La maestra Azucena Enríquez González, lleva primero, segundo, cuarto y quinto de primaria de Lagunitas del municipio de Galeana, Chihuahua, muy cerca de la frontera de los Estados Unidos y de Sonora, el norte extremo de este estado extremo, donde se combina el paisaje caqui de la árida tierra con enormes vergeles de hortalizas y chiles de riego que se aparecen alternadamente en el paisaje. Al entrar al aula la encuentro rodeada de niños a un lado de su escritorio.
¡Son alumnos de todas las
edades, maestra!
Las
edades son variables, tengo niños en primero que tienen doce años, pero el niño
no comprende, por eso lo tengo en
primero, aunque tenga esa edad; tengo niños de dieciséis años en cuarto, que ya
comprenden, ya leen, pero empezaron igual, sin leer y sin nada; ahorita ya
saben.
Atiende a uno de los niños y
luego lo manda a su lugar.
Ahí
batallando, pero ya les interesa agarrar
el libro y empezar a deletrear y a leer, a explicar, para mí los niños de
cuarto son mis sabios aquí, porque empezaron sin nada, sin saber absolutamente
nada, cero, aunque ellos tengan dieciséis, quince, catorce años empezaron de
cero y, pues, yo me siento muy bien con ellos, porque ya saben leer, me
identifican muchas cosas. Muchas cosas ¡híjola!, hasta el mínimo detalle. Hasta
la limpieza se les enseña a estos niños, porque ellos llegaron descalzos,
greñudos, pues vienen a trabajar; pero aquí tratamos de enseñarles la higiene,
conseguimos cepillos de dientes con el Centro de Salud, que nos ha ayudado
mucho, jabones, peinecitos; les damos unos quince, veinte minutos, depende del
trabajo que tenemos y les damos tiempo para que se limpien sus manitas, que
sepan limpiarse. Igual nos hace mucha faltan un baño, bastante; tengo
señoritas, usted sabe que tienen necesidades, y muchas veces he tenido que
salir yo en mi mueble, afortunadamente que puedo hacerlo ¿verdad?, y me las
llevo a que se cambien porque aquí no hay donde. No es posible que lo hagan
delante de los demás. De hecho, aquí atrás del salón de preescolar, ahí es
donde hacen sus necesidades. Aquí enfrente de nuestro salón no se puede, van y
hacen sus necesidades allá; nada higiénico de hecho, el profe no puede abrir
las ventanas de aquel lado porque huele muy feo. Y pues, ni modo, qué hacemos,
hemos tratado de ver por ayuda, pero pues no. Ahí sí no podemos hacer mucho. En
lo que nosotros podemos, si una niña necesita ir al baño, o que está enferma,
pues vamos y la llevamos, ya sea el profe o yo, dependiendo de cómo esté el
trabajo, porque hay veces que él tiene menos niños, porque se fueron a una
escarda lejos y le vino la mitad, por alguna razón; bueno, pues ve tú y lleva a
la niña. Ahí nos acoplamos uno y otro, porque igual, de repente, él lo
necesita.
Porque pongo su nombre
Aquí
estamos como maestros aprendiendo de ellos también. Porque si viera tantas
cosas que hemos aprendido, yo al menos, me considero que he aprendido a ser un
poco más humilde. Me falta ¿eh?, me falta muchísimo. Pero me han enseñado
mucho. ¡Híjola, no!, es que la diversidad que tienen ellos es espectacular, de
veras: el habla, el saludar, el gusto por la mínima cosa. Yo, con mis hijas,
tengo dos hijas, veo y les hago lo de sus cuadernos, que me los forras de no sé
qué personaje, y ya ve que se usan tantas cosas; ellos, con un libro que les
manda el gobierno, híjole, aunque no tengan ni un mono ni nada, ellos
encantados: “maestra…”, agradeciéndome como si yo fue el rey de Roma. Les digo:
no se los estoy regalando, es del gobierno. “Sí, maestra pero por usted”. No,
bueno, es para ustedes, porque ustedes vienen y asisten, por su asistencia a
ustedes les mandan sus cuadernos. Porque pongo su nombre, por eso les mandan.
Te llamas Carlos
En
sí, prácticamente los seis, siete meses que están es poquito para lo que ellos
necesitan, pero sí avanzan. Pues es que vienen en ceros, entonces aprenden a
escribir su nombre. Ahorita, precisamente, estoy enseñándoles a llenar unos
formatos y muchos no saben en dónde nacieron, no saben. La mayoría de los pequeños.
