sábado, 30 de septiembre de 2017

Los mapuche y la doble moral de la democracia

Muchas gracias a Hermann Bellinghausen por la publicación de una versión reducida de esta entrevista al alcalde de Tirúa Adolfo Millabur Ñancuil en el suplemento Ojarasca de la Jornada correspondiente a septiembre 2017, que puede leerse aquí:

http://ojarasca.jornada.com.mx/2017/09/08/wallmapu-democracia-chilena-y-doble-moral-2426.html

Ahora tengo el gusto de presentarte la versión completa de dicha entrevista.


Un examen pendiente que tienen los chilenos para el siglo XXI es resolver o paliar de algún modo el perdurable conflicto con el pueblo mapuche, que representa un 83 % del millón ochocientos cuarenta mil pobladores originarios de Chile. Es una historia larga en la que las discrepancias crecen con el paso del tiempo en lugar de disminuir. Los españoles tuvieron que pactar con ellos un siglo después de iniciada la conquista, porque no hubo manera de vencerlos. Los chilenos, en cambio, destrozaron a los mapuche a su regreso triunfal de la guerra del Pacífico y los echaron de sus tierras; los mapuche fueron asesinados, robados y humillados. Nunca, bajo ninguna circunstancia, ni los mapuche ni los chilenos han caído en la tentación de hermanarse unos con otros como nos ocurre a los mestizos mexicanos, aunque sea bajo el sello de la demagogia.

Un caso de alto impacto es el de la Machi Francisca Linconao, autoridad mapuche de 81 años, que fue acusada junto con diez comuneros mapuche de un ataque incendiario que originó la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay en 2013, y que en enero de 2017 llegó al extremo de la huelga de hambre contra la insostenible acusación, suceso que volvió a poner a debate la Ley Antiterrorista creada por Pinochet para encarcelar opositores inexplicablemente mantenida por la democracia para, al parecer, reprimir a sus indígenas. La guía espiritual publicó un video dirigido a la presidente Bachelet en el que le expresaba estas palabras:

"Le exijo que venga a verme, yo tomé la huelga de hambre, estoy sufriendo y usted entenderá, como mujer y doctora. Usted tiene que apoyar a la mujer, soy inocente del caso Luchsinger-Mackay, injustamente llevo encarcelada nueve meses, usted tiene que hacer algo."

La presión de diversos organismos de derechos humanos y parlamentarios provocó que la Machi levantara su huelga de hambre de 14 días para cumplir un arresto domiciliario mientras se resuelve el caso.1

A fines de mayo de 2017 los precandidatos a la presidencia de la república se han enfrascado en una polémica con el pretexto de la Ley Antiterrorista, debido a los acontecimientos del 24 de mayo en las ciudades de Victoria y Ercilla, en la región de La Araucanía, donde desconocidos incendiaron siete camiones y esparcieron panfletos alusivos a la causa mapuche, con saldo de algunos transportistas lesionados sin gravedad. El puntero de la carrera presidencial y expresidente Sebastián Piñera respondió airado a sus contendientes Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez por desestimar esos hechos y plantearlos como delincuencia común: "Al negar el carácter terrorista de estos hechos y al negarse a aplicar la Ley Antiterrorista solo favorece a los terroristas y perjudica a las víctimas y a los inocentes". El ex mandatario afirmó que en su siguiente presidencia no solo va a aplicar la Ley Antiterrorista “sino que la vamos a perfeccionar y fortalecer a través de una serie de figuras que ya están contenidas en la Ley de Combate al Narcotráfico".2

De visita en el lago Lleulleu, en la región del Biobío, por intermedio de la diputada Cristina Girardi, tuve ocasión de visitar la cercana comuna costera de Tirúa, de unos diez mil habitantes, para entrevistar al primero de los quince alcaldes mapuches con que cuenta ese país, Adolfo Millabur Ñancuil. Me interesaba contrastar la situación de los mapuche con la de los pueblos originarios mexicanos que, con excepción de los del norte, solo resistieron durante años o decenios la conquista española. Los mapuche, en cambio, pelearon sin tregua con los españoles hasta forzar una singular paz desde el siglo XVII, siguieron peleando tras la independencia, ahora contra alemanes, italianos y chilenos que finalmente los vencieron en la llamada “Pacificación de la Araucanía” de 1883, cuando, en efecto, fueron derrotados.

