domingo, 4 de abril de 2010

Llevar la letra a las sierras

Aunque Mendizábal señala la ruta antropológica para el estudio y conocimiento de los pueblos originarios, acepta que serán los maestros quienes en la práctica enfrentarán al mundo antiguo con el moderno. El maestro Isaías Cruz me narró su experiencia de enfrentar, en los años sesentas, la aplicación de ese indigenismo que intentaba integrar a aquella juventud al “entendimiento del hombre moderno”.

Un maestro nos decía: “Hijos cuando se vayan a trabajar a los pueblos indígenas, van a encontrar a la gente nativa, así como es, edúquenla bien, o si no, déjenla así, porque si lo dejan a medias los vuelven ladinos y ese te va a matar.”

Los maestros rurales, como Isaías, eran muy humildes, jóvenes campesinos apenas capacitados para enseñar algo más que el silabario. En este fragmento podemos advertir su miedo a lo desconocido, pero también su decidida vocación, en algo que los antropólogos nacionales han experimentado poco: enfrentar en solitario a los pueblos en la soledad de la montaña y, encima de eso, con los bolsillos rotos; pobres, alejados de toda comunicación, detrás de selvas infinitas atravesadas por ríos caudalosos, como la comunidad de María Andrea en la sierra norte de Puebla.

Me presenté aquí en Puebla, en la SEP, se me dio mi orden y nadie sabía dónde quedaba María Andrea. Tuve que ir a México, de ahí tomé el camión a Tampico y me bajé en Villa Juárez, hoy Xicotepec.

Cuando llegué a Xicotepec llevaba una chamarrita deportiva guinda. Amaneció ese día y me presenté a la supervisión, la sorpresa fue que en ese momento llegaba el director de ese pueblo a donde yo iba a ir. Ahí estaba un viejito como de 75 años, un señor alto, blanco, guapo, Santa Cruz Salazar Ríos, “¿Qué, estás perdido?” No, soy profe. “Cómo que eres profe. ¿Vienes de Guerrero?” Sí. “Siéntate. Mira te presento al maestro Guillermo Sayago Guajardo”, pariente del entonces secretario federal de la SEP, un señor Fajardo, “te vas como director de la escuela Ignacio Allende de la comunidad de María Andrea”. No, maestro, como director no. “¿Cómo que no? ¿Tú me vas a mandar?”. No maestro, pero yo no se nada de esto. “Mayor estudio mayor responsabilidad, te vas tú”. Ya, me abrazó el maestro Guillermo y me dio ánimos. ¿Usted me va a ayudar? le pregunté. “Claro, hombre, no te preocupes”. Yo quería llorar y suplicar. Traigo teoría pero de la práctica no se nada. “No te preocupes”.

Cuando llegué a María Andrea, una cosa que me llamó muchísimo la atención fue que los alumnos, que ya eran mayores, de 22, 24 años, los encontraba bañándose desnudos en el río, jóvenes hombres y mujeres. En el salón les dije: mañana me van a traer un pantalón, el más viejo que tengan. “¿Para qué?” Ustedes tráiganlo, y unas tijeras. Al otro día les pedí cortar los pantalones a una altura razonable. Ahora pónganselos. Así los quiero ver bañándose en el río. A la señorita o joven que vea en el río bañándose desnudo no lo recibo acá.

Cuando llegué había una escuela con hoyos de varas, entraban marranos, caballos, burros, así la conocí. Como a los cinco o seis meses hice una reunión para hacer una escuela prefabricada. Cité al pueblo en general, me subí a un estrado de cemento y empecé a hablarles diciendo que la escuela no era para ellos, que estaba muy desecha y no era justo. Que es lo que quiere, maestro. Hacer una escuela. Nos costó mucho trabajo y trámites pero al final terminamos la escuela, que fue mi legado, antes de tener que abandonar María Andrea.

En tierra de nadie

La despedida de María Andrea fue una cosa muy hermosa, porque llegó un inspector que se llamaba Juan Minor Botis, un tlaxcalteca, me empezó a cargar la mano y yo iba arrimando a la gente, pues estaba en una cartera sindical, secretario de trabajo y conflictos, y yo iba acercando a las comunidades. Si estaba en San Pedro Tepacotla, a diez horas a caballo, yo, si ya tenía derecho, trataba de acercarlo a una escuela más cercana. Y así a muchos. Sacarlos de las penurias y acercarlos a la carretera principal México-Tampico. El inspector me empezó a atacar. En una ocasión me llamó y me dijo que me iba a pegar, me aventó un puñete y me pegó. Se le fueron encima los muchachos y ya lo estaban matando. Si quieres los matamos y los echamos al río, allá los encuentran por Casitas, allá los van a sacar. No, no se trata de eso. El maestro viene tomado y no sé qué. De todas maneras el maestro me sentenció: “Es mejor que te vayas porque de aquí no sales vivo”. Se lo comuniqué a mis amigos y hay quien quería matarlo por sus amenazas.

Pero el maestro Isaías Cruz tuvo que abandonar la comunidad.

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