jueves, 18 de agosto de 2016

De lo perdido lo que aparezca

A su agraciado conocimiento sobre las pulquerías y la mitológica bebida de los mesoamericanos, don Juan López Cervantes pasó en su relato al activismo urbano desde una organización que ayudó a fundar llamada la Unión de Barrios. Una preocupación de vecinos que remonta la historia, la política, el arte y la arquitectura. Acababa el gobierno de Manuel Bartlett al estado de Puebla y comenzaba el de Mario Marín; también terminaba un siglo, el de la transformación de esta ciudad cuatro veces centenaria.


Centro de Convenciones de Puebla

Las pulquerías tenían vitrales, emplomados, pero hasta eso se ha estado perdiendo. Ahora todo eso ya se perdió con la modernidad, todo recto, todo cuadrado, como cajón y sin ninguna gracia, ningún arte, eso ya se perdió. Eso fue una pérdida para nuestro pueblo porque, los pueblos indígenas… nada tengo contra los españoles, porque después de todo somos una fusión de las dos razas y todos cooperamos con nuestras respectivas cosas y enriquecieron una cultura que no existía en España. Por eso Puebla es tan extraordinaria. No es española, y los que dicen que es española, mienten. No es española, nuestra ciudad es especial, es mestiza, donde se fusionan las dos culturas. Y eso lo vemos hasta en las iglesias, donde vemos angelitos con facciones indígenas y eso forma parte de la gente que vivió acá.  Ahora se ha venido sabiendo que Puebla no era un terreno baldío, como nos enseñaron. Hubo aquí asentamientos que dejaron cultura. Y claro, una cultura hasta cierto punto inferior porque los españoles trajeron el uso de la pólvora, el fierro, la rueda, que nosotros no conocíamos. De eso sí estoy consciente que vino de allende de los mares, pero también nosotros  pusimos nuestro granito de arena para ser lo que ahora somos. Yo, verdaderamente, ahora que ya soy viejo, siento tristeza cuando veo que están derrumbando una casa. Como ahorita allá en Analco donde están, según ellos, remodelando casas. Están tirando lo de adentro y nomás el puro cascarón están dejando afuera. Verdaderamente, no sé, yo entiendo que las gentes que cuidan de nuestro acervo cultural, monumental, pues otorgan con muchas facilidades las licencias para que se hagan las obras. Antiguamente había un señor Castro, que era del INAH, y para el que quisiera abrir una ventanita o abrir más ancha una puerta de una casa antigua, tenía que llevar un bosquejo, un dibujo donde constara lo que iba  a hacer, la fisionomía, el entorno de lo que iban a hacer; ahora, nomás vea usted, ahorita precisamente hay una casa muy bonita en la calle del Callejón del Muerto, ahí en la 12 Sur, esa casa es histórica porque es del siglo XVII, hay una urna con una cruz de piedra. Ahí tiene el letrero del INAH, pero por lo menos, lo que debían hacer es decirle al barrio: “saben qué, van a remodelar esto, le van a hacer esto y aquello”, pero sólo ellos saben. Y eso, pues, no se vale. Pierde el sentido todo. La  mancha urbana se está comiendo a lo que es monumental.

Soy presidente de la Unión de Barrios. Nomás que, mire usted. Tiene uno que ser honesto. Nuestra organización fue contestataria, era de mucho empuje porque se prestaban las circunstancias, cuando fue lo del Megaproyecto. Ahora las estrategias ya cambiaron, ahora tenemos que dedicarnos más al fondo, de ir cuidado lo poco que nos queda, y entonces ahí es donde nosotros enfocamos nuestros esfuerzos.


Por ejemplo, en Analco tenemos un horno moderno, bueno, entre comillas, no es tecnología de punta, pero ya no es de leña, o tenemos de los dos: de gas y de leña. Ahora estamos comenzando a trabajar barnices que no contengan greta, o sea plomo, porque usted sabe que uno de los motivos por el que las puertas de Estados Unidos se cerraron a la alfarería de México, fue precisamente el plomo que contenía el decorado de las cazuelas, de las vasijas, de las ollas. Si por eso fuera ya tendríamos cáncer todos los mexicanos. ¡Toda la vida! Cuando destruyeron ahí en el Estanque de los Pescaditos y sacaron los hornos, encontraron muchos cacharros que tenían decoraciones de plomo, y son del siglo antepasado. Pero bueno, como los gringos están hechos de azúcar, no pueden comer con eso porque les da cáncer. Entonces nosotros tenemos que ir viendo y adaptando poco a poco a las circunstancias. Imagine que es una industria que tiene cientos de años en la calle de Carrillo en (el barrio de) la Luz, que fue el centro alfarero más grande del país. Inclusive  se exportaban a Manila los jarros y las cazuelas que se hacían allí. Todo eso se está perdiendo. Pero nosotros, queriendo preservar eso, queremos adaptarnos al medio. Por eso estamos y trabajando en lograr una alfarería que no tenga plomo. Afortunadamente ya en México se produce un barniz transparente, con mucha calidad, que aguanta la cocción y que no contiene plomo. Hay algunas instituciones universitarias que están trabajando muy fuerte en ese aspecto, una de ellas es la UAM Xochimilco, la Metropolitana en México y también la de Azcapotzalco, están trabajando en sus laboratorios y se está logrando algo.

