martes, 9 de enero de 2018

La utilidad social de la Antropología


Los arquitectos tienen la responsabilidad de pensar en la belleza y el confort de los edificios que construyen. Sabemos que no siempre lo hacen. Presionados por sus superiores diseñan multifamiliares infames con viviendas ínfimas donde ellos nunca estarían dispuestos a vivir. No es la única profesión que falla a los mexicanos; ingenieros que construyen obras malas e inseguras; abogados que nos esquilman, policías corruptos, políticos tramposos, funcionarios vividores, académicos que nomás nadan de muertito, todos solapados por nuestra increíble pasividad. Las profesiones a merced de sus patrocinios. El poder político en México tiene ese defecto de origen, nació junto a las demás consecuencias de la Revolución, cuando esa bandada de pillos sonorenses tomaron el poder y establecieron las bases de lo que sería nuestro institucional país, lleno de sindicatos amafiados, autoridades cínicas y una mediocre burguesía apegada a la vida occidental, vacua y ambiciosa, pero sin el compromiso social del primer mundo. Y de nosotros ni qué decir, somos incapaces hasta de elegir a nuestros gobernantes, mejor nos dejamos mangonear por una camarilla que se extiende por la sociedad y a veces hasta nos alcanza. Ese ha sido el gran negocio. Todos tenemos nuestra deuda con nuestro país, antropólogos incluidos.

Como se evidencia en la abrumadora ignorancia de la gente sobre los pueblos originarios (un señor calculó que en Puebla habría unas 500 etnias), los estudios antropológicos no han  tenido un impacto social en México, y la más valiosa aportación social que el país ha recibido sobre los aún llamados indios ha provenido de periodistas y viajeros como Fernando Benítez y Antonin Artaud, antropólogos extranjeros como Lumholts, Wason y libres pensadores, artistas y escritores varipintos como Rulfo, Paz, Gutierre Tibón, Roger Bartra, Monsiváis; cineastas, videoastas del Canal Once y del Fonca; caminantes, peregrinos y revolucionarios que han sabido acercar el tema a las masas disipadas. Ellos han acercado al gran público nacional páginas y documentos sensibles sobre las dimensiones culturales de los pueblos originarios mexicanos. Nos han acercado a ellos como no lo ha hecho ningún antropólogo de la historia, ocultos detrás de una presunta erudición.

En mi opinión esto podría cambiar. Los antropólogos mexicanos deben aprovechar la variedad de medios con que se cuenta ahora para llevar a cabo una tarea. La misma con la que soñó en su momento Mendizábal, santo (laico pero) de cabecera de este blog: comprometerse a divulgar de la mejor manera el horizonte cultural de los pueblos originarios de sus estados y regiones. Emprender estudios de campo y gabinete sobre los pueblos originarios que los acerque a esa mayoría mestiza necesitada de asideros identitarios que busca hoy un poco a ciegas, cargándose de energía en ceremoniosas acechanzas presuntamente prehispánicas y en la búsqueda de fuegos primigenios al cambio de estaciones en las pirámides de Teotihuacan, Cholula y Malinalco.

Qué útil sería un recuento bibliográfico sobre lo que se ha investigado sobre ellos, lo que se sabe de tal pueblo originario, lo destacable y lo insulso; sus enseñanzas y sus malaventuras. Buscar la mejor manera de divulgarlo a través de historias en cine, video, ensayo, grabaciones de sonido, carteles, libelos, historietas; con las herramientas de la lingüística, la musicología, la danza, el folclor, la plástica, la literatura y por supuesto el internet. Una misión que consiste en dejar claro a los habitantes del Estado que aquí (en el caso de Puebla) se convive con siete pueblos originarios (originarios, por cierto, de ninguna otra cosa que) de nosotros mismos, nuestra mitad negada (ninguneada, ocultada, ignorada).