En la entrevista, el alcalde Millabur Ñancuil hace un resumen duro y conciso de la historia mapuche: los chilenos les prohibieron usar su idioma, los invadieron y les quitaron todo. Pero el pueblo devastado se reorganizó, pactó y vive ahora su reconstrucción. En el gobierno del socialista Salvador Allende los mapuches creyeron que se iban a recuperar, pero ese sueño lo destruyó la dictadura de Augusto Pinochet, cuando mucha de su gente fue detenida, torturada y no tuvo ninguna protección; menos cuando el dictador creó una ley antiterrorista para aplicar penas muy severas a sus opositores. Lo impensable es advertir que muchos de aquellos opositores, que ahora gobiernan el país, la apliquen hoy –debidamente maquillada– específicamente a los mapuches. “Una doble moral, una doble conducta” de lo que ellos mismos se quejaban en los foros internacionales, atiza Millabur. En los últimos doce años 15 ciudadanos mapuche han sido asesinados por agentes del Estado, carabineros, grupos paramilitares y personeros de las empresas forestales que asolan los pueblos3, y al menos 67 mapuche han sido imputados por delitos contemplados en la Ley Antiterrorista4, que entre sus efectos más perniciosos dobla las penas comunes en casos de incendio, homicidio y secuestro; permite el uso de testigos protegidos y extiende los períodos de prisión preventiva.

El alcalde nos recibe en el edificio del ayuntamiento construido íntegramente de madera, como es común en el sur chileno. Adolfo Millabur Ñancuil es un hombre de 48 años, de cara redonda y ojos expresivos. Dos arrugas verticales parten de sus cejas pobladas frente arriba y se pierden en un fleco disparejo bastante común entre los varones de los pueblos originarios del cono sur. Es de trato suave y voz atildada, política, que enfatiza sus frases con sus manos pequeñas.

Nos sentamos alrededor de una mesa baja en el costado interno de su oficina adornada con tejidos mapuche, lo acompaña su asistente Paola Andrea Henríquez, de filiación mapuche pehuenche, mientras que el alcalde es lafkenche. Aun antes de poner mi grabadora en la mesa Millabur ya está en vena discursiva. Yo comienzo provocador:


¿Ustedes son chilenos o son mapuche?

En Chile el mapuche no puede negar que lo es, porque la mayoría de los chilenos tienen rasgos no indígenas. Nunca hubo mezcla. Yo, mientras crecí, en mi infancia y en mi juventud, lo que vi es que ellos eran chilenos y nosotros mapuches. Yo crecí en esa lógica; casarse con una del otro bando era como una traición, pues se había casado con los enemigos. En los últimos cincuenta años como que ha habido un poco más de mezcla entre chilenos y mapuches, las circunstancias lo han permitido, pero todavía un descendiente de europeos, en los últimos años, cuesta mucho que tenga relación, que tenga familia con un mapuche. Es casi una rareza ver un descendiente alemán de tercera generación con un mapuche, es muy raro.

En México hay un renovado interés por los ancestros. En los solsticios y en los equinoccios las principales pirámides, que son vestigios arqueológicos de los antiguos pobladores, cada vez reciben más gente que va a absorber energías de un pasado común, hasta ahora desconocido por muchos, pues ser indígena ha sido sinónimo de atraso, de ignorancia. Pero en algo ha cambiado.

Lo que yo veo de La Tirana del norte (una celebración anual de carácter religioso realizada en el pueblo de La Tirana, en la Región de Tarapacá) es que en esa fecha había un hito importante de los pueblos indígenas de ahí que los católicos tomaron y es seguro que lo hicieron pasar por un santo e impusieron un símbolo religioso cristiano. A nosotros los mapuches –yo después de los 20 años me di cuenta de que teníamos esta mezcla–, el Wiñoitripantu, el año nuevo mapuche como le puso el presidente Lagos, el Wiñoitripantu es “la vuelta de la vida, del tiempo”; a nosotros nos confundieron y creo que mucha gente también se confunde y lo ve así, como el San Juan, la fiesta de San Juan. Y los mapuches lo que celebramos es el Wiñoitripantu, que es el solsticio de invierno, que a veces toca el 21, el 22 de junio; el 23 y hasta el 24 alguna vez, pero los católicos hábilmente lo pusieron el 24, San Juan, y al final estábamos adorando a San Juan, bailando y saltando. Pero ahora estamos volviendo acá, la mayoría de la gente ha comenzado a redescubrir de que San Juan no tiene nada que ver con nosotros y que estamos hablando del Wiñoitripantu. Algunas escuelas lo hacen de manera folclórica, otros más profundo, otros para cumplir, pero ya está volviendo el día del solsticio de invierno, eso nos está pasando en Chile y lo que conozco de los países cercanos a esta zona, también están haciendo esa reflexión, no conozco la de México.

Cuando vienen con el tema de la ciencia occidental les digo: no. Hace 14 mil años no había tipos de bata blanca que venían a decirnos cómo hacer parir a las mujeres; no, yo salí de mi madre sobre un cuero de animal, me dejaron caer ahí y salí relativamente normal. Entonces los pueblos indígenas no necesitábamos de este conocimiento que hoy día como que te absorbe completamente. Nosotros teníamos un conocimiento muy avanzado pero fuimos castrados, fuimos bloqueados y no pudimos seguir evolucionando en el desarrollo del conocimiento que teníamos.

