lunes, 22 de marzo de 2010

Mendizábal y la antropología

En la obra indigenista de Miguel Othón de Mendizábal hay dos objetivos: convencer a los mestizos mexicanos que el indígena no es como lo pintan y tratar de dar una solución a la marginalidad y miseria que rodea a los pueblos originarios de México.

La primera consigna dirigida a la población mestiza, “ignorante de los valores indígenas y de su importancia nacional”; la segunda, una exhortación, a través de la práctica antropológica, para que los indígenas acepten la cultura occidental que, tomada en cuenta su inteligencia, no tardarán en apreciar como un favorable viraje cultural. “La ideología de los indígenas actuales no difiere esencialmente del ideario prehispánico”, opina Mendizábal, razón por la cual se atreve a predecir el éxito de una campaña inteligente, no impositiva, de integración, no tanto del indígena a la modernidad como del mestizo a sus raíces primigenias, a su otredad, la mitad de su genética comprometida en su nivel de conciencia.

El rasgo inteligente de Mendizábal fue que creyó y buscó demostrar que esa transformación supondría que ellos siguieran siendo indígenas, a diferencia del resto de sus interlocutores y, en particular, de Lázaro Cárdenas, que decretó al indigenismo como una política de integración de los indígenas a la cultura occidental, por lo que los indígenas debían mexicanizarse. Lo que era lo mismo que decir: aniquilen sus lenguas, borren sus costumbres, abatan su arte; róbenlo, aprópienselo. Desaparezcan al indígena. Mendizábal tuvo los arrestos para señalarlo y por eso su obra fue omitida de las publicaciones académicas. El indigenismo oficial concluyó que no había nada qué conocerles salvo, quizás, algún rasgo de peligrosidad. “Capaz que te quitan lo de gente de razón a ti”, gritó el profesor Rafael Ramírez.

En los siguientes sesenta años, mientras el INAH defendió con mediana eficiencia los descubrimientos arquitectónicos y muy tardíamente las numerosas ciudades monumento de México, el tema indígena para el “elemento nacional” durmió el sueño de los justos hasta 1994, cuando desde Chiapas los tojolobales nos recordaron que sí existían y que estaban ahí. Todos sabíamos socarronamente que estaban ahí, pues otros pueblos originarios han estado aquí y allá, en todo el país, pero saltó a la opinión pública mundial esa antigua preocupación de los viajeros extranjeros del siglo XIX, que llegaron a México cuando los indígenas pasaban a ser parte de los “activos” de la nueva República en 1824. Sin embargo, hasta en 1992 tuvieron personalidad constitucional.

Claro, se les sigue llamando indígenas, indios, inditos; las dependencias y los seminarios hablan de los asuntos indígenas; se nombran tesis; son tratados como indígenas por todos los periódicos del país, la televisión y el congreso hacen foros de discusión “indígena”; las organizaciones populares otomíes o zapotecas, se ven obligados a llamarse indígenas para tipificarse en los laberintos de la burocracia en donde es posible aprovechar algún financiamiento a favor de su pueblos. Tenemos una colección de insultos y chistes a sus costillas, nos referimos a ellos como los españoles lo hicieron hace quinientos años y los mestizos mexicanos, injustificadamente, les seguimos llamando en la actualidad, en lugar de sus nombres propios. La palabra indígena en Google ofrece 17 millones cien mil referencias de la palabra indígena, más 11 millones 900 mil referencias de indio. Son muchos millones de usos comunes como para hacer del concepto una expresión práctica, monolítica. Es evidente que luchar contra eso sería una pérdida de tiempo.

Las comunidades de pueblos originarios, que son dueños de identidades específicas, no se llaman a sí mismos “indígenas”, tienen para sí nombres propios que los mexicanos hemos decidido ignorar para decirles simplemente indígenas.

Náhoas, pai pai, mayas, pames, xi úi, me'phaa, homshuk, inwiga, o'dam, p'uré, konkaak, yoremes, Ben'Zaa, tinujei, batsiI winik'otik, winik atel, Tzjon Non, Ñuu Savi, Kitse cha’tnio, tsa ju jmí', slijuala xanuc', ha shuta enima, Ayuukjä'äy, ñähñü, Rarámuri, son algunos de los nombres que usan los pueblos originarios para referirse a sí mismos. *

Mendizábal estaba seguro que el primer objetivo de conocer a los pueblos indígenas sería un motor que impulsaría al segundo, de ayudarlos a mejorar social y económicamente. En la medida en que el pueblo mexicano reconozca que los indígenas son una realidad enriquecedora, los vea incluso como parte de su propio pasado, en la mitad que les corresponde –y eso le hiciera tener un cambio de actitud, por supuesto-, entonces la antropología en México podría ser el factor que permitiría mejorar la vida de todos e, incluso, de reconocernos a nosotros mismos.

Mendizábal de inmediato se decidió a ponerlo en práctica. Escribió innumerables conferencias y artículos, que quedaron plasmados en los seis tomos de sus obras completas, publicadas por algunos amigos para consuelo de su viuda en 1947, y nunca más reeditados a pesar de su interés. Sus obras completas permanecieron en el silencio, a excepción de su trabajo sobre la sal, a pesar de que se hicieron algunos homenajes a su nombre, se nombró una calle, un auditorio, un concurso del inah -que tras muchos años quitaron-, pero sus interesantes escritos antropológicos nunca más fueron divulgados.

