jueves, 25 de marzo de 2010

Eso que llaman antropología mexicana 3

Guillermo Bonfil

En su ensayo Del indigenismo de la revolución a la antropología crítica, que es su aportación a Eso que llaman antropología mexicana, Bonfil afirma que las ideas fundamentales del indigenismo se mantienen. El ideal de redención del indio se traduce, según Gamio, en la negación del indio. La meta del indigenismo, dicho brutalmente, consiste en lograr la desaparición del indio. Se habla, sí, de preservar los valores indígenas –sin que se explique con claridad cómo lograrlo-; pero curiosamente esos valores preservables coinciden con los que postula la cultura nacional (a menos que por preservación de los valores indígenas se deba entender el poner los objetos de artesanía en una vitrina de museo). Sin embargo, sean los que fueren los valores por preservar, al indio hay que “integrarlo”, e “integración” –otro término opaco de tanto manosearlo, dice Bonfil-, debe traducirse no como el establecimiento de formas de relación entre los indios y el resto de la sociedad global, puesto que tales relaciones existen (no hay un solo grupo indígena aislado; todos son explotados en beneficio de la sociedad nacional), sino como una asimilación total del indígena, una pérdida de su identidad étnica, una incorporación absoluta a los sistemas sociales y culturales del sector mestizo mexicano, cuya valoración se mantiene –en la ideología oficial- tan orondamente alta hoy, como se imaginaba en 1920 para el futuro inmediato. (Bonfil Batalla:43)

El autor de Una civilización negada se hace esta irónica pregunta, como unos años antes se la hiciera también Vicente Lombardo Toledano: ¿hacerlos iguales a quiénes? Hay que “educar” al indio para que abandone sus “malos hábitos”, para que cambie su actitud y su mentalidad, para que produzca más y consuma más, para que esté en plano de igualdad con los demás mexicanos (en plano de igualdad ¿con quiénes? ¿o es que el resto de los mexicanos estamos en plano de igualdad?). Y esto es el indigenismo, sólo esto. Porque las demás promociones en las comunidades indígenas (sean restitución o dotación de tierras, extensionismo agrícola, comunicaciones, servicios médicos u otros semejantes) no se destinan en forma particular a la población indígena, por lo que no cabe hablar de ellas como acción indigenista (de lo contrario sería preciso hablar de acción “campesinista”, “urbanista”, “clasemedianista” y tantos “istas”, como los modernos bosquecinos del antropólogo peruano Jorge Gashe, que como grupos sociales sea dable establecer dentro de la sociedad mexicana). “Si algo define a la política indigenista –afirma en ese ensayo Guillermo Bonfil Batalla-, es el intento de extirpar la personalidad étnica del indio.” (Bonfil Batalla:43-44)

Bonfil muestra la vergüenza que implicaba mantener la misma política de 1920. Es condenable y no sólo como idea sino, sobre todo, por sus consecuencias indeclinables: la necesidad de mantener el actual estado de cosas a fin de –“ahora sí”- alcanzar las metas expresadas 60 años atrás. (Bonfil Batalla:45-46)

Pero también la cultura nacional carece de autenticidad. Para Guillermo Bonfil la cultura nacional ha intentado apropiarse incluso del pasado indígena y hacerlo suyo. “¡No sólo se niega al indio de hoy: también se le despoja de su pasado y se pretende que para que lo recupere deje de ser indio!”

Al enajenar a las culturas indígenas, al volverlas inauténticas –grita polémico Bonfil-, la cultura nacional se enajena a sí misma y en igual medida resulta inauténtica. El destino del dominado no es ajeno al del dominador; ambos están irremisiblemente unidos y no hay redención del amo sin redención del esclavo. La cultura nacional también está distorsionada por su relación de dominio con las culturas indígenas; mientras tal relación subsista, tampoco puede alcanzar su autenticidad. (Bonfil: p. 53)
La liberación de las culturas aborígenes es condición no sólo para que éstas alcancen su expresión plena y auténtica –lo que es obvio-, sino también para que la cultura nacional avance por el camino de su liberación hacia el logro de su autenticidad. (Bonfil Batalla p. 54)

La parte central de su alegato, Bonfil la coloca en un propósito: destruir en serio las formas de explotación, interrogarse legítimamente sobre la posibilidad de que el indio se integre o no a la cultura nacional. Ese paso es romper el carácter asimétrico de las relaciones que mantiene la sociedad nacional con las comunidades indígenas, destruir desde su base las formas de explotación a que éstas están sometidas. Y cuando ese paso se haya dado, la pregunta misma carecerá de significado, porque ni las culturas indígenas ni la nacional serán ya las mismas de hoy. (Bonfil Batalla p. 54)

La diversidad cultural, en sí misma, no es incompatible con la idea de nación. No se le ocurrió decir que los antropólogos eran los responsables de explicarlo a la sociedad mexicana, pero al igual que Warman, fue sumamente crítico con la profesión que los prohijaba y se expresó irónica y amargamente de ellos: “el antropólogo resulta ser el especialista clave: él puede comprender las culturas indias y señalar las vías de acción que resulten aceptables para las comunidades con el menor grado posible de conflicto y tensión. Dicho con palabras menos elegantes: es un técnico en manipular indios.”

En 2010 vemos que el gobierno del PAN no tiene configurada una estrategia para su relación con el indígena mexicano. Carece de visión antropológica. Pero tampoco tiene una cultural, ni una social que combata eficazmente la violencia. La economía misma transita por caminos titubeantes. Sin embargo, resulta desconcertante que no se haya utilizado a los antropólogos en proyectos claramente invasivos hacia los pueblos indígenas, como en Atenco, EdoMex o el Plan Puebla Panamá en Tepeaca, Puebla, sonados fracasos los dos. Permite tener una idea del desprecio que terminó teniendo el Estado por los antropólogos. Esto ha tenido consecuencias negativas y positivas. Si bien podrían intervenir para que entre las partes prevalezca la sensatez que frecuentemente soslayan los grandes proyectos de gobierno –es decir, por qué no preguntar primero a los pobladores y después a los zares del capital, antes de lanzarse a hacer proyectos ejecutivos y desplantes autoritarios-, ayudar a proponer el progreso como se supone indica la fórmula de la asimilación formal. Y por otra parte, descubrir que, por primera vez en la historia, la antropología puede expresarse y expandirse a través del internet sin tener que recurrir a la burocracia, que puede mercantilizarse en concordancia con los pueblos indígenas, seguir rumbos civiles y establecer sus propias reglas y motivos para relacionarse con los pueblos originarios.

Bonfil no estaba equivocado.

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