Entonces toda una cuestión de parte de la cultura más dominante, la occidental, de no querer mirar lo que somos nosotros; de ahí también el reparo a los antropólogos de cómo escriben, porque hablan de que los cristianos tienen religión y nosotros tenemos credo; no tenemos religión, nosotros tenemos creencias; los cristianos, los europeos, tienen idiomas, nosotros tenemos dialectos. O sea, hay una clara carga negativa, discriminatoria en lo que se percibe. Lo mismo con el tema de la cosmovisión de los pueblos en cosas muy elementales. Por ejemplo, yo les preguntaría ¿qué significa mapu?

Pues significa tierra. El lugar donde vivimos.

Te das cuenta ¿no?, están completamente equivocados. Mapu es todo, es el suelo, el cielo, lo que se percibe. Wallmapu es el todo, el universo, pero siempre es mapu. Entonces cuando la gente comienza a decir que mapu es tierra, todos lo aceptan y da lo mismo. Eso es bruto, es bárbaro.

Antiguamente el mapuche logra entender que él es parte de los otros, por eso es que respeta el río, porque el río es parte mío; por eso respeta a los otros elementos de la naturaleza como un yo, uno más. De ahí sale un concepto que no tiene que ver con los medioambientalistas, porque los medioambientalistas separan la naturaleza del ser humano, lo hacen distinto, mientras que el mapuche, a través del Itrofil-mogen, describen cómo cohabitamos todos, cómo convivimos y nos respetamos todos. Pero también el ser humano necesita comer, vivir de la naturaleza, entonces esa lectura filosófica creo que está volviendo nuevamente a discutirse entre nosotros. Nuestros abuelitos fueron víctimas de la invasión, de la derrota de la guerra y sobrevivieron, pero tuvieron que decir que sí a todo. Nuestra juventud está descubriendo, re-descrubiendo, eso: que cada palabra mapuche tiene un significado que se traduce en Itrofil-mogen. El occidental dice sustentabilidad, uno la busca en mapuche y no existe, lo que más se aproxima es Itrofil-mogen, cómo todos tenemos derecho a la vida. Este es un concepto mucho más profundo, pues no habla solo del ser humano, sino de todo.

Esas cuestiones son las que yo he logrado entender, he tenido harta suerte de conocer indígenas libres de Ecuador para acá, he tenido harta suerte de conocerlos y hablar con ellos y he entendido que están en nuestra sintonía como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, es como la vuelta del ciclo, como que está volviendo el ciclo de la vida a nosotros, una discusión que se está dando en todos lados.

Hábleme de su niñez, Adolfo.

Ja ja, no, ¿qué puedo decir?

¿Cómo era su vida?, ¿qué se sentía ser mapuche, que veía, que sentía?

Me cambió completamente mi visión. Ya le dije un poco lo que significó mi niñez, de vivir en esta separación permanente del chileno. Yo siempre crecí como mapuche y no siendo chileno. Por eso cuando me preguntan en una entrevista de si soy mapuche o chileno, lo políticamente correcto sería decir yo soy mapuche, ante todo soy mapuche. Luego me tocó ser chileno, pero hay mapuches que son argentinos. Entonces, asuntos históricos nos dejaron a unos en Chile y a otros en Argentina. Y crecí en este ambiente. Yo tengo la sensación de que me tocó vivir mi niñez en la postguerra de Chile con los mapuches. Porque eso es que se inventó en la historia que estudian nuestros niños, que dice que nosotros guerreábamos con los españoles, eso fue verdad, nosotros guerreamos con los españoles 300 años, pero tampoco hay que contarlos de plano, porque fueron 300 años de paz y de guerra, porque ningún pueblo en el mundo ha resistido trescientos años de guerra; fueron de paz y guerra, 50 años de paz y luego la guerra, y así, hasta cuando llegó la frontera a Concepción, que fue la última que establecida con los españoles.

Con la paz de Quilín.5

Claro. Ahí hubo un tratado de paz y a nosotros nos tocó ser uno de los pocos pueblos que firmó un tratado de paz con los españoles. Pero a nosotros nos lo escondieron, a mí y a todos. Entonces crecimos con que nosotros guerreamos con los españoles 300 años y que éramos buenos para la guerra, pero no dicen que a nosotros nos ganaron la guerra y que nos invadieron los chilenos, eso no lo dice la historias de Chile, a nuestros niños no les pasan eso. No, “los españoles fueron los malos, ellos guerrearon contra los mapuches, nosotros hicimos las paces con ellos, tuvimos una relación amistosa”. Pero de 1810 para acá nos invadieron y nos sometieron, nos arrinconaron a los peores lugares donde apenas pudimos sobrevivir. Perdimos la guerra. Con los españoles tuvimos guerra pero no ganaron nunca. Con los chilenos, en una época muy compleja, perdimos la guerra. En Argentina le llaman “la campaña del desierto” y acá se llama “pacificación de las Araucanía”.

