viernes, 28 de abril de 2017

Monsiváis en la ENAH


A mediados de 1984 se publicó un libro de chismes llamado Juan Gabriel y yo, que mostraba al Divo de Juárez en una cama muy contento y bien acompañado por el autor. Durante ese año tomamos una materia con Carlos Monsiváis y nos burlábamos de hacer un balance del curso con el nombre de Monsi y yo, la portada iría ilustrada con una buena caricatura del Monsi, pero no hicimos ningún balance, tarea ni nada académico en los dos semestres que duró el periplo por la geografía de ese honor concedido, que a diferencia de Juan Gabriel, no llegó a la cama y menos a los tribunales.

Nos reunimos una vez a la semana durante dos semestres en la escuela de restauración de Churubusco –“cerca de una estación del metro” –condicionó Monsi cuando hablamos del lugar. Leímos autores alemanes sobre cuestión nacional y nos hizo muchas recomendaciones de lecturas mexicanas. Nos preguntó sobre los Magníficos y su libro crítico a la antropología mexicana, pero ninguno de los presentes lo habíamos leído, ni sabíamos nada de Los Magníficos, porque nadie nos explicó ese debate de la antropología mexicana de los años sesenta y estábamos es ascuas. Léanlos, ordenó Monsiváis. Esa recomendación fue lo mejor que saqué de aquel taller tan libre y tan monsivallano que todos estuvimos encantados de vivir.

En los años ochenta estudiantes como yo -de antropología social- ignorábamos todo lo relacionado a Los Magníficos y la crítica académica al Indigenismo oficial. Sabíamos que Bonfil y Warman eran antropólogos influyentes, pero no sabíamos que iniciaron a finales de los sesenta una crítica al indigenismo que tuvo muy poco eco y ninguna difusión. Por algo no lo sabíamos. Cuando estudié en la ENAH de 1980 a 1985, la discusión del indigenismo estaba borrada de las preocupaciones de la antropología de moda, la filosófica. Entonces discutimos incansablemente a mallarmé, foucauld, heiddegger; nos fascinamos con deleuze y guattarí, ciorán, eco, sabater, trías y una sartre de kosic.  Hicimos muchas cosas exóticas como tomar clases con Jorge Juanes, Elisa Ramírez y su genial hermano Santiago, que en sus clases de filosofía griega la gente debía sentarse en el suelo. Tuvimos a Gregorio Kaminsky y Jaime Osorio, argentino y chileno; tuvimos a Lecourt que viajó en Concord –traído por Santiago Ramírez-, tal como se lo puse en su calavera de 1984, que el delgado maestro calvo de larga cabellera y mirada penetrante, recortó cuidadosamente del periódico mural. John Murra nos dio una conferencia sobre la cultura Inca, fue un placer muy grande escucharlo. Luis González y González estuvo varias veces y, de tarde en tarde, deambulaba por el patio principal, muy anciano, Ricardo Pozas. Y otras glorias locales como Elio Mansferrer y Ricardo Melgar, que enseñaban antropología mundial y mexicana, respectivamente, que eran los maestros de planta y permanecieron, con resultados desiguales, ora estimulándonos, ora regañándonos, a lo largo de la carrera. Pero nunca nos hablaron formalmente de Los magníficos, como si no existieran.

En esas estábamos, cuando en el sexto semestre de antropología social se nos ocurrió la idea de contratar a Carlos Monsiváis y rápidamente convencimos al “comandante” López y Rivas –como apodábamos al director-, que habló con Monsi y lo convenció de que aceptara recibirnos en su casa un día de la semana. “Mañana a las once –gritó el director, pero era su forma de hablar, todos movimos la cabeza aprobatoriamente y una sonrisita nerviosa nos delató. “La falta de títulos académicos no era un problema”, aclaró Gilberto afable, mientras se despedía con cabriolas de admiración por el escritor. Todos le dimos un apretón de manos y nos fuimos a la cafetería a planear la reunión. Muchos no nos creyeron.

Saliendo del metro Portales, a la vuelta, en San Simón o algo así, una banda como de ocho jóvenes veinteañeros de melenas largas y jeans ajustados tocó tímidamente en una puerta verde de metal con el número señalado. Monsiváis era igual que en la televisión, un poco más moreno, muy amable y observador, silencioso. Tenía el pelo blanco y abundante, alborotado como sus ojos pícaros por encima de los lentes. Y, por supuesto, su prominente mandíbula. Me tocó a mí romper el hielo y balbuceé el objetivo de nuestra propuesta que identificábamos como identidad nacional. La cuestión nacional –dijo él-, la identidad es cosa de los gobiernos, es la necesidad de ser, y la cuestión nacional es lo que es. Pues que sea, dijimos, y nos comprometimos a conseguir un espacio en la escuela de restauración de Churubusco, que amablemente nos prestó uno de sus salones de clase. El nombre de Monsiváis abría todas las puertas. Yo le hablaba puntualmente a las 9 a su casa para recordarle la clase, nos quedábamos de ver a las 10 y todos llegábamos tarde. Y así, sin demasiada disciplina, nos echamos dos semestres de pláticas monsivaianas una vez a la semana, dizque estudiando la cuestión nacional.