Después de cinco años que vamos a cumplir trabajando en el horno, pues ya le encontramos sus mañas, como decimos entre nosotros. Ya sabemos qué es bueno para el horno y qué no es bueno. Ahora sí puedo decir con toda certeza que se puede hacer en un día lo que antes llevaba ocho días. Y lo que dijeron los que nos hicieron el horno, de que podíamos quemar hasta tres veces al día, pues, sí, se puede quemar pero no descargar. El día que lo intentamos nos tronó nomás con el puro aire la loza, porque como sube hasta al rojo vivo, como si fuera metal, de pone rojo el barro, porque sube un poco más arriba de los 700 grados de calor, sí tiene su chistecito, pero nosotros hemos tenido que ir encontrándole. Gracias a Dios, podemos decir que está funcionando el horno.

Nosotros no y tenemos patrón. A nosotros nos habló Segusino. Dijimos ¿por qué no? Nos invitó a sus naves que tiene allá en Chipilo y sí, nos daba material, los barros, porque son unos barros especiales (ora sí que “no cualquier barro hace jarro” ¿no?), nos proporcionaba herramientas, nos proporcionaba hornos, nos daba diseños –según él, modernos, de los que se han fusilado donde quiera. Es la verdad, yo no creo que me vayan a demandar por eso- y hasta dinero para que nosotros nos pudiéramos movilizar. El problema era que nos iba a comprar toda la producción que nosotros hiciéramos, pero él era quien iba a determinar los precios. Ahí fue donde a nosotros no nos convino. Porque si yo hago, por ejemplo, un jarro, ahí digo que este jarro vale un peso. El material que le metí, el tiempo que se llevó y mi habilidad manual. Y ese señor, con gentes que no estaban tan avezadas, porque tenía muchos alfareros y muchos carpinteros, muchos artesanos a quienes estaba explotando, pero eso ya no siguió, ahora está de jefe de Economía, Zaraín. Entonces yo le dije: “sabe qué, usted lo que quiere es tener mano calificada sin que le cueste, sin ninguna ventaja, ni seguro social ni nada.”

Ahora nosotros producimos en cantidad piezas de barro negro, que no es barro, sino barniz horneado, como candeleros y sahumerios. Hay un mercado, el Sonora, que es donde están los mayoristas y es ahí donde nos compran nuestra producción, porque ya al “centaveo”, como decimos nosotros, ya no conviene. Claro, también hacemos ollas, hacemos jarros, hacemos vasijas de ese tipo, pero esas vasijas... pues sí convienen y no convienen ¿por qué? Porque no como quiera salen. La mayoría compra plástico o peltre o cosas de esas. Y por ejemplo, una campana vale setecientos, ochocientos pesos, ya no como quiera los sueltan, esas son cantidades grandes. Y nosotros tenemos que comer todos los días. Entonces nuestra loza le sale barata.

Ahora nosotros en Analco estamos tratando de hacer piezas exclusivas: jarrones, floreros, maceteros con cierta calidad artesanal, para que una pieza que nos cuesta cinco pesos la podamos vender a cien o doscientos pesos. Y ahí nos conviene a nosotros, menos y trabajo, menos material y es ahí donde se motiva la inventiva de cada uno. Sin falsa modestia yo ya soy viejo, estoy pensionado por una fábrica, entonces yo soy gente de pocos gastos, con que tenga para comer, para vestir, aunque sea modestamente, es lo que necesito. No sigo que me alcance con eso, tenemos nuestras busquitas, nuestras ayuditas, pero nos las vamos pasando.

Lo que yo he querido siempre es incentivas a los jóvenes. Que aprendan. Allá en mi barrio donde son medio bravos, los muchachos son muy creativos, hacen calaveras, hacen figura y media. Yo les dejo manos libres. Y lo que hacen, que se lo lleven, que sepan lo que pueden hacer ellos con sus manos. Claro que para eso se necesitaba un capital para organizarlo bien. Nosotros, como tuvimos que pagar ese apoyo que se nos dio, pues apenas estamos saliendo. Los que estamos trabajando ganamos algo, pagamos renta, pagamos luz y todos nuestros gastos, y de ahí ha tenido que salir. Afortunadamente ya nomás debemos tres mil pesos. 


Ese es nuestro trabajo en la Unión de Barrios, tratar de conservar nuestras tradiciones. Teníamos un proyecto hermoso, pero bueno, donde intervienen los políticos ya se sabe que lo echan a perder. Se trataba de una escuela de artesanía donde se iba impartir conocimiento por auténticos maestros artesanos, clases de vidrio para vitrales, emplomado, gente que trabaja la madera, ahorita en Analco hay un “boom” de muebles rústicos, a donde yo me he metido a aconsejarles una cosa: que le den calidad. Aunque sean rústicos, que le den calidad, que los espiguen, que los trabajen para durar, no sólo para vender, sobre todo que la madera no sea de la corriente. Los hornos de pan. Analco, allá en sus tiempos, se llamó la universidad de los panaderos. De Analco salió la famosa cemita poblana, de allí salieron los borrachitos, que se llaman, envinados; de allí salieron lo que ya se está perdiendo: los pambazos, los cocoles, los colorados, los raspabuches, que se hace con salvado y piloncillo; eso se come con arroz con leche y es la cosa más exquisita, es un manjar que se ha perdido y las nuevas generaciones no lo conocen. Todavía hay algunos hornos donde se trabaja ese tipo de pan al estilo antiguo. Entonces eso forma parte de nuestro trabajo como Unión de Barrios.

