sábado, 3 de abril de 2010

El exitoso fracaso del indigenismo

En los años treinta el gobierno de México institucionaliza el indigenismo para ser aplicado como estrategia de desarrollo económico de las regiones. El Estado mexicano adopta esta dinámica sin siquiera estar de acuerdo respecto al concepto de indígena, asume que la asimilación en la práctica implica desaparecerlos, uniformar las diferencias étnicas y, por lo tanto, culturales de los mexicanos. La asimilación, que tenía una larga historia desde el siglo XIX cuando fue discutida por los educadores, fue finalmente formalizada “científicamente” por Manuel Gamio al término de la revolución. Se implementa una estrategia para el tema indígena a través del Instituto Nacional Indigenista, que asumió demasiado pronto que los mexicanos nada querían saber de la mitad de su pasado, negándose a escuchar las voces discordantes.

La historia del indigenismo oficial es la de un rotundo fracaso, a pesar de 70 años de “práctica”, el indigenismo no realizó ninguno de susgrandes propósitos desde su creación como instituto social. No asimiló a los indígenas a la cultura nacional (ni la cultura nacional a la indígena, como proponía Mendizábal), no los castellanizó, no los sacó de la miseria, no satisfizo sus necesidades de salubridad, no los defendió del abuso de acaparadores, caciques y vivales en general y tampoco comunicó a los mestizos las bondades de los pueblos indígenas.

Hubo, sin embargo, éxitos inesperados en el esfuerzo por desaparecerlos, pues, tras casi un siglo los mestizos mexicanos no conocemos ni los nombres, mucho menos las cualidades herbolarias, lingüísticas, artísticas, agrícolas o sociales de los pueblos originarios, que muestran hoy culturas aún encendidas, vigentes y en consecuencia permutable para la preservación cultural y el progreso en las condiciones de vida de los pueblos originarios, sino especialmente para beneficio de los mestizos, que ven finalmente en esa parte de su pasado el asidero a un origen más creativo que el que se les había impuesto primero por los españoles, luego don Porfirio y después el PRI y el expansionismo estadunidense, que fue el ocultamiento, el desvío de la atención por la cultura autóctona a favor de una desdibujada y utópica american way of life, importada a retazos –o en saldos– de los Estados Unidos, siempre atentos para proveer su material para “occidentalizarnos”.

El radio y la televisión, contemporáneas al indigenismo, fueron los dos puntales que el poder político y económico utilizó para evitar las miradas al interior de las culturas mexicanas, unas más ricas que otras, pero todas presentes en esa otra mitad de nuestro pasado. La desinformación y el ocultamiento se encargaron de enterrar esos vestigios indígenas y, ni los institutos de antropología, ni la academia, ni mucho menos otras dependencias de gobierno hicieron nada por impedirlo, pues era de facto el objetivo central del indigenismo mexicano: su desaparición.

Contemporáneo a estos hechos, a través de escritos y conferencias, Miguel Othón de Mendizábal hizo una defensa a ultranza por asimilar al indígena tomando en cuenta sus aportaciones culturales, es decir, sin despojarlo de su raigambre étnica, rasgo que lo distingue entre sus colegas que aplicaron el indigenismo. Mendizábal propuso un indigenismo político, empezando por ser reconocidos en la Constitución Mexicana como comunidades culturales, y no como individuos particulares. Una vez hechos sujetos de las leyes, establecer estrategias de acuerdo a las zonas geográficas que habitaran, crear una procuraduría indígena dedicada a defender los derechos constitucionales de las comunidades, que los defendieran del abuso de los caciques, proteger la distribución de sus productos, hacerlos sujetos al crédito, permitirles el uso de tecnología, y a la par de aprender español, cultivar su lengua autóctona, que Mendizábal comprendió que era algo más que un idioma. Para nuestro autor el idioma originario era una forma de ver el mundo que pertenecía a las regiones, a los propios mestizos mexicanos, pues es parte de su pasado, por lo que habría que apropiárselo, antes que separarse de él. Pero Lázaro Cárdenas no lo escuchó. Y si lo hizo, como muestran ciertas evidencias, constituyó el indigenismo exactamente hacia el otro lado: no había nada qué conocerles. Ellos debían hacerse “mexicanos”.