Entonces una parte de esa historia me tocó vivirla, yo creo que cuando ya estaba saliendo de esa crisis, porque alcancé a escuchar a mi abuelita que contaba que los mapuches no quisieron ir a pelear a la Guerra del Pacífico, se escondieron, no quisieron ir, pero de puro leyendo, leyendo, cuando se hizo la Guerra del Pacifico de Chile con Perú y Bolivia los mapuches se rebelaron aquí, quemamos todas las ciudades, Lebu, Cañete, todas estas ciudades del sur del Biobío para acá. Entonces por algo no quisieron guerrear, porque ellos estuvieron de acuerdo, mientras guerreaba Chile allá ellos se levantaban acá. Y eso no lo cuenta la historia de los niños, la oficial, la que les cuentan a los niños. Ahora se está reconstruyendo la historia, pero Cañete desapareció.

La diputada Girardi interviene con una interesante revelación:

-       A mí en la escuela me enseñaron que los mapuches eran parte de la cultura chilena, de la historia, pero que ya no existían.

Entonces, si me pregunta qué recuerdos tengo, si lo miro desde mi madurez, creo que sí viví en un tiempo de posguerra, de mucha dificultad de sobrevivencia, porque cuando uno le gana la guerra a otro, me imagino yo, si yo cuento con un vecino al que he vencido, no voy a darle la mano para que se levante. Entonces a nosotros nos dejaron a la muerte, en la miseria, nos quitaron toda nuestra hacienda y todo. Fue entonces cuando nuestro pueblo se reorganizó y, hace unos setenta años, cuando estos pueblos estaban devastados, se reorganizaron con sus propios medios haciendo pactos de negocios con los chilenos, cuando fueron sometidos y cuando se dice que los mapuches entregaron la tierra, pero ¿qué les quedaba? Firmar documentos para poder sobrevivir. Entonces mi niñez la miro desde ese punto de vista, porque crecimos sin ninguna condición mínima de sobrevivencia, crecimos muy lejos de lo que significa estabilidad. Por ejemplo, todos los recursos naturales que teníamos nos fueron retirados, estábamos restringidos al mínimo, en la miseria más grande, comíamos lo básico.

¿Y en la escuela?

De los profesores mejor no te digo cómo nos castigaban.

Dígalo, por favor.

Los profesores nos castigaban mucho a nosotros, porque no podíamos hablar el español. Nos decían “no pueden hablar como indio porque eso no les va servir para la vida”. O sea, nos prohibían hablar el mapudungun. Entonces mis papás no me enseñaron mapudungun a mí porque si yo hablaba mal el español me iba a ir muy mal en el colegio. Si yo no pronunciaba bien el español era víctima de burlas, de lo que hoy día se llama bullying. Y lo más trágico de nosotros es que el profesor era mapuche, andaba muy bien vestido, de corbata, los zapatos lustrados, me acuerdo, impecable en todo, y los pisos de la escuela ¡de tierra! Lo miro ahora y realmente era para sacarle un cuadro. Los pupitres de madera y un curso combinado de primero a cuarto año. Y el profesor me acuerdo que nos mandaba todas las mañanas a lavarnos los pies, hubiera o no hubiera escarcha, porque había que entrar a la sala con los pies limpios; no sé qué cosa tenía el profesor en su cabecita, de que teníamos que ir con los fríos de invierno a lavarnos los pies porque venían con barro, y entrar a la sala con los pies limpios, sin barro, aunque los pisos eran de tierra. Para nosotros creo que era un adoctrinamiento, algo pasaba porque era así. Y al que no podía pronunciar las vocales le pegaban, todo mundo aprendía por el susto. Entonces mi papá, que fue hasta tercero básico de primaria, me enseñó a pronunciar bien en español y me enseñó también las cuatro operaciones básicas, las vocales, a leer. Cuando llegué a primero básico fui un alumno adelantado porque mi papá me enseñó, pero no creo que haya estado preocupado porque yo fuera buen alumno, él estaba preocupado de que no me pegaran, de que sufriera, entonces ahora yo saco esa cuenta. Mi papá pudo enseñarme lo que podía, pero cuando llegué a tercero básico ahí supe lo que era castigo. La profesora me acuerdo que nos pegaba, nos pegaba, nos pegaba. Ella no era mapuche.

Disculpe el morbo ¿cómo les pegaba, Adolfo, con una regla o una vara o qué?

Con una varilla de mimbre y también te hacía arrodillarte sobre arvejas, te ponía de rodillas contra la pared sobre arvejas. Al poco rato ya no te puedes ni parar. Era parte del método de estudio que ella tenía con nosotros, para que aprendiéramos a leer, a estudiar, a todo. Claro, yo recuerdo que, para evitar el castigo, le decía a mi papá que iba al colegio pero en realidad nos íbamos a otro lado a jugar. Calculábamos la hora, mi papá nos enseñó a tomar la hora con el sol, poníamos una raya cuando eran las once, otra raya cuando eran las 12 y la sombra nos iba dando la señal de salida. Si no, estábamos atentos a la campana del colegio para irnos corriendo a la casa. En ese ambiente crecimos nosotros.

