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Eso que llaman antropología mexicana / Margarita Nolasco



En el libro De eso que llaman antropología mexicana, Margarita Nolasco hace una minuciosa descripción de la investigación antropológica en México (1972), en un capítulo que llama La antropología aplicada en México y su destino final: el indigenismo.

Según ella, las investigaciones están determinadas por los puntos de vista adoptados con respecto al problema indígena. En la década de 1940-1950 se crean las posibilidades reales para la investigación indígena; aun cuando hubo algunos estudios previos, pioneros en este campo científico, no es sino después de 1950 que hacen su aparición la gran mayoría de los estudios indigenistas. (Nolasco-75)

Nolasco los clasifica y hace una ficha técnica de sus colegas y de ella misma, en el que salen a relucir las investigaciones que tienen una visión del indígena aislado, separado de todo, aunque con un pasado. Las investigaciones integrales que tratan de ver al indio dentro de un contexto total, tanto social como histórico y geográfico. Son estudios de tipo integral, generalmente descriptivos. Investigaciones con visión intercultural, lo que pasa cuando la cultura occidental se enfrenta con la indígena, específicamente los problemas del contacto institucional (la escuela y la comunicación indígena, el hospital y la clínica y la comunidad indígena, la iglesia y el sistema de cargos, etc.); los estudios para occidentalizar al indio, cómo detectar las causas que determinan los mecanismos de aceptación o de rechazo de los elementos de la cultura occidental que se introducen en la indígena. El salvamento indígena por obras, los trabajos de los antropólogos en las cuencas hidráulicas; estudios en zonas indígenas sin siquiera voltear a verlos; estudios de acción indigenista sin base previa por falta de recursos y capacitación, investigaciones con visión global, con antecedentes en las obras de Moisés Sáenz y Miguel Otón de Mendizábal en México, Balandier y Fanon en el norte de África y Marcuse en la cultura occidental americana; Aguirre Beltrán, regiones de refugio, 1967; González Casanova, 1963, Stavenhagen, 1969.

Margarita Nolasco enfatiza en su análisis la necesidad de más estudios para conocer los mecanismos del dominio colonial, hacer tipologías al respecto, estudiar las estructuras del poder en las regiones de refugio, los grupos de presión en la situación interétnica, las relaciones de producción, la estructura de clases y la estratificación étnica.

“Hay que analizar una y otra vez –dice Nolasco– los datos para llegar a entender algunos fenómenos como, por ejemplo, la diferencia entre dependencia económica, marginalismo, situación colonial, y también cómo la sociedad global margina a ciertos grupos (los indígenas, en este caso), y cómo surgen contradicciones dentro del sistema mismo, por sus grupos marginales.” (Nolasco-80)

Y por supuesto, las magníficas pregunta de esos Magníficos que tanto incomodó a la razón establecida, y que fueron generadas curiosamente en una sociedad de discusión extra-académica llamada Grupo MOM, por Miguel Othón de Mendizábal, junto a otra veintena de estudiantes y maestros: ¿por qué cambiar al indígena? ¿Es absolutamente necesario cambiarlos? ¿Qué aspectos de las condiciones de vida indígena son los que se han modificado o se piensa modificar mediante la acción indigenista? ¿Cuál es el camino que les ofrecemos mediante el cambio? (Nolasco-80-81)

Hagan lo que hagan, concluye Margarita Nolasco en su puntual relación de investigaciones indigenistas, “ya no podemos adoptar ante los indígenas una actitud como la del conquistador del noroeste de México a mediados del siglo XVI: o se pacifican, cristinizan y congregan, o se mueren”. “Copelan o cuello”, diríamos en 2007. Ahora nos enfrentamos a otra realidad más brutal, más terrible para los indígenas: o se integran armónicamente –cualquiera que sea el sentido qué se dé a estas palabras: económico, político, social, religioso o cultural–, o continúan viviendo en un estado socialmente patológico, mucho más destructivo que la muerte misma.

No se cambian tales mecanismos –insistió Nolasco–, sino que se disfraza la situación con un indigenismo que actúa únicamente sobre la cultura indígena, no sobre las causas del conflicto. Así el indigenismo es parte de un sistema de sometimiento de los indígenas, para un fin determinado: conservarlos sometidos. De aquí la acusación que con frecuencia se hace al indigenismo tradicional de ser un mecanismo de manipulación de los indígenas, para su explotación. (Nolasco-82-83)

Occidentalizar no quiere decir liberar –concluye Nolasco en su ensayo para Eso que llaman Antropología mexicana–, se dice que debe darse al indígena la opción de elegir su propio camino. Pero el sistema no permite que los indígenas sean los gestores de su propio destino (enajenación o liberación), sino que en nombre de una tecnología, de un desarrollo económico, de una religión determinada, o de la democracia misma, les imponen un camino: la cultura occidental (la homogenización cultural), que no significa en forma alguna la liberación de los indígenas. (Nolasco-84)

Ya desde entonces, Nolasco hace notar la ausencia total de antropólogos en las dependencias indigenistas, frente a la abundancia de “licenciados” y la necesidad de reorientar al indigenismo, si acaso, considera, hay un verdadero interés en resolver el problema indígena. (Nolasco-88-90)

Fin de la serie Eso que llaman antropología mexicana (1-4)

Foto sin autor de La Jornada

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