jueves, 11 de mayo de 2017

El origen de las pasiones colectivas


En los años treinta el gobierno de México institucionaliza el indigenismo para ser aplicado en lo posterior como estrategia de desarrollo económico de las regiones. El Estado mexicano asume esta dinámica sin siquiera estar de acuerdo respecto a la definición de los indígenas, asumiendo un poco a ciegas la propuesta de la asimilación, que uniformaba las diferencias étnicas y por lo tanto culturales de los mexicanos. La asimilación tenía una larga historia desde que en el siglo XIX fue discutida por los educadores y formalizada “científicamente” por Manuel Gamio al término de la revolución. Se implementa como una estrategia a través del Instituto Nacional Indigenista, que asumió demasiado pronto que a los mexicanos no les interesaba la mitad indígena de su pasado, sin importar la multitud de signos culturales que nos identifican con el pasado prehispánico; negándose, además, a escuchar las voces discordantes.

La historia del indigenismo oficial es la de un rotundo fracaso, pues a pesar de 70 años de práctica el indigenismo no realizó ninguno de los grandes propósitos que se plantearon en su creación como instituto social. No asimiló a los indígenas a la cultura nacional, no los castellanizó, no los sacó de la miseria, no satisfizo sus necesidades de salubridad, no los defendió del abuso de los caciques y tampoco transmitió a los mestizos las bondades de los pueblos indígenas.

Hubo, sin embargo, éxitos colaterales, pues tras siete décadas los mestizos mexicanos no conocemos ni los nombres, mucho menos las cualidades herbolarias, lingüísticas, artísticas, agrícolas o sociales de los pueblos originarios, que muestran hoy culturas aún encendidas, vigentes y en consecuencia rescatables, no solo ya para la preservación cultural y el mejoramiento de sus condiciones de vida, sino especialmente para beneficio de los mestizos, que ven finalmente en parte de su pasado el asidero a un origen más creativo que el que se les había impuesto el PRI en el indigenismo, que fue el ocultamiento, el desvío de la atención por la cultura autóctona a favor de una desdibujada y utópica american way of life importada a retazos de los Estados Unidos, que siempre ha estado atento para proveernos del material para mantenernos “occidentalizados”. El radio y la televisión, contemporáneas al inicio del moderno indigenismo, fueron los dos puntales que el poder político y económico utilizó para evitar las miradas al interior de las culturas mexicanas, unas más ricas que otras, pero todas presentes en esa otra mitad de nuestra historia que nos obstinamos en negar. La desinformación y el ocultamiento se encargaron de enterrar nuestros vestigios indígenas y ni los institutos de antropología, ni la academia, ni mucho menos otras dependencias de gobierno, hicieron nada por impedirlo, pues representa la posición histórica del indigenismo mexicano.

Contemporáneo a estos hechos, Miguel Othón de Mendizábal hizo, a través de escritos y conferencias, una defensa a ultranza por asimilar al indígena tomando en cuenta sus aportaciones culturales, es decir, sin despojarlo de su raigambre étnica, que lo distingue entre sus contemporáneos que decidieron la directriz del indigenismo. Mendizábal propuso un indigenismo político, empezando por ser reconocidos en la Constitución Mexicana como comunidades culturales, y no como individuos particulares. Y una vez hechos sujetos de las leyes, establecer estrategias de acuerdo a las zonas geográficas que habitaran, crear una procuraduría indígena dedicada a defender los derechos constitucionales de las comunidades, que los defendieran del abuso de los caciques, proteger la distribución de sus productos, hacerlos sujetos al crédito, permitirles el uso de tecnología, y a la par de aprender español, cultivar su lengua autóctona, que Mendizábal comprendió que era algo más que un idioma. Para nuestro autor era una forma de ver el mundo que pertenecía a las regiones, a los propios mestizos mexicanos, pues era parte de su pasado, por lo que habría que apropiárselo, antes que separarse de él.

Pero Lázaro Cárdenas no lo escuchó. Y si lo hizo, como muestran ciertas evidencias, constituyó el indigenismo exactamente hacia el otro lado: no había nada qué conocerles. Ellos debían hacerse “mexicanos”.


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