¿Qué quería ese niño, qué pensaba, qué soñaba, Adolfo?

Yo creo que no soñaba, no tengo idea. A los niños de ahora les estamos diciendo “tienen que estudiar” por esto y por esto otro, por todo. A mí me da la impresión de que nadie me dijo nada, nadie me dijo que yo tenía que estudiar, sino simplemente que tenía que ir a la unidad. Tuve la mala suerte de que mi mamá murió cuando yo tenía 9 años, entonces tengo muy pocos recuerdos de mi mamá y no pude contar con su apoyo. Es un tema medio complicado, crecimos todos juntos, con mis nueve hermanos, con mis primos, con mis tías.


¿La política en qué momento llegó?

Ah, la política. Yo estuve marcado por unas cuestiones, estaba en primero básico, tenía siete años, cuando el golpe militar. Y mi papá fue siempre de izquierda, entre comillas, siempre anduvo de dirigente de comunidades, en la reforma agraria, metido en esas cuestiones. Era un dirigente comunitario. Y por la familia de mi papá, que no era muy conectada a la lucha social, era considerado casi como terrorista, como el malo, el revolucionario. Incluso era discriminado por sus propios papás… bueno, no sé si por sus papás, porque nunca lo discriminan a uno los papás, pero sí reprendido, “no te metas en esto”. Sus parientes cercanos lo veían como algo malo por lo que hacía, entonces fue cuando vino el golpe militar. Me acuerdo que llegaba mucha gente de afuera, mucha gente venía a la casa de mi papá, hacían reuniones, eran mapuches, dirigentes estudiantiles, todas esas cosas; yo crecí en eso. Pero lo que me marcó fue que, cuando vino el golpe militar, el mismo maestro de la corbata fue el que facilitó su escuela para que los militares pusieran ahí su centro de operaciones. Y cuando daba clase el profesor decía que había unos pocos comunistas en la zona y que ya los iban a detener. Imagínese a mí, como niño, en la sala, escuchando eso y pensando en mi papá. Entonces mi papá se sumergió, desapareció de mi casa, nunca supe de él, no lo vi más, pues después del golpe mi papá me acuerdo que sacó de la casa todo lo que es literatura, no sé si los quemó, pero mi recuerdo es que sacó libros y también sacó armas de mi casa. Y se fue. De ahí mi mamá sostuvo la casa como pudo, me imagino. Pero yo creo que mi papá no estaba tan lejos de la casa, se sumergió nomás. Y después supe que no estaba tan lejos, se fue a la clandestinidad con un tío, y después ese tío antes de morir me contó a dónde iban a dormir todos los días, escondiéndose de sus propios hermanos, porque como eran sospechosos tenían la desconfianza de toda su gente. Los buscaban con tanquetas por todos lados y por eso lo dejé de ver, no tengo certeza de por cuánto tiempo, pero de ahí para adelante yo tuve la…, no sé si rabia, pero sí el sentimiento de por qué nos tocó a nosotros pasar eso, y claro, uno mientras va creciendo y va dándose cuenta de lo que significa esto. Me quedé ahí, me quedé en ese sentimiento de estar siempre metido en la política.

Había parientes que habían sido detenidos, de forma que mi papá nos dijo que tuviéramos mucho cuidado con lo que decíamos. Y claro, en la zona donde yo vivo mucha gente fue detenida, torturada y no tuvo protección de nada. No pertenecían a la red partidaria, los partidos quedaron desarticulados, no estábamos cerca de Santiago, no había forma de hacer nada, tuvieron que resignarse a lo que les tocó. Ya de grande, me tocó hacer el trabajo de entrevistar a las víctimas de esa época, cuando yo era niño, cuando pasaron cosas muy terribles, desde que tomaban a la gente, la subían a un helicóptero y los metían en botes en el lago LLeulleu, los amarraban y los metían al lago para que dijeran quiénes eran los que estaban ahí dirigiendo y quiénes estaban contra de gobierno.

Entonces yo me imagino cómo mi pobre viejo pasó penurias, no fue torturado porque se escondió, no fue detenido tampoco, pero a unos parientes de él lo pasaron muy mal, los torturaron de manera terrible. Entonces, claro, uno dice ahí estoy equivocado con lo que venimos haciendo. Afortunadamente mi papá me dio una especie de orientación sin darse cuenta, porque después de que pasó un tiempo del golpe militar, con mi papá escuché en Radio Moscú –una radio que llegaba de la Unión Soviética por onda corta y que mi papá y yo nos quedábamos escuchando al lado del fogón–, lo qué pasaba en Chile. Yo era un cabro de 12 años pero me gustaba tanto escuchar, que mi papá me decía “esto no debís de contarlo a nadie”. Claro, Radio Moscú mentía también porque nos daba la idea de que estábamos ganando, pero Pinochet seguía ahí y no se iba nunca. Así que crecí en ese ambiente.