La Unión de Barrios nació para la preservación de nuestras raíces. Entonces a mí no se me quita la idea de que ese proyecto de la escuela es algo que todavía lo podemos hacer, sería autosustentable. Porque, por ejemplo, tenemos gente que vaya a aprender a hacer las cemitas o cualquier tipo de panes, pues ahí mismo se puede vender. Esa es la idea. Lo hermoso de este proyecto es que pensamos que sea autosustentable. Tenemos a los maestros que están más que dispuestos a ir a dar clases. “Cómo no –dicen-, nosotros vamos ahí a enseñar a la gente cómo se trabaja el  vidrio, cómo se graba, cómo se bisela...” Obras de arte, obras de arte todavía salen de Analco en cuestión de  vidrio. Teníamos a don Mariano López que por desgracia ya falleció. Ese señor hizo unos altares nomás para Jerusalén, nomás. En Jerusalén hay un altar para la virgen de Guadalupe que lo hicieron acá y lo fueron a armar allá.  ¿Usted cree que no sienta yo orgullo? Yo no soy poblano, yo nací en el estado de Hidalgo, nomás que me trajeron muy pequeño, crecí, me hice adolescente, hombre y ahora ya me van a enterrar aquí en mi Puebla, porque soy poblano, me volví poblano. Y yo creo que quiero a Puebla como si fuera mi tierra. Por eso me enojo mucho cuando la destruyen, cuando la ningunean. Siento que aquí en Puebla, en vez de andar trayendo ahí tantos proyectos “maravillosos”, que dejaron Analco como si ahí hubiera sido la guerra de Kosovo, puras casonas deshabitadas, llenas de alimañas. Ahorita, con ese señor Marín, que le dieron una lana para recuperar los barrios, lo que hizo fue dale una manita de gato, la mandó pintar, mandó tapiar donde estaban los zahuanes derruidos, pero por dentro sigue igual. Y nos hacen falta, yo estoy oyendo que hacen falta lugares para estacionamiento, pues en esas casas puede haber, hay espacios cerca de... del cómo se llama, de ese cajón que hicieron... el de Convenciones, que de veras. Yo conceptué que ese señor Bartlett era muy capaz, muy bueno, porque había sido secretario de gobernación aunque se le cayó su sistema, pero bueno, fueron gajes del oficio; después fue secretario de educación ¡a nivel nacional! Dije, no, pues si va a venir de gobernador, Puebla se va a ir pa´arriba Y qué le dio. Le dio en la torre, la destruyó. Todos los barrios los destruyó completamente: talleres, viviendas, fábricas. Y él con su proyecto nos vino a destruir. ¿Y qué nos dio a cambio? Un cajón volteado al revés sin ninguna gracia, ningún arte, ninguna nada. Lo único fue un poquito de talavera para que no dijeran que no había talavera en Puebla. Él, que tuvo oportunidad de andar en muchos lugares del mundo, que es una persona cultivada, hubiera escogido lo mejor. No es que no lo quiera, pero cómo lo voy a querer si vino a destruir nuestra ciudad.


Va a llegar el momento en que Puebla ni va a ser poblana ni va a ser remedo de ninguna cosa, ni siquiera de los Estados Unidos. Yo no sé. ¿No es un desperdicio?, ¿no es para indignarse?, ¿no es para morirse de coraje? Y nuestras gentes... pues, todos se echaron a correr, los hornos ya no existen, los pocos necios que quieren vivirlo aquí siguen, porque todavía hay algunas gentes como yo, pero la mayoría se fue a las Infonavits, a Fuentes de San Sebastián, a Bosques de San Bartolo, a Agua Santa. En todas partes hay gentes. Y lo curioso es que, cada vez que hay fiesta en Analco, bajan todos a “su barrio”, a la fiesta. Eso es lo que queremos conservar en la Unión de Barrios, los pocos que hemos quedado. México necesita que trabajemos, que produzcamos, que de lo que se haya perdido, hay que irse para atrás y que comencemos, porque si no cuándo, vamos seguir miserables. Eso es lo que a mí me mueve. Yo tengo hijos, tengo unos diez hijos y me dicen: “jefe, para qué le haces, déjalo, nosotros ya tenemos de qué vivir, somos trabajadores, para qué te afanas, te cansas, no recibes un quinto, no duermes y todo de gorrita café. Hasta que un día te vayan a dar una golpiza. Ya deja eso.”  Respondo: el día que yo deje de ser lo que soy, mejor ya échenme la tierra encima. Yo nací así, tengo 75 años y así pienso morir. 

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