebolla, sandías; o uva y nogal, como en el caso del ejido La Habana, costa de Hermosillo, Sonora, a donde fui a encontrarme con la profesora Aída de Hoyos Oros, que imparte clases a un grupo multigrado de la escuela primaria Venustiano Carranza. ¿Quiénes son esos niños? Son los hijos de aquellos jornaleros migrantes que traen a sus familias a la cosecha anual. Es septiembre de 2012.

La maestra Aída es licenciada en educación por la Universidad Pedagógica Nacional, UPN, en Sonora, donde recibió las herramientas para enfrentar uno de los más grandes retos de esta singular educación, de nombre Pronim, que es aprender a convivir con diferentes niños provenientes de todas las regiones de la república mexicana.



Platíqueme más de esos retos, profesora.

Uno de los principales es que tenemos que empaparnos de toda su cultura, de sus tradiciones, de su valores también; ese es uno de los principales retos en cuanto a lo multicultural; y en lo pedagógico también, siendo maestra de un grupo multigrado, porque te enfrentas no a un grupo en particular, sino a varios grupos; ahorita estoy dando de tercero a sexto grado, doy los cuatro grados. Entonces es muy difícil, es muy complicado, es planear para los cuatro grados. Esos son los retos que tenemos en lo particular.

¿De dónde vienen estas familias, maestra?

En el caso de aquí, en el ejido de La Habana, son niños que provienen principalmente del estado de Oaxaca, pero por lo general ya están establecidos en el ejido, ya se establecieron aquí; los padres de mis alumnos trabajan principalmente en las camaroneras o en los campo agrícolas de uva –principalmente de jornaleros–, en todo lo que es el camarón, ahorita estamos en la época. Entonces, los padres trabajan hasta doce, trece, catorce horas. Ahorita, aquí en la costa de Hermosillo, particularmente la vid, la uva, y también en una menor proporción lo que es la nuez, también lo que es el nogal. También hay cítricos, pero más que nada es la uva y el nogal.

Platíqueme de su trabajo, licenciada.

Nos falta infraestructura, como se puede dar cuenta no contamos con cancha. No contamos con un espacio donde los niños puedan llevar a cabo sus actividades recreativas, tenemos que hacerlo al aire libre y en la tierra. No tenemos cancha ni lo que es el material deportivo. Y en las aulas, pues tenemos que adecuarnos a lo que hay, en lo pedagógico también. En Pronim Sonora sí se ha trabajado mucho, yo tengo en el programa un año y medio apenas, pero se ha venido trabajando desde hace años, pero yo considero que hacen falta muchas cosas, falta mucho camino por recorrer. En lo pedagógico sí se nos apoya y se nos exige, se nos exige mucho, como si fuéramos maestros de una escuela regular; aunque somos de otro programa se nos exige muchísimo. A mí me parece bien, porque nos están dando las herramientas para ser unas buenas profesoras, en ese aspecto sí, pero hay otras cosas que se están dejando de lado, como el equipamiento. Ahorita tenemos un programa que es el de Escuelas de calidad que sirve para transformar las instituciones, pero desgraciadamente esos recursos nos llegan a nosotros a lo último, se ejerce el recurso después de que se termina el ciclo escolar. Muchas veces tenemos que aportar de nuestra bolsa. Como lo comentaba el maestro, fuera del salario no tenemos prestaciones, no tenemos aguinaldo, no tenemos prima vacacional, no tenemos ningún tipo de beneficio, ni servicio médico.

Desgraciadamente, en los campos agrícolas no nos permiten construir, entonces el programa de Escuelas de calidad no puede entrar ahí más que para hacer adquisición de computadoras, de equipos, pero no puedes hacer una construcción, pudiendo tener tus baños, tu aula, tu laboratorio, tu centro de cómputo; no puedes porque es una propiedad privada. Y aquí la mayoría son dueños extranjeros, entonces pues ahí también entra lo que es la mentalidad; la mayoría de los dueños son estadounidenses, entonces ahí entran otros intereses, políticos y no sé, mejor de eso no hablamos.

Siento que hay aquí un compromiso personal muy fuerte de parte de ustedes, profesora.

No sé qué sea, pero tiene algo que absorbe, te absorbe, te jala; te enamoras del programa, te enamoras de los niños y te pones la camiseta. Y hay veces que por más que te la quieras quitar, aunque haya tantas necesidades, no puedes, es algo que no está en uno. No tengo palabras yo para decir por qué, yo considero que puedo estar en otra parte y que puedo ganar más, pero no sé, no hay una explicación. Lo que pasa es que mientras queden esos pequeños… como le diré, baches, esas pequeñas cositas que se tienen que subsanar; hay mucha migración por parte de los maestros, porque van y vienen, como los niños, los maestros también. Entonces esa es una de las dificultades o, pienso yo, debilidades que tiene el programa, porque no tiene previamente establecida a su base de maestros. Estamos cambiando igual que los niños, porque ahorita es una escuela, y en tres meses puede no haber escuela.

Lo que veo es que ustedes hacen de todo; usted, por ejemplo, además de tener cuatro grupos, se esmera mucho por entenderlos.

Yo pienso que cumplimos muchos roles, o sea, los maestros aquí y en particular las mujeres, suplimos esa parte que está un poco ausente en la vida de los niños, entonces yo pienso que llenamos un poquito ese vacío que ellos tienen, esa necesidad de afecto, de cariño, de amor, de reconocimiento. O simplemente de un gesto, una mirada, una palabra, una palmada. Yo pienso que eso es lo que te ata. Como mujer, pues uno siempre va a ser más sensible a las necesidades de estos niños y pienso que es lo que a mí me mantiene aquí todavía. También el poder saber o que te digan: “es mi maestra, yo no sabía leer y ella me enseñó a leer; ella me enseñó o ella me compartió lo poquito que tenía”, porque ellos saben cómo vivimos nosotros también, convivimos con ellos, comemos con ellos, aprendemos de su cultura, de su comida, de todo, entonces llega un momento en que eres parte de su familia. Es muy difícil abandonar esto. Yo he trabajado en escuelas regulares, pero no es igual, es muy poco común que te digan mamá, pero aquí te dicen mamá. Y en su casa o en sus cuartos, donde ellos viven a sus mamás, les dicen a ellas maestras. Entonces es algo muy bonito, yo creo que esa es la satisfacción y ese es el motivo por el que yo sigo aquí.

¿Qué cambiaría si pudiera?

Quisiera ser el rey Midas y poder cambiarles un poquito la mentalidad a los papás. Estamos en unos tiempos muy difíciles y las mamás tienen que trabajar, entonces yo quisiera que hubiera mejores sueldos en sus trabajos; es el gobierno, son las instituciones, yo cambiaría todo, pero no puedo. No puedo cambiarlo. Entonces, mientras esos niños tengan necesidad de cariño, como la mamá tiene que salir a buscar el pan de cada día, las cosas no van a cambiar. La familia educa, nosotros nomás enseñamos, nosotros tratamos de transmitirles conocimientos a los niños, pero si los padres no están con nosotros, no podemos llegar a ningún lado, solas no podemos. Que no sea un programa que nomás esté por llenar un hueco, un vacío. No. O sea, que tengamos la misma importancia que un maestro de una escuela pública regular, porque sí somos maestros.

Muchas gracias, maestra.




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