Luego, después, se reorganizaron las comunidades de maneras más lúcidas, vinieron los partidos de izquierda a organizar a la gente y ahí, sin darme cuenta, yo me fui metiendo en la política, porque mi papá me llevaba a que yo le cuidara el caballo en el monte, mientras él iba a hacer reuniones clandestinas. Entonces mi papá me decía: “Tú te quedas aquí, no te muevas.” Se ponía un gorro tipo montañés y se metía al monte. Lo que nunca supo mi viejo es que yo lo seguía. Nunca supo. Algún día que nos tomamos un vino juntos le dije lo que yo hacía. Ahí me abrazó mi viejo.

Usted vivió todo el proceso de la sustitución de los bosques nativos por el monocultivo de eucalipto. ¿Cuál es su visión desde los años 70 en que inició?

En la época de los sesenta hubo revolución en el mundo entero, los pantalones anchos y todo. Luego vino el gobierno de Allende y los mapuches creímos que a través de Allende íbamos a recuperar… (digo los mapuches creímos, aunque yo era niño en ese entonces, pero los que me representaban en ese tiempo), que a través de Allende íbamos a recuperar la tierra, entonces nos fuimos en masa, en grupo a recuperar los fundos que nos habían quitado los propios chilenos. Y de ahí lo que se llama reforma agraria que en América, y en particular en esta zona, se produjo. Tiene que ver con la Alianza para el Progreso, cuando los gringos dijeron “si no hacemos una programa reforma agraria en Chile la Unión Soviética a través de Cuba se nos meten y no los vamos sacar nunca”. Entonces presionaron a través de la Alianza para el Progreso para que en Chile se hiciera una redistribución de la tierra y todos estuvieron de acuerdo, si no iba a estallar una rebeldía mayor. Entonces se produjo la reforma agraria, Allende la quiso profundizar y nosotros también. Luego de eso, llegó Pinochet y se produjo la contrarreforma agraria, que es un fenómeno del que no se ha escrito mucho, que significa que aquellas tierras que estaban en manos del Estado, ya sea del CONAF o CORA, que fue creada para instrumentar la reforma agraria –mucha tierra quedó en manos de esas dos instituciones para el proceso de entrega a los campesinos y a los mapuches–, fuera entregada a particulares. Lo qué hizo Pinochet en tanto asumió fue agarrar estas instituciones y las pone a cargo de Ponce Lerou, su yerno. Como cabeza de la CONAF, Ponce tenía control de todas estas tierras que hoy día vemos, pero que Allende ya, a través del CONAF, había destinado para remplazar el bosque nativo por monocultivo. Desde Allende ellos ya venían con la idea de remplazar el bosque nativo por monocultivo como la gran solución a la economía nuestra. Entonces, cuando llegó Pinochet, encontró miles de hectáreas plantadas. ¿Qué hace Ponce Lerou?, las pone a subasta pública en Santiago a un precio muy pequeño, casi simbólico, entregándolas a las empresas que hoy día tienen gran poder económico, en ese tiempo llamada Crecec. Se hace una especie de autotraspaso, a través de sus propias redes, para poder hacerse toda esa tierra, con lo que vuelven a ser dueños los mismos propietarios que habían sido expropiados. Entonces Pinochet se asegura de devolver tierras a los grandes propietarios y a los amigos de ellos, a través de subastas a precios irrisorios.

¿Y a los “invasores” los vuelven a sacar?

A nosotros sí, a nosotros los “invasores”, que estábamos instalados desde el golpe de Estado nos arrancamos, la gente escapó porque si no la mataban. Tuvo que irse. Entonces esas tierras quedaron en manos de las forestales, hasta hoy día. Nos fuimos a las otras tierras que también estaban en nuestra expectativa, que estaban a nombre del Estado en la cordillera de Nahuelbuta, no eran de mucho valor para los grandes propietarios, pues todos los valles productivos estaban escriturados a nombre de los descendientes de alemanes, de descendientes de italianos, pero la cordillera de Nahuelbuta estaba a nombre del fisco, con personas campesinas pobres que vivían ahí de alguna manera, y también estábamos nosotros.

Entonces, en el segundo tiempo de la dictadura militar, se produjo que estas tierras fueron regularizadas por personas y estudios jurídicos que le decían al campesino “yo te compro el derecho de posesión”, y le pagaban diez pesos. Pero con ese derecho comprado, de acuerdo con la Ley de bienes nacionales que dice que con cinco años de posesión es suficiente, inscribían la tierra a nombre de ellos y expulsaban a los campesinos. Los campesinos no hacían resistencia porque el campesino y los mapuches tienen otro concepto de la tierra, no es que valga dinero, es parte de otra cosmovisión. Entonces ahí se produjo un desplazamiento campo-ciudad brutal, de manera que en 20 años se despoblaron los campos de la cordillera de Nahuebuta, la mayoría habitados por mapuches y campesinos que vivían ahí de mala manera, que no tenían luz, no tenían agua, no tenían nada y habían llegado después de la Guerra del Pacífico, ahora engrosaban los cordones urbanos.