Le puedo decir que a los de cuarto, que estuvieron conmigo, pues ya más o menos
saben de dónde son y de dónde vinieron. Pero los demás no, de hecho, me pasan
cosas chuscas. Le digo: A ver Carlos, vamos a hacer eso. No me llamo Carlos,
maestra. ¿Entonces cómo te llamas? Zeferino, así me dice mi mamá. Veo su
registro. No, tú te llamas Carlos. No, que no. Le hablo a la mamá y le
pregunto: ¿cómo se llama tu hijo? Zeferino. No, pero si en el papel dice que se
llama Carlos. No, se llama Zeferino, es que así se llamaba el papá y el
abuelito del abuelito, y así sucesivamente,
pero yo no quería que le pusieran así. Bueno, pues ahí también hay que
enseñarle al niño: sabes qué, no te llamas Zeferino, no le hagas caso a tu
mamá; tú corrige a tú mamá y dile: mamá, me llamo Carlos. Entonces es un
proceso de diario, que cuando yo lo llame Carlos él me ponga atención, porque
desde recién nacido le dicen Zeferino, entonces desde ahí comienza el trabajo
con estos niños.
Por qué no le llaman
Zeferino, pero en los documentos se
llama Carlos, explicarle eso, profesora.
Termina
una haciéndolo así, pero el chiste es que comprenda que se llama Carlos como
está registrado en su acta de nacimiento, pero que le diremos Zeferino.
Todo un reto…
Un
reto ¡híjola!, el reto es que el niño aprenda en todos los aspectos, no nada
más en lo básico, lectura y escritura, no. Que comprenda que él va a salir
afuera a leer un costal de algo y va entender qué dice aquel costal de no sé
qué cosa, y lo verá en su trabajo igual al hacer una suma, una resta y una
división. Y lo va a desempeñar al cien. Igual, el reto de este niño es saber de
dónde viene y a dónde van, porque la mayoría de ellos llegan sin saber de ellos,
como le digo, no saben ni cómo se llaman. Pero llegando a la escuela ellos sí
saben a dónde van, porque ya tienen una
meta: pues yo mejor estudio y a ver qué estudio, ya sea para bombero, que es lo
que te dicen muchos, o doctor; ahorita todos los de cuarto quieren ser
maestros, ellos lo están viendo como una atracción. Entonces, el reto es que
ellos comprendan a qué vienen y para qué, para qué vienen aquí.
A ver qué les pongo
En
serio que les digo: ay, hijos de mi vida, es que les falta maestra; en serio,
porque son muchos, entonces la mayoría de ellos necesita su tiempecito, que se
pare la maestra ahí con él en un lado, que le digas: vas bien y así o así. Sólo
alcanzo a cubrir la mitad y a la otra mitad le tengo que darle al siguiente
día. Entonces, ahí es donde yo como maestra me atoro ¿cómo puedo decirlo?,
porque la mitad ya avanzó y la otra mitad se me quedó atrás. Y qué hacer para
que esa mitad no se me desespere mientras trabajo con la otra, no anden
brincando en las bancas, no se salgan porque les encanta andar afuera pero es
peligroso porque, como aquí no está cercado, pasan los muebles y demás.
Entonces a ver qué les pongo en ese ratito en que unos ya avanzaron y los otros
se me atrasaron, para que se entretengan. Y así me voy, siempre con la mitad
atrasada.
Hay
niños que por mucho que quiera uno seguir su planeación, no; o sea, es
demasiado. Por eso les digo: hijos de mi vida, les falta maestra. Yo quisiera
que la maestra tuviera mil manos para cuando me parara ahí en medio una mano
estuviera allá y otra acá; los de cuarto ¡qué suave!, pero los de primero me
tienen a perderme; pero yo no puedo darme, porque si me doy no lo explico al
cien o me vuelvo loca, me impaciento y no se trata de eso. Entonces mejor, ni
modo, aunque vaya poquito atrás, no le hace que
con la mitad, y la otra mitad se me atrase un día, dos días.
