domingo, 24 de febrero de 2013

Una familia Ñuu savi



La breve serie de entregas sobre Tlacoachistlahuaca, Guerrero, termina hoy con una historia feliz, contrastante con las dos anteriores. Me la contó el profesor Jesús Adán Méndez Gastélum, asesor escolar de diez escuelas en la región costa de Hermosillo, Pesqueira y Carbó, Sonora, en medio de una nube de moscas y un calor infernal de 42 grados centígrados.

Es la historia de una familia de la zona norte de Tlacoachistlahuaca, la región mixteca de la que he hablado antes, que terminó en los campos de cultivo de Sonora bajo el resguardo autoritario de un abuelo que hacía funcionar a la familia como clan. Pero algo ocurrió, una feliz coincidencia de varios hechos que el maestro Méndez Gastélum me platicó a detalle:
Había una familia muy numerosa, era un patriarcado en esa familia, el abuelo se hacía cargo de todo, de todo; del sustento familiar, del equilibrio emocional y de la estructura familiar; él era juez, él era todo ahí. Juan Ponce se llamaba el señor y provenían todos de un municipio de guerrerense llamado Tlacoachistlahuaca. Eran mixtecos. Nunca se me van a olvidar.

Los días de raya él se presentaba en ventanilla y exigía el pago de todos sus hijos y de todas sus nueras que habían estado trabajando, entonces él administraba económicamente y el día sábado salían a comprar la despensa de toda la familia. Llenaba una camioneta de materiales y de alimentos y el mismo sábado en la tarde preparaban una comida grande, carne, huesos, una comida típica de por allá de su tierra. Rentaba un taxi e iban por eso. Todos los sábados eran día de fiesta para ellos, porque era una alegría grande, un premio después de tantas jornadas de trabajo de toda la semana, porque la gente viene a gozar de un rayito de sol y a ganar dinero. Entonces me sorprendió la economía que tenían, porque lograban mantener cierto nivel, guardaban su dinero y tenían lo suficiente para subsistir; no ambicionaban lujos de ningún tipo, no se compraban ropa cada ratito, pero comían bien. Había cierta conformidad de todos, menos de tres niñas que estudiaban con nosotros. Las niñas no se mostraban conformes, porque en la escuela se dieron cuenta de que hay otras formas de vivir, hay otras formas de pensar; una maestra que compartía un grupo conmigo les fue inculcando ideas más modernas, las niñas se dieron cuenta de que tienen derecho a disfrutar de lo que ganan, y que si necesitaban algo también tenían derecho a exigirlo. Las tres niñas aprendieron a hablar español en mi grupo, pero eso fue lo interesante de ellas, que lo hicieron en forma de un intercambio. No hablaban casi en el grupo, pero cuando les propuse que me enseñaran ellas su idioma y yo les enseñaba el español, ellas se mostraron muy interesadas. Les pareció correcto, un buen trato. Y lo hicieron muy bien, aprendieron. Yo no puedo decir lo mismo, porque tenía entrelazados otros idiomas, entonces me era difícil aprender todos, pero sí las instrucciones básicas, las sabía comunicar. Me comunicaba con ellas y me ayudaba con el diccionario. Ya, después, para las niñas no fue suficiente el español, ellas querían aprender inglés también. Y ahí entra el compromiso de uno ¿no?, porque, pues, había que investigar también.

La mayoría de estos niños, hijos de los migrantes que circulan por los campos de cultivo de nuestro país, son muy inteligentes, pero lo que tienen ellos es una gran facilidad de adaptación, a donde vayan se adaptan rápidamente por la misma migración, han estado en tantos lugares que han aprendido a adaptarse, a incluirse ahí dentro del contexto. No quedan ya relegados como en años anteriores, se agregan  a la comunidad, el hecho de poder hablar ya en español les abre las puertas. Antes no era así, cuando yo inicié era muy frecuente ver a muchos niños que solamente hablaban lengua indígena, ahorita la mayoría desarrolló la habilidad de comunicarse en su lengua originaria, aparte en español y otros en inglés. 

Las niñas que le comento, a estas alturas ya tienen 18, 19 años, ya hablan inglés también y cruzan la frontera, van y vienen, nos visitan donde estemos, van y nos buscan y nos comentan sus anécdotas de por allá. Esas niñas, gracias al desarrollo que tuvieron en la escuela, a la visión que lograron ampliar, evitaron ser parte de esa tradición, muy de allá de Guerrero, en  la que venden a las hijas. De hecho ellas ya estaban negociadas, ya estaban tratadas, pero un día sucedió algo muy especial que le abrió los ojos al abuelo y dijo: “no, yo no vendo a mis hijas, no vendo a mis nietas”. 

Un día, uno de sus nietos andaba jugando arriba de un esquite, se tira para bajarse y cae de rodillas, se levanta y se va. En la tarde-noche al niño se le empieza a inflamar la rodilla, lo llevan al hospital al día siguiente, allá en el hospital no hallaban qué había sucedido, le hacían radiografías, le buscaban por una parte y por otra y no hallaban la enfermedad, fue hasta que ya le hicieron estudios más profundos que encontraron una pequeña espina en el cartílago de la rodilla; el detalle era que no sabía cómo hacerle saber esto a los familiares, los doctores tenían la idea de amputarle la pierna al niño. La mamá era indígena, no hablaba español, el abuelo hablaba muy poquito el español, fue ahí donde entró en funcionamiento lo aprendido en la escuela, las niñas se convirtieron en el principal intérprete entre el doctor, el abuelo y la mamá. Después el doctor dijo: yo ya no quiero hablar ni con la mamá ni con el abuelo, con ustedes. Entonces ellas se encargaban de la receta, de darle la dosis de medicina, y ya cositas que no entendían me involucraban a mí, como maestro, para saberlo. Entonces eso le abrió la mente al señor y dijo: “no, mis hijas valen mucho más, no las vendo, valen tanto que no las vendo”. Y eso a mí me dio muchísimo gusto y a  las niñas también, porque de ahí en adelante se les dio otro trato, se dio un estrato más alto para ellas, uno que quizás no se les dio ni a sus hermanitos y sus hermanos mayores, que ya las miraban con respeto, como quien mira un licenciado que va cruzando una calle, así las miraban y a partir de entonces ellas tenían voz y voto en la familia, estaban a la altura del abuelo y ellas se encargaban ahora de la despensa, de hacer la ración; lo que uno les explicaba en la escuela lo estaban aplicando ya en la familia, ellas hacían el presupuesto, decían cuánto iban a gastar, decían cuándo iban a rayar y cuánto les iba a quedar. Lo sorprendente de esa familia es que tenían un autocontrol, no exageraban en los gastos y siempre tenían una manera de ahorrar, una reserva. En una ocasión uno de los hijos se enfermó, se le cerró la garganta, se asfixió y murió. El señor no quiso sepultarlo aquí en Sonora, que murió en el hospital general de allá de Hermosillo; buscó la manera, le ayudé para que lo subiera a un avión y así lo trasladó y fue a sepultarlo allá a Guerrero. 

Pero las niñas, a partir de entonces, fueron otra cosa.

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