Bueno, le estaba diciendo entonces que se produjo la contrarreforma agraria y el despoblamiento masivo de la gente con lo que se poblaron los cordones de todas las ciudades de Chile. Entonces, una vez que se hicieron propietarios bajo todos estos subterfugios, simultáneamente le pusieron fuego a los bosques nativos. Yo fui testigo de cómo quemaron el bosque porque inventaron la ley 701 que subsidiaba las plantaciones de pino y eucalipto, sobre todo pino. Tener bosque nativo no era negocio. Lo que le pusieron es fuego. Donde vivo yo, junto al Lleulleu, recuerdo que había bosque nativo, yo fui testigo presencial de cómo lo quemaron, primero moto, hachas, poda, los propios mapuches que trabajaban en las forestales quemando, botando, pues no había otra forma en la época de sobrevivir, y después le ponían fuego. Eso de que ellos protegen el bosque nativo, que la erosión, que sembraron en tierras baldías es un discurso, era puro bosque nativo todo eso, la montaña de Nahuebuto era bosque nativo y le pusieron fuego.

¿Podría recordar algunas de las especies del bosque nativo?

Uh, desde el canelo, ulmo, manío, avellano, el bosque valdiviano, lo que ustedes todavía ven estaba aquí de manera potente; toda la fauna también, estaba vigente. Es que era otro paisaje. Yo he sido testigo de cómo ha ido cambiando, es como ir a ver todavía la zona de la 10ª región. El agua era abundante, esas tierras tenían mucha agua todos los días y hoy ya no la tienen. Entonces, en los últimos 30 años cambió el paisaje de la montaña de Nahuelbuta de manera brutal.

El monocultivo forestal representa el segundo ingreso nacional chileno después del cobre. A su modo de ver ¿benefició de algún modo a la zona mapuche el ingreso de todos esos recursos que significaron empleos y dinero circulante?

Decir que no sería poco objetivo. Efectivamente ha generado economía, pero ¿a qué costo?, ¿a qué impacto? Porque sabemos que ese monocultivo va a crear un colapso medioambiental. Yo no tengo ni una duda de que va a ser un colapso medioambiental. Hoy día tenemos un discurso complejo porque a la autoridad de turno le cuesta enfrentar esa realidad; oye, estamos dejando las cuotas, estamos dejando una calamidad medioambiental, a costa de que tengan un sueldo relativamente aceptable en el trabajo forestal; o sea, hoy día hay mucha gente que depende del trabajo forestal. Entonces, como el gobierno ha creado con ello una alternativa económica, están casados con una dinámica en la que sabemos que vamos al precipicio pero seguimos en ese camino. O sea, el monocultivo de pino y eucalipto nos va a llevar a un colapso medioambiental en estas regiones, yo creo que en gran parte de Chile, lo vemos con la catástrofe de los incendios que tiene que ver con eso, el que no tengamos agua para refugiarnos del fuego; es porque los eucaliptos la han colapsado, pero también porque no hay una planificación responsable sobre el uso de nuestros suelos. Cómo es posible que tengamos las ciudades rodeadas hasta el último punto, el último metro cuadrado, con árboles de monocultivo. Eso es una bomba de tiempo. Ponerle a las ciudades eucalipto y pinos, altamente inflamables, donde hay agrupaciones humanas viviendo todos los días, es no tomar en cuenta que en algún momento va explotar y ahí tenemos el resultado. Yo, cuando paso por Curanilahue, que hace 40 años era una ciudad minera, de carbón, veo que hoy día está rodeada de puro pino y eucalipto, entonces estamos expuestos a que en algún momento se produzca un incendio y esa ciudad va a desaparecer porque no tiene cortafuegos, no tiene una zona de seguridad que delimite el fuego.

Cuando voy a Valdivia lo que encuentro es eucalipto en las grandes praderas que producían leche, un mercado que no tiene la rentabilidad que tiene el pino, entonces estamos siendo irresponsables como humanidad, con nosotros mismos, con la seguridad alimentaria. No tenemos hoy ni siquiera tierra para cultivar papa, un alimento básico para comer que en el pasado permitió la sobrevivencia de Europa, ¿y de dónde llevaron la papa?, de acá. Entonces yo creo que hay colisión de intereses, porque una cosa es dirigir una economía para que funcione relativamente normal, sana entre comillas, sustentable de cierta manera… y otra apostar a causas perdidas.

La aplicación de la ley antiterrorista se aprecia muy señalada hacia el pueblo mapuche, con casos manifiestamente injustos como el de la Machi Francisca Linconao, entre otras decenas de casos ¿qué opinión tiene a este respecto?