En el estado de Puebla sus etnias que representan el 13.8 por ciento de la población total, distribuidos en 127 municipios de la sierra norte, la nororiental y la Sierra Negra. Es el cuarto estado con mayor diversidad cultural y lingüística en el país. En cuatro de sus siete zonas naturales existen pueblos originarios.

El estado de Puebla lo habitan 5.5 millones poblanos, de los cuales 880 mil 338 pertenecen a los pueblos originarios, el 16. 35 por ciento del total de los habitantes del estado.

De estos 880 mil pobladores originarios, 548 mil 723 hablan alguna de las siete lenguas nativas: náhuatl (397 mil 207), totonaco (97 mil 64), popoloca (14 mil 688), mazateco (13 mil 33), otomí (7 mil 253), mixteco (6 mil 694) y tepehua (262). En total, representan 11.70 por ciento de la población.

En Puebla hay siete pueblos originarios: Masehual o Nahuas, Totonacas, Tepehuas, Otomìes, Popolocas, Mazatecos, Mixtecos y Popolocas.

Solo los Macehuales o Náhoas están en las cuatro regiones indígenas de Puebla: Sierra Norte, Sierra Negra y valle de Tehuacán, Mixteca y por supuesto el centro, el valle Puebla-Tlaxcala, en donde predominan entre todos los grupos.

Los popolocas están en tres de las cuatro regiones, en la Sierra Negra y valle de Tehuacán y la Mixteca.

Hay cuatro etnias en la Sierra Norte. Los náhoas conviven con Totonacas,  Tepehuas y Ñhä-nhü, como ahora llamamos a los Otomíes.

En la Sierra Negra y valle de Tehuacán hay tres grupos, los náhoas comparten la región con los Mazatecos y los Popolocas, estos últimos también establecidos en la Mixteca junto a los mixtecos y los náhoas.

A los náhuas o náhoas también se les conoce como macehuales, así como a los Tutunakuj, a quienes llamamos levemente distinto: Totonacos o Totonacas. En cambio, poco se sabe de que los tepehuas de la Sierra Norte se llaman a sí mismos Hamaispini; casi nadie sabe que los popolocas son  entre ellos N`guagua; o de los mazatecos de la Sierra Negra, que son  Ha shuta enima; los Mixtecos al sur de la capital se llaman a sí mismos Ñuu-Savi.

En los últimos tiempos un esfuerzo sostenido permitió que los otomíes sean también conocidos como Ñhä-ñhüs, como ahora les llama mucha gente. Es decir, demostraron que es posible reponer socialmente su nombre verdadero y no el que les fue impuesto por los conquistadores (prehispánicos o españoles), por difícil que este sea. Y sí fue posible con los Ñhä-ñhüs, que es bastante difícil, es posible hacerlo culturalmente con el resto de pueblos y comenzar a llamar Ñuu-Savi a los mixtecos. Y así a cada uno otorgarles eso que Umberto Eco considera como las palabras políticamente correctas (“el principio fundamental de que es humano y civilizado eliminar del lenguaje corriente las palabras que hacen sufrir a nuestros semejantes” (Confabulario 16/06/07).

La virtud de esta estrategia mendizabeliana es que obliga a los estudiantes de Antropología a actuar desde el primer día. El antropólogo, entre sus muchas cualidades y dado el horizonte que le toca abarcar, se convierte en diseñador, en locutor, en comunicólogo, pues al aceptar el reto se ha comprometido a garantizar que todos los habitantes de su Estado van a escuchar (ver, oler, tocar), sin duda posible, los nombres de los pueblos originarios de su entidad. Y más, crear una especie de “año étnico” y asumir como una responsabilidad profesional el que la inmensa  mayoría de los habitantes de la ciudad, y en el mejor de los casos del estado, va a recibir alguno de los múltiples mensajes producidos por esta generación (o combinación de generaciones) de la universidad pública o principal. ¿A poco no serían más útiles los antropólogos?


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