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El coloso incomprendido

Tal vez se trata de una teoría temeraria, pero tengo una hipótesis para explicar por qué la gente fue tan reticente con el gigante del zócalo en el bicentenario de la independencia de 2010, por qué se le rechazó, se le tachó de esto y lo otro, se le reconocieron parecidos incómodos, algunos muy absurdos como José Stalin, otros certeros, como el huertista Benjamín Argumedo, pero el artista y los funcionarios que lo apadrinaron cometieron un error: equivocaron la elección del gigante de poliuretano de 20 metros de altura, que tuvo un costo de cuatro millones de pesos y un trabajo de nueve meses para el escultor Juan Canfield. No era un mestizo bigotón con quien el pueblo mexicano se iba a identificar. En cambio, la figura de un chamán indígena hubiera sido completamente diferente. Se le habría respetado y todavía estaría parado en el zócalo de la capital. Pero algo chocó a la población, a la gente, que rechazó en bloque la insipidez de una figura que representaba muy pocos valore...

Mendizábal tirado en la banqueta

Conocí la obra de Miguel Othón de Mendizábal a mediados de los años ochenta del siglo pasado, estaba desplegada sobre la banqueta en un puesto ambulante de Coyoacán. Por suerte traía los 500 pesos (o serían 5 mil o 500 mil, pues nuestra moneda se debatía entonces en un interminable tobogán de crisis que apenas comenzaba) que pedían por ella y lo estuve pensando exactamente durante tres segundos. Eran sus obras completas, seis tomos en una edición de autor, que instantáneamente me convirtió en el poseedor de un singular tesoro. En el primer aniversario de su muerte, en 1947, los amigos de su viuda recopilaron, revisaron y publicaron sus obras completas y treinta años después yo fui uno de los afortunados que tuvieron acceso a esa singular faena, nunca más editada, reproducida ni pirateada, pues Mendizábal es uno de los grandes ausentes en las ediciones académicas de antropología mexicana. Aunque hubo un famoso premio a la mejor tesis de antropología social del INAH con su nombre, ...

Los papás simplemente no saben leer

En nuestra gira por los llanos zacatecanos indagando las necesidades del sistema educativo para hijos de migrantes domésticos, llamado Pronim, recorrimos muchos kilómetros de tierra dominados por arbustos espinosos del municipio de Villa de Cos, en la frontera con san Luis Potosí. Abunda ahí vegetación desértica como mezquites y gobernadora; nopal duraznillo y cardón, huizache, cardenche y algunas palmas pegadas a las veredas donde alguna vez bajó agua, a juzgar por los bancos de arena. En la primaria 24 de febrero del campo agrícola El Rey, municipio Villa de Cos, Zacatecas, las cosechas de ajo y cebolla están a punto de iniciarse a mediados de abril del año 2012. Nada en estos campos refleja los siete años de sequía ni la polvosa realidad que transitamos apenas unos minutos antes. No canto victoria, la necesidad brota aquí como los tallos verdes de los ajos. Así me lo hace ver la abogada Yadira Becerra Bernal, que además estudia la licenciatura en educación primaria en la UNIVE...

La ENAH y la antropología o al revés

A fines de febrero de 1982, mientras cursaba el cuarto semestre de antropología social tuvo lugar un evento del cuarenta aniversario de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) que se convirtió en un interesante coloquio de muchos de los protagonistas que cuatro décadas antes habían observado su nacimiento. La ENAH inició no sólo una noble institución sino la práctica académica que daba sustento a la estrategia de asimilación: el Indigenismo. El evento no causó demasiada expectación y a muchos les pasó por alto, pero esos días que duró se reunieron en el auditorio algunos estudiantes y casi todos los profesores vivos que habían sido testigos de la creación de la ENAH, que afortunadamente quedó plasmado en un libro de casa titulado: Cuatro décadas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, contenido de las mesas redondas de aniversario, ENAH, Col. Cuicuilco, 1982 Al entrar al auditorio Román Piña Chán lo recibía a uno un denso vapor humano proveniente de la m...

Nuestro corazón todavía late

Rodolfo Velasco es un poblano que vivió en la ciudad de México, allá se casó y, como se dice, se reprodujo. Un día se trajo a la familia completa para vivir en Puebla. Era el retorno del hijo pródigo que encontró la ciudad un poco insípida, aburridona. Aquí ha envejecido. Y como tantos viejos no se conforma con la vida que se les da a los viejos en este país; o mejor, con la cantidad de cosas que no se les dan, que se les niegan como si sus vidas ya hubieran claudicado y solo tienen la obligación de esperar a su muerte. No hay una vida nocturna para viejos, no hay clubes para personas humildes que no pueden pagar los grandes restaurantes. Por eso afirma que el corazón les late todavía, pero es algo que a nadie le preocupa. Este es su testimonio. Me fui a la ciudad de México como a la edad de once años, por problemas con mi padre. Me voy de mi casa, pero mis hermanos ya habían emigrado con anterioridad a la ciudad de México y llegué deslumbrado ante la grandeza de la ciudad. Ahí em...

El patrón

Los llanos del oriente del estado de Zacatecas viven en estos días de abril de 2012 los abundantes polvos de una sequía que ya dura siete años. El chofer que nos conduce a los campos de Pozos Colectivos de Gerardo Trejo, municipio de  Calera, nos indica los numerosos remolinos que se levantan treinta metros por encima de los matorrales desérticos y los arbustos espinosos que rigen la comarca empolvada. “Si giran a la derecha -dice el chofer- quiere decir que va a llover”. Y sí, los remolinos giraban a la derecha. Aunque un día anterior me parece que dijo lo contrario, que si giraban a la izquierda iba a llover. Tanta es el ansia de que caigan unas gotas del cielo. En Pozos colectivos se llaman de Gerardo Trejo no porque se trate de un homenaje a un héroe pretérito en cuyo honor ha sido nominado este paraje que ya no tiene nada que ver con el desierto de hace unos minutos. Aquí la tierra está sembrada en enormes extensiones de ajo, avena, cebolla, calabaza y lechuga que a med...

Antropología al pastor

Estimado A.: Gracias por acordarte de mí y escribirme ese breve pero sustancioso mensaje de amistad. Espero que tú estés bien y que el negocio de la comunicación siga fructífero como siempre. Yo hago picadillo y distribuyo en tacos mis ideas de la antropología social que trabajé para la escuela nacional durante treinta años, casi 400 páginas de especulaciones sobre el indigenismo mexicano que no es un asunto de indígenas sino todo lo contrario. Y para nada, porque me fue imposible titularme. Primero me agarró Andrés Medina y me excomulgó del mundo de las ideas ( por aquí anda el chisme en este blog ); después la coordinadora de no sé qué quería que comenzara todo de nuevo. En un país tan necesitado de profesionales la “academia” hace todo lo posible por obstaculizarte e impedir tu titulación, pues osaste a pensar diferente, fuera de la línea de la teoría en donde todo es anatema. Pues que les aproveche. Lo cierto es que el joven treintón que la comenzó hace décadas a indagar...