Lo que pasa es que yo no estoy sorprendido por la aplicación de esta ley, es parte de los instrumentos del Estado y una forma de reprimir al pueblo mapuche. Porque cuando se constituyó este país, no hace más de doscientos años, el diario El Mercurio hablaba de que éramos bárbaros y en el propio parlamento se discutía si teníamos alma o no;  se daban acalorados debates sobre si los mapuches éramos seres humanos. Luego se discutía si teníamos espíritu, y después se discutía si teníamos derechos. El Mercurio titulaba así: “Los mapuches no tienen alma”; pasado el tiempo, a decir del propio diario, los mapuches éramos borrachos, salvajes y bárbaros. Ese era el mapuche que creían conocer los chilenos. Luego, en la época de los 60, pasamos a ser revolucionarios y comunistas. Y en esa época nos toca ver, en el propio El Mercurio y todas sus sucursales, que somos terroristas. Si tú vas a Santiago, si vas a Concepción: “mapuches, ah, terroristas”. Va instalado en el imaginario colectivo del chileno común de que somos terroristas. Somos objeto de burlas, a mí cuando voy a los partidos del gobierno de la burocracia estatal: “cuidado que traí fósforos”; yo me río, pero es un estigma, un instrumento comunicacional de los poderes económicos que logran instalar un estereotipo de personajes para que todos sean catalogados como tal. Yo creo que no es terrorismo, los mapuches luchan contra esas convicciones pero no es como el terrorismo que conocemos en el mundo y en el que hay consenso de que es terrorismo. Entonces yo creo que estamos viviendo un tiempo de la historia bajo el estigma del mapuche terrorista. Leí hace poco un caso en Argentina, donde también hay titulares que acusan a los mapuches de terroristas, porque también en Argentina necesitan inventar una historia para desnaturalizar nuestra legítima lucha. Entonces, hoy día inventan al mapuche terrorista. Yo creo que nosotros estamos frente a eso. Es un instrumento que el Estado chileno tiene a través de sus aparatos, o sea, gobierno, policía, tribunales, parlamento, para poder frenar la pelea de los mapuches, tenerlos a raya. Lo que me parece paradójico es que, como tú bien lo describes, no hay ningún chileno -salvo el caso particular muy publicitado de la bomba en Santiago, que además salieron libres- preso por terrorista. Por lo tanto está demostrado científicamente, ya que ustedes trabajan con tantas estadísticas, que es una ley diseñada para los mapuches. Pero lo más paradójico es que, aunque fue creada por Pinochet para aplicarla a todos sus opositores, que son los que hoy día gobiernan, lo impensable es que quienes están ahora en el gobierno, asumieran el gobierno, incluido Ricardo Lagos, incluido Aylwin, incluida la Michel Bachelet, incluido Frey, y sin ningún cuestionamiento la aplican en contra de los mapuches. Y de paso le hicieron un maquillaje para que dijeran que la modificaron, pero es la misma ley. Entonces hay una doble moral, una doble conducta, porque los mismos que se quejaban en todos los foros internacionales de que Pinochet era muy malo porque torturaba y aplicaba una ley ilegítima, arbitraria y no sé qué, esa misma ley la toman y la aplican en contra de los mapuches. Y nadie se pone sonrojado, nadie se avergüenza, es como un doble discurso, terriblemente difícil de llevar. Y detrás está el diario El Mercurio, está el diario La Tercera, están todos los medios de comunicación controlados por los mismos tipos.

Y lo que me tiene preocupado ahora es que la Sofofa (federación de empresas y gremios vinculados al sector industrial chileno), que es el poder más activo de los conservadores de Chile, levanta actualmente todo un discurso sobre que en esta zona del país no hay estado de derecho, o sea, que no hay ley que se respete. Yo lo que me temo es que después vayan a instalar el discurso de que no hay estado de derecho y a imponer una represión dura. Una más. Eso es lo que se viene como música de fondo. Y eso es lo que no dicen. Uno mira entrelíneas y es lo que se viene.

Gracias alcalde.

Citas:

1 El Mostrador, por Catalina Barrios, 7 enero 2017
2 El Mostrador, 26 y 29 mayo de 2017
3 Ancalao Gavilán, Diego, El Mostrador, 26 diciembre 2016
4 Aylwin, José, Hechos de violencia en la Araucanía y regiones aledañas, El Mostrador, 20 de enero de 2017
5 Los acuerdos de 1641, la paz de Quilín (el autor cita al maestre de campo don Fernando Bascuñán) “fueron los siguientes:  (uno) que no habían de ser encomendados ni tener más señor que el Rey para servirles de soldados en las guerras y que en esto solo, los habrían de ocupar, (dos) que no habían de pagar tributo, ni grabo de maíz, ni otra legumbre alguna, (tres) que no lo habrían de reducir a pueblo de ranchería ni estacada, (cuatro) que los indios poblados (indios amigos) y que estaban en doctrina usasen, si quisiesen, de su libertad y se pudiesen ir del lugar de su habitación…” (sic) (Bengoa, José; Historia de los antiguos del sur, p. 490, Ed. Catalonia Ltda., 2007)

Fotos de Tirúa de Malú Méndez Lavielle (excepto alcalde solo, tomada de Internet)

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