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Aquí estuvimos un tiempito

No ser poblano es un estigma que sobrevive a lo largo de la vida; si no se nació en Puebla difícilmente se llegará a ser poblano algún día. Lo que no quita que el asimilado ame y admire la belleza y las bondades de Puebla. Para esta niña tlaxcalteca Puebla representaba a la gran ciudad en los años 20 y rápidamente se asimiló, se integró a sus usos y costumbres, a sus placeres y defectos. Pero a la altura de sus noventa años seguía recordando que ella no era poblana. Nunca lo sería.   DOÑA VIVIANA PALMA Para empezar le diré que yo no soy poblana, pero me siento poblana, porque tiene muchísimos años que vivo aquí, como desde los doce años que nos venimos con mi mamá para Puebla. Yo soy de Tlaxcala. Nos trajo para acá y aquí acabé de ir a la escuela, después estudié una carrera corta, después me casé, nacieron mis hijos. Y ya después cambia todo, ya cuando uno tiene muchos hijos -yo tuve seis-, uno que se me murió y cinco que viven. Como le decía, yo me siento pobla...

Cuando llovía bonito y se inundaban las calles

Una costumbre muy poblana es hablar con extrema precisión sobre el número de las calles y su orientación: la 2 poniente; la 8 norte, que en ocasiones se convierten en un entresijo de nomenclaturas incomprensible para el escucha, pero sumamente importante en el sentido de sus relatos. No es el caso de don Juan Manuel Brito, pero su recuerdo guarda esa preocupación, además de los sutiles detalles que un hombre cultivado como él es capaz de evocar con la sustancia extraída de su memoria. DON JUAN MANUEL BRITO Yo nací aquí en la ciudad de Puebla, en la calle de San Martín número 8, o sea, actualmente la calle 5 de Mayo número 208, entre la 2 y la 4 Oriente. Mis padres, Luis Gonzaga Brito Roldán y Virginia Velázquez Fernández, los dos poblanos, nacidos en Puebla ambos y de familias poblanas, ya que mi abuela paterna, doña Felicitas Roldán de Brito, vino de México y mi abuelo, Pedro Brito Herrera, nació aquí en Puebla. He tratado de investigar un poco más allá pero no he encon...

Las lágrimas del Campeón

La visita que hice a doña Mary un poco antes de su muerte fue memorable por muchas razones. Esta hermosa viejecita vivía en su casa del centro histórico de Puebla apenas con una ayudante que le hacía de comer y le ofrecía la mínima ayuda que necesitaba a sus noventa y tantos años. En nuestra charla reímos, cantamos y lloramos. Lúcida y sensible, doña Mary Santillana se remontó a casi un siglo antes para obsequiarme una de las entrevistas antropológicas más sabrosas y elocuentes de entre las centenares que he realizado en mi trabajo de Tradición Oral. Atlixco, Puebla DOÑA MARIA SANTILLANA LÓPEZ: Nací en Atlixco, Puebla, el 24 de Junio de 1907. Mi papá era Bernardo Santillana Gaviola y mi papá Manuela López Santillana. Metepec era la segunda fábrica textil de la república, era muy buena. Mi papacito era ganadero, tenía vacas en la casa, tenía caballos. Negociaba él en su casa. Ahí crecí y me vine a estudiar cuando estuve grandecita a la Normal. Mi vida en Atlixco fue m...

Una familia corta en una vida larga

Prosigo con la publicación de esta colección de historias orales reunidas en un libro irrecuperable que publicó el Consejo del Centro Histórico de Roberto Herrerías en el año 2003, cuando entrevisté a este grupo de ancianitos poblanos de los que la mayoría ya han pasado a mejor vida. En este caso, don Manuel Paredes Cepeda nos habla de una Puebla también irrecuperable, la de los años treinta, en el popular Barrio de San Antonio, zona de tolerancia, de crimen e historias inconfesables que (¡bendita vida!) pasaron inadvertidas para aquel niño de alma blanca y espíritu catequizado . DON MANUEL PAREDES CEPEDA Me llamo Manuel Paredes Cepeda, para servirle. Yo nací aquí en Puebla en 1931, mi niñez fue muy bonita como creo que ha sido la de todos, me gustaba mucho desde chico ganar mis centavos, digo, no me da pena, nosotros nos criamos en una zona de tolerancia, pero en aquel entonces como que era uno muy inocente. Tenía uno que convivir con las prostitutas –le estoy hablando ...

Con ese nombre no

Entrevisté a doña Judith cuando había cumplido ya 90 años de edad que, por cierto, no se le notaban ni es la voz ni en su fresca memoria que, como leerás, fluía en un continuum memorioso de gran capacidad de síntesis y un sutil encanto en la elección de sus imágenes. Años después tuve el gusto de asistir a su fiesta de centenario invitado por su hijo José Luis, donde estuvimos departiendo alegremente toda una tarde con doña Judith lúcida y festiva, un año antes de morir Ella fue una niña y una señorita “bien” de la ciudad de Puebla, una de tantas hijas de familia que asistían toda la semana al colegio de monjas y los domingos a misa con elegancia dominical. Doña Judith Cid de León: Yo nací en el mero centro el 7 de diciembre de 1910 en el Barrio de la Luz, en una casa que ya no existe, ahora son casas de vecindad, así muy feas. Entonces era un barrio de personas más acomodadas, mi abuelo tenía un molino de harina de trigo, se apellidaba Tapia. Y allá nacieron mis herm...