No es normal
A
veces llegan hambreados. Me dicen: maestra, me das tiempo de ir rápido a
comprar unas papitas o algo porque no alcancé a comer. Y cómo no los voy a
dejar que vayan; ni modo, es tiempo que se pierde pero tengo que dejarlos,
porque yo sé que acaban de llegar; hay veces que se bajan de las camionetas
aquí enfrente y ahí se ponen a comer. Yo sé que llevan lonches, sus garrafones de agua y de todo,
pero no es igual, la comida es rica calientita. La mayoría llega a las cuatro y
media, los más chiquitos sí me llegan a las cuatro, pero los grandes que
trabajan más, les dan más carrilla o más trabajo, no sé yo, pero sí, llegan
hambreados aquí. Sucios como llegan, sudorosos, pero pues ni modo. Al principio
se me quedaban mucho dormidos, se arrullaban con mi voz. El primer año que
empecé se quedaban como tres niños dormidos; decía: que aburrida debe ser mi
clase, por qué se me quedan dormidos. Ya, los hermanitos me explicaban: es que
se levantaron a las 4 de la mañana, no se preocupe, maestra. Pero yo decía: no
es normal, no es normal; entonces, ya pasado el tiempo, como que el niño se fue
acostumbrando a la maestra, no sé, ya después ya no se me dormían. O igual
decían que estos niños ya no iban al campo, que los dejaban en la casa,
conforme a las pláticas, porque aquí han venido a darles pláticas a los papás,
y se les dice que tan chiquititos no los lleven a trabajar; más grandecitos sí,
pero chiquitos, no. Pero bueno, le puedo decir que a la mejor la maestra
trabaja más bien, le echa más ganas.
También tengo una vida
Los
papás me dicen: oiga, maestra, para qué los quiere tan temprano, con dos horas
que les dé, con una hora; por qué nos les da clases los sábados y los domingos.
Oiga, pues yo también tengo una vida, también tengo trabajo y tengo hijas, para
eso se les da en la tarde, para que logren la escuela. Ay pero sí, a los papás
todavía les falta mucho para entender que sus hijos tienen que ir a la escuela,
ellos dicen que primero está el trabajo. Dicen: si alcanza que vaya a estudiar,
si no alcanza no. Más bien es el niño el
que ya está trabajando con el papá y la mamá; con los niños de cuarto, quinto,
como ya les está sabiendo la escuela, le están agarrando juguito, entonces
llegan a su casa y dicen: no, yo me tengo que apurar, voy a llevar mi lonche,
voy a hacer más tortillas para que tú me dejes ir a la escuela; o sabes qué, yo
ya te voy a ayudar más en el trabajo para que me dejes. La mayoría de ellos me
platican que tienen que trabajar más para que los dejen venir. Sí, ellos lo
negocian, pero porque les gusta ¿verdad?
Mi satisfacción
Mi
satisfacción es… ¡Híjola!, que el niño llegue sin hablar español, sin leer
nada, sin saber cómo se llama, ni dónde nació y que el niño salga del aula y
sepa leer, sepa de dónde viene, dónde nació y cómo se llama; cuáles son sus
alimentos correctos, porque también la mayoría de ellos no saben nada de eso.
Hay algunos, créame, que no sabían cómo se llamaba una manzana, ¿por qué será?,
porque su alimentación no está bien. Esa es mi satisfacción: que llegan sin
saber nada y salgan conociendo el mundo a la mejor en libros, no le hace, pero
ya ven las imágenes del mundo: ah, será esto o será lo otro.
Que sepan el sabor
Por
decir, yo todavía no abarco bien el tema de la independencia, lo voy a meter
apenas. El año pasado ya platiqué con algunos de ellos de la independencia, y
ya muchos andan escuchando y viendo la bandera, y preguntan: maestra, qué no
dijiste que era el mes de Miguel Hidalgo. Es la independencia, les digo. Algo
se les quedó del año pasado. Aunque aquí es bien corridito, o sea, aquí más
bien lo más importante le da uno prioridad, no puede uno estancarse así en una
clase demasiado, si no, no les das nada, ahí se queda. Pero trata uno de lo más
importante, poquito, así una probadita de cada fruta. No le hace que no se
coman el manjar, pero que le den una probada, que sepan el sabor. No le hace
que a la manzana le den una probadita, siquiera que sepan a qué sabe la
manzana.
Empecé bajo un árbol
Creo que Pronim está dando muy buenos pasos, porque yo empecé dando clases abajo de un árbol, sentada en el suelo. Ni un bote. Y ahorita yo doy clases en un aula, con bancas, mi escritorio, mis pizarrones, con material de apoyo, mucho material. No creo que ahora que vamos para adelante vayamos a dar pasos para atrás. Pronto tendremos unos baños y unas cerca para que los niños puedan estar afuera, les encanta estar en esa rueda, yo nomás de verlos me mareo, pero ellos encantados. Me gusta mucho lo que estoy haciendo, de hecho trato de hacerlo hasta afuera de la escuela.