Con la ayuda de una poderosa radiodifusión, el cine y posteriormente la televisión, el propósito de conocer y entender a los pueblos originarios para encontrarnos a nosotros mismos se orientó exactamente a lo contrario. A pesar de que Salvador Novo y Guillermo González Camarena, tras una gira por el Primer Mundo, concluyeron que el modelo de la BBC inglesa era más apropiado para la televisión mexicana, cuando regresaron a México Emilio Azcárraga les tenía una noticia: se haría lo que él dijera. Así nació la televisión mexicana que nunca tuvo reparos en la existencia de las etnias, en que los mexicanos tenían derecho a conocer a través de los medios masivos esa parte de su ser, y que era obligación del INI difundir decenas de investigaciones sobre “los indígenas” para acercarlos progresivamente al “elemento nacional”, con inteligencia y provecho mutuo.

La promoción de los pueblos originarios entre todos los mexicanos descubriría las coincidencias culturales de los “mexicanos” con las culturas autóctonas, de sus regiones de México. De haber seguido las intenciones de Mendizábal, hubiéramos descubierto que había mucho qué observar en los pueblos originarios e incluso encontrar nuestra famosa identidad, la SEP y los medios de comunicación decidieron no darnos la oportunidad. En el destino de los pueblos originarios esto tuvo una gran repercusión, pues ajenos al interés de don Emilio, y Novo y sus amigos intelectuales contemporáneos, bastante ayunos en ideas y carácter, nos privaron de una apropiación importante para conocernos a nosotros mismos. Los borraron del mapa y, de paso, de nuestros árboles genealógicos.

Ni al INI, ni a la televisión, ni a la radio, ni a nadie interesó tomar la sartén por el mango y enfrentar el ocultamiento de los pueblos originarios de “la vida nacional”. El costo lo seguimos pagando hoy, cuando una de nuestras mitades sigue desaparecida. La excepción rompe la regla. Influido por el pensamiento politécnico, del que Mendizábal no era ajeno, el Canal 11 tuvo desde el principio una actitud de apertura para el tratamiento de los pueblos originarios. Y tendría que hablarse también de muchas revistas antiguas y modernas en la divulgación de las culturas antiguas de México, la televisión cultural y las revistas etnológicas, casi siempre efímeras. El silencio sobre ese tema fue abrumador y todos terminamos viendo la entrega anual de oscares y encontrando nuestras similitudes con la familia de Homero Simpson. El radio y la televisión mexicanas difundieron solo una idiosincrasia criolla admiradora de la cultura “americana”, como ahora llaman los panistas a los estadounidenses. Y una potencial fuente de cultura popular y necesidad ontológica de los mexicanos sobre sí mismos, se echó por el caño de la basura, la censura y la mercadotecnia; todo eso derivó en una cultura popular masiva y controlada, donde nunca tuvo cabida el tema “indígena”. Aquellas comentadas grandes expresiones indigenistas de los años setentas, aunque “magníficas”, fueron flor de un día. En general, la difusión indigenista mexicana hizo todo lo posible por soterrarlos, por esconderlos, por negarles incluso su existencia social, y en eso, por desgracia, tuvieron un éxito inesperado.

En la Enciclopedia de los municipios de México que tiene el gobierno federal en su sitio de internet, aparecen municipios de Oaxaca o Chiapas con “datos” como este: el 90 por ciento de la población en San Antonio Sinicahua, Oaxaca, “habla alguna lengua indígena”. Como si la mención de su cultura mixteca fuera un secreto que debiera permanecer en la penumbra. Tampoco importan los zapotecos, mazatecos, cuicatecos, mixes y chinantecos, por mencionar algunos pueblos originarios tan solo de Oaxaca, pero esta ambigüedad ocurre en casi todos los municipios del país.

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