“Si se les propusiera, por ejemplo, abandonar la tierra árida en que se encuentran para colonizar otras mejores, el indígena no dudaría en aceptar. El arraigo a su tierra es sencillamente digno de ponerse en duda”, observó Mendizábal. Hacia el año 2010 vemos que el desarraigo, el abandono masivo de los pueblos, en efecto, no parece ser “el” problema para los ubicuos pobladores mexicanos. Así como su adaptación a la forma de vida de los Estados Unidos.

En Oficio mexicano Roger Bartra analiza una encuesta que apareció en la revista Este País en abril de 1991 con resultados reveladores: 59% de los mexicanos estaría de acuerdo en integrarse a los Estados Unidos para formar un solo país, si ello significara una mejor calidad de vida. “Otros resultados de la encuesta publicados en la revista –escribe Bartra- confirmaban el debilitamiento del tradicional nacionalismo mexicano”. (Bartra:93) Tres lustros después de aquella encuesta, Carlos Puig cita una encuesta del diario Milenio, que afirma que cuatro de cada diez mexicanos se mudarían a vivir y trabajar en Estados Unidos si tuvieran la oportunidad; dos de diez lo están pensando seriamente, aun sin documentos.

El estudio fue presentado por Pew Hispanic Center el 16 de agosto del 2005. El 35% de egresados universitarios dijeron que estarían dispuestos a irse si tuvieran manera; 14% dijo que se iría aún sin documentos. El 50% de los encuestados afirmó que si hubiera un programa de trabajo temporal tomarían la oportunidad. Dice Puig: “Es un golpe a la idea inercial de que los mexicanos somos re´mexicanos, anti gringos, re´nacionalistas. (En realidad sólo) desean sobrevivir, y si se puede, vivir tranquilos, comer bien, vestirse decentemente y proveer para su familia. El lugar, en el largo aliento, sale sobrando”.

El problema indígena no lo resolvió Mendizábal y, sobra decirlo, no lo resolvió nadie, en la antropología mexicana descansan muchos pendientes de esa discusión. Décadas después, Guillermo Bonfil Batalla evoca a Jean Loup Herbert al aplicar la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo a la realidad del indio en Guatemala y sus revelaciones sobre la autenticidad o la falta de autenticidad. Bonfil, en los años setenta, plantea la inautenticidad de las culturas indígenas. “La secular relación colonial a que han estado sometidas las culturas indígenas ha producido su enajenación –dice Bonfil-, como la del esclavo hegeliano. Son culturas alienadas, deformadas por la persistencia de los mecanismos de dominio exterior”. (Bonfil Batalla p. 52)

A finales de los años sesenta los antropólogos críticos se rebelan contra la visión institucional del indígena y alzan la voz a quienes pudieron escucharlos, que resultaron ser muy pocos. ¿Por qué hay que cambiar a los indígenas? preguntaron Nolasco, Warman, Bonfil y Valencia, llamados irónicamente Los Magníficos. ¿Es absolutamente necesario cambiarlos? ¿Qué aspectos de las condiciones de vida indígena son los que se han modificado o se piensa modificar mediante la acción indigenista? ¿Cuál es el camino que les ofrecemos mediante el cambio? (Nolasco-80-81)

Con los Magníficos la discusión del tema indígena se estableció en otro plano, retomándolo donde lo había dejado Mendizábal. Hubo muchas voces y expresiones sobre los pueblos originarios, destaca el canal 11 y muchas publicaciones que en el último tercio del siglo XX asumieron la discusión del problema indígena desde planos más realistas y antropológicos que la pobre discusión del indigenismo mexicano del Estado, que por desgracia era el encargado de manejar los recursos que la patria otorgaba a sus hijos originarios.

Los estudiantes avanzados de antropología se descubrieron como piezas de un mecanismo de colonización, antes que liberación. “Hay que dar un paso previo antes de interrogarse legítimamente sobre la posibilidad de que el indio se integre o no a la cultura nacional –propone Bonfil Batalla-. Ese paso es romper el carácter asimétrico de las relaciones que mantiene la sociedad nacional con las comunidades indígenas, destruir desde su base las formas de explotación a que éstas están sometidas, sean o no vicariales”. Cuando ese paso se haya dado –indica el autor de México profundo-, la pregunta misma carecerá de significado, porque ni las culturas indígenas ni la nacional serán ya las mismas de hoy. (Bonfil Batalla:54)

En la perspectiva de un estado pluricultural para México ¿es incompatible la presencia de diversas identidades étnicas con la idea de una sola patria? ¿Son mutuamente excluyentes la pluralidad cultural y la participación en una patria común?, se preguntaron incómodos los antropólogos. Hemos creído que la realidad y la historia ofrecen muchos ejemplos que responden negativamente a esas cuestiones. “La diversidad cultural, en sí misma, no es incompatible con la idea de nación”, descubrió Bonfil. (Bonfil Batalla:56-57)



* www.ini.gob.mx (2002)
Roger Bartra, Oficio mexican, Ed. Grijalbo, 1993.
Puig, Milenio Diario 20-Ago-05
Bonfil y Nolasco en Eso que llaman antropología, edición pirata.

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