Fueron dos semestres en los que en realidad estudiamos físicamente a Monsiváis, que invariablemente vestía pantalones güangos y una chamarra algo maltratada, todo de mezclilla. Siempre de mezclilla. Llegó a ir con pedacitos de huevo adheridos como una más de sus medallas y realmente carecía de cualquier preocupación por su aspecto. Nosotros no éramos más elegantes y disfrutamos dos temporaditas de ese singular encuentro entre estudiantes de antropología y Carlos Monsiváis. “Ya váis”, no me resistía a pensar cada vez que nos despedíamos de rigurosa mano.

La cuestión nacional no pasó de una plática ligera, Monsi se dedicó a contarnos historias de sí mismo y fue un privilegio escucharlo cada vez, externándonos sus preocupaciones, sus lecturas –traía pegado al poeta Kadafis-, su insistencia en la democracia, en el avance democrático, curioso de nuestras costumbres estudiantiles. Yo creo que estaba aprendiendo inglés, porque repetía frases en ese idioma y nos miraba muy complacido. “Invítenme a sus fiestas”, pidió más de una vez. ¿Cómo cuáles?, pensábamos nosotros. Como yo fui el encargado de la burocracia, fui su chofer en dos prolongadas ocasiones en las que me dio una sopeada sicoanalítica que lo único que me dejó en claro fue mi imberbe juventud frente a aquel organismo sonriente y canoso que no abría la boca en balde. Para decirlo simplemente, el grupo B del sexto semestre de antropología social no daba el ancho, éramos muy brutos como para aprovechar a Monsi de una forma más académica. Era cosa de leer obligatoriamente sus propios libros y discutirlos con él, o discutir conceptos –como democracia, libertad de expresión-, o discutir autores mexicanos o algo, pero a nadie se le ocurrió.

Nosotros éramos un grupo de doce a quince jóvenes de 25 a 27 años que usábamos camisas de Aurrerá, botas de minero y los inseparables “jeans”; cargábamos muchos kilos de libros y fumábamos con la puntualidad de un tic nervioso.

Sin embargo, yo era de los pocos que había leído algunos de sus libros de todo el grupo. Nuestras intervenciones eran breves, balbuceantes, pero al menos no nos arredramos para encontrar temas y pláticas que él siempre tuvo la cordialidad de respondernos. Lo mejor eran sus recuerdos y algunas imitaciones –una de José María Alponte con Echeverría- muy jocosas. Desde mi primera intervención le hablé de tú y fui bien recibido, eso permitió a los demás subirse al barco de la tuteada y lo llamamos Carlos: “Eh… Carlos; ah, Carlos…” Pero en general hablamos poco.

En esos meses de 1984 Monsiváis había publicado algo llamado El desafío mexicano y otro título, publicado también por Océano, llamado A la mitad del túnel, en donde optaba por la democracia como una vía razonable para los mexicanos. Se asumía la presencia del 68, los protagonistas lo asumieron y lo analizaron. Pero nosotros no éramos del 68.

Con R. (mi R., no la de Monsi) había pasado tardes enteras en un bosquecito de Tlalpan que estaba por Insurgentes, por la salida a Cuernavaca, atrás de los muebles de tartán. Colocábamos una hamaca y nos poníamos a leer la antología de poesía mexicana de Monsiváis. Había leído A ustedes les consta, Días de guardar y Amor perdido… Decenas de entrevistas en jajá, TVyNovelas y suplementos de todo tipo. Era (y es) un hombre que se las arregla para aparecer en los lugares más insospechados, con su agradable aspecto de personaje de Batman, como aquel salón de aquel grupito de estudiantes de la ENAH al que tuvo la tentación de conocer.

De todo lo que he leído de él después de aquella aventura, casi nada tiene que ver con la experiencia académica de Monsiváis en la ENAH. En un artículo para el suplemento Confabulario que llamó “De la movilidad cultural en México”, en el Universal (7.abr.07), hay un párrafo que se aviene a los contenidos curriculares de aquellos estudiantes. Monsiváis indica que “se inician en las universidades los trámites de la ciencia literaria, que llevan por lo común a cambios y rectificaciones periódicas en los planes de estudio, a celebrar (por “precisos y exactos”) a los esoterismos que no osan decir su nombre y, también, a replantear temas y textos literarios. En el tiempo sucesivo y/o simultáneo de estructuralistas, postestructuralistas, deconstruccionistas, teóricos de la recepción. Decaen dos “iglesias”: el marxismo y el psicoanálisis que, por otra parte, en la crítica literaria sólo disponían de fuerza tangencial. Crece la perspectiva del feminismo o los feminismos que, por lo pronto, revalúan las escritoras olvidadas (la mayoría). Se inicia todavía con timidez la moda de los Estudios Culturales”.

En otro párrafo de este escrito asienta: “Desde 1980, aproximadamente, la expansión de la industria académica es la presión tomada en cuenta para una revaloración general. Crece la montaña de voluminosas tesis doctorales, la orientación bibliográfica se da hacia las fuentes secundarias, se igualan las técnicas de la interpretación y del comentario, con pretensiones aceleradamente científicas. Y, en la antesala de lo canónico, se atiende a muy diversos autores con la seriedad antes sólo destinada a los clásicos”.

Cuando le hablaba a su casa para recordarle de “la clase” estoy seguro que fingía la voz de su mamá. “Ya se fue”. “Gracias, señora”, yo me deshacía de nervios con la señora, no fuera a ser ella de verdad y nunca me atreví a decirle

–Ya, pinche Carlos, te caché.



La foto de José Antonio López, publicada por La Jornada, muestra a Monsiváis francamente divertido en la Cámara de Diputados el 17 de marzo de 1995, cuando se aprobó alza al IVA. 

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